Casi todos los medios elogian la valía de la trayectoria profesional del ex editor de The Buenos Aires Herald en tiempos de la dictadura, Robert Cox, quien acaba de lanzar el libro “Guerra sucia, secretos sucios”. En el marco de la disputa abierta entre medios y periodistas ligados al oficialismo y otros ligados a la oposición, la figura de Cox resulta enigmática por su apego a pautas profesionales inflexibles y no subordinadas al cálculo o la especulación. Uno de los homenajes a Cox fue escrito por Jorge Fernández Díaz en La Nación.

Robert Cox, un periodista independiente con una historia ejemplar

La estatura de un hombre

Jorge Fernández Díaz – 06.08.2010
LA NACION

Un héroe contemporáneo siempre es incómodo y subversivo. Un héroe lejano, confinado a los libros de historia, resulta en el fondo inocuo, puesto que no pone en tela de juicio el presente, ni el sentido de nuestras pequeñas vidas, ni la valentía que tenemos para sostener nuestras ideas. El héroe contemporáneo de carne y hueso, en cambio, nos coloca inexorablemente frente al espejo de lo que no somos ni nos atrevimos a ser. Robert Cox tiene 76 años y es considerado un héroe del periodismo moderno por la prensa mundial. La proeza que realizó este solitario periodista inglés tiene que ver con la Argentina. Con el proceso más nefasto de la historia de este país: la última dictadura militar Yo era un niño y luego un adolescente en aquellos infaustos años 70 en los que las organizaciones guerrilleras practicaron demenciales políticas de gatillo y trotyl . Y luego cuando el Estado nacional llevó a cabo una campaña terrorista de exterminio. Al igual que el noventa por ciento de la comunidad periodística argentina, formo parte de la generación de la democracia. Y muchas veces, en soledad y sin autocomplacencias, me hice la gran pregunta íntima: de haber sido un hombre adulto y un integrante jerárquico de una redacción profesional, ¿qué hubiera sido verdaderamente capaz de hacer en aquella etapa negra? ¿Habría encontrado la forma de flotar sin comprometerme, habría hecho concesiones por miedo, habría renunciado y me hubiera dedicado a otra cosa, me habría exiliado? ¿O hubiera sido un héroe como Robert Cox? De poco vale que a los 19 años yo haya fundado una revista alternativa de resistencia al régimen militar, puesto que lo hice desde la ignorancia y la irresponsabilidad, sin la conciencia real de que podía perder la vida o a lo sumo con la idea de que perderla no era gran cosa. Esos gestos quedan reducidos a insignificantes travesuras si se los compara con la gesta emprendida por el mítico editor del Buenos Aires Herald .

Guerra sucia, secretos sucios , que acaba de publicar la editorial Sudamericana, narra esas heroicas intervenciones al mando de ese diario porteño escrito en inglés, desde donde su protagonista denunció secuestros, torturas y desapariciones. La odisea de Robert Cox le valió uno de los premios más prestigiosos del mundo: el Moors Cabot. Y una frase de Borges acerca del culto del coraje: “Un hombre hace lo que tiene que hacer, señor Cox. Yo me cuento entre sus admiradores”. Pero Cox intentó escribir su libro sin éxito a lo largo de tres décadas. Fracasó siempre antes de empezar. En su fuero interno creía que no había hecho lo suficiente. Otra característica del héroe: jamás se reconoce como tal. Cox hizo más que todos los medios y periodistas argentinos de la época por dar a conocer el horror y salvar a personas concretas de la muerte. Es por todo eso que la redacción de esta obra corrió por cuenta de su propio hijo, David Cox, actual periodista de la CNN y testigo directo de los hechos: el director del Herald arrastraba por la peligrosa noche dictatorial a su propia familia. Esa intimidad familiar, que corre junto a los acontecimientos históricos, da una dimensión absolutamente dramática a toda la acción.

