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El gran ecualizador (debate presidencial 15/11/2015)

El domingo 15 de noviembre en la Argentina se organizó el segundo debate presidencial de la historia del país y el primero al que asisten los candidatos con mayor intencionalidad de voto, Daniel Scioli (Frente para la Victoria) y Mauricio Macri (Cambiemos), quienes competirán en el ballotage del próximo domingo 22/11 para suceder a Cristina Fernández de Kirchner a partir del 10 de diciembre de 2015.

ecualizador

El debate fue organizado por “Argentina Debate”, una iniciativa impulsada en conjunto por empresarios y por la ONG CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) y acompañada por una gran cantidad de organizaciones (ver http://www.argentinadebate.org/acerca-de/). El antecedente inmediato de este evento fue el 4 de octubre pasado, también en la Facultad de Derecho de la UBA, cuando debatieron Macri, Sergio Massa (UNA), Margarita Stolbizer (Progresistas), Nicolás del Caño (Frente de Izquierda) y Adolfo Rodríguez Saá (Compromiso Federal), pero no Scioli.

Anoche el debate duró una hora y cuarto. Las limitaciones propias del formato y la ausencia de cruces públicos entre dos candidatos en la historia argentina se combinaron con un rasgo más profundo y característico de la política argentina y en particular de los espacios políticos representados por Scioli y Macri: la falta de ejercicio de la escucha y discusión directa con otros en el espacio público masivo (dado que hay discusiones y articulaciones variopintas en espacios legislativos y también hay discusión indirecta, por ejemplo a través de los medios y voceros periodísticos que alientan las candidaturas de uno y otro).

El presente texto sostiene la hipótesis de que parte de las críticas a los candidatos presidenciales en el debate de anoche exceden sus virtudes y falencias. La situación de relativa paridad entre Scioli y Macri en las pasadas elecciones del 25 de octubre, la definición electoral vía ballotage y la regulación de un debate público, masivo, en vivo y en directo como el de anoche definieron contornos que restringen el campo de posibilidades discursivas de los contendientes.

Si algo tiene de novedoso el debate presidencial no es sólo la carencia de antecedentes a nivel nacional, sino que –junto con la paridad relativa de los candidatos y la situación del ballotage- modula inéditamente el discurso de los protagonistas de la vida política forzándolos a incorporar en el núcleo central de la propia argumentación los razonamientos y el imaginario del adversario. El público masivo, el electorado, funciona como un ecualizador e imanta hacia el centro y la moderación a los candidatos.

El encuentro comenzó con un minuto de silencio por las víctimas de los atentados en París el pasado viernes 13 y tuvo una iluminación lúgubre (pero no fue por homenaje a las víctimas). Los candidatos ratificaron su limitada competencia oratoria, a pesar de lo cual el debate resultó un espectáculo televisivo dinámico que resumió los grandes rasgos de una agenda política que no se parece a ninguna de las que presidieron la discusión pública desde 1983 y que, en particular, se diferencia del ciclo kirchnerista (2003-2015).

Los tres conductores (masculinos) del debate presentaron como “manual de estilo” un protocolo acordado por los candidatos y cuyo propósito latente fue evitar excesos. El formato consistió en exposiciones de temas genéricos durante dos minutos (con una guía de sugerencias verbalizada por los conductores que no fue respetada) y luego dos tandas de un minuto para preguntas-repreguntas y otro para respuestas. No se podía interrumpir.

Scioli y Macri fueron seguidos por una audiencia gigante sólo alcanzada en oportunidad de grandes acontecimientos, como la final de la Copa Mundial de Fútbol 2014. En el acumulado de los distintos canales y señales de televisión, el debate presidencial superó los 53 puntos de rating en su pico (a las 22hs., una hora después de iniciado), siendo la tercera marca más alta de la última década. Es decir que, al menos en la zona metropolitana de Buenos Aires, que es donde miden el rating en la Argentina las consultoras que se dedican al tema, más de 1.680.000 hogares siguieron el debate. A ello cabe agregar el interior del país y la cobertura intensa de los programas políticos posteriores al debate y emitidos en todos los canales y señales audiovisuales en los que se alternaron los dos presidenciables y otros dirigentes políticos y opinadores encolumnados con sus candidaturas.

El debate tuvo preguntas picantes, referencias programáticas y abordó ejes centrales de la agenda pública. Los candidatos omitieron, también, aspectos medulares de esa agenda y, sobre todo, eludieron el abordaje de propuestas concretas para mejorar, continuar, modificar, reemplazar o superar el estado presente de las cosas. Aunque hubo embates por parte de ambos, a juicio de este autor los candidatos desaprovecharon debilidades objetivas de su adversario y del sector político que representa.

