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La última novela de Eco, “Número cero”, es para disfrutar si uno gusta de los guiños ya clásicos del autor, como los juegos de palabras, las conspiraciones ciertas o inventadas, la credulidad, las intrigas medio delirantes y paranoides, la lógica muchas veces absurda que sostiene distinciones de fondo entre lo real, lo falso, lo verosímil y lo increíble. No es la novela más ambiciosa de Eco, no es El péndulo de Foucault; no propone el argumento más atrapante, como en El nombre de la rosa; no desarrolla a fondo la fantasía conspiranoide al nivel de El cementerio de Praga; el juego intelectual no es tan completo como en La isla del día de antes; no regala a los lectores una serie de aventuras como hace en Baudolino; no aprovecha su simpática reflexión sobre la cultura alta y la cultura baja como en La misteriosa llama de la Reina Loana. Para usar un término tano, Número cero es “divertente”.

Como a mi Eco siempre me hace sonreír, siempre es como un recreo, disfruté de esta corta novela, cuya trama incluye ironías cáusticas sobre el periodismo, sobre la industria de los medios, sobre la relación entre propiedad de medios y política profesional, sobre los indultos motivados por el afecto hacia otras personas y sobre la historia política italiana desde la posguerra hasta la década de 1990 (y por extensión, varias menciones a la Argentina y a alguno de sus ex presidentes).

Van algunas citas textuales, completamente aleatorias pero simpáticas (que nada develan del argumento):

  • “En la universidad (entonces, pero creo que también hoy en día) las cosas funcionan de manera contraria al mundo normal: no son los hijos los que odian a los padres sino los padres los que odian a los hijos”.
  • “Los perdedores, como los autodidactas, tienen siempre conocimientos más vastos que los ganadores”.
  • “Si quieres ganar tienes que saber una cosa sola y no perder el tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, es que peor le han ido las cosas”.
  • (en el periódico) “las declaraciones serán dos, en contraste entre ellas, para demostrar que está claro que existen opiniones distintas sobre un mismo tema: el diario da cuenta de este hecho incontestable. La astucia está en entrecomillar primero una opinión trivial, luego otra opinión, más razonada, que se parece mucho a la opinión del periodista. De este modo el lector tiene la impresión de que se le informa sobre dos hechos pero se ve inducido a aceptar una sola opinión como la más convincente”.
  • “Pero los periódicos, ¿siguen las tendencias de la gente o las crean? – Ambas cosas. La gente al principio no sabe qué tendencia tiene, luego nosotros se lo decimos y entonces la gente se da cuenta de que la tiene”.
  • “Hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador”.
  • “La liga de los honestos. Era el título de una vieja novela de Giovanni Mosca, cosas de antes de la guerra, pero aún sería divertido leerla. Se hablaba de una unión sacrée de personas muy decentes cuyo cometido era infiltrarse entre los deshonestos para desenmascararlos y, a ser posible, convertirlos a la honradez. Claro que, para poder ser admitidos por los deshonestos, los miembros de la liga tenían que portarse en forma deshonesta. Está de más decir que la liga de los honestos poco a poco se va transformando en una liga de los deshonestos”.

🙂