El investigador de la Universidad Austral Fernando Ruiz reflexiona en Perfil sobre el reemplazo de la retórica del consenso por la del conflicto en el ejercicio del periodismo en la Argentina, reeditando prácticas ya ensayadas en la historia de los medios pero novedosas desde la recuperación del régimen constitucional en 1983.

 patrullaje y escraches mediaticos

Los periodistas pelean entre sí fogoneados por los Kirchner

Algunos de los próceres más notorios de la Argentina, como Domingo Faustino Sarmiento o Juan Bautista Alberdi, participaron de peleas “mediáticas” a lo largo de los años. Cuando el insulto, la mofa, el agravio a los medios y a los periodistas parecían haber quedado en el desván de la historia, fueron resucitados por el estilo de los K y sus aliados en gestionar conflictos. Es una guerra en el terreno del discurso. El oficialismo, con sus militantes y periodistas afines, ha lanzado un verdadero “bullying” o acoso sobre sus críticos, que suelen responder como políticos y no como profesionales de la información.

Por Fernando Ruiz*

En esta reflexión bicentenaria, el periodismo puede mejorar su grado de autoconocimiento. Un avance importante sería distinguir qué es lo nuevo y qué no lo es. Las riñas de periodistas, por ejemplo, son un clásico de la historia. Ya la oficial Gazeta de Buenos Ayres, primer papel periódico de la era republicana, mantuvo un tiempo dos ediciones semanales dirigidas por directores diferentes y enfrentados. La que aparecía los martes era saavedrista y la dirigía el clérigo Vicente Pazos Silva, mientras que la de los viernes estaba dirigida por Bernardo de Monteagudo y era pro Castelli.

La pelea terminó cuando ambos –al fin empleados públicos– recibieron la siguiente carta oficial “para evitar el extravío de la opinión pública”: “El gobierno ha determinado con fecha de hoy suspender la edición de los periódicos semanales que corrían a cargo de ustedes. A su consecuencia deberán ustedes cesar en el percibo de los goces que por aquel motivo disfrutaban (ustedes pueden) continuar ilustrando al público con sus periódicos, como lo han hecho hasta aquí, a su cuenta, usando de las facultades y derechos concedidos a todo ciudadano”.

Durante todo el siglo XIX, si las guerras civiles no eran en el campo de batalla continuaban en los diarios. Los duelos y los juicios de imprenta eran hitos.Los periodistas eran generales y volvían a ser periodistas.

Muchos de los próceres que hoy son bronce vivieron embarrados en los periódicos. Una de las más fenomenales riñas de periodistas fue nada menos que entre Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento. Tras la caída de Rosas, discutieron sobre qué periodismo convenía a la organización nacional. Alberdi escribió las Cartas quillotanas y Sarmiento le respondió con Las ciento y una. Sarmiento disparaba: “¿Qué es la prensa periódica de la Confederación? Lo que ordena la partida de presupuesto que la paga”. Y Alberdi le respondía: “¿Podrán ser (Benjamín) Franklin en el gobierno los que son (Facundo) Quiroga en la prensa?”.

El tucumano defendía un periodismo más colaboracionista con el gobierno fundacional de Justo José de Urquiza, mientras que el sanjuanino bregaba por un clásico periodismo de cuarto poder, una discusión que se volvió reiterativa. Durante el siglo XX, tuvimos un periodismo de seguridad nacional en las dictaduras y luego un periodismo de seguridad democrática. Hubo ciclos de periodismo de cuarto poder, incluso hasta un periodismo de seguridad cambiaria, que pretendió evitar explosiones económicas y sociales. Editar, finalmente, siempre ha sido una forma de hacer política.

Es evidente también que el periodismo no irrumpió como poder fáctico en la era de los multimedios. Desde que se instala el concepto de la soberanía popular, son imprescindibles los medios de comunicación para expresarla. Y cuando se eligieron los representantes del pueblo, debía haber formas públicas para cuestionarlos.

Alberdi se refiere a “la prensa constituyente” en su libro Las bases y, años después, Dalmacio Vélez Sarsfield habla de los medios como “una ampliación del sistema representativo”. El periodismo es una institución de última instancia para defenderse de las otras instituciones, públicas o privadas, incluso para defenderse del propio periodismo. No hay democracia sin periodismo.

El retroceso. Como en la época de Urquiza, hoy el debate periodístico es sobre los Kirchner. Pero ése no debería ser un tema de debate periodístico. La función profesional no es combatir o promover gobiernos. Y menos poner palos en la rueda para frenar el progreso social.

