Rocío Ballón reflexiona en La Ventana, de Página 12, acerca del tratamiento predominante en los medios audiovisuales sobre el conflicto educativo desatado en la ciudad de Buenos Aires, en el que los jóvenes que protestan son estigmatizados como violentos mientras se omite considerar el ruinoso estado edilicio de las escuelas, la falta de políticas formativas de maestros y alumnos, y la derivación del gasto a la contratación de espías. En tanto, Florencia Saintout retoma la cuestión del interés político de los jóvenes interpretando acciones y movimientos protagonizados por ellos, también en La Ventana, de Página 12.

MEDIOS Y COMUNICACION

La juventud no está perdida

Por Rocío Ballón *

La cobertura mediática de los hechos concernientes a la toma de más de veinte colegios de Capital Federal habilita una reflexión en torno del accionar de los medios de comunicación hegemónicos como vehiculizadores de intereses ideológicos y políticos asociados a la educación.

Durante toda la semana los noticieros televisivos de los medios privados mostraron en su mayoría y de manera sostenida a los jóvenes protagonistas de los reclamos como autoritarios y egoístas, responsables del impedimento y violación del derecho a la educación. Se reforzó así el estereotipo cultural de los adolescentes como grupo social asociado a cierta rebeldía e irracionalidad. En algunos casos se acusó a los manifestantes de emborracharse durante la toma y celebrar fiestas por las noches, cuestión que como víctimas de la injusta y perversa lógica de vertiginosidad mediática hizo que algunos estudiantes debieran salir a desmentir.

En la mayoría de los casos fueron priorizadas las entrevistas a padres ofendidos por la medida, en omisión a un número significativo de padres y miembros de la comunidad educativa en general que comprende o apoya el reclamo por mejoras edilicias, becas, viandas y boleto estudiantil a cinco centavos para sus hijos e hijas.

La cobertura predominante de periodistas, movileros e informes televisivos fue tendenciosa. El énfasis no estuvo puesto en el reclamo ni en las condiciones edilicias de los colegios porteños. Todo el tiempo se desvió la atención de la responsabilidad del gobierno porteño o del Estado como garante del derecho a la educación.

Como si esto fuera poco, asistimos una vez más a la criminalización de la protesta social a través de la realización de imputaciones penales a los jóvenes. El jefe de Gabinete de Macri, Horacio Rodríguez Larreta, anunció en Radio 10 la inutilidad de los Consejos de Convivencia, reivindicando la metodología de la sanción dura, correspondiente a ciertas pedagogías que quienes trabajamos desde hace años en educación sabemos que no logran resultados satisfactorios, no forman en democracia y ensalzan el ejercicio de las más repudiables prácticas autoritarias.

Como Nicolás Casullo escribió en Página/12 una vez a propósito del conflicto rural, todo esto fue al servicio de sostener la “alentada derechización ideológica con que se baña cotidianamente nuestra sociedad mirando la pantalla”. Pero es importante aclarar que si bien toda esta construcción de la realidad que realizan los medios de comunicación influye fuertemente en la opinión de las personas (ésta es uno de sus fines últimos), cabe recordar que las audiencias y televidentes no son pasivos y tienen capacidad crítica para resignificar los mensajes. En el caso particular de los jóvenes, suelo escuchar de mis estudiantes maravillosos análisis sobre las formas discriminatorias en que los medios los representan. “Eso que dicen de nosotros, eso de que porque paramos en la esquina somos chorros, eso no es verdad. Ese no soy yo”, me dijo una vez uno de mis alumnos de Barrio Agüero, Avellaneda.

En síntesis, aparece una vez más como necesaria una educación en medios que, como afirma Roberto Aparici, pretenda que los sujetos tengan cierto control sobre el uso que hacen de los medios de comunicación. Es decir, que si se les ofrecen pautas de análisis adecuadas y una propuesta pedagógica comunicativa y reflexiva, critica y lúdica, tendrán instrumentos para tomar decisiones autónomas sobre los mensajes que reciben de los diferentes medios.

Se trata de buscar una educación que promueva el diálogo y que luche contra lo que Paulo Freire llamó el antidiálogo, que es lo que algunos medios hegemónicos proponen. Una educación que respete a los jóvenes y que les enseñe a hacer valer sus derechos, que son también los nuestros.

* Licenciada en Comunicación Social UNQ. Docente de Educación y medios y Cultura, Comunicación y educación, ISFD N1, Avellaneda.

LA VENTANA

Jóvenes, medios y política

Por Florencia Saintout *

Durante décadas de triunfos neoliberales y exclusión se sostuvo que a los jóvenes no les interesaba más la política. Esto se dijo en dos sentidos no necesariamente contradictorios, más allá de la aparente paradoja. Por un lado, desde los gurúes de la posmodernidad se celebró el llamado desinterés como un modo de anunciar el fin de la política y el comienzo de un nuevo modo de socialización regido por el mercado. Por otro, desde un progresismo nostálgico de lo perdido, se los midió eligiendo como parámetro a los jóvenes de las generaciones del sesenta y setenta y se los condenó por no ser capaces de interesarse. Se dijo que eran individualistas, apáticos, que nada les importaba.

Este discurso sobre los jóvenes se estructuró en torno de otro: el gran relato de que se habían acabado los grandes relatos. La gran mentira de que la historia se había muerto, de que se habían muerto las luchas, la calle… en fin, que se había muerto la política y que sólo nos quedaba esperar mirando la televisión. Sólo había que esperar a ver los modos en que nos acomodábamos a un mundo en el que no había nada que decidir porque todo estaba decidido: el valor del capital, de la vida como mercancía.

Los medios de comunicación hegemónicos reprodujeron durante décadas estas ideas. Es por esto que hoy les cuesta interpretar la existencia de un movimiento estudiantil secundario que sale a las calles reivindicando el poder de la política para hacer sociedades más democráticas.

La actual generación de jóvenes, hija de los efectos del saqueo y de la lucha por la recuperación del Estado luego, se hace cargo además de una verdad: las luchas no han desaparecido, la política no ha muerto. Y no solamente no ha muerto, sino que la única forma de aprenderla es haciéndola, integrándose a la historia (“¿a qué mundo nos trajeron?”) y poniéndola luego en cuestión (“¿qué haremos con lo que hicieron de nosotros?”).

Mientras esto sucede, los grandes medios siguen oscilando entre la condena adultocrática y conservadora, o una incapacidad interesada de análisis complejo que vaya más allá de la pretensión descriptiva del que –a pesar de su desenmascaramiento– se sigue autodenominando periodismo independiente.

* Doctora en Comunicación. Decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.

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