Publicado en el suplemento Viernes, del diario Ámbito Financiero, el 1/3/2013.

LOS MEDIOS NO SABEN PEDIR PERDÓN

Por: Martín Becerra

Rectificarse, pedir disculpas, no forma parte de la tradición del periodismo argentino. En tiempos de polarización, la asunción de responsabilidades es concebida como la apertura de un flanco por el que ser atacado. Pero Twitter, Google y el universo de la web arrasan con la autoindulgencia que se prodigan, aún hoy, los medios tradicionales.

Clarín siente la necesidad de decir algo más sobre la llamada tragedia de la avenida Lugones (…). El título en primera plana (´Se tiran del auto para no ser violadas´) y el de la cobertura interior (´Dos chicas se tiraron de un auto porque las quisieron violar´) fueron de contundente y sonora elocuencia (…). Hasta donde se sabe hoy, y de lo que surge del expediente, se puede concluir que el remisero no tuvo intención de violar a las chicas. Así encabezaba Clarín su rectificación por un título de tapa alarmista que había publicado 54 días antes, el 24 de junio de 2003.

El descargo, escrito por Osvaldo Pepe, fue rotundo: Clarín se disculpa con el señor Petruf (el remisero originalmente acusado de intento de violación por un caso en el que una de las dos pasajeras había perdido la vida) y con sus millones de lectores, quienes cada día le renuevan un contrato basado en la credibilidad y la confianza. No obstante, un par de párrafos después la disculpa se tornaba evasiva cuando bajo el subtítulo Desconfianza genética justificaba la deformación profesional que consistiría en el culto a la desconfianza. Por ello Clarín confió más en su fuente (la que erróneamente acusó al remisero) que en la versión oficial de los hechos (que desde el principio descartó la hipótesis de agresión sexual).

Es toda una rareza hallar disculpas de los medios hacia los lectores o hacia los protagonistas de sus notas cuando se detectan fallas en su contenido. En lugar de interpretar los yerros como avisos que permitirían mejorar la práctica periodística, las empresas suelen omitir referencias a las equivocaciones que son, por su parte, inherentes a un sistema de producción de información que cierra ediciones cada vez con mayor velocidad y menores recursos dedicados a la corrección, al cuidado y a la edición de esa información.

A menos que se produzca un escándalo, los medios prefieren hacer silencio. Los equívocos son percibidos por las organizaciones periodísticas como anomalías y su eventual reconocimiento público como mala praxis. La asunción de responsabilidad frente a una equivocación aparece disociada de la búsqueda de calidad. La política de contener con un dique de mutismo los errores tenía cierta eficacia en el sistema de medios tradicional que aseguraba el privilegio de la circulación masiva de contenidos a la industria, pero acusa cada vez más grietas frente a la desintermediación de su mensaje vía redes digitales cuyos usuarios, frente a los equívocos, deducen lo evidente, que el rey está desnudo.

Cuando el tropezón resulta indisimulable, la edición periodística suele buscar una coartada, como delegar una parte de la responsabilidad en otro. El papelón descubierto por un usuario de Twitter y protagonizado por el diario El País al incluir en su tapa del 24 de enero pasado la foto de una persona intubada y convaleciente y afirmar que era el presidente venezolano Hugo Chávez en su tratamiento en Cuba entrañó un pedido de disculpas a los lectores y un reproche a la agencia gráfica Gtres Online, que es la que le había provisto la falsa imagen. Horas después, El País acabó piropeándose: Las cabeceras de referencia destacaron el comportamiento de El País por la rapidez a la hora de rectificar, pedir disculpas y retirar los periódicos con la foto falsa de los puntos de venta(quioscos). Con su propia adulación y una tercerización de la culpa, El País cerraba la explicación (que había iniciado con un expreso pedido de disculpas a los lectores por el perjuicio causado) por uno de los dos mayores fraudes informativos de su historia.

El otro papelón ocurrió en una edición especial del 11 de marzo de 2004, cuando El País tituló Matanza de ETA en Madrid frente a los atentados terroristas en la estación de trenes de Atocha y otra localidad suburbana cometidos por Al Qaeda. En aquella oportunidad, las disculpas de la conducción del diario consistieron en atribuir la responsabilidad al entonces presidente de Gobierno, José María Aznar, interesado en difundir la versión de la autoría etarra ante las elecciones generales que se realizarían tres días después y que ganaría José Luis Rodríguez Zapatero.

