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Publicado en La Nación, suplemento Enfoques, el Domingo 14/6 de 2015 | Publicado en edición impresa

Debates

En América latina, el siglo XXI reconfiguró los vínculos entre política y medios

Regulaciones, acusaciones de manipulación, pero también uso intensivo de los recursos digitales: a nivel regional, los medios adquirieron otro protagonismo

Por Diana Fernández Irusta  | LA NACION

Foto: Jorge Silva/Reuters

Nunca antes fueron cuestionados como ahora.” Martín Becerra, doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona, docente de la UNQ y la UBA, e investigador del Conicet, propone en De la concentración a la convergencia. Políticas de medios en Argentina y América latina (Paidós) que, en materia comunicacional, si algo marcó a la “década ganada” fue el nuevo lugar que pasaron a tener los medios de comunicación a nivel regional. Y, en particular, el nuevo vínculo que se estableció entre el universo mediático y la política. Todo esto, en un contexto de vértigo, donde la promulgación de nuevas regulaciones para el sector se conjugó con la masificación del acceso a Internet y las aún impredecibles consecuencias de la convergencia tecnológica: la integración entre medios, industrias culturales, redes digitales y servicios de telecomunicaciones que ya nos está modificando la vida. Y que no ha hecho más que empezar.

“A diferencia de la historia latinoamericana, que era una historia de poca actividad regulatoria legal, en los últimos diez años gobiernos de distinto signo ideológico tomaron cartas en el asunto”, asegura el especialista. A grandes rasgos, Becerra distingue tres situaciones. Por un lado, los países donde existe conflictividad entre gobiernos y medios y, además, se adoptaron nuevas regulaciones (la Argentina, Ecuador, Venezuela, Uruguay). Por otro, el caso de Brasil, donde se producen situaciones de tensión entre la dirigencia política y los grandes grupos mediáticos, pero no se adoptaron nuevas leyes integrales. Y los casos de Chile o Perú, donde coinciden bajos niveles de conflictividad y ausencia de innovaciones en la legislación. Pero hay notorias diferencias en los factores sobre los que cada ley nacional eligió poner el acento; fundamentalmente, en el modo en que las nuevas normativas tocan aspectos medulares del derecho a la libertad de expresión. Por ejemplo, a diferencia de las leyes argentina, uruguaya y mexicana, las de Venezuela y Ecuador regulan línea editorial. La ley ecuatoriana es la más ambiciosa: “Regula todo: medios escritos, audiovisuales, telecomunicaciones, Internet, blogs, Facebook. Con criterios muy duros, muy draconianos, en relación a la libertad de palabra”, explica Becerra.

PASE DE FACTURAS

Al bucear en los orígenes de la situación actual, el investigador se remite a las crisis que sacudieron la región entre fines del siglo XX y principios del XXI. “La crisis del modelo de transferencia de activos públicos al mercado, lo que sintéticamente sería la crisis del modelo neoliberal, se conjura en parte con nuevas regulaciones para el sector de medios -explica-. Como si una parte del estamento político les facturara cierto consenso que hubo en algunos sectores de la sociedad con el modelo neoliberal. En esto, creo que el estamento político es pícaro. También lo son los medios; son dos actores distintos. Pero el estamento político fue coautor de ese modelo, aunque ahora algunos sectores se hayan reposicionado. A la hora de facturar, es clarísimo: incluso en Brasil o Chile, países donde no hubo nuevas regulaciones integrales, una parte de la dirigencia política les factura a los medios su complacencia, participación o consenso con el modelo neoliberal.”

