por Martín Becerra, 29/11/2016

Un caso lejano de concentración de medios reaviva el interrogante, que es histórico y no reconoce límites geográficos, acerca de los efectos de la excesiva concentración de la palabra.

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En un congreso de investigadores en comunicación hecho en Tarragona, hace ya varios años, Armand Mattelart recomendó “salir de la comunicación para comprender la comunicación”. Como saben los buenos etnógrafos, observar lo exótico ilumina la escena doméstica. Cuando en lugares muy lejanos se discute sobre temas que en el propio país aparentan tener filiación local únicamente, el hallazgo permite atemperar las pasiones para comparar las regularidades de los hechos sometidos a debate.

Es lo que ocurre con las fusiones que provocan mayores niveles de concentración del sector de medios y otras actividades colindantes (puede leerse “convergentes”) de información y comunicación en diferentes lugares del mundo. Interpretar este proceso en clave telúrica empobrece la comprensión de su alcance e incluso desaprovecha la oportunidad de identificar qué aspectos del proceso global son diferentes en la escala nacional o regional para, así, pensar también en sus singularidades.

El anuncio de fusión entre los dos mayores grupos de medios gráficos neozelandeses, Fairfax Media y NZME es un buen pretexto para volver a analizar la concentración de la comunicación y sus consecuencias con la ventaja de la distancia que separa a Oceanía de América Latina. El resultado de la concentración sería que el 90% del mercado de la prensa (y sitios web asociados) estaría controlado por una sola corporación. En América Latina hay un antecedente reciente similar, cuando en 2013 en Perú el grupo El Comercio adquirió a su competidor Epensa y la concentración trepó al 78% del sector y provocó las quejas del resto de los medios gráficos –y de un amplio arco de voces de la política, la cultura y la información- encabezados por La República, que llevó el tema ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Con argumentos similares a los del peruano La República, un grupo de notables editores y ex editores de Nueva Zelanda advirtieron que la fusión de Fairfax Media y NZME daría lugar a un nivel de concentración del mercado de la información que “amenaza la democracia” y conduce a una posición de poder “sólo superada en China”.

Por supuesto, los grupos editoriales justifican la concentración como una respuesta a la merma de ingresos publicitarios que provoca recortes presupuestarios (incluidos despidos de personal y reducción de la producción local, rural y regional y la consecuente centralización geográfica en los principales centros urbanos situados en la región de Auckland).

Tanto en Perú como en Nueva Zelanda los efectos de la concentración son señalados incluso por parte de otros grupos comunicacionales de menor tamaño que, advierten, verán limitada severamente su capacidad de competencia en los mercados con actores cuya escala obtura la lógica económica de mercado que defienden a través de sus editoriales.

Como apuntan los editores que critican la fusión, responder a la crisis de los medios tradicionales con mayores niveles de concentración es contraproducente, dado que la concentración del mercado reduce la cantidad de empleos, unifica la línea editorial y erosiona la producción de contenidos propios en aquellas localidades que no son rentables según el modelo de negocios del conglomerado dominante.

Escribió Roy Greenslade en The Guardian que la monopolización de la comunicación puede ser una buena noticia para los accionistas, no para los ciudadanos. La confusión entre el interés corporativo y el interés público es, probablemente, uno de los mayores logros de la acción propagandística de los grandes multimedios, como queda de manifiesto ante cada nueva pieza (libro, entrevista, artículo o spot) que difunden sus protagonistas y predicadores intelectuales.

En efecto, si bien hay mucha hojarasca ideológica en torno a la concentración de medios (es tan ideológica su demonización sin comprobación empírica como su asimilación a fenómeno meteorológico propia de los grupos con posiciones significativas en los mercados infocomunicacionales), existe una tensión entre la diversidad de fuentes, de perspectivas y de voces editoriales por un lado, y la concentración de la propiedad por el otro, toda vez que la concentración consiste en que un actor extiende su dominio a expensas de la existencia de otros.

Más allá de la hojarasca, la concentración involucra cuestiones bastante concretas como la falta de información sobre los negocios con los que los propietarios de medios están vinculados de forma directa o indirecta, sea porque están asociados con esas actividades o porque sus operadores son sus anunciantes o comparten otras sociedades con ellos (como los precios y condiciones de prestación -con cartelización y abusos a la orden del día- de servicios de conexión a Internet fija y móvil, televisión de pago, telefonía; comisiones bancarias y de tarjetas de crédito/débito) se relacionan con la estructura de propiedad de los medios. Huelga decirlo, pero cuando la concentración presenta niveles tan elevados como en muchas de las industrias de la comunicación, la competencia -incluso desde una perspectiva puramente económica- es algo quimérico.

Por ello es que en todo Occidente hay tratados internacionales vigentes, leyes y autoridades que obligan al Estado a desarrollar políticas públicas que moderen o atenúen la concentración de la comunicación, como ocurrió en Estados Unidos cuando en 2011 la Federal Communications Commision (FCC) vetó la adquisición de T-Mobile por AT&T y lo mismo ocurrió con Comcast y Time Warner. Cuando la FCC autoriza fusiones o compras que concentran el mercado infocomunicacional, lo hace disponiendo exigencias de contraprestación de interés público al grupo resultante de la concentración. Un ejemplo de ello es el caso Time Warner-Charter.

Concentración y convergencia

Las actividades infocomunicacionales en su etapa convergente aceleran su tendencia a la concentración. Negarlo sería necio y relajar los controles de la política pública en función de la demanda de los grupos concentrados puede tener efectos lesivos para el interés público.

