Emanuel Respighi compara en una interesante nota publicada en Página 12, el boom politizado de los programas “de archivo” como Zapping, TVR o Demoliendo teles, a la luz del fenómeno de 678. Acompañan notas alusivas de Alejandro Kaufman, Carlos Ulanovsky, Pablo Hernández y Osvaldo Bazán.

LOS CANALES USAN MATERIAL GRABADO PARA ATACAR A SUS “ENEMIGOS”

En la TV, nadie se resiste a utilizar el archivo

El estreno de Demoliendo teles por El Trece completa la idea de que la noche del sábado es el momento elegido por los canales de aire para atrincherarse sobre sus intereses, no sólo comerciales, sino también políticos e ideológicos.

Por Emanuel Respighi

Si algo faltaba para comprobar que la noche del sábado es el momento que los canales de aire eligieron para atrincherarse sobre sus intereses comerciales, políticos, ideológicos y/o televisivos, el estreno el fin de semana pasado de Demoliendo teles (a las 20.45, por El Trece) terminó por corroborar que los programas de archivo en dicho día y horario lejos están de pecar de ingenuos. Esa franja, otrora dedicada al relax cinematográfico o a programas de charlas distendidas y modos familiares, se ha convertido hoy en una suerte de territorio fértil e inimputable para que las emisoras descarguen de la manera más explícita posible todo tipo de dardos contra sus competidores y enemigos, dos términos que TVR, Zapping y el flamante Demoliendo teles suelen confundir todo el tiempo. Con sus diferencias y similitudes, con mayor o menor grado de sutilezas y artillería pesada, los tres programas funcionan hoy como brazos mediáticos armados que, incluso, superan a los noticieros como máximos representantes de una línea editorial.

Seguir creyendo que los programas de archivo, como se denomina al género que más se desarrolló en la última década en la TV argentina, deben el profuso lugar que ocupan actualmente en la pantalla chica local a los bajos costos y a la facilidad de producción es, al menos, analizar el fenómeno parcialmente. Basta ver el uso que los canales le dan a este tipo de programas para verificar que muy lejos quedaron de la mirada naïf con la que el precursor Perdona Nuestros Pecados inauguró en estas tierras el género en 1994, en el viejo ATC. Si por aquel entonces los programas de archivo se limitaban a repetir bloopers, furcios y todo tipo de perlitas inocuas, quince años después el género mutó y, al igual de lo que ocurre cuando la niñez le deja paso a la adolescencia, perdió cualquier atisbo de inocencia. Ya sea porque determinada temática mide, porque el programa funciona como difusor de otro o porque sirve para debilitar a la competencia o contrarrestar lo que ella dice, los ciclos que miran a la TV forman parte de una nueva era televisiva, donde la competencia trasciende la pantalla y las planillas de rating.

A tono con el momento político-mediático que la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual impuso, los programas de archivo se encuentran tironeados por este contexto y por sus pantallas emisoras como nunca antes. El nuevo estadio que atraviesan los ciclos que se miran el ombligo, parece, no permite medias tintas. Si anteriormente el valor de un programa del género descansaba en el nivel de hallazgos televisivos que retransmitía, mostrando aquello que se escapaba a los ojos de los televidentes, ahora su sentido de ser pasa exclusivamente por ser difusores acríticos de determinados programas o ideas políticas. O, por el contrario, como propagadores críticos de ciclos, personajes, funcionarios o gestiones de gobierno, desenmascarando sus contradicciones una y otra vez, como herederos del iniciático Las patas de la mentira.

En este aspecto, 6, 7, 8 y su periodismo militante es el máximo representante de la evolución del género, en tanto producto televisivo que se convirtió en protagonista activo y vital de la política nacional. La honestidad intelectual que transmite desde su explícita posición política ante cada temática de interés social, en medio de un sistema mediático cooptado por privados que no quieren perder su posición en el mercado, abrió en la pantalla chica un debate que ninguno de los programas de archivo ni periodísticos –incluido el mismo 6, 7, 8– posibilitan puertas adentro. Una discusión intraprogramas, intracanales, intraintereses, que el recorte sesgado y cada vez más directo del formato expuso ante un público que parece valorar la novedad. Los televidentes, así, transformaron la experiencia de ver tele en casi una acción ciudadana. Una que no está exenta de recortes ni manipulaciones sobre una realidad que cambia drásticamente al son del zapping.

