Horacio González reflexiona en Página 12 sobre las muertes en Villa Soldati, tras la ocupación del parque Indoamericano, y convoca a expresar la solidaridad “sin más”. Esta actitud, que prescinde del clásico y extendido recurso de atenuar la solidaridad con los dolientes tras elucubraciones acerca de sus fines últimos o de su posible instrumentalización, no es ingenua, dice González: “es la única forma de comenzar las reformas del orden policial viciado que tantas veces se ha intentado, liberando a sus propios agentes del pensamiento represivo. Las reformas han fracasado, aun las mejor formuladas, porque no han ingresado en los misterios de la subjetividad del Estado, con sus tendencias contradictorias, entre el servicio social y la represión.” El mismo autor publicó días más tarde un artículo sobre la instalación de personajes arquetipos, como los barrabravas rentados como matones o asesinos (o matones asesinos), de una época que cuestiona la idea misma de argentinidad. El artículo reviste interés, si bien no aborda la relación fundante entre la economía política que subyace a la instalación del arquetipo con sus comportamientos y lenguajes.

OPINION

Una moral “sin más”

Por Horacio González *

Los acontecimientos que llevaron a la muerte de Mariano Ferreyra, los de Formosa y los de Villa Soldati –serie por demás preocupante y grave– ponen a la política argentina, nuevamente, en el máximo de la exigencia moral e intelectual. Distintas situaciones y un único sentimiento de profunda incomodidad: no es posible que quede inhabilitado un cimiento esencial de las políticas públicas, la no represión del conaflicto social. Algunos de estos hechos parecerían confusos, porque se trata de manifestaciones, reclamos o reivindicaciones que de por sí entrañan actos de fuerza. Y en ellos hay grupos sociales o políticos que pueden actuar con contundencia, expresarse con ciertos despuntes de violencia, arrojar proyectiles diversos, etc. De ahí que ciertos espíritus amigos del realismo político, aun repudiando los acontecimientos, entran enseguida en diversas disquisiciones: estaba la “izquierda”, “tenían armas tumberas”, “se encontraban también armados”. Incluso dicen que hay provocaciones o intereses difusos detrás de manifestaciones bienintencionadas. Puede ser, aunque no lo creemos. Pero quiero tratar aquí un tema de naturaleza ética: la absoluta exigencia de tomar partido por las víctimas sociales, los débiles de la historia, sin más. No cabe aquí pensar desde la razón de Estado. Una ética social activa, una ética refundadora de derecho y sociabilidad, lo es siempre “sin más”.

Ciertamente, no ignoramos la paradoja de las consecuencias, que un viejo maestro, Max Weber, hiciera centro de su teoría de la acción. Deseamos el Bien y actuamos en consecuencia. Pero obtenemos otra cosa, situaciones desarregladas, empeoramientos del cuadro social. Incluso obtenemos el Mal. Todo ello es motivo para acentuar la conciencia responsable, la autorreflexión sobre las propias acciones, la sabiduría sobre ciertas relaciones de causa y efecto que los pliegues últimos de la sociedad siempre contienen al margen de nuestra capacidad de guiarlos. Ese es el deber de los movimientos sociales reivindicativos. Pero no es motivo para no pronunciarnos, sin ninguna mediación ni cálculo, en favor de quienes son históricamente dañados. Se dirá que eso no precisa de recomendación alguna, lo hacemos siempre y sin dilaciones. No, no es así. Suele predominar en los ambientes políticos una milenaria sentencia ante los hechos más graves: ¿qui buono? Esto es: “¿A quién favorece?”