Si hubiera que definir qué debería ser el periodismo en las sociedades democráticas actuales, se podría decir que consiste en convertirse en una fábrica de matices. Se trata de dar a cada uno lo suyo, en el sentido tradicional de la justicia, en el campo de la representación social. Si evita las generalizaciones, los prejuicios y las falacias, el periodismo hace periodismo. Si no, hace política. En la medida en que la fábrica funcione circularán los matices por las venas de la sociedad siendo éstos el mayor antídoto contra los procesos polarizadores y dicotómicos que la política intenta difundir. El Gobierno siempre polarizará contra sus enemigos y la oposición contra el Gobierno. No difamo la política. Se trata solamente de describir dos juegos de reglas distintos. Los periodistas, en la medida en que son profesionales, intentan describir con precisión y opinar con fundamentos. Los políticos necesitan acumular poder para ganar conflictos y para ellos, los matices suelen ser un obstáculo para su batalla política. La democracia necesita la coexistencia conflictiva de esas dos lógicas como una bicicleta necesita las dos ruedas. Si la lógica de la política domina al periodismo, la democracia pierde una dimensión clave de su arquitectura institucional. El periodismo deja de ser la fábrica de matices necesaria para desmontar los relatos homogeneizantes y se convierte en un engranaje de la aceleración de los conflictos.

Los medios atacados desde el poder han sido innumerables. desde El Independiente del Sur, acusado de promover el asesinato de San Martín y de Pueyrredón, La Prensa, expropiado y cedida a la CGT durante el primer peronismo, hasta los diarios Crítica, de Natalio Botana y La Opinión, de Jacobo Timerman, ambos castigados por dictaduras que contribuyeron a construir. La historia es también un cementerio de medios de comunicación silenciados por políticos poderosos.

Criticar a los medios y a los periodistas es un derecho de todos en una sociedad abierta, pero existe una distancia humana considerable entre la crítica y el agravio sistemático que se hace a algunos medios y periodistas. Además, la crítica acompañada de acciones (como restricciones publicitarias, bloqueos informativos o acosos en la calle por parte de grupos afines) ya no es el derecho de un gobierno, sino el abuso de su poder.

Todos los gobiernos del mundo se quejan de los periodistas. Pero algunos, además, los agravian. En Argentina, esto es nuevo durante esta etapa democrática. El insulto, la mofa, el agravio a los medios y a los periodistas habían quedado en el desván de la historia. Pero fueron resucitados por el estilo K de gestionar conflictos. Se instala una retórica que se asemeja a lo que Julián Marías llamó “la voluntad de no convivir”. Hasta hace poco, el paradigma era buscar el consenso; ahora, el paradigma es promover el conflicto y suprimir al otro como posible referente en la construcción democrática común. Es la guerra, no por las armas, sino por el discurso. Es la convivencia del discurso belicista de los 70 con las reglas de juego pacíficas pos 1983. Con respecto al periodismo, se pasa de la legítima crítica a los periodistas al bullying contra ellos. Es verdad también que muchos periodistas se han dedicado estos años a hacer bullying contra los políticos.

No es lo mismo el programa La hojilla de la televisión estatal venezolana, donde el conductor se mofa y agravia de principio a fin a todo el periodismo que no es chavista, que el programa Seis, siete, 8:00, donde sólo lo hacen de a ratos. Pero no es gracioso denigrar y humillar periodistas por los medios en que trabajan o por sus opiniones. Tampoco suelen incorporar el derecho a réplica. Con programas así, y en el horario central, Canal 7 no es la televisión de todos. El rol de defensor del Gobierno no es una misión de periodistas, sino de la Secretaría de Prensa.

Varios medios y periodistas atacados cayeron en la trampa. Si el periodista responde como político, perdió ya la batalla. La influencia del periodista es mayor cuando no sale del periodismo; cuando ingresa a la batalla política, su credibilidad se embarra. Fuera de las reglas profesionales, los periodistas se convierten en superhéroes decadentes cuyos poderes se disipan. Hay muchos profesionales que antes de la era K eran analistas y hoy son editorialistas que ya aburren opinando sobre los laberintos psicológicos del matrimonio presidencial o de los líderes opositores. Eso no es buen periodismo, sino acción política pura y dura y, además, poco efectiva. Jorge Luis Borges recomendaba dejar pasar los agravios, y responder sólo los argumentos: un buen consejo para los periodistas, aunque a él le costaba mucho hacerse caso.

*Profesor de periodismo y democracia de la Universidad Austral.

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