El 60 aniversario de la primera transmisión de televisión en la Argentina motiva balances por parte de Emanuel Respighi (Página 12), Carlos Ulanovsky (Página 12), Martín Becerra (Página 12), Silvia Llamazares y Adriana Bruno (Clarín).

TELEVISION › A 60 AñOS DE LA PRIMERA TRANSMISION TELEVISIVA

Estado de situación de una pasión argentina

El “debut” fue el 17 de octubre de 1951, en el marco del acto por el sexto aniversario de la lealtad peronista. Desde entonces, la TV argentina transitó un sinuoso camino hasta hoy, siempre condicionada por los vaivenes políticos, sociales y económicos.

Por Emanuel Respighi – Lunes, 17 de octubre de 2011

Es amada y odiada con igual intensidad. Es celebrada y maldecida a diario por unos y otros, incluso por los mismos televidentes que pasan de un sentimiento a otro con una diferencia de cinco minutos. Es compañera fiel de pasados personales, y también colectivos. Es entretenimiento y memoria. Es reflejo de lo social, y constructora de realidades. Es el pasaje gratuito que todos tienen –botón mediante– para ingresar a mundos inimaginables. Hace reír y llorar, emociona y enoja, indigna y divierte: todo junto, revuelto y sin anestesia. Es “caja boba” y generadora de conciencia. Sorprende y repite, promete y desilusiona, entretiene y aburre, transmite optimismo y pesimismo. Es niñera electrónica y formadora de opinión,; brillante y basura. Es el pariente electrónico que todos comparten, que iguala más allá de cualquier diferencia económica, cultural, política y/o social. Es simplemente la tele, ese aparato que tantas contradicciones genera, ese mundo incomprensible que se cuela en cada casa, de un misterioso sabor al que nadie puede resistirse. La tele cumple hoy seis décadas de vida, una fecha redonda por la que vale la pena festejar. Aún cuando a diario se crea que el zapping infructuoso haya sido, otra vez, una pérdida de tiempo.

En la tercera edad

La historia es conocida por todos: el 17 de octubre de 1951, en el sexto aniversario de la lealtad peronista, la Plaza de Mayo rebosaba de gente. La celebración tenía un aditamento: tras el renunciamiento histórico del 22 agosto, Evita volvería a estar frente al pueblo y, si su deteriorada salud se lo permitía, les hablaría a sus fieles. Luego de las palabras de José Espejo, secretario general de la CGT, y del presidente Juan Domingo Perón, Evita finalmente tomó el micrófono y dio un discurso que iba a quedar grabado por siempre en la historia argentina. No sólo por aquello de que ella no valía ni por lo que había hecho, ni por lo que era ni por lo que tenía, sino que su valor residía en el amor por el pueblo y por Perón. Iba a pasar a la historia, también, porque esas palabras quedaron registradas por las tres cámaras que desde un balcón del Banco Nación comandaban Enrique Telémaco Susini, Jaime Yankelevich, Adolfo Agromayor, Gerardo Noizeaux y Oscar Orzábal Quintana, el grupo de “locos” que con la transmisión de ese acto inauguraron las emisiones televisivas en argentina.

De aquel primer ensayo que casi pasó inadvertido para la prensa de la época, en noviembre llegaría la inauguración oficial de TV LR3 Radio Belgrano (más tarde Canal 7), con una programación diaria de pocas horas basada en informativos, la presencia en pantalla de actores y músicos haciendo lo suyo y algunas transmisiones deportivas. Como todo nuevo medio, la TV era mirada con desconfianza y recelo por muchos artistas de la radio y el cine, quienes sospechaban que su llegada representaba la declaración de su sentencia de muerte. Recién con el paso del tiempo y la mayor familiaridad con la novedad audiovisual, locutores, actores y directores de radio y cine comprendieron que la tele, además de inevitable, era una opción más de entretenimiento que tardaría en consolidarse. Un medio que, de todas maneras, cambiaría las costumbres sociales de la alta sociedad de la época, que ya no tendrían que salir de su casa para ver a sus artistas y a sus espectáculos favoritos.

