La muerte de Aníbal Ford deja al campo de la comunicación y al periodismo reflexivo sin uno de sus fundadores y a la vez, uno de sus exponentes más lúcidos y activos en la Argentina. Editor, periodista, ensayista, investigador y profesor en la UBA y en otras universidades nacionales, Ford fue un fiel reflejo de una generación surcada por el compromiso político, la preocupación pedagógica en la que inscribió sus actividades profesionales, la formación atenta, original y curiosa y la creación de espacios colectivos de formación y pensamiento. Página 12 publicó una buena semblanza de Ford (nota de Karina Micheletto) y Pablo Alabarces escribió para Crítica un sentido recuerdo.

Contratapa

El fordismo (in memoriam Aníbal Ford)

Por Pablo Alabarces – 9.11.2009

El viernes a la mañana se nos murió Aníbal Ford, a los 75 años, por culpa de un cáncer. Es posible que la noticia no le diga nada a nadie por fuera de la comunidad académica, aunque eso incluye a algunas decenas de miles de estudiantes y graduados de periodismo dela Argentinay América Latina, que lo leyeron y admiraron, y entre ellos sus alumnos de Comunicación dela UBA, que lo tuvieron veinte años a su disposición para reírse y asombrarse en sus clases. Fueron apenas veinte años, porque entre 1974 y 1987 Ford estuvo fuera de la universidad, gracias a la dictadura.

Aníbal –permítanme la confianza, que será explicada más adelante– fue muchas cosas además de profesor universitario. Por sólo algunas de ellas hubiera entrado en la memoria cultural de este país: participó de los equipos inventores de la empresa editorial más democrática de la historia, la de Eudeba, que la dictadura de Onganía expulsó y que se reconvirtió en el Centro Editor de América Latina. Empresa democrática: libros baratos de a miles, una apuesta político-cultural por el conocimiento popular que no se ha repetido. Y también, como el profesor de Letras preocupado por el periodismo que era, fue el primer estudioso de la obra de Rodolfo Walsh, en 1972. Y luego inventó la entrada de los productos de la cultura de masas en la academia, cuando dictó Introducción ala Literaturaenla UBAcamporista de 1973: junto a Eduardo Romano y Jorge Rivera estaba fundando nada menos que los estudios sobre cultura popular. También fue secretario de redacción de Crisis, la revista político-cultural ejemplar de nuestra memoria editorial. Y además fue el primer biógrafo de Homero Manzi. Y ya era un promisorio cuentista, que había publicado Sumbosa en 1967.

Pero llegó la dictadura, y Aníbal se guardó en el exilio interno, expulsado de la universidad y del periodismo. La producción de esos años silenciosos recién apareció en 1987, cuando junto a Rivera y Romano compilaron Medios de comunicación y cultura popular, los temas que, insisto, ellos tres habían fundado en una universidad que todavía ninguneaba esas preocupaciones; y en 1988 apareció Desde la orilla de la ciencia, donde anunciaba sus nuevas direcciones. Cuando lo convocaron nuevamente ala UBA, ahora para dictar una cátedra en Comunicación, las puso en acción: se dedicó a los estudios sobre comunicación y cultura pero dándoles un giro teórico vertiginoso. Aníbal hacía pasar toda la teoría por una licuadora de creatividad y crítica, disparando ideas y relaciones para todas las direcciones. Le encantaba Bateson y su idea de “la pauta que conecta” ideas sólo en principio lejanas para volverlas amigas y hacerlas producir otras nuevas. Había transformado el populismo del que venía –como muchos, dejó el peronismo cuando llegó Menem, pero como pocos, no se molestó en volver– en una máquina de creatividad e irreverencia crítica. En 1994 publicó Navegaciones, un libro descomunal, lleno de hallazgos y sugerencias: entre otras, la de que lo popular no es una lista de bienes sino un modo de pensar, una manera de relacionarse con el mundo y con la vida tramada con el cuerpo y la oralidad, con el olfato y el humor. Se había vuelto un teórico de la comunicación, pero su apuesta seguía estando junto a la práctica periodística: todo el tiempo les recordaba a sus alumnos que un buen periodista debía leer de todo durante toda su vida.

