Síntoma de la pérdida de los valores profesionales que exhibe la sobreactuada línea editorial predominante en Clarín, Eduardo van der Kooy afirma en su panorama político que ” ningún Gobierno desde 1983 dispuso, como éste, de una plataforma de medios privados y estatales tan amplia para difundir sus pensamientos. Hasta los militares de la sangrienta dictadura, podrían envidiarlos”. Eduardo Aliverti responde la escandalosa comparación en Página 12: “¿Los Kirchner son Videla, Massera, Suárez Mason? Por favor, tienen que aclararlo porque de lo contrario hay uno de dos problemas. O se lo creen en serio y, por tanto, se toma nota de que desvarían. O saben que es una falsedad sobre la que se montan para condolerse y entonces se anota que está bien.”

PANORAMA POLITICO

El Gobierno redobla la confrontación

Los Kirchner han copiado a Menem. También ellos creen que derrotar al periodismo es una prioridad política. Luego vendrán el Poder Judicial y la oposición. Estiman que las hostilidades contra los periodistas son inventadas. Enojo con los senadores por la declaración de repudio.

Por Eduardo van der Kooy

Néstor Kirchner terminó de despejar las últimas dudas, si es que todavía las había. Rodeado de gobernadores peronistas y de jefes sindicales definió el martes pasado y ayer en Paraná a los medios de comunicación -en especial a Clarín- como la primera fuerza de la oposición. Hacia allí apuntaría, entonces, el corazón de su estrategia política y también la de su esposa, Cristina.

El ex presidente ha exhumado un libreto cuya autoría intelectual corresponde, en realidad, a Carlos Menem. Fue el caudillo riojano quien, al promediar los 90, descubrió que doblarle el brazo a los medios de comunicación era más imperioso que enfrascarse en las luchas con la oposición política. El resultado no fue bueno para él: los votos que cosechó la oposición -la Alianza- terminaron por desplazarlo para siempre del poder.

Menem recurrió a varios atajos jurídicos para intentar condicionar al periodismo. También a muchas artes innobles. Ese ensayo de colocar a los medios de comunicación por encima de los partidos políticos y de las instituciones -por caso, el Congreso- no sólo significó la alteración de un orden natural de la democracia. Pareció también el inicio de un proceso profundo de mediatización de la política que debilitó y empobreció esa actividad.

Kirchner se valió de ese debilitamiento, justamente, para irrumpir en el 2003 como presidente rodeado por ruinas. Aquel empobrecimiento de la política reconoció, en ese momento, una expresión culminante: la deserción de Menem para intervenir en el balotage que presagiaba para él un epílogo humillante.

Kirchner ha retomado la receta de Menem impulsado por una realidad inocultable. Nada hizo, en todos estos años, para mejorar la política partidaria e institucional. El peronismo es sólo un puñado de leales soldados que andan como almas en pena. La transversalidad y la concertación fueron experimentos electorales echados al cesto cuando perdieron sentido. Lo demuestra el quiebre de la relación de los Kirchner con Julio Cobos. Los vaivenes cotidianos del Congreso entre el kirchnerismo y la oposición representan otra muestra de la decadencia general.

Existe otra cuestión que refleja con la fidelidad de pocas el fracaso político del matrimonio presidencial. Los Kirchner disfrutaron como nadie desde el 2003 -con la excepción del año último- de un ciclo económico externo e interno favorable. Con tasas de crecimiento que si bien no produjeron cambios de raíz en la pirámide social, generaron una bonanza -o una sensación-, cuyo último antecedente habían sido los lejanos tiempos en que Menem le colocó un corsé a la inflación.

Con siete años de aquella historia en sus espaldas, los Kirchner no pueden exhibir ahora otra construcción política que no sea la sostenida por gobernadores e intendentes del PJ encadenados a las arcas estatales, el sindicalismo de Hugo Moyano y algunas organizaciones sociales cuya incorporación a la política constituye, tal vez, la única novedad. La descripción desnuda hasta qué punto fueron incapaces de idear una alternativa a futuro que no dependa, como ahora, de un poder apuntalado sólo por el dinero y las herramientas que provee el manejo del Estado.