En las primeras páginas ya se nota el carácter severo que adoptó el editor frente al asesinato, la principal metodología política de los 70. No ahorraba entonces críticas contra el ERP y Montoneros, ni tampoco contra los que “aprueban el asesinato siempre y cuando las víctimas sean del otro bando”. Cuando hombres de civil en un Ford Falcon sin chapas raptaron al dibujante Hermenegildo Sábat, que era un gran amigo, exigió públicamente su liberación y fue el primero en denunciar un detalle simple e inadmisible para una democracia, un asunto que luego tendría un enorme significado: “¿Existe alguna situación que pueda justificar el uso policial de automóviles sin patentes?”. La policía intentó detener a su editorialista James Neilson, y allanó la redacción: “Conmovido por el allanamiento, los asesinatos y los secuestros, temía que la carnicería no tuviera fin -escribe David sobre su padre-. Pidió medidas duras y urgentes, siempre dentro de la ley, para disuadir a los terroristas. Veinticuatro horas más tarde, los Montoneros respondieron que sí, que ellos estaban dispuestos a implementar medidas duras. Anunciaron que el propio Cox estaba sentenciado a muerte”.

Cuando la Junta de Comandantes se apoderó del gobierno, el responsable del Herald no acató las órdenes de mutismo. Seis días después informó que se habían encontrado veintiséis cuerpos quemados, volados en pedazos y acribillados en la ciudad.

A pesar de las prohibiciones, jugándose el pellejo, publicó la historia de la desaparición del escritor Haroldo Conti y escribió sobre la masacre de los padres palotinos de la iglesia de San Patricio. En una recepción, Cox se le acercó al teniente general Jorge Rafael Videla y le dijo: “Lo que ha ocurrido es espantoso. Venimos directamente desde la misa de cuerpo presente? Rezamos para que usted tuviera la fuerza necesaria para acabar con este horror”. El presidente de facto bajó la vista y no respondió. Luego Cox alertó sobre la desaparición de Patricia Ann Erb, una joven norteamericana que fue liberada pocos días después gracias a que su caso tomó estado público.

Con ataques de asma y bajo estrés permanente, Cox no se arredraba, a pesar de que sus informantes en el gobierno le advertían: “Piensan que sos un terrorista, Bob”. Un día recibió la llamada de Jacobo Timerman: “Dígame una cosa, Cox -le preguntó-. ¿Dónde van a tirar mi cuerpo?”. David escribe hoy que esa llamada sorprendió a Bob: “Timerman era el periodista más conocido de la Argentina. La Opinión era un medio controvertido porque, independientemente de su liberalismo editorial, Timerman se esforzaba por cultivar vínculos con los militares para expandir su imperio periodístico? Tenía lazos estrechos con la Junta, tal como los había tenido con los regímenes anteriores. Poco antes se había negado a recibir a los miembros de la delegación enviada por Amnesty Internacional a la Argentina para informar sobre abusos contra los derechos humanos”. Cox le respondió a Jacobo: “No creo que tenga que preocuparse, a usted no lo van a tocar”. Se equivocaba, naturalmente, y cuando el director de La Opinión fue secuestrado Cox inició una campaña desde el Herald para pedir por su libertad. El propio Cox fue detenido y enviado al Departamento Central de Policía, desnudado y confinado a una celda cercana a donde permanecía su célebre colega en carácter de prisionero. A Cox lo salvó, en esa oportunidad, la presión diplomática. En el Jockey Club, durante un almuerzo, el almirante Emilio Eduardo Massera le había susurrado al embajador norteamericano Robert Hill: “Sé que Cox es agente de la CIA”. Hill no le dijo ni que sí ni que no, lo dejó en suspenso pensando que de ese modo estaba protegiendo al periodista de un acoso mortal.

Cox siguió escribiendo, solo contra el mundo, sobre la lucha de las Madres de Plaza de Mayo cuando nadie se atrevía a nombrarlas, y sobre las desapariciones de Afredo Bravo, Jorge Fontevecchia, Dagmar Hagelin, Edgardo Sajón, Héctor Hidalgo Solá. Y tantos más. En la página 199 se cuenta cuando lo mandó llamar el maquiavélico jefe de la Armada. “Si menciona mi nombre en su periódico una vez más, ¡lo hago desaparecer del mapa!”, le dijo el Almirante Cero.

Bob se acostumbró a vivir con miedo, a ser vigilado y seguido, y a recibir mensajes de advertencia, y sin embargo este tozudo inglés no se detuvo. En 1979 el general Albano Harguindeguy, entonces ministro del Interior, lo recibió en su oficina. Cox escondió su grabador encendido y grabó todo el diálogo.