Murió alguien… pues bien, ¿de qué sector? ¿Son innominados, tienen nombres que no nos gustan, han vilipendiado nuestros propios nombres? Si reprobamos duramente, ¿no corremos el riesgo de quedar bien con nuestra conciencia, pero desconocer las situaciones complejas en que ocurre cada hecho? ¿Y si nos sacamos el gusto de hacer el clásico comunicado de las almas nobles, pero no solo conseguimos el castigo de los represores sino que también debilitamos a un gobierno nacional y popular que no controla todas las instancias que actúan en la vasta urdimbre nacional? Sí, se escuchan pensamientos como éstos. Pero en este caso solo caben, pues este es un tema que está en el corazón de época, los pensamientos en torno del victimado social y no de la justificación del Estado. Sin más. “Sin más” quiere decir que este momento reclama una dimensión ética bajo su propia responsabilidad y peso moral. Ella sola pueda juzgar lo ocurrido en las tinieblas represivas de la sociedad, sin consideraciones aleatorias. Cuales serían “hay que ver quién comenzó primero”, “traían piedras”, “los atacaron”, “interrumpían el flujo circulatorio”, “sirven a otros intereses”, “afectan a nuestros aliados”. No. Es época de una ética sin más, una verdadera reforma moral e intelectual en nuestra facultad de juzgar la escena del presente. Porque el Estado es operativo solo cuando pone de lado sus propias justificaciones, nutriéndose solo de la justificación social.

No puede haber, en este momento, ninguna idea de Estado capaz de relacionarse con un núcleo importante de transformaciones, que no asuma esa dimensión ética, sin más. El ex presidente Kirchner, al concretar la propuesta de policías de-sarmadas ante el conflicto social, introdujo en la historia nacional contemporánea el principio del socratismo democrático. Esto es, “prefiero sufrir una injusticia que provocarla”. Hace muchos años, a comienzos del siglo XIX, el mariscal brasileño Rondon marchó por el Amazonas Occidental hacia el Norte, sin responder los ataques de las etnias originarias, asentadas en el territorio. Se trataba de extender el telégrafo, pero este soldado humanista, fundador de un credo trascendental en Brasil, hoy casi olvidado, había decidido que marcharía con la consigna socrática. No era ingenuidad, una decisión marginal e inocua. Era una forma de refundar instituciones públicas democráticas y crear una moral política para los Estados, fácilmente tachadas de candorosas y aun de peligrosas para la “seguridad”. Pero ese pensamiento era un don. Tal como los grandes antropólogos lo definieron. El don es dar algo sin pretender que sea una respuesta de equivalentes; es también omitirse de una acción que sería la “contraprestación” exacta a la agresión que probablemente recibimos. No se trata de la otra mejilla, sino de instituciones con la fuerza eminente de sus convicciones sin más.

No fue un utopista, sino un hombre práctico y lúcido, como Kirchner, el que inauguró estos pensamientos que los filósofos habían pensado en sus grandes textos. No hay hoy esos filósofos. Pero de vez en cuando, inesperados políticos, excepcionales funcionarios y hasta remotos soldados de los que no podría esperarse el don de reproponer esos textos en una sociedad contemporánea compleja y quebrada por subterráneas pulsiones de justicia desatendida y de muerte, vuelven a recordar esos escritos célebres. Que además pueden no haber leído. Pero los reciben como legado subterráneo e insospechado. En una prueba de que siguen existiendo más allá de que en las universidades hablen sobre ellos. Y ahora, en estos momentos difíciles para esta ética del “sin más”, vemos la serie aciaga de estas muertes en las que participan agentes policiales, barrabravas y matones sindicales, estructuras armadas del Estado que vuelven a desenfundar sus armas viendo en manifestantes, pueblos étnicos, militantes políticos, autores de una supuesta amenaza para el orden. No. El orden incluye dos cosas. La incorporación de la manera en que lo que lo desafía, que lo hace mutar hacia formas más igualitarias. Y su autorreflexión, en el sentido de contener su fuerza, para descubrir nuevos motivos de su propia democratización. Se dirá que esto es ingenuo. Pero sin esta “ingenuidad” no se sostienen los cambios, reparaciones y sensibilidades nuevas.