Para entender el funcionamiento de la autorreferencialidad televisiva como caja de resonancia en donde todo lo bueno sucede en la pantalla propia y/o todo lo malo ocurre en casa ajena, basta analizar el contenido de las emisiones del último fin de semana de Demoliendo teles, TVR y Zapping, los programas de archivo de El Trece, Canal 9 y Telefe, respectivamente. Una tríada que sirve como botón de muestra de un formato en el que se compite por cuestiones mucho más relevantes que el rating televisivo.

Fiebre catódica de sábado por la noche

El estreno de Demoliendo teles acentuó la veta pugilística de los ciclos de archivo. Camuflado detrás de los acting de Luis Rubio y Diego Reinhold como un programa humorístico, el ciclo de Farfán TV demuestra el uso que en esta etapa la industria televisiva le otorga al género. Según se vio en el envío de presentación, más que repasar la semana televisiva, Demoliendo… servirá de sucursal propagadora de ShowMatch, la nave insignia de El Trece. Más allá de las cuestiones de forma, referidas a la lógica del videoclip que el ciclo desarrolla, el último representante en ver la luz sólo le dio lugar en su poco más de hora de duración a poner informes difusores de cuanta cosa pasó en el surrealista ShowMatch. Con el título de “ShowMatch demoledor”, Demoliendo… destiló la idea de que lo más destacado de la TV argentina es el programa de Marcelo Tinelli, como si el ciclo no tuviera ya suficientes antenas retransmisoras con Este es el show, Intrusos, Animales sueltos y una larga lista de ciclos de distintos canales que se valen de material prestado.

Pero como la nueva etapa del género no se contenta con posicionar y promocionar programas del canal emisor y/o aliado, Demoliendo… también se vio cruzada por inocultables intereses políticos. En ese punto, realizar un informe del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, con la Argentina compitiendo en instancias finales, basándose en lo mal que la pasó el seleccionado nacional en las Eliminatorias y las contradicciones maradonianas, además de viejo es (¿mal?) intencionado. Incluso, para Demoliendo…, Canal 7 sólo existió para mostrar dos errores de pronunciación de dos periodistas. La puja por los derechos del fútbol, que perdió el Grupo Clarín en favor de Fútbol para todos (programa que Diego Maradona apoyó con su presencia cuando se anunció), seguramente habrá sido un factor condicionante para el armado del segmento.

A un click de distancia, en Zapping prefieren hablar de Tinelli como aquel que hace cualquier cosa “para no perder público”, aprovechando buena parte de su emisión en demostrar esa hipótesis con cuanto recurso televisivo y tecnológico encuentren los editores de Eyeworks Cuatro Cabezas. En TVR, los cañones que siempre apuntaron a Tinelli parecen hoy estar destinados a la política mediática y al Mundial de Fútbol, que en el último envío se convirtió en temática casi exclusiva del programa. Para TVR y su ideología, Tinelli –otrora protagonista excluyente– pasó a convertirse en un “enemigo” demasiado chico en comparación con la Ley por el Matrimonio Gay, la puja por la Ley de Medios o el ADN a los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble. De hecho, en el envío del sábado pasado, por primera vez en mucho tiempo el ciclo no contó con ningún informe referido al programa que con sus retransmisiones condicionó la actualidad de la TV argentina definitivamente.

Género de impensada incidencia social, mediática y política, por la manera en que están producidos sus ciclos y su atractiva edición televisiva, el de “archivo” desplazó en la actualidad al noticiero como constructor de realidades. La tendencia televisiva hacia la espectacularización de la información, la exposición visible de los intereses en juego y la lógica mediática belicosa –tanto para la política como para la farándula– hicieron del “archivismo” el formato predilecto de los canales para motorizar/condicionar/digitar la opinión de los que están del otro lado de la pantalla, rehenes de un ecosistema mediático inédito. En materia de archivo televisivo, está visto, el que esté libre de intereses, que tire el primer tape a la basura.

OPINION

Superar la confusión

Por Alejandro Kaufman*

En la TV, la necedad es inevitable y obligatoria, algo hasta aceptable en un mundo con muchas otras cosas por las que preocuparse. Distinto es cuando la estupidez se extralimita de ciertos segmentos, como los que organizan diversos menesteres en lugares y tiempos específicos de la vida social y urbana. Adultos, conocemos de su existencia, los frecuentemos o ignoremos. El pluralismo contemporáneo “normal” define una mezcla regulada de lo diverso, lo alto y lo bajo, lo cómico y lo serio.

