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Publicado en Letra P el 22/8/2018

Paradojas de la economía macrista para Clarín

por Martín Becerra

Nunca como con Macri las condiciones políticas para la expansión del Grupo Clarín fueron tan favorables y, sin embargo, la política económica del gobierno atenta contra su consolidación.

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El discurso de Héctor Magnetto en la reunión anual de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) del pasado 16 de agosto tuvo un sabor especial, hablaba allí por primera vez después de haber hecho cumbre en el volcánico empresariado argentino gracias al aventón de Mauricio Macri a la megafusión Cablevisión-Telecom: “los ciclos suelen asumirse con espíritu refundacional y los actores apuestan a maximizar su beneficio inmediato, lo que frente a las dificultades complejiza los acuerdos y consagra respuestas coyunturales” dijo el CEO de Clarín. Lo escuchaba (y leía en pantalla) un auditorio masculino del gremio patronal creado en 2002, en plena salida de la convertibilidad, para sortear el impacto de la crisis y del shock devaluatorio. Ciclos.

La inédita expansión del grupo Clarín aprovecha las mejores condiciones políticas pero soporta malas condiciones económicas. Si bien el rumbo de la regulación estatal desde diciembre de 2015 tuvo como principal meta el derribo de cualquier obstáculo que se interpusiera en el desembarco de Clarín en el redituable sector de las telecomunicaciones (lo que motivara en parte su pelea con Néstor Kirchner en 2008), para lo cual el gobierno de Macri no vaciló en gubernamentalizar la autoridad de aplicación (creando el ENaCom) y en manejar las comunicaciones vía decretos y resoluciones que, en otra época, hubiesen sido objetadas por su inherente “inseguridad jurídica”, por otro lado la recesión de una economía cada vez más dolarizada cuya dependencia de acreedores externos vuelve a condicionar las principales variables de desarrollo, afecta los ingresos y la expectativa de consolidación de la posición dominante alcanzada tras la fusión Cablevisión-Telecom.

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Entre las condiciones subjetivas del momento político y las objetivas de la estructuración de la economía, el Grupo Clarín enfrenta un dilema que no impacta tanto sobre sus competidores Telefónica o Claro pues, como explica Jorge Fontevecchia al recordar la extranjerización de la economía argentina de los últimos 25 años (el 68% del PBI es generado por compañías multinacionales) “como las subsidiarias locales de las multinacionales están obligadas a hacer sus balances en dólares para consolidarlos con los de sus casas matrices, nunca planificarán en pesos y toda la devaluación pasará más temprano que tarde a precios”, por lo que las devaluaciones, antes que como esos trampolines de competitividad soñados por José Ignacio de Mendiguren, funcionan como fábricas de pobres e indigentes.

En el encuentro corporativo de Clarín de noviembre de 2017 Magnetto declaró que “la competencia no solo surge del sector sino de afuera”, aludiendo no sólo a Telefónica o Claro, sino también a híbridos tecnológicos como Netflix o Google. Esos competidores de la convergencia digital pueden fondearse en dólares con mayor facilidad gracias a su escala regional o global de operaciones. Aunque es dudoso que la actual esterilidad económica de la Argentina atraiga el interés de inversores parcial o totalmente externos, a mediano plazo ellos u otros conglomerados globales pueden eventualmente capturar a bajo precio –para ellos- parte del aparato productivo local. Tal vez la vigente Ley de Preservación de Bienes y Patrimonio Culturales de 2003, injustamente bautizada ”Ley Clarín”, necesite ser reciclada.

A diferencia de Arcor, Techint o Los Grobo, que diversificaron su producción y sus ventas al ritmo veloz de la fase más reciente de globalización capitalista, los clientes de los productos y servicios del Grupo Clarín viven en la Argentina y sus ingresos –y empleos- están severamente afectados por el ajuste en curso. Aunque el teléfono es un servicio básico que aún en tiempos de crisis resulta vital, otros servicios de comunicación pueden ser percibidos como suntuarios cuando acecha la malaria. E incluso el gasto en telefonía es pasible de recortes mediante el pasaje de abonos a prepagos.

La rentabilidad de Clarín, su plan de inversiones, su búsqueda de financiamiento (el fondeo externo con ingresos locales es mal asunto) y su expectativa de consolidación dependen de que la economía argentina no se hunda. Por eso en AEA Magnetto dijo que “el rompecabezas productivo requiere sostener una diversificación que reduzca dependencias extremas y favorezca un desarrollo más integrado, social y geográficamente”, y añadió, en un fragmento de su discurso dedicado a levantar la estima del sector privado en el medio de las confesiones de coimas y corrupción de buena parte de su cúpula, que “el capital nacional está llamado a crecer aún más si queremos un modelo de inserción global alineado a nuestros intereses. El impulso a las PyMes pero también a las multinacionales argentinas debiera ser un objetivo estratégico”.

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Para un directivo como Magnetto, curtido en mil negociaciones con gobiernos civiles y militares y en jugadas osadas con anunciantes de todo pelaje y color para convertir primero el diario en un grupo multimedios y, luego, el multimedios en el mayor conglomerado infocomunicacional del país, no es una buena noticia la restauración de un ciclo de ajuste inflexible que contrae el mercado interno, devalúa la moneda y emparcha el déficit con endeudamiento externo en un contexto de fuerte inflación.  La temperatura de esta paradoja la expresan los editorialistas y columnistas políticos del Grupo, dedicados a una insistente oposición de la oposición política, mientras que los panoramas económicos (en particular las notas en distintos formatos de Marcelo Bonelli) no ahorran críticas a las decisiones oficiales y exponen algunas de sus consecuencias más evidentes.

La paradoja entre gozar del mayor favoritismo gubernamental entre los muchos de los que supo gestionar Magnetto y, sin embargo, padecer la contracción de la economía que es su fermento natural, es el anverso exacto de situación de la conducción de Clarín durante la primera presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, cuando se desató una guerra política que contrastaba con la fertilidad de sus ganancias. Al abuelo del actual ministro del Interior, Rogelio Frigerio, la ironía que contiene esta paradoja le hubiera dibujado una mueca parecida a la sonrisa.

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