No obstante, no hay tal la ingenuidad. Se trata de una productividad política nueva. Incluso es la única forma de comenzar las reformas del orden policial viciado que tantas veces se ha intentado, liberando a sus propios agentes del pensamiento represivo. Las reformas han fracasado, aun las mejor formuladas, porque no han ingresado en los misterios de la subjetividad del Estado, con sus tendencias contradictorias, entre el servicio social y la represión. También la agresividad que puede anidar, incluso, en los movimientos sociales inspirados por viejas y justas demandas, podrá también dejar paso a otras formas de acción, que otras sociedades y procesos políticos transformadores han practicado. Dígase que el tosco macrismo es una parte importante de la conciencia en retroceso de un sector de la población, sumergida en miedos inducidos y en soluciones represivas, xenófobas y encastilladas en pequeños privilegios, que no serán tales pues solo contribuyen a una vida atomizada, menguada, sin verdaderas certezas comunitarias, reemplazadas por la derechización del carácter personal y una moral que corroe las capacidades subjetivas de todo tipo.

Los acontecimientos de Villa Soldati y los que los precedieron componen un encadenamiento que es preciso detener, desde luego que con nuevas políticas sociales, de vivienda, de reconocimientos materiales y simbólicos, de inversiones en infraestructuras que atañen a la vida popular, de educación con nuevos descubrimientos pedagógicas y lingüísticos, de tecnologías que ingresen en la vida cotidiana para fortalecer sus creatividades dormidas, de conversión de las villas miserias en ciudades originales, integradas a la ciudad real con sus propios esfuerzos culturales y planificadores, develando en sí misma el rechazo a reproducir la razón económica de las metrópolis y las mismas estratificaciones clasistas en medio de las vidas marginalizadas. La vida popular no puede ser, como lo está siendo, la tentación para reproducir internamente poderes oscuros iguales a los que también la avasallan.

La sociedad argentina está decidiendo. Ahora mismo, y en cada militante social, sobre todo entre los que ven con especial simpatía los tiempos que transcurren, está decidiendo sobre una disyuntiva. O bien triunfa una moral pequeña, que se pregunte “a quién beneficia esto”. O prospera una moral sin más. Esta última es la moral que percibe que son las propias transformaciones ya practicadas las que están en peligro cuando ocurren episodios mortíferos como los que comentamos. No actuar contra ellos políticamente, sin ningún otro tipo de consideración, “sin más”, lejos de convertirnos en almas candorosas “que no sabemos medir la correlación de fuerzas”, nos convierte en conciencias nuevas para un destino de justicia renovado en el país. Renovando la autorreflexión de todos los sujetos actuantes, la de los movimientos sociales, y la del Estado, que debe autocontener lo que debe monopolizar, en especial la violencia.

* Sociólogo, ensayista,director de la Biblioteca Nacional.

OPINION

La Argentina incompleta

Por Horacio González *

Todos los pueblos han forjado un personaje picaresco, aprovechador y simpáticamente precario. Contrafigura del arquetipo culto, ese personaje venía de abajo, revestía forma popular y áspera sabiduría. Nos aliviaba del peso de la ley y de la solemnidad vacía. El viejo Vizcacha sirve de ejemplo mayor. Pero con los barrabravas omnipresentes, quizá se ha agotado el ciclo del pícaro argentino, que también era un ser doliente. ¿Qué comienza? ¿La era de personajes desprendidos del pueblo, de él surgidos, piedra en mano, cascoteando bolivianos, castigando paraguayos?

Todavía no tenemos nombre para ellos, por si estuvieran lamentablemente destinados a convertirse en representativos de una época, de un modo de ser. Es que no son señoritos, de aquellos que reclutaba Manuel Carlés, ni engominados tacuaristas, antes que a este grupo lo devorase también la espiral revolucionaria que provenía de antiguos textos nacionales. Son una parte ejecutora de algo que hay que desentrañar mejor. Escuchémoslos. Mientras embisten, hablan una reconocible lengua popular que hemos inventado entre todos.