-¿Cómo anda, señor Cox? Lo felicito por los comentarios? Muy conmovedor. A veces se deja llevar por ese espíritu romántico inglés, ¿no?

-Sí. Es cierto.

-Pero esos artículos que publicó hoy? Nos da bastante duro.

-No es una cuestión personal. Hay sesenta periodistas desaparecidos.

-¿Sesenta? -preguntó Harguindeguy, y ante la insistencia ironizó-: ¿Nada más que sesenta?

Fue un poco más adelante cuando el rabino Marshall Meyer, otro de sus amigos, alguien que tenía muchos contactos en el gobierno militar, filtró la novedad: “Los militares de línea dura han marcado a Cox para que sea asesinado. Se le acabó el tiempo”. A continuación, otro de los pequeños hijos del editor recibió una escalofriante carta firmada por Montoneros, pero que en realidad había sido armada en los servicios de inteligencia del Estado. Toda la familia estaba en peligro y bajo tensión absoluta. Cox pensó, con gran dolor, que tal vez era hora de partir. Fue en ese momento en que lo mandó llamar Videla. “Me entristece muchísimo saber que se va -le dijo el presidente de facto-. Por favor, quédese con su familia.” El director del Herald le respondió que necesitaba garantías para hacerlo. “Usted debe quedarse aquí porque, si se va, todos le echarán la culpa al gobierno”, razonó el dictador. Dijo también que su administración había estado a punto de caer tras la liberación de Timerman y que si el golpe fallido hubiera triunfado “un loco” como el general Luciano Benjamín Menéndez habría asumido en su lugar. “Me gustaría irme -agregó Videla-. Es un general con una espada sedienta de venganza. La nación quedaría sumida en un baño de sangre.”

-Dios mío, ¿tan mal están las cosas? -preguntó Cox.

-Me gustaría renunciar e irme a casa -respondió Videla en un suspiro.

Guerra sucia, secretos sucios está lleno de anécdotas iluminadoras, y muestra como si fuera un thriller lo que significa un periodista armado solamente de su Olivetti, en el medio del silencio más ominoso, en guerra contra la destructiva y poderosísima maquinaria del Estado.

Su testimonio, sin embargo, no pone únicamente en jaque la memoria colectiva, que sin duda se irá saldando a medida que las pasiones y las maniobras políticas de ataque o encubrimiento mengüen. El valor crucial del libro de Cox concierne a los tiempos actuales porque viene a probar una vez más que el periodismo independiente existe y es imprescindible para el sistema democrático. Esta afirmación podía sonar a perogrullada hace diez años, pero hoy tiene una candente actualidad. El kirchnerismo logró instalar en la agenda pública la idea de que esa independencia es imposible. Lo es, sin duda, en la provincia de Santa Cruz. Pero con instituciones limitadas, un sistema político atomizado y un partido único que detenta a su arbitrio las arcas públicas y hace su voluntad más allá de las reglas, la independencia es más necesaria que nunca en la Argentina. Quienes han abrazado desde la prensa la militancia kirchnerista rechazan el concepto del periodismo norteamericano. Si hubieran vivido en la década del 70 en los Estados Unidos habrían descalificado a Bernstein y a Woodward por abocarse quirúrgicamente al Watergate y no investigar los manejos empresarios del Washington Post . Lo cual resulta, como se ve, completamente ridículo. La independencia es, como la libertad, ciertamente relativa. Pero en determinados estándares podemos ser libres así como podemos ser independientes. Que los anunciantes paguen tu sueldo no significa que representes sus intereses. Un periodista independiente no representa siquiera los intereses de la empresa para la que trabaja. El periodismo independiente es, en sí mismo, una ideología que está más allá de las políticas reinantes.

Si Cox hubiera sido un periodista militante de izquierda habría ignorado seguramente los asesinatos de la guerrilla y si hubiera sido un militante de la derecha habría silenciado las desapariciones que perpetraban los militares. Por suerte, Cox no era ni una cosa ni la otra. Sólo era un periodista haciendo su trabajo más allá de las convicciones ideológicas. Un hombre con una honestidad intelectual a prueba de chantajes políticos e históricos, que por eso mismo hizo historia