Se había vuelto un teórico, y como buen teórico no paraba de producir empiria. Como le preocupaba enormemente el tema del territorio –Aníbal era un intelectual argentino, y eso no significaba porteñismo–, viajaba para confirmar teorías. Entre sus hazañas estaba haber remontado el curso del Salado-Chadileuvú; entre sus recurrencias, navegar en el Tigre siguiendo los itinerarios de Haroldo Conti; entre sus últimas travesuras, navegar hastala Islade los Estados.

Este recuerdo y este homenaje tienen un pliegue personal, como anuncié. Trabajé con Aníbal diez años; integré su primer equipo de cátedra en el regreso ala UBA, lo acompañé en el bar de la esquina de la facultad a tomar una copa mientras me anticipaba su próxima clase, disfruté los asados en su casita en el Tigre. Aprendí de todo, pero especialmente aprendí que había que inventar y arriesgar todo el tiempo, que investigar la comunicación y la cultura era un juego de conexiones y navegaciones. Diez años atrás nos peleamos, mal: éramos demasiado parecidos, dos calentones que para colmo habían aprendido a usar el mail sin pensar antes de apretar la tecla de “enviar”. En ese momento me dijo que ya estaba demasiado grandecito para ser parricida. La metáfora era cultural, pero también fue afectiva. Aníbal tenía la edad de mi papá, que se murió hace apenas 45 días. Así como un día descubrí que había hecho buena parte de mi carrera para hacerlo feliz a mi viejo, ahora entiendo que sigo publicando estas contratapas con la –ya perdida– ilusión de que Aníbal Ford las lea y se sonría con algún gesto de fordismo.

 

A LOS 75 AÑOS, MURIO ANIBAL FORD

El hombre que pensó la comunicación

Cofundador de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UBA, profesor, escritor, periodista, investigador, viajero incansable, Ford vivió ligado a toda forma de la cultura. Llegó por fuera del canon de la academia y dejó una marca indeleble.

Por Karina Micheletto – 7.11.2009

Fue formador de discípulos en un campo teórico en formación, profesor universitario, investigador de la cultura y la comunicación, viajero incansable, amante de los ríos, las navegaciones, buceador de las orillas, de los márgenes. Hombre de letras en el más amplio sentido: desde fletero de una editorial hasta director de sellos y colecciones, pasando por el ejercicio mismo de la literatura, el periodismo y la investigación, vivió ligado a todas las formas de la cultura escrita. Ayer, a los 75 años, murió Aníbal Ford, uno de los intelectuales que abrió el campo de los estudios de Comunicación y Cultura en la Argentina y en América latina, figura fundante de la disciplina en el país.

Ford se graduó en Filosofía y Letras y a esa facultad volvió en 1973, cuando Paco Urondo era director de la carrera de Letras y le propuso dictar la materia Introducción a la Literatura. El gesto de Urondo, al llamar a alguien que no pertenecía al canon de la academia, y mucho menos al de la crítica literaria tradicional –por entonces Ford era redactor de la Historia del movimiento obrero, del Centro Editor de América Latina y trabajaba como fletero en la editorial Paidós– respondía al espíritu que desde entonces guiaría teóricamente a este investigador, con el que encararía también, junto a una cantidad de destacados intelectuales provenientes de Letras, la creación la carrera de Ciencias de la Comunicación en la UBA, tras el advenimiento de la democracia, a mediados de los ’80.

Esa guía de acción teórica tenía que ver básicamente con una revisión integral del saber cristalizado de la academia y con la expansión del campo de estudio hacia problemáticas surgidas en otros ámbitos. Entre esos otros ámbitos, el de la acción política y editorial marcaron el núcleo duro de sus investigaciones. La importancia teórica y política de aquellas primeras clases de Introducción a la Literatura –la materia era dictada por Ford y Angel Núñez, y el jefe de trabajos prácticos era Juan Gelman– fue rescatada con 30 años después, editado por la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata, donde es posible analizar con la distancia que permite el paso del tiempo aquellos textos que circulaban mimeografiados en los ’70.

