El clima beligerante en donde “vale todo” con tal de aniquilar al adversario se acentúa en los medios de comunicación en relación directa con el ocaso de la figura del “editor responsable”. No hay responsable editorial porque el combate exige emplear métodos sucios, relegando el respeto por la audiencia como un daño colateral. Esta ausencia de “edición responsable” es un emergente que se procesa de modo distinto en diarios, radio y televisión. Con una nota introductoria de Ariel Jarach, promotor de la reflexión sobre el tema, se reproduce un artículo de Martín Becerra publicado en La Ventana, de Página 12. En la misma línea, Mario Wainfeld analiza episodios y regularidades en la aludida pérdida de “libertad de expresión” en la Argentina. Publicó Página 12.

Nota introductoria de Ariel Jarach:

El conflicto que suscita la Ley de Medios parece atado a una definición absoluta y por “Knock out”. Si se pudiera aplicar el dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno podría ser factible construir sin necesidad de fallos contundentes. Apelo a la posibilidad de que el espíritu del contenido no sea avasallado por las formas del mal habido proceso. Tanto los unos como los otros parecen ser acorralados por históricos y a la vez coyunturales enfrentamientos. Parece que “lo último” fuera lo mejor en lugar de que lo que es “posible”… cuál es el arte de lo político?.

La judicialización (perdón por la palabra) es como un “Telebean” del fútbol. Mientras se lucha por el fallo no se construye más porque todo es injusto. Propongo que pensemos en afirmar pasos pequeños mientras “la verdad” sea un futuro poco creíble. Si lo que se conoce como utópico se vuelve imposible es necesario hacerlo más cercano y menos pretencioso. Es el caso de las llamadas “Políticas de Estado”. Entre tantas declamadas como tales la democratización de los medios masivos de comunicación y la lucha por la diversidad de opiniones tienen consenso de ley pero son inalcanzables hoy sin derrotar al enemigo.

¿Será posible instrumentar algunas pequeñas medidas que no sean leídas como argucias sino como construcción de acuerdos entre los que son “buenos”?. Lo que sigue es una pequeña contribución, si es factible, a que podamos salir del enredo binario de vencedores y vencidos.

MEDIOS Y COMUNICACION

Editor (ir)responsable

Martín Becerra problematiza en torno de la ausencia o la falta de vigencia de la figura del editor responsable en los medios.

Por Martín Becerra *

El clima beligerante en donde “vale todo” con tal de humillar y, si es posible, aniquilar al adversario, como planteó Washington Uranga, (Página/12, 6/3/2010), se acentúa en los medios de comunicación en relación directa con el ocaso de la figura del “editor responsable”. ¿Quién se hace responsable de los verbos impersonales, de las noticias sin fuente fidedigna, de la repetición de acusaciones anónimas, de los “zócalos” de la pantalla televisiva que distorsionan el contenido de la información? No hay responsable editorial porque el combate exige emplear métodos sucios, relegando el respeto por la audiencia como un daño colateral.

Para Roger Chartier, “la edición es el momento en que un texto se vuelve un objeto y encuentra lectores”. El editor responsable es, así, quien se ocupa de seleccionar qué aspectos de la realidad serán noticia, bajo qué óptica serán editados y a quién estará dirigido el contenido elaborado. Y se hace responsable por ello.

El clima beligerante produce heridas no sólo entre rivales directos, también se extiende a actores secundarios, induce centrípetamente a tomar posturas maniqueas y demuestra su desprecio por la sociedad, relegada al rol de “tercero ausente”. En este clima, el encuentro de lectores es reemplazado por predicamentos facciosos.

Es cierto que las audiencias pueden, en el fragor del combate, interesarse por fórmulas dicotómicas, manipuladoramente simples. Es más: las audiencias incluso reclaman en el inicio de toda lucha una interpretación binaria. El enfrentamiento de opuestos hace a la historia del espectáculo. Solo que al cabo de un tiempo el argumento de la disputa, repetido en sus formas y en sus actores, se agota en la roída fórmula del sermoneo.