En los tiempos de crimen y censura de la dictadura, la estupidez (bajo alegato de entretenimiento, adhesión de las audiencias y ethos televisivo) se instaló como práctica generalizada y transversal de nuestra industria del espectáculo. Desde entonces transcurrieron tanto el menemismo como algunos aspectos de la expansión tecnológica que, cada uno a su manera y en forma combinada, desenvolvieron una necedad matricial que devino hegemónica. No es asunto de “nivel”, ni de “calidad”, ni de “chabacanería”, señalados erróneamente por algunos críticos que ponen el acento en los giros retóricos y estilísticos considerados en sus facetas jerárquicas. El mismo gesto que frente a un niño puede ser un juego infantil y frente a un adulto un acto cómico, puede tornarse estúpido y abusivo en un contexto narcótico o negligente. Años de injusticia extrema, horror y mentira han entronizado la confusión de géneros, la aplicación de falsas comicidades, la distorsión del sentido y la disolución de parámetros colectivos de evaluación de los sucesos. Máscaras que encubrieron prácticas políticas y sociales inconfesables, desde la perpetración de crímenes de lesa humanidad hasta el desguace del Estado y la cancelación social de millones de personas. Todo ello se pudo hacer también –entre otras variables– por la instauración de un estado confusional colectivo.

Algunos disidentes emplearon los métodos vigentes para abrir puntos de fuga contrahegemónicos, aunque al no considerar los nervios decisivos de las matrices imperantes dejaron intactos los mecanismos perversos fundamentales, consistentes en las estructuras narcóticas a las que se nos ha acostumbrado como sociedad.

La recuperación de una “normalidad” convivencial, aunque no depare la emancipación ni la fraternidad universal, es un valor insustituible para retornar del horror y la injusticia extremos: demanda una recuperación relativa de algunas distinciones, segmentaciones y diferenciaciones entre política y entretenimiento, seriedad y comicidad, gravedad y ligereza. Aun cuando el ethos televisivo considerado como un todo responde al modelo del cambalache, la medida y los límites en que ello ocurra están muy lejos de donde hemos llegado en estas últimas décadas, tanto si comparamos el presente con el pasado como si –sobre todo– comparamos nuestra TV con la de otros países, algo para lo cual incluso es útil lo que vemos en nuestras propias emisiones de cable. Los niveles de brutalidad, estupidez y crueldad de nuestra TV son culminantes.

Es por todo ello que necesitamos discutir los formatos y las retóricas de los programas televisivos de archivo, porque contienen el legado de nuestras peores épocas. El problema no es la existencia de esos programas, que podría estar limitada por las codificaciones habituales, sino el papel que desempeñan, debido no sólo a sus protagonistas y productores, sino al embotamiento instaurado en las audiencias. El público es un recurso de la industria cultural y necesita cuidados, como los requiere la tierra cuando es cultivada, en lugar de despilfarrarla en pro de la máxima ganancia en el menor tiempo posible. Nuestras audiencias han sido dilapidadas de manera semejante. La fiesta del Bicentenario, en contraste, deja un saldo ejemplar. Sus programadores tuvieron la audacia de desobedecer a los andariveles hegemónicos. Mostraron un camino diferente: se puede ofrecer a las audiencias lo mejor y no lo peor, significados dotados de complejidad y no de estupidez, imágenes pertenecientes a géneros distintos, no confusos.

*Ensayista

OPINION

Más que 6, 7 u 8 programas de archivo

Por Carlos Ulanovsky *

Claro que sí: hay muchos más. Sólo de lunes a viernes son diez, más dos o tres de conversación que también los utilizan. A esto deben añadirse seis ciclos de los sábados y dos del domingo. Lo dicho: veinte, más que seis, siete u ocho. Todo en TV abierta. En el cable la oferta se acrecienta.

Desde que existen los ciclos basados en archivos, los programas ya no son de nadie. De un modo impune, sin pagar un centavo de canon (en esto somos únicos en el mundo, donde 30 segundos de imágenes pueden alcanzar una cotización fabulosa), los canales se valen de momentos rutilantes ajenos y con eso arman contenidos a los que denominan originales. Para poner en escena esta clase de TV se nutren de situaciones como el detrás de escena más bizarro posible, los errores y las desmemorias ajenas, las tentaciones de risa, principalmente la autorreferencia. Y de un editor competente en la técnica del “Grabo, luego existo”, experto en elecciones de exabruptos, esos que en la emisión original casi todos miramos sin ver y escuchamos sin oír.

Probablemente todo haya empezado con las antologías de furcios políticos del psicólogo Miguel Rodríguez Arias, que llegó muy lejos en sus descubrimientos, porque los que faltaban a la verdad no eran cuatro de copas, sino figuras de la política que habían llegado al poder por el voto de los ciudadanos. Luego vino Perdona Nuestros Pecados (o PNP), de la familia Portal, que puso la lupa sobre otra pléyade de incumplidores de palabras y generadores de escándalos. Hasta que se sumó Televisión Registrada (TVR), que ya cumplió más de diez años ofreciendo un servicio esencial: el de desnudar fracciones del alma nacional, ésa a la que le perturba sobremanera un desnudo en horario inadecuado, pero no le hace ni mu la hipocresía más flagrante. En cualquier caso, cada uno a su manera, probaron que son mayoría los personajes que no resisten un archivo.