“En los años cincuenta, fue puro candor y descubrimiento: el tiempo de los pioneros y todo por hacer. En los sesenta se convirtió en una industria pujante y en una actividad espejo de la entonces muy sólida clase media urbana. En los setenta se cansó de tropezar hasta lastimarse duramente: primero perdió sus valores y su rentabilidad, luego perdió sus dueños y el Estado no supo qué hacer con ella. Para colmo, la muerte se agazapó detrás de su programación pasatista y sus noticieros desangelados. En los ochenta, sin embargo, las cosas mejoraron: tras ser la principal propaladora de una guerra inconcebible, con el sol de la democracia renació y recuperó sentido, aunque se mantuvo siempre con altibajos. En los noventa restañó las viejas heridas, intentó recuperar su perfil de industria y, como el resto de la sociedad, creyó que vivía en el primer mundo. Pero no: vivía en la Argentina y el siglo XXI recortaba su ominoso horizonte de negros nubarrones.” Así describe el libro Estamos en el aire (Emecé) el derrotero de la televisión argentina desde sus inicios hasta entrado el siglo XXI, en una síntesis a la que habría que agregarle las luces y sombras que en estos últimos años marcó a la pantalla chica local.

Claroscuros

Supeditada históricamente a los vaivenes políticos, sociales, culturales y económicos del país, la televisión argentina llegó a las seis décadas de vida en pleno proceso de transición. El desembarco masivo de Internet y el acelerado progreso de la cultura digital están condicionando su funcionamiento, a la vez que el desarrollo tecnológico le aporta de un sinfín de herramientas para renovarse y no morir en el intento. Porque si bien transita por un evidente y necesario proceso de adecuación a los nuevos consumos culturales, lo cierto es que la TV mantiene el rol de medio de comunicación masivo por excelencia, alcanzando a más del 98 por ciento de los hogares, según estudios recientes. En tiempos de información veloz y multiplicidad de medios, aún persiste el acto reflejo de encender la tele ante un hecho de relevancia social, para corroborar su veracidad, para saber qué pasó. La tele, más que la radio, forma parte de la cotidianidad de cualquier familia. Apagada o encendida, la tele siempre está presente. En cualquier hogar.

Hay que decir que sus virtudes hacen que muchas veces no se la valore como se debería: por estar al alcance de la mano y por su concepción gratuita, la TV suele ser menospreciada en su valor cultural, por propios y extraños. Un error, dada su incidencia y penetración. Si bien la TV no debe educar (o no debe ser ésa su única finalidad), la realidad es que lo hace en continuado con aquello que muestra, dice y omite. ¿O, acaso, alguien cree que los ministros de Cultura, como quiera que sea su gestión, tienen mayor influencia sociocultural que la TV? La pantalla chica es –y seguirá siéndolo por mucho tiempo– el medio más influyente a la hora de imponer temas en la agenda pública y construir sentidos. Probablemente sean los diarios los que marquen la “agenda setting”, aquellos temas sobre los cuales la gente habla, pero es la TV la que masifica esa agenda y termina por condicionar lo que se habla en la calle, en los bares y en cualquier evento social.