En ambos casos las disculpas de El País pueden calificarse de insuficientes, impostadas o fingidas. Pero existieron. Como apuntó Sebastián Lacunza en Ámbito Financiero el 25 de enero (http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=673022), El País es uno de los pocos medios iberoamericanos con Defensoría de los Lectores que se ocupa de recoger cuestionamientos al abordaje informativo del diario. Porque los medios de comunicación no sólo suelen escamotear el reconocimiento del error evitando toda disculpa, sino que eluden también la provisión de dispositivos de detección de errores, como las defensorías de usuarios.

La ausencia de espacios de queja y mediación para evitar fallas o abusos quedó al descubierto, por ejemplo, cuando el 27 de junio de 2007 y en horario de protección al menor, el canal América TV exhibió las imágenes del cadáver deNora Dalmasso (asesinada en su casa de Río Cuarto en noviembre de 2006), ensangrentado y apenas cubierto en su parte inferior por una sábana. En ese momento, además de advertir que se afectó la intimidad de las personas y la memoria de la víctima, como declaró en su momento el exinterventor del Comfer Gustavo López, se reclamó la intervención de la autoridad regulatoria. En cambio, los responsables periodísticos de la emisión justificaron la inclusión de un material sensible calificado por Página 12 como una violación mediática (nota del 29/7/07).

El exdirector de contenidos de América TV Román Lejtman dijo que el noticiero no hizo otra cosa que informar, mientras que la entonces cronista Cynthia García expresó que la lógica de la TV no hace análisis. Desde ese punto de vista, todo se puede mostrar. Tuvimos un debate interno y se llegó a la conclusión de que se podían emitir. Que hoy Lejtman y García estén alineados en espacios opuestos

-Lejtman es crítico del Gobierno mientras que García trabaja en medios gubernamentales- le agrega interés a aquella coincidencia respecto de los límites de lo aceptable en relación con el derecho a la intimidad y a la integridad de los protagonistas (y de sus allegados) de las noticias.

La polarización que desde 2008 divide al campo político y mediático condiciona la discusión sobre la responsabilidad editorial, la admisión de errores y de operaciones de difamación por parte de los medios. Se considera ilógico pedir disculpas en pleno combate. ¿Son esencialmente diferentes los comportamientos de los medios y periodistas que hoy antagonizan?

El conflicto suministra agravios para el adversario y produce operaciones destinadas a exponer la indignidad del otro (lo que refuerza la propia fe). Las operaciones incluyeron hasta la difusión de cámaras ocultas en el ciclo político estelar de Canal 7 (678) sin previa investigación sobre el origen y verosimilitud de las imágenes, Y sin contar con el descargo de las personas mencionadas (entre ellas, el periodista Carlos Pagni). En ese momento, algunos columnistas de 678 manifestaron su desacuerdo con la edición, vale aclarar.

Del otro lado, se inscribe en la misma lógica la imputación de haber apoyado la dictadura militar en Uruguay a uno de los más populares conductores radiales, Víctor Hugo Morales, identificado con el oficialismo, sostenida sin evidencia documental en el programa Periodismo para Todos de Jorge Lanata en Canal 13.

Una de las profesionales más experimentadas del medio local, Magdalena Ruiz Guiñazú, firmó el 29 de octubre de 2012 una severa columna en La Nación intitulada Robar a los muertos en la que con sorpresa e indignación denunciaba que la edición de ese año del Informe Nunca Más de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CoNaDeP) por Eudeba, no solamente sigue anteponiendo (desde marzo de 2006) un prólogo firmado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación al prólogo original que Ernesto Sabato firmó en el momento de su primera publicación, sino que hoy omite definitivamente la firma de Sabato (…) como si este fundamental Informe (que sirvió de base al juicio a las Juntas de comandantes de la dictadura) fuera un documento anónimo. Al día siguiente La Nación tituló Sabato no firmó el prólogo del ‘Nunca Más’, dijo Eudeba y añadió que la editorial Eudeba aclaró que ni la reciente reedición del libro ‘Nunca Más’ ni la primera edición, de 1984, llevan la firma del escritor Ernesto Sabato en su prólogo.

Por otra parte, en enero de 2012 Página /12 publicó las siguientes disculpas: En las últimas horas, este diario recibió protestas institucionales y personales por la tira publicada el jueves pasado en el Suplemento NO, en la que se hacía referencia a los campos de exterminio nazi. De acuerdo con su histórica toma de posición en contra de la discriminación, Página/12 lamenta haber provocado angustia o dolor y pide disculpas a todos los que pudieran sentirse afectados.