Lo que vino después –crisis económicas mediante, más el natural oportunismo de los que están en el medio– fue una permanente reproducción de las fórmulas originales. Por ejemplo, desde 2001 hasta hoy se estrenaron no menos de veinte ciclos archiveros. Y de 2004 a la fecha, incurrieron en el ventajerismo intolerable de vampirizar al programa líder en audiencia de cada temporada. El producto más reciente, Demoliendo teles (El Trece), está casi íntegramente basado en los dimes y diretes de ShowMatch. Esa misma noche, la del sábado, compiten el programa de Gelblung por el 13, Zapping (Telefe) y el ya clásico TVR (9). Pero no se habla tanto de ellos últimamente como de 6, 7, 8, otro producto de Diego Gvirtz, el hombre que en el 2007 declaró: “Hacemos periodismo subjetivo. Que es lo que hacen todos, sólo que nosotros lo blanqueamos explícitamente. No perseguimos la verdad, sólo opinamos. Tenemos una posición editorial. Tanto Duro de Domar como TVR representan una forma de pensar”, dijo entonces el factotum de la productora Pensado Para Televisión (PPT).

Aquellas declaraciones de Gvirtz tienen una manifestación desafiante y audaz en la producción que pone en el aire desde el canal estatal. Sus contenidos –sesgados, nada tibios– dividieron aguas, al punto de que miembros de la oposición los trasladaron al recinto legislativo como objeto de discusión. Desde su aparición, el envío intervino activamente y con una posición muy clara en casi todos los temas políticos de actualidad, como los de la puja no saldada entre el gobierno nacional, la oposición y algunos grupos de medios, especialmente Clarín y Uno. Se vuelve docente y de características únicas cuando descubre (en secciones como “La patria zocalera” o “Distinta vara”) procedimientos de medios y periodistas.

A pesar de falencias –poca variedad de invitados, proclamar opiniones como verdades absolutas, reiteración de imágenes, algún blanconegrismo conceptual que alcanza más a ajenos que a propios–, el programa aporta matices informativos necesarios y diferentes en el marco de un panorama mediático mayoritariamente hostil al oficialismo. El fenómeno generado por 6, 7, 8 no solamente lo ha rodeado de teleespectadores que encuentran en él informaciones que no figuran en la mayoría de los medios. Se podría afirmar que la identificación con el ciclo tiene signos de nueva y sorprendente militancia política. Algo notorio en ciertos actos públicos, en los que la identificación con el programa ofició como masivo estandarte de movilización.

* Periodista y escritor. Su último libro es Tato, el actor cómico de la nación (Ed. Planeta).

OPINION

Si te he visto no me acuerdo

Por Pablo Hernández *

El uso de los archivos en los programas es una muestra más de esa fábrica de olvido. La memoria funda el olvido, se sabe. Mucho más tratándose del efímero fluido audiovisual que nos ofrece la mediocracia nacional por medio de la espectacularidad televisiva. La novedad, si es que algún acontecimiento todavía resiste esa calificación, debe ubicarse en la utilización incremental de lo que podríamos llamar “archivismo televisivo” en el dinamismo que el diseño de la programación requiere.

¿Estamos en presencia de una sofisticada política de la memoria pergeñada por las mentes más brillantes de la materia gris del establishment audiovisual? ¿Es lo que la gente quiere ver? ¿O simplemente es más barato? Probablemente ambas interpretaciones nos acerquen a la verdad, que sabemos que no existe. Veamos: un dispositivo, la TV; una memoria, la del “archivo”; un destinatario, “la gente”. En el principio, la conciencia de la gente. El “gentismo” de las televisoras comerciales debía ser histórico, necesitaba serlo para lograr eficacia en la identificación de las audiencias con la empresa, con el canal. Pero, al mismo tiempo, debía recortar, acotar, amoldar esa historicidad al sistema de eficacia signado por la velocidad, la espectacularidad y el entretenimiento. La historicidad audiovisual y televisiva se torna entonces “menos” historia.