La década del sesenta fue, sin dudas, la época de oro de la TV: la adquisición masiva de televisores y la definitiva aceptación de los artistas a participar en ella la convirtieron en una industria frondosa. Fue el momento en que la televisión pasó a ser simplemente “la tele”. De los dorados años sesenta a la actualidad, muchas cosas han cambiado y muchos artistas, programas y modas han pasado por la pantalla chica. A grandes rasgos, hoy se puso de manifiesto cómo el valor artístico perdió lugar ante la voracidad comercial. El resultado se antepuso al contenido y la forma, la búsqueda y la experimentación: son pocos los que siguen pensando el contenido televisivo como un hecho artístico. En la actualidad, los vaivenes del rating digitan forma y contenido con la arbitrariedad y ceguera de quien es venerado por sobre cualquier otro aspecto. La tele, rehén de ese sistema comercial, se convirtió así en una caja cerrada de espejos que se refleja a sí misma: la proliferación de programas de archivo y magazines hacen creer a menudo que la realidad es lo que sucede dentro de la pantalla, no lo que pasa afuera. La tele pasó a ser “la” realidad. Un círculo vicioso centrípeto del que con el paso del tiempo se hace cada vez más complejo quebrar, modificar. Y a medida que se desarrolla construye una audiencia hipnotizada por ese esquema, educada bajo la premisa del shock, el golpe de efecto, los impulsos electrónicos, disminuyendo la capacidad de reflexión del que está del otro lado. La Ley de Servicios de Comunicación Audivisual intentará quebrar esa tendencia, sumando nuevas voces que hasta hace poco no tenían lugar.

De la difusión artesanal del teatro y los conciertos, de la mera concepción artística de sus comienzos, la TV pasó –seis décadas después– a instalar una peligrosa lógica del escándalo en sus contenidos. Reflejo de la sociedad o constructora de lo social, lo cierto es que cada vez son más los ciclos que utilizan la miseria del ser humano en función del escándalo que garantice audiencia. Una lógica antes despreciada, o en todo caso periférica, que de un tiempo a esta parte es medular en la TV argentina, plasmada en el prime time. La TV ya no refracta aspiración inalcanzable: devora el anhelo popular de ser parte de ese ghetto privilegiado bajo la (falsa) premisa de lo posible. Si antes la tele era un fantasioso horizonte aspiracional, el espacio vedado a los ciudadanos comunes, hoy la búsqueda de lo bizarro y el escándalo borraron cualquier frontera y misterio. Los televidentes forman parte de un medio que los usa y los expulsa según necesidades y conveniencias. Hoy, hay casi más “famosos” que artistas en pantalla. Todo un síntoma.

El ingreso en la tercera edad demuestra, también, la enorme capacidad creativa de quienes hacen televisión en Argentina. Sus recursos humanos son reconocidos en todo el mundo por su practicidad para, con escasos recursos, lograr contenidos de calidad visual y narrativa envidiables. El nivel de la producción de ficción es un ejemplo paradigmático. Aun cuando los guiones no parecen estar a la altura de la producción: sea porque el mercado publicitario es tan pequeño que los programas se estiran más de la cuenta o por impericia, salvo festejadas excepciones el guión aún es una deuda pendiente, que la industria deberá comenzar a valorar. Buenos guionistas hay: el problema es el lugar que los autores tienen y el tiempo que la industria les da para trabajar las tramas. No es casualidad que los productores hayan incrementado su importancia en desmedro de los autores, ni que cada vez se hable más de las mediciones de rating que de las tramas. El negocio televisivo venció a la inquietud artística.

Sesenta años después de su primera transmisión, la TV argentina resiste tempestades externas e internas, desnudando evidentes virtudes y defectos. En blanco y negro o a color, en formato de pantalla 3:4 o 16:9, a tubo o LCD, de aire o paga, analógica o digital, la tele sigue maravillando a los televidentes como aquel primer día, llevándonos las más variadas historias a la mesa de nuestras casas. Aunque a veces, muchas veces, den ganas de apagarla, la tele siempre está.

TELEVISION › OPINION

Nunca los voy a olvidar

Por Carlos Ulanovsky * – Lunes, 17 de octubre de 2011

Empecé a ver televisión en 1952, en la casa de mis abuelos, y desde entonces nunca paré hasta hoy, en que mi programa predilecto es el zapping. En el obligado recorte elijo algunos grandes momentos de la televisión en blanco y negro, empezando por el del día de la inauguración, aquel 17 de octubre de 1951, por lo que tuvo de aventura, de riesgo, de improvisación positiva, de experimentación que salió bien y dio impulso para seguir.