Ese desprecio por la política -entendida como un ejercicio de debates y negociaciones- fue alejando paulatinamente a los Kirchner de la sociedad. ¿Qué reflejo más contundente de eso puede existir que los votos en una democracia? Pues bien, en un año y medio Cristina pasó de tener el 46%, al convertirse en Presidenta, al 31%, cuando sufrió un duro revés político en las legislativas del año pasado.

Los Kirchner, quizá para no martirizarse con su inhabilidad, prefirieron leer otra historia. Por el alejamiento de importantes franjas de la sociedad responsabilizaron a los medios de comunicación. Al relato de esos medios, como le gusta decir a Cristina. Nunca repararon si sus políticas no habían transitado demasiado tiempo los senderos del error. A partir de ese momento cargaron baterías para la batalla que libran contra el periodismo.

El derrotero parece claro. Kirchner proclamó que el primer enemigo a derrotar es la prensa crítica. Luego le aguardaría el turno al Poder Judicial, que se ha encargado de colocarle ciertos límites al kirchnerismo y que hurga ahora mismo en una montaña de denuncias y sospechas de corrupción en el Gobierno. En el último peldaño aguardaría la oposición política, tal vez con su capacidad de resistencia mellada si el matrimonio cumpliera con éxito el primer par de objetivos.

La tensión entre el periodismo y los poderes -se repite hasta el hartazgo- forman parte natural de una relación que siempre tiene filones traumáticos. Sucede en todos los países del mundo donde el periodismo se ejerce con libertad. Alcanza con reparar, para comprenderlo, en el enojo que Barack Obama dispensa hoy a varios medios de Estados Unidos. Pero el fenómeno en la Argentina registraría dos novedades peligrosas: aquella tensión ha mutado en una confrontación virulenta; la revulsión y un potencial estado de quiebre fomentado por el poder contagió también al periodismo.

El periodismo atravesó muchos debates internos aunque nunca, quizás, los necesarios. El último recordado sucedió con el advenimiento de la democracia y enfrentó, en términos civilizados, a los hombres de prensa que habían sufrido el exilio y aquellos que permanecieron en el país durante la dictadura. Es difícil asegurar que ese debate haya quedado definitivamente saldado. Pero jamás desbordó las convicciones ni las palabras.

El debate parece plantearse ahora en otros términos. Hay periodistas que, legítimamente, comulgan con los puntos de vista de los Kirchner. Pero que se transforman en enjuiciadores públicos de aquellos que tienen una postura diferente. No sería eso lo peor: recurren a la desacreditación, al escarnio, la delación, el chacoteo y hasta convalidan actitudes del poder que, más allá de miradas políticas, poseen inconfundible sesgo autoritario. ¿Qué hacían periodistas en una parodia de juicio popular contra un grupo de colegas promovido por Hebe de Bonafini? Quizás sea el sinceramiento de una situación disimulada por años, incluso durante el menemismo : la de la militancia política bajo el disfraz del periodismo.

La palabra del kirchnerismo nunca es inocente cuando refiere al periodismo. Tampoco lo es en su afán de instalar en la Argentina una cultura de la división y la pelea. Los senadores, aun del oficialismo, votaron un repudio por los recientes desbordes. Curiosamente fue una kirchnerista, Adriana Bortolozzi, la que cargó más duro contra Cristina. Los diputados no se animaron porque los Kirchner les hicieron conocer el desagrado por aquella permisividad de los senadores.

El ex presidente fue rotundo cuando asistió al bloque para respaldar a Agustín Rossi, sobre quien cayeron algunas críticas luego que fracasó la sesión de la semana pasada sobre la ley del cheque y el matrimonio gay: “No tenemos nada que ver con las cosas que pasan en la calle contra el periodismo. Las empresas las inventan para hacernos daño”, aleccionó.

La Presidenta también hizo su aporte. Minimizó ciertos episodios callejeros contra la prensa y los equiparó con las críticas que ha sufrido ella en el ejercicio del poder. “No hay una categoría especial de ciudadanos sobre otros”, pontificó. Notable incomprensión del lugar que ocupa: no debería haber, en efecto, una categoría especial de ciudadanos, pero ella y su marido tienen responsabilidades y obligaciones incomparables con cualquier otro mortal de la Argentina.