En su momento más probablemente político, el documental, esquivo a la TV, se hace presente en las pantallas como historia (cerca de la escritura y de la política), como relato consolidado que, sin embargo, le es ajeno. Transcurre, discurre en relatos y narraciones que no terminan de legitimar a la TV en sí, pero sobre todo “para sí”. Hacía falta algo más. La combinación de crisis económica, video-política y referencialidad catalizaron procedimientos y poéticas. Siguiendo a White Hayden, la nueva trama en la que incipientemente se inscriben los programas de archivo se aleja de la política en pos de la “opinión del público”.

Profeta irrefutable de lo existente, como diría Adorno, nuestra TV en movimiento histórico es voluntad por recordar lo efímero, presente en la iconicidad de lo “brevemente existente”. Su memoria se ahistoriza, despolitizando, y así se hace eterna. Artefactos privilegiados de esa memoria (in)mediatizada, los “programas de archivo” funcionan casi como un antigénero documental. En un primer momento de su uso referenciaban en la historia reciente (Las patas de la mentira), interpelando a “los políticos” (enemigos tradicionales de la “gente”) en busca de una verdad inmanente: siempre mienten. Luego adquirieron relevancia como arietes de una belicosidad acrecentada por los conflictos de intereses en juego, cuya visibilidad se sostiene en materialidades tan añejas como consecuentes al explicar comportamientos revaloradamente políticos. Preferentemente como adecuaciones de noticiero, las imágenes de archivo contribuyeron a la ficcionalización del enemigo.

Pasado el momento álgido de la confrontación, queda el sistema. Y éste indica que es muy económico producir programas con imágenes que no pagan derechos, más aún si son propias y generadas cotidianamente. Actualmente han sido completados, alcanzados por la autorreferencialidad. No pueden, no quieren escapar a la banalización reductiva de la pantalla: son los documentales cada vez más ficticios de “su” historia. Pequeña, mediata, organizada en torno de conflictos de baja intensidad entre farandulescas figurillas que nos permiten recordar lo que sabemos olvidable, ya que “es necesario olvidar para estar presente, olvidar para no morir, olvidar para permanecer siempre fieles” (Marc Augé, Las formas del olvido).

Como no reclama una potencialidad política peligrosa, el archivismo contribuye a la conciencia reaccionaria de “la gente”, porque es militante del olvido y la despolitización. Al recurrir a una memoria para interpelar a la política, hay que politizarla. Para olvidar hace falta voluntad, una costumbre de olvidar recurriendo incluso a la memoria ficcionalizada y, ahora sí, esterilizada.

* Profesor e investigador especializado en Políticas de Comunicación UBA y UCES.

OPINION

El recorte que espanta

Por Osvaldo Bazán *

Todo empezó como un chiste menor, pidiendo disculpas: Perdona Nuestros Pecados, decía Raúl Portal, y mostraba puertas que no se abrían, lámparas que se caían y furcios repetidos. Una simpática descripción sencillita de desprolijidades comunes. Nada que pudiera molestar. Pero no pasó demasiado tiempo antes de que quedara claro que el cartón pintado no es la principal mentira televisiva. Las patas de la mentira dio cátedra al respecto. Pero cuando el archivo televisivo se hizo televisión, entró en la propia desmesura que criticaba. Lo primero que hizo fue buscar un banquito donde pararse y decidir, dedito levantado, dedito hacia abajo, quién sí, quién no. Y tardó nada en popularizarse una frase de prestigio inmediato, pero de eficiencia dudosa: “Nadie resiste un archivo”. Ok, ¿y? Es bastante peligroso equiparar cualquier evolución de pensamiento como ataque de borocotismo. No todo es lo mismo, pero la sutileza no suele ser un valor televisivo.

Vino entonces una inversión de valores: pasó a ser más importante el visualizador que el camarógrafo. El que miraba que el que producía las imágenes. Porque la tele empezó a hablar de la tele con la fascinación del nene que descubre su ombligo. La burbuja televisiva encontró en los programas de archivo su mejor refugio. Hasta que se chocó con la burbuja política. En la lucha de narcisos, el vosdijisteyotedije dejó claro que si el archivo lo manejan los que ganan, eso quiere decir que hay otro archivo, el verdadero archivo. El recorte interesado molesta y espanta. Y ya no es televisión. Es uno que pinta un cartel arriba de otro cartel arriba de otro cartel. Y así como en un lugar no aparecen los empleados de Felfort, en el otro no aparece la corrupción estatal. Y todos ponen cara de vivos, miran a cámara y te dicen que ésa es la verdad, porque el archivo no miente. Apagar la tele hasta que el camarógrafo vuelva a ser más importante que el visualizador parece ser un buen camino.

* Periodista y escritor, autor de Historia de la homosexualidad en Argentina (Ed. Marea).

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