Los nueve años siguientes en que el 7 reinó en soledad, no sólo fue el único canal disponible sino que se convirtió en escuela de televisión en donde los aprendices se enteraron de qué botón tenían que apretar para que el aire se transformara en imagen. En esa etapa inicial una vanguardia formada en condiciones humildes, en desmayado blanco y negro, consolidó una manera argentina de hacer televisión.

En la década del ’50, la radio seguía siendo reina indiscutida de cada hogar y la gente salía en masa a divertirse. Llenaba los cines de la calle Lavalle, los teatros de la calle Corrientes, tomaba el té con masas o el copetín en las confiterías de Suipacha, Esmeralda, Florida o Santa Fe, y el whisky en los centros nocturnos de la ciudad. Hombres y mujeres bailaban al ritmo de sus orquestas preferidas en vivo y colmaban ámbitos del deporte como las canchas de fútbol o el Luna Park. En poco tiempo, a partir de la llegada de la televisión, el público empezó a percibir que la pantallita le acercaba, gratis, algo bastante similar a lo que hasta ese momento le requería movilizarse y ahora podía verlo en pantuflas o en batón, sentado en el sillón preferido de su casa. Esta formidable ventaja básica resultó decisiva en la veloz instalación masiva del medio. Poco a poco le fue descubriendo las conveniencias, como que el flamante artefacto los entretenía y hasta les daba temas de conversación para el día siguiente en la oficina.

En esos tiempos de despegue fueron fundamentales una importación de 50 mil aparatos marca Capheart que, aunque acusada de oscura, movió el mercado; la gestión artística y publicitaria conjunta de Blackie y Cecilio Madanes (cabezas visibles del 7 a partir de 1954, hasta la caída de Perón) y de la agencia Naicó Propaganda, con su ejecutivo Tito Bajnoff al frente, que de a poco fueron probando a puro ensayo y error todos los géneros. De esa década son estos programas que marcaron un antes y un después en el gusto colectivo: Cómo te quiero Ana, Tropicana Club, Historias de jóvenes, La familia Gesa, Modas en TV, Todo el año es Navidad, Crónicas en bandeja, Qué dice una mujer cuando no habla, Odol Pregunta, El show de Andy Russel, El teleteatro de la hora del té, Ellos nos hicieron así, Qué mundo de juguete, las publicidades de los locutores en vivo, las series dobladas al español, Esos que dicen amarse, De lo nuestro lo mejor, las transmisiones desde exteriores, Distrito Norte, Joe Bazooka, La gente, Sala de periodistas, Cosas de argentinos, entre muchos más.

Durante esta década, como único canal, el 7 pasó de la nada a contribuir decisivamente a la creación de un mercado y a hacer de ese mensaje en solitario una industria que brindó trabajo y lo hace todavía a millares de personas. Estos 60 años, con tantos oscuros y muchos luminosos claros, hicieron de la televisión el indispensable electrodoméstico que es hoy, con forma de plasma y 42 pulgadas de extensión. De 1951 a 1959, todos los que pasaron por el 7 aprendieron a escribir y a iluminar, a mirar a cámara y a vender, a exhibir talento y también vanidades. Ese es el valor de un canal como el 7 que, a 60 años de su salida al aire, recién empieza a ser debidamente considerado en su condición de público. De él se espera que haga lo que ninguno de los canales privados se atreve a hacer. Nada más, pero nada menos.

* Periodista y escritor.

TELEVISION › OPINION

Continuidad y cambios

Por Martín Becerra * – Lunes, 17 de octubre de 2011

El origen de la televisión en la Argentina contiene el germen de algunos rasgos centrales que definen, 60 años después, su funcionamiento. Aunque en los últimos 20 años se agregaron novedades, aquellos rasgos eran la influencia política en las transmisiones, la lógica comercial que organiza una grilla que orbita en torno del entretenimiento, la tercerización de una parte de la programación (aun en los medios gestionados por el Estado), la centralización en Buenos Aires de la producción de contenidos y la exploración estética.