Concluyó su alegato con otra definición sorprendente: “No hay libertad de expresión para todos” en el país, anunció. Con certeza, no debió referirse a quienes comulgan con sus ideas y sus formas de actuar: ningún Gobierno desde 1983 dispuso, como éste, de una plataforma de medios privados y estatales tan amplia para difundir sus pensamientos. Hasta los militares de la sangrienta dictadura, podrían envidiarlos.

Aníbal Fernández conoce aquella plataforma. Sus palabras rústicas vuelan: ahora sentenció que las denuncias de coimas en la relación comercial entre la Argentina y Venezuela “son un bluff”. Nada lo hace escarmentar. Fue el propio jefe de Gabinete el que negó con una desvergüenza inigualable que el valijero venezolano Guido Antonini Wilson hubiera estado en la Casa Rosada. Cuando un video demostró lo contrario se hizo el opa.

Las anomalías en esa relación bilateral empiezan a tomar forma en la Justicia. Pero hay sospechas que se cimentan desde el sentido común más elemental. ¿Por qué razón el vínculo lo manejó siempre Julio De Vido? ¿Por qué Rafael Bielsa, antes, y Jorge Taiana, ahora, fueron reducidos como cancilleres a espectadores? ¿Por qué, además, para transacciones comerciales entre dos países hubo que contratar a consultoras que cobraban comisión? Una de ellas en funciones luego del escándalo de la valija.

La maraña de fogosas palabras kirchneristas, en ese y otros temas, parecen ya insuficientes para camuflar una realidad que huele mal. De nuevo la misma lección: no hay palabra, por más poderosa que sea, que pueda reemplazar a la ausencia de política.

OPINION

Un poco más de respeto

Por Eduardo Aliverti

Sí, habría que tener un poco más de respeto por las palabras. Por algunas de ellas, mejor dicho. Y mejor todavía, por lo que connotan.

Estamos en democracia, para empezar por una perogrullada que, sin embargo, alguna gente parece perder de vista con extrema facilidad. Buena, mala, perfeccionada, empeorada, carente de demasiados derechos básicos, avanzando en otros. Pero estamos en democracia. Si en lugar de eso se prefiere hablar de “el régimen”, “sistema burgués”, “fantochada institucionalista”, “partidocracia”, “monarquía constitucional” u otros términos de vitupero, es legítimo pero hay que buscarle la vuelta a que se los puede vociferar sin problemas. Nadie va preso (apenas la segunda recordación primaria, ya apuntada por algunos colegas, y uno comienza a cansarse). También es atendible que esa prerrogativa, la libre expresión, no alcanza para vivir como se debería. Lo semantizó Anatole France: “Todos los pobres tienen derecho a morirse de hambre bajo los puentes de París”. Expresarse en libertad puede entonces no tener resultados prácticos, para quienes no comen ni se curan ni se educan con el decir lo que se quiera. Si además se afina la puntería para meterse con la libertad de prensa, por aquello de que todo ciudadano tiene derecho a publicar sus ideas sin censura previa, resulta que hay que contar con la prensa propia. Y en consecuencia pasamos a hablar de la propiedad de los medios de producción. Lo cual es igualmente legítimo, desde ya, pero con el riesgo de que se convierta en teoricismo si acaso no es cotejable con la época y circunstancias que se viven. Veámoslo a través del absurdo: si siempre es igual, democracia y dictadura también son iguales. En este punto el cansancio por las obviedades se incrementa. Y uno se pregunta si no se lo preguntan quienes sí viven de poder expresarse libremente por la prensa, pero para referirse al momento argentino como si continuáramos en plena dictadura.

Mataron a mucha gente acá. Picanearon, violaron, nos mandaron a una guerra inconcebible, robaron bebés, desaparecieron a miles, tiraron cadáveres al mar y adormecidos también, electrificaron embarazadas, regaron el país de campos de concentración, torturaron padres delante de los hijos. Se chuparon a más de cien periodistas acá. Si hasta parece una boludez recordar que estaban prohibidos Serrat y la negra Sosa, que las tres Fuerzas se repartieron las radios y los canales, que inhibieron textos sobre la cuba electrolítica, que en el ‘78 estaba vedado por memorándum criticar el estilo de juego de la Selección Argentina de fútbol. ¿Nos pasó todo eso y por unos afiches de mierda y una escenografía de juicio vienen a decirnos que esto es una dictadura? ¿Pero qué carajo les pasa? ¿Dónde están viviendo? ¿Cómo puede faltársele así el respeto a la tragedia más grande de la Argentina? Acá lo cepillaron a Rodolfo Walsh, ¿y hay el tupé de ir a llorar miedo al Congreso? Faltaría ir al Arzobispado. Si bendijo a los milicos, seguro que también puede dar una mano ahora que se viene el fin del mundo con el matrimonio gay.