El comportamiento de los medios exhibe, empero, peculiaridades: la prensa escrita marca la agenda. Los diarios y revistas, usina del “vale todo”, raramente introducen matices y perspectivas diversas en beneficio del raciocinio de los lectores. Pero las publicaciones, al menos, cuentan con un “editor responsable” y alguna incluso con defensoría del lector. El editor responsable no solamente responde ante la Justicia por lo publicado en el diario, sino ante sus lectores. Los lectores están presentes, cierto que de modo indirecto, en el diseño del diario, ya que al menos nominalmente alguien se hace responsable ante ellos por el contenido.

En la radio no existe el editor responsable, pero la mayoría de los programas es conducido por una figura que, en los hechos, se juega su prestigio y su sustento ante los oyentes. A los fines prácticos, la conducción del programa es su “edición responsable” y es la que suele responder críticas o comentarios de oyentes. La radio es el medio que más opiniones diversas incluye en su agenda.

La televisión, probablemente el medio menos creativo en términos informativos, ya que su agenda es parásito de la de los medios escritos, es en cambio el escenario de amplificación, reiteración y sostenimiento del “vale todo”. Es en las pantallas y en su singular formato donde el combate se expande. Pero, a diferencia de la prensa escrita y de la radio, en la televisión el editor responsable es inexistente. Hecho paradójico, dado que mientras que la prensa escrita es de propiedad privada, la televisión es un medio de carácter público (utiliza el espacio radioeléctrico) que se entrega por lapso limitado a privados para su explotación en forma de licencia. Es decir que la televisión debería, por usar un bien común, ser mucho más cuidadosa con el público consignando la fuente de sus noticias y señalando quién es responsable por su emisión. Además, en la televisión criolla no hay defensoría del público.

La sociedad no sabe quiénes son los licenciatarios de los canales (¡ni siquiera el Estado provee este dato elemental, como lo muestran los pedidos de informes de uno de sus poderes, el Congreso, ante otro, el Poder Ejecutivo!). Tampoco se conoce quién es responsable de los contenidos, muchos de carácter anónimo, que reproducen las pantallas: ¿la dirección del canal?, ¿la gerencia de programación?, ¿la de noticias?, ¿el empresario-productor de un programa que está tercerizado?, ¿los conductores o periodistas que presentan las notas en ese programa, pero que ignoran su contenido?

La reproducción en la pantalla de televisión de embestidas anónimas contra periodistas o políticos ameritaría una reflexión acerca de la responsabilidad ante los injuriados. Pero además de las víctimas del escrache anónimo replicado en televisión (en emisoras de gestión estatal y privada), hay otra víctima: una sociedad a la que se desprecia por considerarla incapaz de recibir contenidos que promuevan la reflexión en lugar del acto reflejo. “Nadie” es el responsable de lo que circula por la televisión. Pero el odio que irradian las pantallas perjudica a todos.

* Doctor en Comunicación. Universidad Nacional de Quilmes – Conicet.

Sobre palabras y silencios

Por Mario Wainfeld

Es sano hacer profesión de fe democrática y necesario denunciar a quienes la amenazan. Las libertades no son frutos silvestres que crecen con naturalidad: son construcciones sociales, usualmente conquistas que se consiguen merced a largas luchas. La libertad de prensa y la de expresión han zozobrado a lo largo de la historia argentina y la de la región, es ingenuo suponer que están ganadas para la eternidad. En sociedades pluralistas y efervescentes, como la nuestra, su resultante (siempre imperfecta) no es un coro afinado sino una Babel de voces diferentes, contradictorias, con frecuencia estridentes. La tolerancia y el buen modo son aconsejables pero no imperativos, sí lo es que el derecho esté extendido, no limitado a grupos o camarillas.

Por entrar en materia, una pegatina anónima de afiches lastima la libertad de expresión. Los derechos tienen su contrapartida, expresarse en democracia exige hacerse cargo de lo que se proclama.

Interrumpir con modos patoteriles la presentación de un libro en la Feria es otra conducta repudiable.