La primera transmisión celebró el Día de la Lealtad peronista, en 1951, meses después de la expropiación del diario La Prensa, en un contexto de cooptación de cadenas radiales y empresas periodísticas por parte del primer gobierno de Perón. Desde su lanzamiento, el Canal 7 se atuvo a una lógica comercial, tercerizando parte de su programación y con una dependencia orgánica con el Poder Ejecutivo.

En la década del ’60, la TV se transformó en industria, como plantea Mirta Varela en La televisión criolla. Fue una máquina cultural que sirvió de escaparate de bienes de consumo masivo a través de la publicidad. Se creó una estructura de canales privados, primero asociados a productoras norteamericanas y luego en manos de empresarios argentinos como Alejandro Romay o Héctor Ricardo García. Este período, que se cierra en las vísperas del golpe de Estado de 1976 con la estatización de los canales dispuesta por Isabel Martínez, reconoció la introducción de un lenguaje masivo, popular y comercial, fruto de la creatividad de directores, actores y guionistas, que apostaba por la innovación de formatos.

La etapa de la censura explícita, que abarca desde 1974 y se agudizó con la dictadura desde 1976 hasta 1983, se superpuso con un cambio de modelo económico a partir del Rodrigazo de 1975 y con la consecuente retracción del mercado editorial (libros, diarios y revistas). Este proceso fue paulatinamente compensado por el aumento del consumo de radio y TV, medios que se presumen de acceso gratuito. Entre 1970 y 1980 dejaron de editarse más de 250 diarios. El desplazamiento de la gráfica al audiovisual facilitó el control de los mensajes y la consagración de la TV como un artefacto de entretenimiento. La dictadura reconvirtió el Canal 7 en Argentina Televisora Color en 1978, introduciendo el color en la pantalla. El gasto fue denunciado como uno de los hechos de corrupción más graves de la historia del canal oficial.

Desde la recuperación del régimen constitucional en 1983, siete procesos afectaron la TV: primero, el destierro de la censura directa; segundo, la privatización de 1989 y la consecuente concentración de la propiedad en pocos pero grandes grupos; tercero, el surgimiento de la TV multicanal de pago (cable y satélite), que lentamente tiende a segmentar audiencias; cuarto, el arancelamiento de algunos contenidos, como el fútbol, que fue uno de los argumentos que forzaron la masificación de la televisión por cable y que Fútbol para Todos, a partir de 2009, revirtió en el marco de la disputa entre el gobierno y el grupo Clarín; quinto, la digitalización de los procesos productivos (más recientemente, el lanzamiento de la Televisión Digital Terrestre por el gobierno); sexto, la tercerización de la programación (y de los riesgos) en productoras independientes; y, por último, la centralización geográfica de la producción de contenidos. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual de 2009 proyecta cambios en varios de estos procesos, pero es prematuro concluir si será eficaz en esa misión.

Hace décadas, a la TV generalista le diagnosticaron una muerte pronta, primero a través de la segmentación de públicos por la TV paga y luego, por el impacto de Internet. Sin embargo, a pesar de esas profecías, Carlos Ulanovsky afirma que la TV sigue activa como modelo de aspiración social. Además, la TV tiene, con su lógica de flujo continuo, una cualidad que las nuevas redes digitales aún no han superado: la capacidad de organizar una agenda programada en un contexto histórico en el que la programación y la planificación son habilidades cada vez más dificultosas de asumir para las instituciones tradicionales. La TV es uno de los contados espacios que ofrecen un contenido programado, aun con sus incumplimientos horarios que son una secuela de la disputa por el rating.

* Universidad Nacional de Quilmes – Conicet.