Aunque escuetos, los descargos mencionados son relevantes por infrecuentes en un sistema de medios que -con pocas excepciones- carece de mecanismos de erratas para comunicarle a la audiencia los yerros. Si el interés general es el que justifica la inclusión de un contenido en un diario o en un noticiero, ¿cómo es que el mismo interés no se invoca a la hora de reconocer que la información (en parte o en todo) contenía fallas? Ese interés general es el que motivó que el Correio Braziliense reconociera que había marrado la información con una denuncia de corrupción en agosto de 2000 y es el que explica las frecuentes disculpas en el tratamiento de noticias por parte de The Guardian, The New York Times o The Washington Post.

En un editorial del 26 de mayo de 2004, The New York Times admitió que la información previa a la invasión a Irak por parte de las fuerzas armadas estadounidenses en 2003 con la que el expresidente George W. Bush justificó la acción bélica no era rigurosa, provenía de fuentes descalificadas, no se constató y era errónea . El editorial agregaba que hemos encontrado varias instancias en que la cobertura no fue lo rigurosa que debía haber sido. En algunos casos, la información que era controvertida entonces, y que parece ser cuestionable ahora, era insuficientemente calificada o nunca fue puesta a prueba. Al mirar atrás, deseamos haber sido más exhaustivos en reexaminar la información a la luz de nuevas evidencias o a la falta de éstas.

El comportamiento de los medios no suele presentarse aislado de tendencias potentes en el seno de la sociedad en la que actúan. La correspondencia entre la actitud indulgente de los medios frente al error propio y la clemencia con la que se evalúan a sí mismas otras instituciones como los gobiernos, partidos políticos, iglesias y sindicatos es notable. Así, a diferencia de Brasil, donde algunos medios y varios políticos aludieron a su complicidad con la dictadura militar (1964-1984), en la Argentina las empresas periodísticas no han sincerado su relación con la dictadura a casi tres décadas de recuperado el régimen constitucional.

Al celebrar su 90 aniversario, el poderoso Folha de San Pablo revisó tímidamente su apoyo a la dictadura brasileña. Folha recordó que en 1976, el diario, que apoyó el golpe militar de 1964, abre espacio en sus páginas para opositores de la dictadura y se convierte en uno de los catalizadores de la apertura (política). Además, y pese a sostener una línea editorial crítica con los gobiernos de Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-actualidad), el diario pidió disculpas por haber publicado que la actual mandataria había planificado el secuestro del exministro de Hacienda de la dictadura Delfim Netto.

En la Argentina, los medios, que como manifestó el entonces director de la revista Cuestionario, Rodolfo Terragno, funcionaban en cadena porque se uniformaron antes incluso del Golpe de Estado de 1976, se adaptaron desde diciembre de 1983 al juego constitucional incorporando crecientemente la agenda de derechos humanos pero, institucionalmente, no se ocuparon del propio desempeño en los años de plomo. Lo hicieron, sí, editores, columnistas y redactores, pero a título personal. Ahora bien, son muchas las instituciones que evitaron hasta ahora referirse a su pasada actuación, a pesar de la considerable distancia de aquellos sucesos y de la recuperación de la agenda de las violaciones a los derechos humanos en aquel período.

Los partidos políticos mayoritarios enseñan, desde 1983, un historial contradictorio de logros y deserciones en relación a la historia previa, pero ni el peronismo ni el radicalismo asumieron públicamente su complicidad con el terror estatal articulado a partir de 1974 y profundizado desde 1976. Acaso la única excepción en el sistema de partidos, entre los que apoyaron la dictadura, sea la del Partido Comunista Argentino, que en su XVI Congreso de 1986 revisó la grotesca caracterización de las Fuerzas Armadas en las que identificaba un ala democrática encabezada porJorge Videla. Por supuesto, la falta de autocrítica no significa que las formaciones políticas apoyaran integralmente a la dictadura o que no sufrieran gran cantidad de víctimas. Pero existe una analogía entre la amnesia de los partidos con la de los medios de comunicación, que sufrieron censura y cuyas redacciones fueron selectivamente perseguidas, incluso a pesar de su explícito apoyo editorial a la dictadura, como demuestra el caso de Jacobo Timerman, exdirector de La Opinión secuestrado y torturado por el gobierno militar.

El pasado y presente de negación del error (y del horror) aporta en la actualidad una paradoja. Aunque la mayoría de los medios no cuenta con defensoría de los usuarios, no respeta el derecho de réplica ni acostumbra a incluir fe de erratas (tampoco en su versión digital), se destinan muchos recursos para mostrar el yerro ajeno, como si ello excusara el propio desacierto y como si las disculpas por los tropiezos propios exigieran la invención del atenuante de que los demás son, siempre, peores.n

@aracalacana

*Universidad Nacional de Quilmes – Conicet

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