Violentos de pacotilla, apretadores de morondanga, enjambre de voces por la radio, ensordecedor tejido de imprecaciones, son las milicias de estación. Corren airadamente frente a las cámaras, saben que la televisión tiene ese casillero a ser llenado. Torso desnudo, bermudas displicentes, barriguditos en sórdidas chancletas, se dan el lujo de ser fotografiados con pistolas de juguete, porque aunque no lo fueran, sólo por decirlo, este tiempo parece que se presenta como un juego. Pero cruel. Por fin llegó la hora de decirlo. ¿Habrá una suspensión cultural en la vida argentina regida por la cerrazón mental, el segregacionismo anidando en un lenguaje barrial, suburbano, como si hubiera una juglaresca racista para el piberío del barrio?

Escuchando a la señora de la casita de la esquina decir que si es así, entonces ella va a ocupar la Plaza Irlanda o el Parque Tres de Febrero, uno se siente un poco menos argentino. Viendo por televisión a esa chica de buen semblante, con anteojitos modernos y muy aplomada decir que ella se ve invadida, entonces uno se siente un poco menos argentino. En el trabajo, sube alguien al ascensor que hace saber que está harto de esos bolitas, parásitos, mientras que él… Y allí somos menos argentinos. Viajando en taxi, que es subirse a una embarazosa radio prendida, uno escucha que esa mamá vive a veinte dificultosas cuadras del subte, compró la casa con el esfuerzo de años y no puede tolerar a los recién llegados que lo quieren todo de arriba. Y entonces uno se siente también un poco menos argentino. Esa muchedumbre de voces, móviles y movileras, pueden mover los secretos profundos de una sociedad aturdida.

Digo “menos argentino” no porque sepamos qué cosa significaría serlo en un sentido completo, en un para siempre jamás. De alguna manera siempre se es “menos” respecto de algo que suponemos ser, porque lo que resta sin definir es la utopía sobre la cual siempre discutimos. Pero ahora toda una sociedad corre el riesgo de rellenar sin utopía posible ese segmento faltante –que es lo que nos hace libres– con un “discurso argentino”. Que está equivocado, y que algo o que mucho nos sustrae. Por fin se habría hallado el complemento, un sordo desdén hacia otros pueblos que habitan entre nosotros, que a veces se torna grito o disparo fatal de una oscura lucha armada. Y casi siempre, a través de un uso degradado del lenguaje nacional. Habla una mujer boliviana, ocupante de tierras. Voz nítida, gran empleo de términos inhabituales, serenidad en la expresión, conciencia de derechos, lo que casi siempre da una lengua rica y suave. Castellano atesorado en el ánfora de los pueblos. Habla un “vecino”. Voz tosca, amenazante, airada, vocablos tarambanas, el habla del jactancioso que al perder el control de sí, nos devuelve el espejo de nuestra propia lengua argentina corroída.

Tangos famosos hablaron de otra forma del tema. El “malevaje extrañao” era una convocatoria a dispensarnos mutuas disculpas porque disfrazábamos cierta ternura con una duelística de caballeros de los suburbios. Borges encumbró estos personajes y los hizo comentaristas eximios de un destino nacional. En sucesivas mutaciones que capítulos lúgubres de la historia argentina explican muy bien, el matasiete se hizo orillero, el orillero malevo, el malevo patovica, el patovica guardaespalda, el guardaespalda runfla, el runfla patotero, el patotero matón, el matón barrabrava, el barrabrava racista y el racista busca el centro del alma nacional para consumarla. Para estancar la Argentina.

Digo Argentina y se presenta de inmediato el inconveniente. Nunca vamos a cumplirla del todo porque es suma de pueblos en movimiento. Son pueblos nuevos, interrogados por pueblos originarios, pueblos originarios interrogados por el pueblo-nación. Y además: pueblos orientales de las primeras inmigraciones; pueblos orientales de las inmigraciones recientes; pueblos altiplanos; pueblos de los grandes ríos mesopotámicos hacia arriba (que dan nombres a países, provincias, ciudades y estados: Paraná, Paraguay, Uruguay); son pueblos que se mueven –porque siempre lo hicieron– en esta traslación de hombres y signos que es la nación argentina. Nunca llena, nunca terminada. Y está el pueblo-mundo: el gran concepto de Alberdi, que a pesar de tener una visión sesgada del dilema nacional del incesante fluir del pueblo, concibió claramente el hecho de que llevaba el nombre de Argentina una porción en movimiento de la humanidad renovada. No se puede perder eso justo ahora.