60 años de la tele

Un medio que cambió las costumbres argentinas

Por Silvina Lamazares y Adriana Bruno – 16.10.2011

Para aquellos que hoy, muy naturalmente, comentan que “vi tele en el taxi”, o a través de un ipad (una suerte de computadora portátil) o de un celular, la televisión de los ’50 probablemente sea un viejazo. `¿Tele en blanco y negro, con el botoncito de ajuste vertical/horizontal presionado a cada rato…? ¿Botoncito de qué? ’. Eran tiempos de televisores enormes, aparatosos, para los que había que buscarle un lugar en la casa. Porque, claro, había que reacomodar tanto los espacios como las rutinas: eran años en los que había que sentarse a mirar televisión. A ver pasar la vida por una pantalla que encerraba más misterios que certezas. De pronto, como una ventana que no se abría, `el afuera’ ­ese extraño término que inventó la TV del reality show- se metía en el living, en las cocinas, en la vida de los que hasta entonces tenían en la radio una compañía a la que se le podía ser leal con los ojos cerrados. La TV abrió los ojos en más de un sentido.

Pero cuando apareció, con las imágenes de una Plaza de Mayo colmada ante el discurso de Eva Duarte de Perón, sí hubo espacio para el análisis. Desde lo práctico y desde lo conceptual, con la incorporación de ese aparato que ponía en peligro la imaginación aceitada a fuerza de radio y fantasía. ¿Qué pasaría con la magia de las voces, de las historias dibujadas en el aire con las cabalgatas de El Zorro, con las mesas familiares de los Pérez García, con los besos que uno escuchaba y creía ver en los radioteatros? Bueno, llegaba la cara de todo aquello.

Más allá de las asperezas y las inevitables ­ e innecesariascomparaciones entre un medio y otro, la convivencia supo acomodarse en el complemento. Lejos de restarse, con los años se fueron retroalimentando. Y, además, la llegada de la TV obligó a la radio a desempolvarse en su tecnología. Hoy, se nutren de los avances mutuos. En los comienzos, por caso, cuenta la leyenda que fue como un River-Boca de la época. `Lo dijo la tele’ versus `Lo dijo la radio’, rivalidad que el tiempo limó.

Y el tiempo, precisamente, como `paso de los años’ y como `condición climática’, merece un párrafo: elegido como botón de muestra, representa uno de los ítems que más desarrollo tuvo en pantalla. Hoy, más de uno prende el televisor un miércoles para saber si el sábado lloverá. Y ve mapas dinámicos, imágenes satelitales. “Con unos gráficos en una cartulina blanca, ponía un sol o un paraguas. Y como no sabía dibujar, Ferro lo hacía en tiza amarilla (la pantalla no lo reflejaba) y yo le pasaba una carbonilla encima como si lo hiciera por primera vez”, le contó en 1998 a Clarín Carlos D’Agostino, el conductor del primer noticiero, quien también daba el parte meteorológico. El pronóstico luego pasó a Héctor Catarusa, al que muchos recordarán por su saludo de `Templadas noches, amigos’.

Imágenes, frases, recuerdos y homenajes merecidos hay muchos. Muchísimos para sintetizar en un suplemento de 16 páginas.

Disculpas a aquellos que en la gran cantidad de piezas no estén citados. Pero seguramente estarán representados en el repaso de tal o cual hito. La intención es la de activar la memoria, la de rendir tributo a un medio que desembarcó en la Argentina con buena prensa en el mundo y con el propósito de hacer historia. La hizo, con lo bueno, con lo malo, con las prohibiciones de muchos, con la resistencia de algunos, con la responsabilidad de reflejar la realidad.

Tamaña tarea para homenajear a un medio que, en parte, ya no es lo que era. Cambió, creció, se perfeccionó, se modernizó en su vieja modernidad. Ya no es ese armatoste que tenían unos pocos. Ya no es una caja. Y, mucho menos, boba.