En un proceso creciente de concentración, cada vez son menos las empresas que controlan la mayor parte del volumen total de un mercado. Desde esta perspectiva, el extremo al que pueden conducir los procesos de concentración es la tendencia de los mercados a configurar regímenes de oligopolio o de monopolio, donde una o unas pocas empresas de gran dimensión ocupan la totalidad del mercado, de manera que reducen las opciones disponibles. La subordinación de un conjunto de actores a la predominancia de unos pocos produce un círcu­lo que se retroalimenta, incrementando la fortaleza de esos pocos que captan los mejores recursos del sector; por lo tanto, uno de los efectos de la concentración es que reduce la significación del resto de actores de ese sector de actividad.

La concentración es una respuesta a la aleatoriedad de los mercados y constituye un reaseguro frente a los procesos de una configuración cada vez más compleja de mercados o sectores internos de estos mercados, como lo es la globalización o internacionalización. En estos casos, el diferencial no se logra necesariamente en torno de la innovación sino a partir de la captura de márgenes de rentabilidad que aseguren capitalización y renovación de la base productiva.

Más allá de la valoración que se realice de los procesos de concentración, es importante subrayar que esta responde a una concepción adaptativa del capital a las condiciones de mercados complejos. Con ella, las empresas buscan sacar ventajas comparativas. Esta adaptación puede ser defensiva (su explicación inicial lo es) u ofensiva. En sentido literal, la concentración es una forma de regular mercados. Es decir, los mercados concentrados asumen reglas de juego en las que uno o un puñado de actores corporativos tiene un peso considerable, y el resto de los actores, una incidencia mucho menor en el control de los procesos de producción, circulación y distribución de bienes y servicios.

En el caso de las actividades ligadas a la comunicación, la información y la cultura, los procesos de concentración tienen una doble significación, porque a la situación económica debe añadírse la importancia simbólica de los bienes inmateriales que esas actividades producen. Es decir que concentración e interés público no pueden ser disociados en el análisis de la conformación de los sistemas de medios de comunicación e industrias que producen y distribuyen información y entretenimientos a escala masiva. Como afirmó el ex juez de la Corte Suprema de Estados Unidos Hugo Black en un fallo antitrust que incluía a los mayores editores de diarios y a la agencia noticiosa Associated Press en 1945, “la mayor diseminación de información posible desde fuentes diversas y antagonistas es esencial para el bienestar público”.

En la teoría de la democracia, la doble función de las industrias de la comunicación como productores de valores y también de mercancías es medular para estructurar espacios públicos deliberativos que permitan el intercambio de informaciones, ideas y opiniones diversas. Es decir que la concentración del sector no puede escindirse del análisis sobre las condiciones en las que los individuos y los grupos se socializan.

En los medios de comunicación, la concentración conduce a una reducción de las fuentes informativas (que genera menor pluralidad de emisores), a una relativa homogeneización de los géneros y formatos de entretenimiento (que implica que se estandarizan géneros y formatos, resignando diversidad de contenidos), a una predominancia de estilos y temáticas y a la concomitante oclusión de temas y formatos en los medios de comunicación y en el resto de las actividades culturales.

La concentración de medios tiende a la unificación de la línea editorial. Es difícil que en un mismo grupo de comunicación se hallen divergencias profundas sobre temas que son sensibles en la línea editorial. Cuando se trata de tomar partido por medidas importantes es difícil que un mismo grupo albergue posiciones realmente diversas.

Lo anterior se combina con el sesgo informativo: los medios no suelen informar con ecuanimidad cuando empresas del mismo grupo lanzan un producto al mercado, del mismo modo que tampoco son desinteresadas las coberturas noticiosas cuando son los competidores (en algún mercado) los que generan el lanzamiento.

La concentración, además, vincula negocios del espectáculo (estrellas exclusivas), del deporte (adquisición de derechos televisivos), de la economía en general (inclusión de entidades financieras y bancarias) y de la política (políticos devenidos en magnates de medios, o socios de grupos mediáticos) con áreas informativas, lo que produce repercusiones que alteran la pretendida “autonomía” de los medios.

Otro impacto de la concentración es el de la centralización geográfica de la producción de contenidos e informaciones en los lugares sede de los principales grupos. Buenos Aires en Argentina, Sao Pablo y Río en Brasil, Santiago en Chile, son ejemplos contundentes. Este impacto también debilita el espacio público y empobrece la disposición de distintas versiones sobre lo real por parte de las audiencias/lectores, condenando a una subrepresentación a vastos sectores que habitan en el “interior”.

La concentración además supone un ambiente de precarización del empleo: porque desaparecen medios y porque los existentes tienden a fusionarse generándose economías de escala y ahorro de costos laborales. Y además porque en un sistema de medios muy concentrado, los periodistas tienen pocas alternativas de conseguir un buen empleo si se enfrentan con alguno de los grandes grupos, dada la tendencia a la cartelización del sector. El delicado tema de la autocensura en la profesión no debería eludir la consideración de este aspecto.

Si bien este artículo se centró en un sector de actividad aparentemente alejado del núcleo principal de la convergencia digital entre medios, telecomunicaciones e Internet como es la prensa (papel y online), el ejercicio analítico de proyección a otros sectores infocomunicacionales resulta necesario.

Conscientes de ello, los editores neozelandeses que advierten sobre las consecuencias que tendría la fusión de los principales grupos editoriales de su país suman voces que invitan a reflexionar sobre un tema que fue sobreactuado en la Argentina reciente y que, en el último año, se ha vuelto a convertir en un tabú sobre el que casi nadie habla.

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