Los destinatarios de ambas movidas merecen solidaridad, que el cronista está expresando, y tienen derecho a patalear.

Hacerlo no implica aprobación de los protagonistas cuestionados o interrumpidos, ni del libro o la presentación respectiva. Es más, resulta aconsejable no mezclar esos juicios de valor con el repudio, porque un cuestionamiento podría diluirlo y una aprobación hacer creer que es condición del reproche. Sanos fueron, en esencia, la reacción institucional y los pronunciamientos de las dos cámaras del Congreso sobre el tema.

Desmedidos, en cambio, fueron ciertos discursos homologando la coyuntura actual, resonante en divergencias y debate, con la dictadura. Por no hablar de menciones a posibles muertes, que sí ocurren en México o Colombia u Honduras pero que parecen remotas en estas pampas. No por azar ni por gracia divina, sino por la lucha de la ciudadanía, la diversidad del sistema mediático y la consolidación de la democracia tras 27 años de recuperación. La homologación de un gobierno discutible, como todos, con la dictadura banaliza a ésta y revela falta de tino.

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Contradictorio e injusto, por ser cauto, fue pretender en aras de la libertad promover la censura de un acto político, el juicio público realizado por la Asociación Madres de Plaza de Mayo el jueves.

El formato del “juicio público” es caro a la izquierda, en nuestro país se han celebrado seguramente centenares. Cada cual eligió qué bolilla pasarle y el mundo siguió andando. Con pretendida seriedad, se arguyó que un acto público usurpaba funciones judiciales o que derivaría en condenas de cumplimiento efectivo. Choca que se haya atribuido afán de hacer justicia por mano propia a las Madres de Plaza de Mayo, que son ejemplo de templanza y acatamiento de las leyes, aun de las más injustas y aberrantes.

El juicio se realizó a la luz del sol, en la Plaza que las Madres fatigaron en soledad cuando otros callaban o alababan a la dictadura o se fascinaban con el ascetismo del dictador Jorge Rafael Videla o la elocuencia de los silencios de Roberto Viola.

Los expositores dieron la cara y se expusieron a cuestionamientos, réplicas o represalias de los grandes medios, que tienen recursos, memoria de elefante y capacidad de retaliación.

De nuevo, la defensa del derecho de los oradores y organizadores es superior y previa al consenso con sus discursos. El acto fue un ejercicio de autoafirmación, como suelen serlo las presentaciones de textos en las que los panelistas están de acuerdo. Era un hecho político, como también lo son a menudo aquéllas.

El doble standard aplicado, en el que incurrieron senadores, diputados y colegas periodistas, es una discriminación por banderías, no derivación de las garantías constitucionales en juego.

¿Hace falta decir que las Madres no fueron a por los condenados en el juicio público, como no levantaron la mano contra quienes desaparecieron a sus hijos, sometiéndose a las reglas legales, aunque bullera su sangre y se burlaran (una y otra vez) sus derechos básicos? Quizás haga falta, porque el Agora bulle y no derrocha sentido común, así que se deja constancia.

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La exorbitancia de los discursos, la desfiguración de la coyuntura, la victimización son recursos del debate. Capciosos, de flojo nivel y poco apego a los hechos, opina el cronista. Como tales deben leerse expresiones sectoriales sometidas al escrutinio de los otros. Nadie está exento de la observación crítica, los medios y los periodistas no hacen excepción. Su libertad es amplia pero no superior a las de otros mortales u organizaciones. Cansa un poquito recaer en lo obvio, pero lo fuerzan ciertas posturas infantiles, autocentradas o elitistas. Así que ahí va: quienes hacen un culto de señalar a otros pueden (tienta decir “deben”) ser estudiados, debatidos, puestos bajo lupas semejantes siempre con arreglo a las leyes que son magnánimas en abrir el juego a la diversidad. En la Argentina no existen fueros personales y todos los ciudadanos son iguales ante la ley, consagra la Constitución, en buena hora.