Preclaros escritos argentinos hablaron del pueblo del himno. Sabemos de qué se trata. Siempre hay un momento colectivo, generalmente ritual, ceremonioso o eufórico, donde se genera la gran ilusión comunitaria. Un acto escolar (la infancia), un gol de la Selección (la adolescencia), los discursos que ciertamente gustamos escuchar sobre historias compartidas (la madurez utópica). Pero ese ensalmo una vez concluido se dispersa en múltiples sentidos, cada uno de los cuales está obligado a reinterpretar los momentos de efusión compartida con una totalidad donde también subyace lo que no nos gusta. Siempre estamos llegando a algo nuevo en materia de lo popular, cargando el texto común y sabiendo que se abrirá inexorablemente hacia intereses particulares, clasistas o liberadores, que deberán desentrañar ese minuto de comunión, que en el plano litúrgico quizá tuvimos con los enemigos de toda emancipación.

En el reciente conflicto con los conglomerados agrarios, de ellos y sus batallones de publicistas emanaba la hipótesis de que había un pueblo digno, desinteresado y patriótico que llenaba la avenida Figueroa Alcorta sin choripán ni conchabos. Del otro lado, había un pueblo que se movía sin conciencia transparente, sin ideales ni buen aliento, sumergido en las vituallas que repartía el chofer del ómnibus que los depositaba en la plaza. Gran diferendo en el que había que demostrar que el “pueblo digno” era sostenido por un esqueleto permanente de envilecidos intereses de clase y el “pueblo oscuro” hacía latir en su seno, como siempre, con los matices que brinda la historia nacional, un impulso de emancipación. La discusión no ha cambiado mucho, pero se ha desplazado. El pueblo diáfano podía albergar en su conciencia una espoleta racista, que ahora, en el terreno, representarían los otros. “Vecinos” desgajados del “pueblo oscuro” enviados a la lucha tacaña, mandados ellos sí a la turbia epopeya racista, que comienza por ser un acto del lenguaje común hablado. El pueblo llano, de himnos y tablones, de marchas y tamboril, por eso debe acentuar ya mismo, en su corazón social, el síntoma igualitario que libere de servidumbres involuntarias y sepa criticar el armazón de una Argentina que nos ronda con su alianza entre señoritismo y racismo.

La Argentina debe rehacer su conciencia colectiva por medio de una gesta política y cultural tan poderosa como la que imaginaron sus principales pedagogos, a la que ahora hay que agregarle la crítica efectiva al pliegue racista que ha emergido. Esto afecta la noción misma de “pueblo argentino”. No es que no haya muchas maneras de serlo y reconocerse en él, que en el pasado han combinado las formas de la razón ilustrada y de la razón populista. Pero hoy se lucha –y el cuerpo electoral del país, en definitiva votará por esas disyuntivas–, por la ampliación de su respiración social, su reconstrucción como fuerza de cambio y cambiante, su capacidad de no ser un lenguaje clausurado y pensarse como lo que siempre fue, pueblo en tránsito, sin contornos ya trazados ni lenguajes de desprecio y miedo. Nada de esto es diferente de inventar nuevos proyectos habitacionales urbanos y suburbanos, imaginativas líneas de financiamiento popular, repensar las tierras, generar nuevas ciudades, recomponer los ferrocarriles que obligan a viajes indignos, convocar constructores, arquitectos e ingenieros con la filosofía del pueblo-mundo, reformar las policías de todo el país, proyectar en todos los cordones del conurbano una nueva imaginación ciudadana, replantear las megalópolis, recrear la lengua de los medios de comunicación y rescatarnos a nosotros mismos de lo que nos hace ser menos argentinos, sabiendo que lo que falta es lo que siempre faltará, pues todo pueblo es pueblo incompleto que se mueve para que los otros lo completen.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.