Uno entiende que pasaron algunas cosas, nada más que algunas por más significativas que fueren, capaces de suscitar que sea muy complejo trabajar de periodista en los medios del poder. Lo de las jubilaciones estatizadas, lo de la mano en el bolsillo del “campo”, lo de la ley de medios audiovisuales y la afectación del negociado del fútbol de Primera. Ahora bien, ¿la contradicción aumentada entre cómo se piensa y dónde se trabaja justifica las sobreactuaciones? Es decir: puede pensarse que en verdad algunos dicen lo que pensaron toda la vida, y que otros quedaron presos de la dinámica furiosa de la patronal. Pero, ¿decir que estamos o vamos hacia una dictadura? ¿Que si esto sigue así puede haber un muerto? ¿Hace falta construir ese delirio para congraciarse? En todo el país, si es cuestión de propiedad mediática y de programas y prensa influyentes, bastan y casi sobran los dedos de ambas manos para contar los espacios que –con mayor o menor pensamiento crítico– apoyan al Gobierno. La mayoría aplastante de lo que se ve, lee y escucha es un coro de puteadas contra el oficialismo como nunca jamás se vio. La oposición es publicada y emitida en cadena, a toda hora. ¿Qué clase de dictadura es ésa? Ese libre albedrío, muy lejos de ser mérito adjudicable al kirchnerismo, ocurrió igualmente con Alfonsín, la rata, De la Rúa, Duhalde. Lo que no había sucedido es esta cuasi unanimidad confrontadora salvo por los últimos tiempos del líder radical, a quien por derecha se le cuestionaban sus vacilaciones y por izquierda también. Contra Menem recién cargaron en su segundo lustro, después de que completó el trabajo. La Alianza se caía por su propio peso. Con el Padrino pegar era gratis, porque el país ya había estallado. Pero en el actual, que después de todo es simplemente un gobierno más decidido que el resto en cierta intervención del Estado contra el mercado y en el perjuicio a símbolos muy preciados de la clase dominante, ¿qué tan de jodido pasa como para hablar de una dictadura? ¿Será que basta con tocar unos intereses para edificar en el llano la idea de que pueden empezar a matar? ¿Los Kirchner son Videla, Massera, Suárez Mason? Por favor, tienen que aclararlo porque de lo contrario hay uno de dos problemas. O se lo creen en serio y, por tanto, se toma nota de que desvarían. O saben que es una falsedad sobre la que se montan para condolerse y entonces se anota que está bien. Que no se justifica pero se entiende. Que quedaron tras las rejas de los medios en que laboran. Ojalá sea lo segundo, por aquello de que un tonto es más peligroso que un mal bicho.

Se cometieron varias estupideces en forma reciente. Se le dio mucho pasto a la manada, se perpetraron injusticias con colegas que no se lo merecen, se agredió a los que precisamente buscan victimizarse. Eso no es hacer política. Es jugar a la política. La diferencia entre una cosa y la otra es que cuando se ejecuta lo primero es bien medida la correlación de fuerzas. A quiénes se beneficia, cuánto se puede tensar la cuerda en la dialéctica entre condiciones objetivas y subjetivas; cómo no sufrir un boomerang, en definitiva, y si se produce cuánto de fuerte son las espaldas para sortearlo. En cambio, si se juega a la política todo eso es lo que importa un pito antes que nada, con el agravante de que las consecuencias las paga un arco mucho más amplio que el de quienes formularon la chiquilinada.

De ahí a que se tomen de esos yerros para hablar de peligro de muertos, de sensación de asfixia dictatorial, de avanzada totalitaria, media una distancia cuya enormidad causa vergüenza ajena de apenas pensarla. No es algo que no pudiera preverse. Como lo dijo allá por los ’80 César Jaroslavsky, otro sabio sólo que de comité pero muy ducho en transas y arremetidas: te atacan como partido político, y se defienden con la libertad de prensa.

Se sabe que es así. Pero igual uno ya está harto de los hartos que se hartaron ahora.

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