Junto con Eduardo Romano y Jorge B. Rivera, Ford fue uno de los fundadores de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, donde mantuvo una cátedra de la materia Comunicación y hasta sus últimos años se desempeñó como investigador y profesor consulto. Su labor fue fundante en el campo de la recepción y la cultura en América latina y fue un referente y un formador de una cantidad de discípulos en el campo. Fue, además, uno de los primeros que se animó a pensar las nuevas tecnologías, en tiempos en que “Internet” no era una palabra de uso cotidiano, sin apelar a una lógica paranoica. “Yo no soy un especialista en nuevas tecnologías, sino en los problemas culturales que ellas generan”, aclaraba en una de las últimas entrevistas que dio.

Militante peronista, fue preso durante la dictadura de Onganía y eligió el exilio interno en la última dictadura, según contaba sobre aquellos años. Entre el ’74 y el ’88 abandonó toda vinculación con la academia. Su adscripción al peronismo terminó con el gobierno de Menem, cuando rompió el carnet. “Hace muchísimos años que no soy peronista. No sé qué es el peronismo, no me interesa. Me interesa América latina”, decía cuando le preguntaban sobre Kirchner.

El campo editorial fue otro ámbito en el que Ford dejó huella. Junto con el mítico Boris Spivacow formó parte de los equipos de los igualmente legendarios Centro Editor de América Latina y Eudeba. En sus clases solía contar a sus alumnos anécdotas de- sopilantes del modo en que se concretó lo que parecía imposible, aquella empresa tan arriesgada como su slogan: libros para todos. Aquellas anécdotas fijaban en la memoria de los alumnos escenas cotidianas, hilarantes o ridículas, de esas gestas fundamentales en la construcción de la identidad cultural de las capas medias argentinas: la expansión de un público lector, con tiradas masivas a bajo precio y disponibles en los kioscos. Otra Argentina.

Sus clases siempre estaban cruzadas por este tipo de relatos de aventuras, que podían transcurrir en los ríos del Delta de Tigre, en el faro del Fin del Mundo, o en la ruta, en viaje. La solidez teórica que exhibía encontraba en estas historias el balance didáctico perfecto. De esta misma habilidad hizo gala en su labor periodística, siempre cruzada por un abordaje desde los estudios culturales: fue redactor del suplemento cultural de La Opinión y del diario Noticias, entre otros medios, y jefe de redacción de la recordada revista Crisis, en la que trabajó desde 1974 hasta que fue clausurada por la dictadura. El año pasado creó y dirigió la revista digital Alambre, en la que publican destacados intelectuales de la comunicación y la cultura, como Renato Ortiz y Néstor García Canclini.

En su obra se cruzan ficciones, ensayos e investigaciones como Sumbosa, Ramos generales, Los diferentes ruidos del agua, Oxidación, Homero Manzi, Medios de comunicación y cultura popular, Desde la orilla de la ciencia, Navegaciones, La marca de la bestia y Resto del mundo. En algunos reportajes, él lamentaba haber dejado de lado en ciertos momentos de su vida su producción ficcional, el campo específico de la literatura: “Me tragó mucho esto de jugar en el campo de las ciencias sociales, de disfrazarme de comunicólogo”, decía.

En ese movimiento continuo al que lo obligaba no sólo su pasión por los viajes, los ríos y la pesca, también su pasión por la investigación más allá de límites disciplinarios y de género, Ford se definía a sí mismo como “una especie de humanista renacentista”. “Todo me interesa, y todo lo que he hecho me ha gustado hacerlo, hasta mi trabajo en una fábrica de químicos durante el Proceso”, decía. En un reportaje a este diario, arriesgó otra definición ajustada: “Muchos dicen que soy populista de vanguardia. Yo me considero un explorador de la literatura y de la cultura, pero también me río de esa propia exploración, nadie puede decirme que me la creo. Estoy yendo a orientación vocacional, quiero saber qué quiero hacer cuando sea grande”.

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