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Publicado en Colsecor Revista, 6 de Junio 2017

Polariza que algo queda

por Martín Becerra

¿La debilidad política de origen de un presidente es cultivo para el discurso polarizador? En la historia reciente de la Argentina hay un buen antecedente para responder por la afirmativa.

Se trata las elecciones legislativas de 2005, cuando el gobierno de Néstor Kirchner, plebiscitó sus dos primeros años de gestión derrotando a quien fuera uno de sus principales sostenes políticos, Eduardo Duhalde. Kirchner fue un presidente minoritario en su origen tal como es minoritario Macri, aunque aquel fue privado de legitimarse en ballotage por defección del más votado en 2003, Carlos Menem.

A la hora de buscar comparaciones con el presente, resulta más pertinente la referencia a las legislativas de 2005 que a las de 2013 o 2009, estas dos sucedáneas de las contundentes victorias de Cristina Fernández de Kirchner en las presidenciales.

Como el kirchnerismo ante la contienda electoral de 2005, el macrismo hoy apuesta a una estrategia arriesgada con la polarización con el pasado inmediato. En julio de 2005 la entonces senadora nacional por Santa Cruz (y primera dama) Fernández de Kirchner lanzó su campaña para senadora por la provincia de Buenos Aires acusando de mafioso a Duhalde, quien dominaba el poderoso aparato peronista bonaerense. La apuesta polarizante fue coronada por el electorado.

Hoy, con las diferencias del caso (el duhaldismo entonces no puede compararse con el kirchnerismo actual, ya que Duhalde fue presidente provisional y su gestión duró un año y medio, a diferencia de los tres mandatos de los Kirchner), el gobierno de Macri refuerza su comunicación para presentarse como oposición a un pasado al que asigna la responsabilidad exclusiva de todos los males.

No es casual que en la Ciudad de Buenos Aires, cuna del PRO, el gobierno escoja como su candidata a Elisa Carrió, quien es una de las dos figuras del star system político con enunciados más polarizantes junto a Cristina Fernández de Kirchner.

Si bien podría objetarse a esta caracterización que todo discurso político polariza por definición, hay que distinguir la intensidad y la funcionalidad de la cualidad polarizante. Mientras que por un lado la escena política alberga discursos que se basan en la constante explotación del recurso polarizador, agonista, que en su versión radical sostiene que la realidad expresa intereses irreconciliables en pugna, que esa pugna sólo se dirime en términos de victoria o derrota, y que divide el campo social entre los buenos (representados por el enunciador) y los malos (que Carrió identifica con nombre y apellido, a diferencia de otros políticos que hacen hincapié en problemas generales –la corrupción-, sectores socioeconómicos, políticos, países o corporaciones), por otro lado, hay discursos cuya estrategia de intervención pública de opciones es, por el contrario, su presentación como suturadores de conflictos en base a principios de diálogo o consenso sociopolítico, que exponen un ideal de armonía y valores por encima de las tensiones y opciones de la coyuntura (o del pasado reciente).

Como en las legislativas de 2005, el gobierno actual puede capitalizar la polarización con el pasado inmediato como estrategia discursiva. Pero ese discurso luego condicionará los tiempos posteriores, porque la separación de la sociedad en dos polos como recurso de comunicación tiene raíces y efectos sociales más duraderos que los de la campaña electoral.

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