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La indignación es una táctica, aunque en el fragor los polemistas que quieren sacar ventaja pueden sugestionarse con su propio relato (elitista y sectario) y creérselo. Su emergencia tiene causas interesantes, citemos dos. La primera es la irrupción de voces, posiciones o actores silenciados hasta hace poco. La segunda es que el clima de época fuerza a muchos poderosos a tener que justificarse, defenderse, salir de la muralla de silencio que era correlato de su preeminencia. Vamos por partes.

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La progresiva y creciente irrupción de expresiones afines al Gobierno en el espacio público, que fue dominado por sus adversarios desde 2008, saca de quicio a más de cuatro. Programas televisivos o radiales alternativos en contenidos pero también en estilos cuestionan la monotonía y el mensaje único de los medios privados. Un conjunto de bloggers que mestiza a jóvenes y veteranos, todos de clase media y muchos de ellos con competencias intelectuales o académicas, exasperan al mainstream mediático. La presencia de “gente” (no necesariamente morocha ni proveniente de barriadas populares) en movilizaciones masivas colma la medida.

Ocurre que esas movidas interfieren con un relato banal y extremo, que predicaba que el oficialismo había quedado reducido a un equipo de gobierno y una pléyade de asalariados, casi todos dirigentes o pobres, siempre cooptables con dádivas. El descubrimiento de adhesiones firmes y expresivas a un Gobierno que ha producido cambios de todo jaez, trastrueca equilibrios y certidumbres y lleva a perder la chaveta. Había amanecido con el grupo Carta Abierta, su perduración y la proliferación de expresiones novedosas colmó paciencias.

La furia contra esas expresiones democráticas es acaso desproporcionada a su rating, a su penetración. Las derivaciones electorales del cambio de escenario son un enigma. Lo que se deja ver es que el oficialismo moviliza, tiene apoyos ciudadanos multicolores, algunos con buena capacidad de expresión. Es una buena nueva, en general, y un desafío para sus contradictores. Algunos de ellos se sacan, acuden a la injuria o a la hipérbole, añorando el entorno previo.

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Las sucesivas notas publicadas en este diario por Horacio Verbitsky sobre el cardenal Jorge Bergoglio suscitaron un fenómeno digno de mención. Personas que guardaron silencio durante décadas se animaron a romper su silencio y contar verdades flagrantes y dolorosas. Recobraron su autoestima, se sobrepusieron a miedos. Son, en general, de clase media, con formación política y cultural, lo que, en contraste, resalta la magnitud del temor reverencial que selló sus labios.

La reaparición llega en sube y baja con otro dato potente. Muchos poderosos de antaño, que pudieron blindarse en el silencio, ahora se ven forzados a explicarse, defenderse, dar razones ante la opinión pública y en los tribunales. El proceso no es exclusivamente local, como puede dar fe la jerarquía de la Iglesia Católica, asediada por denuncias por hechos que existen desde hace añares. Pero hay una versión doméstica, consecuencia de reformas políticas y culturales, que incluyen la secularización y el igualitarismo. El mentado Bergoglio fue señalado con anterioridad, pero recién ahora se siente compelido a publicar un libro autoelegíaco. Las causas contra Ernestina Herrera de Noble ya tienen fojas ajadas, pero es novedosa su aparición en medios masivos, extrovirtiendo sus posiciones.

Todos se quejan de ser víctimas, nómina a la que sumó José Alfredo Martínez de Hoz, que será procesado merced a un correcto fallo de la Corte Suprema de Justicia. En verdad, son ciudadanos de carne y hueso que gozaron de prerrogativas enormes, concebidas a su guisa, entre ellas vivir blindados. Las circunstancias mutaron, lo que desata su furia, que es también desconcierto.

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Nadie debe acallar a nadie ni nadie puede exigir tener una aureola que lo sustraiga a la polémica. Todos tienen derecho a expresarse, incluso a través de los medios masivos, principal recurso en las sociedades de masas. Todas las voces deben resonar, aun las que desafinan para nuestros sesgados oídos. La restricción de esos derechos es un reto a la sociedad. ¿Hace falta decir cuánto de lo antedicho conecta con el horizonte abierto por la ley de medios? Por si hace falta, se subraya.