Más allá de los inevitables matices, lo cierto es que no es en los posicionamientos ideológicos donde habría que buscar las claves de esta suerte de redescubrimiento de los sistemas de medios por parte de la política latinoamericana. “Hay otros factores. Uno de ellos, más estructural, es la debilidad extrema de la estructura económica del sector de medios, comparada con la que tenía hace tres décadas”, señala Becerra. El punto crucial sería la enorme competencia surgida en la producción, almacenamiento y puesta en circulación social de información y entretenimiento. Lo que antes aparecía como una “cadena integrada de valor”, hoy asoma como “un circuito jibarizado entre distintos participantes, algunos con escala global de operaciones, que pueden maximizar la intermediación que realizan. Los medios tradicionales intentan adaptarse; desde una perspectiva darwinista, intentan sobrevivir a estos cambios. Pero la incertidumbre que tienen es enorme”. En este marco, las reiteradas acusaciones de “hegemónicos” o “manipuladores” (que Becerra, más que considerar setentistas, considera ancladas en una mirada sesentista) revelan una aguda incomprensión, no sólo de las profundas transformaciones por las que atraviesa la dinámica comunicional, sino también algunos aspectos básicos de su funcionamiento. “No se comprende el vínculo social que algunos grandes medios crean con la audiencia -destaca el investigador-. O Globo no se explica solamente porque es un grupo económicamente importantísimo. Se explica porque los brasileños interrumpen su vida todos los días de la semana en el prime time para ver la novela. Es una habilidad que lleva décadas cultivándose. Entonces, no es que armás un multimedio nuevo o estatal y por arte de magia rompés el vínculo social y la cultura de producción y consumo de contenidos y entretenimiento ya armados.”

Una complejidad imbricada, además, en comportamientos políticos o ciudadanos también complejos: “Muchos de los que sintonizan O Globo [grupo públicamente enfrentado con los gobiernos del PT] han votado después a Lula. Muchos de los que ven Tinelli votan a Cristina Fernández de Kirchner”, detalla Becerra, destacando esa especie de hecho maldito: el encuentro entre audiencias masivas y entretenimiento siempre implica juegos múltiples, cambiantes, reacios ante quien se los quiera apropiar, y sólo en apariencia fáciles de catalogar.

De todos modos, las acusaciones sobre la conjunción entre poder político y poder mediático han sido una constante en el último tiempo. Becerra, más allá de los reparos frente a la recurrida categoría de “hegemónico”, considera que si hay un país en América latina donde tiene sentido hablar de poder mediático, ése es México. “De hecho, hay una parte de la cámara de diputados a la que llaman públicamente «telebancada», porque es la bancada de Televisa. Son diputados de diversos partidos políticos que han tenido en muchos casos cargos gerenciales en Televisa. Piden licencia en el cargo gerencial cuando son elegidos diputados -describe-. Ejercen el mandato de representantes del pueblo, y luego regresan al puesto gerencial en Televisa.” Para el investigador, éste es un claro caso donde el peso político de un grupo de medios tiene clara influencia en la relación de fuerzas e incluso en los acuerdos constitucionales entre los distintos partidos políticos. “Paradójicamente ese peso no se condice sólo con el poder económico, como leemos a veces en la Argentina -aclara-. Porque Carlos Slim, el dueño de Telmex, influye menos en lo que ha sido la deriva regulatoria de lo que ha influido Televisa. Y si alguien tiene billetera en México y el mundo, es Slim…”

TODOS EN RED

La gran cuestión es que existe algo llamado Internet que llegó, se quedó y promete cambiarlo todo. Por eso asombra que, salvo en los casos ecuatoriano y mexicano, en toda la nueva legislación latinoamericana sobre medios asome cierta ceguera ante los fenómenos ligados con la convergencia. Lo que no asombra es, por el contrario, la velocidad con que la política profesional -o al menos algunos de sus líderes- se apropió de plataformas como Twitter y, muy particularmente, Facebook. “Facebook llega donde llega Coca Cola: al último rincón. Y los políticos lo saben”, grafica Becerra.

A nivel regional, Internet quizá no sea universal, pero seguramente es masiva. Entre otras cosas, esto significa que, aun de modo degradado o precario, prácticamente toda la población tiene acceso a la telefonía móvil. Y todos -especialmente los más jóvenes- acceden a Facebook. Una capilaridad que probablemente supere la de los medios tradicionales y que explica el uso que, de Fernández de Kirchner a Rousseff, de Maduro a Santos o Uribe, los presidentes latinoamericanos han venido haciendo de dicha herramienta. Para Becerra, esto habla de “olfato” y de estilos políticos que buscan aprovechar la desintermediación promovida por los recursos digitales. Habla, también de un “replanteo radical del lugar de los medios” en marcha, impredecible y veloz. “Toda la proyección que uno podía tener hace 10 años sobre cómo nos íbamos a conectar a Internet -me refiero a la circulación masiva de contenidos- hoy se hace a través del móvil. Ningún regulador podía preverlo hace 10 años.”.

 

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