El pasado reciente fue un eje central en la exposición de los dos: Scioli intentó asociar a Macri con un modelo de política económica de desguace estatal, ajuste y devaluación y, en consecuencia, como vocero de recetas de aumentos tarifarios y quita de subsidios; Macri intentó asociar a Scioli con el modelo kirchnerista al que criticó por su doble discurso (habla de pobreza y oculta la cifra de pobres), caracterizó como agresivo y adulterador de información y estadísticas públicas y contraatacó con la falta de cumplimiento de días de clase en escuelas o el alineamiento con el chavismo en política internacional. Scioli fue más claro aludiendo a temas generales (modelo de estado y paquete de leyes que ampliaron la gestión estatal de áreas estratégicas como YPF o las AFJP) y a la agenda social (educación, subsidios, cloacas) y Macri lo fue en temas particulares (narcotráfico, policía metropolitana) e institucionales (independencia del Poder Judicial, reforma electoral).

Las redes sociales, como se suele decir, estallaron con mensajes y posicionamientos mayormente binarios y predecibles. Indicador del alto interés registrado por el rating televisivo, también Internet funcionó esta vez como un espacio híbrido que organiza su agenda en torno de grandes acontecimientos pero que, a diferencia del broadcasting, cultiva también perspectivas y análisis singulares, alejados del mainstream.

Se criticó al debate presidencial porque las preguntas más incisivas recibieron evasivas y hubo pocas respuestas directas, es verdad, pero no es menos cierto que Macri respondió a la acusación de pro-devaluador con la mención de la devaluación realizada por el actual gobierno de Cristina Fernández de Kirchner; así como que Scioli replicó que Macri, después de ocho años de administrar el distrito con el más alto PBI a nivel nacional, no registró avances significativos en la disminución de la pobreza o la mortalidad infantil. Scioli también recordó que hay funcionarios del gobierno porteño que fueron procesados por escuchas a víctimas del atentado terrorista a la AMIA; Macri vinculó a Scioli con altos funcionarios con pésima imagen pública, como Aníbal Fernández (jefe de Gabinete).

La escena mostró un lenguaje corporal más relajado en el caso de Macri y más acartonado, con tics nerviosos, en el caso de Scioli, que fue menos cuidadoso que el candidato de Cambiemos con el respeto por los tiempos previstos para las preguntas y respuestas.

El debate público transmitido por la televisión y comentado en directo a través de las redes sociales es una fuerza magnética hacia el centro discursivo porque en la necesidad de seducir al público, los candidatos están obligados a refutar la versión que su adversario construye –explícita pero, sobre todo, implícitamente- sobre el riesgo que supondría que el otro llegue a la presidencia. La invocación al miedo, del que tanto se ha hablado en la campaña electoral, es una forma de administrar emociones y adherencias de la ciudadanía. Macri se ve forzado a subrayar que no personifica el ajuste ni desmantelará el Estado; Scioli a que respetará la división de poderes y practicará el diálogo y la escucha. Dos ejemplos de anoche:

Scioli: Insistís con debatir con un gobierno y funcionarios que terminan el 10 de diciembre. Debatí conmigo, que soy quien aspira como vos a ser presidente y con propuestas claras, serias y responsables.

Macri: Lamento, Daniel. Yo te dije en la introducción que pensé que íbamos a venir a intercambiar propuestas que se transformen en políticas de Estado, gobierne quien gobierne, pero vos insistís en el casete de la mentira, de los miedos, de generar un fantasma, un demonio, detrás de nosotros.

Para quienes disputan la elección, la finalidad de un debate público y masivo es cohesionar los respaldos previos y, a la vez, ampliar esa base evitando que lo haga el adversario. Para ello tan importante como lucir bien y respetar el libreto propio es evitar errores no forzados.

Por motivos que son disímiles, ese triple objetivo (cohesionar, ampliar y no errar) es disruptivo para el Frente para la Victoria y para Cambiemos y les impone una operación discursiva y estética de los candidatos que consiste en tomar nota de lo que el otro proyecta sobre uno para desarticularla. Esa operación es delicada y sería innecesaria si la proyección de riesgos que producen los dos equipos de campaña fuese inverosímil, pero en ambos casos hay un verosímil social sobre las zonas erróneas de ambos candidatos que tutela la construcción de sus discursos. Doble demostración, pues: por un lado, muestra la eficacia de la zona ofensiva de dicha construcción; por otro lado, muestra la necesidad de robustecer su zona defensiva con la inestable opinión pública en el espejo retrovisor.

Anoche los candidatos recrearon esa tensión con bastante equilibrio, sobre todo si se tiene en cuenta que estuvieron sometidos por la regulación rigurosa del debate público masivo en vivo y en directo que opera como un ecualizador imaginario y convoca a moderar opiniones extremas y disonancias ideológicas, graves y agudos.

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