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Publicado en Letra P el 12 de diciembre de 2016

OPINIÓN: Martín Becerra Profesor e investigador. Universidad Nacional de Quilmes, UBA y Conicet.

La evolución de las especies

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Desde la perspectiva darwinista de evolución de las especies, el sistema de medios de comunicación tradicional se halla en plena fase de mutación con el objetivo de adaptarse a un entorno extraño que explora con modos que en el futuro cercano parecerán torpes, ineficaces y asistemáticos, pero que son los modos propios del ecosistema que deja atrás y que, si bien ya no sirven como brújula en el mundo nuevo, son parte del acervo que acumuló durante el último siglo.

Incluso las palabras que designan la fauna anfibia de nuevas especies son parte de un repertorio anacrónico. Al hablar de periódicos digitales, de radio en Internet o de televisión online, en verdad se alude a moldes propios de la era analógica, en la que las industrias editoriales impresas se diferenciaban de las de la programación de imágenes y sonidos en tiempo real. La evolución de esas especies combinan recursos y lenguajes audiovisuales y escritos en propuestas que, además, mezclan el acceso sincrónico y asincrónico a los contenidos, algunos de los cuales son accesibles mediante la posesión de conexión a Internet y, en otros casos, exigen aparte un pago específico como condición para el uso.

Hace tan solo diez años en Argentina (quince en EE.UU. y Europa), en los viejos medios, el sector que se ocupaba de la transición a lo digital era marginal en la disposición física de las redacciones, sus empleados cobraban salarios inferiores, las condiciones laborales eran más precarias y sus productos eran subestimados por toda la organización. Ascender profesionalmente, para un periodista que ingresaba a un medio como empleado de la parcela online, suponía que lo reconocieran e integraran al núcleo central del medio, que es el que cultivaba la rutina productiva tradicional. Salir del online era huir de Siberia.

Una década más tarde, el enfoque cambió radicalmente: la producción de un medio que no quiere morir aplastado por el vértigo de la era digital está orientada básicamente a Internet y a explorar estrategias digitales para los eslabones de producción, edición, distribución y venta de contenidos en Internet a través de dispositivos fijos y, sobre todo, móviles. No hay modelo seguro que garantice el éxito ni la estabilidad en ninguno de esos eslabones, pero el consenso es que Internet es el centro y el resto debe acondicionarse para que le sea funcional. En la forzada metamorfosis que experimentan muchas organizaciones periodísticas, lo que era accesorio (lo digital) es hoy su razón de ser.

La crisis es tan radical que se asemeja al efecto de las glaciaciones: no sólo se altera la temperatura ambiente, sino que se pierden las fuentes de abastecimiento por efecto del cambio climático, las referencias temporales se ven afectadas y se asiste al desplazamiento de la fauna con el correspondiente surgimiento de nuevas rivalidades y conflictos por la ocupación del espacio y la acumulación de recursos para subsistir.

La nueva fauna está representada por depredadores globales, como Facebook o Google, que se insertaron, sin pedir permiso, en la captura de una parte considerable de los ingresos publicitarios de la cadena productiva de la comunicación, provocando sucesivamente la negación, luego la irritación y más tarde el desconcierto de los viejos medios tradicionales que no sólo absorbían casi toda la torta publicitaria antes sino que, además, controlaban el empaquetado editorial de sus contenidos, hoy fragmentados crecientemente en plataformas que los embeben y presentan a audiencias segmentadas rodeados de noticias o comentarios provenientes de otros sitios o de los propios usuarios. Con ello, Facebook en particular carcome una de las cualidades distintivas del viejo sistema de medios, que era su secuencialidad. Tal como reconocía Eliseo Verón, para el discurso de los medios, “la distribución en el espacio es tan importante como la ubicación dentro de la secuencia”, lo que es profanado por Facebook tal como se analizó en “Los reyes del mambo digital”.

Como señala Carlos Scolari, mientras que Google es ejemplo de web centrífuga en la que el usuario utiliza al buscador como plataforma de lanzamiento hacia otras webs, Facebook se consolida como web centrípeta que tiende a atrapar a sus usuarios y no dejarlos escapar; para lograrlo les brinda toda clase de servicios y aplicaciones. También Amazon o Netflix son novedosos ejemplares del ecosistema con lógica centrípeta que es intensivo en el almacenamiento y procesamiento de big data de usuarios para, de ese modo, alinear productos y servicios hechos a la medida de la demanda (explícita o latente).

Si Google y Facebook operan a nivel global, se nutren de contenidos que están localizados con raíces culturales precisas y que, en muchos casos, son provistos por los viejos medios y, en otros, por un grupo, dinámico en todo el planeta, de medios nativos digitales.

Proveedores, causa y efecto del cambio del ecosistema, estas empresas de medios digitales aún conservan la vieja nomenclatura (como “diarios” digitales). Empero, son en verdad productos convergentes, multimediales, dado que editan materiales textuales, audiovisuales e hipertextuales. Infobae, Mdz, BigBang News, La Política Online y Letra P son nativos digitales que, si bien se definen como “diarios”, en rigor, son productores multiplataforma y multimedia en los que la tracción hacia el video se hace sentir de modo creciente. Aunque su perfil y escala los hace diferentes entre sí, forman parte de una especie que es anfibia en su lenguaje, que es nómade en cuanto a su modelo de negocios (sabe que la “estabilidad” forma parte del pasado remoto que añoran los viejos medios y que cuando ellos aparecieron ya no existía) y que es más ágil en términos de cultura organizacional, lo que les permite desplazarse con mayor soltura ante el cambio súbito del entorno.

Empresas más grandes, como por ejemplo el grupo editorial La Nación, alternan reacciones eficaces, como su planificada y reconocida adaptación al online, con apuestas en dirección contraria a sus competencias que, por ahora, se muestran tan osadas como frágiles, como su reciente lanzamiento de una señal de noticias por televisión (La Nación +) con un formato clásico.

La adaptación de las especies a un ambiente que está en pleno proceso de transformación produce comprensible ansiedad porque de lo que se trata es de sobrevivir en condiciones que nadie sabe cómo evolucionarán inclusive en el corto plazo. La especialización (por ejemplo en el segmento de producción de contenidos informativos) es una estrategia adecuada para organizaciones de tamaño mediano y pequeño, pero las más grandes, al abarcar más actividades, deben desenvolver objetivos y activos múltiples y concertados. Todas necesitan aprender.

Además, en el plano económico, hay que considerar que, desde la posición del usuario, es necesario contar con un abono a Internet fija o móvil para acceder a contenidos de comunicación (como el mensajeo o las llamadas), información y entretenimiento, contenidos que son, además, costosos en su cadena de producción, edición y distribución. Porque son contenidos costosos y porque los usuarios destinan al pago de las conexiones una proporción nada desdeñable de sus ingresos es que resulta doblemente desacertado suponer que hay contenidos “gratuitos”.

El nuevo ecosistema digital encandila con su amigable promesa de apertura, acceso ilimitado y conservación infinita de contenidos que no son sometidos a desgaste cuando, si bien crea posibilidades inéditas de producción y circulación de información y entretenimientos, también establece peajes en los cuales se incuba una cultura iconoclasta en la que sólo las especies con mejores aptitudes para amoldarse al cambio perpetuo podrán sostenerse.

@aracalacana

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