La historia de las industrias culturales revela su propensión la concentración de audiencias y de capitales. No obstante, esta tendencia se ha menguado en diferentes períodos, en muchos países. La situación del sector en la Argentina del siglo XXI, su dependencia del Estado y su organización anticompetitiva son descriptas en este artículo publicado por Martín Becerra en el nº 2236 (julio 2009) de la revista Caras y Caretas.

Caras y Caretas nº2236, julio 2009, Buenos Aires. Página 81

La diversidad amenazada

Por Martín Becerra (Universidad Nacional de Quilmes – Conicet)

Los gérmenes de la internacionalización y de la concentración de la propiedad son constitutivos de las industrias culturales. Este sector, identificado originalmente por la Escuela de Frankfurt como nervios de la sociedad contemporánea a raíz de la serialización, industrialización, masificación y cosificación de la cultura de la primera mitad del siglo XX, tiene en las majors hollywoodenses uno de sus tempranos íconos.

Sin embargo, la internacionalización y la concentración no son procesos estables en las industrias de la cultura: asumen formas e impactos muy distintos según la época y el país que se analice. Tampoco son fenómenos meteorológicos ni designios irrevocables: la regulación de estas industrias puede disminuir e incluso revertir estos procesos –y sus consecuencias- cuando se aplican políticas en tal dirección.

El siglo XXI atestigua la metamorfosis digital de estas industrias que producen y distribuyen un torrente de información y entretenimientos a cuyo consumo las sociedades destinan varias horas diarias, contribuyendo a la construcción de una agenda noticiosa y a la cohesión en torno de un sentido común predominante. Paralelamente, el capital de estas industrias se ha venido concentrando en grandes y pocos grupos empresariales con intereses diversificados en actividades con vocación transfronteriza y global. Se trata de un sector de alta importancia no sólo simbólica sino también económica. Y su dinámica es básicamente anticoncurrencial pues se opone al ingreso de competencia (incluyendo a PyMes, cooperativas, operadores comunitarios, sindicatos) que entorpezca su control de los mercados.

Los niveles de concentración de estas industrias en América latina son inéditos. Una investigación que acabamos de actualizar (ver Becerra, Martín y Guillermo Mastrini (2009), “Los dueños de la palabra”, Prometeo, en prensa), constata que más del 82% de los mercados de información y comunicación en la región se concentra en sólo cuatro operadores, en promedio. La misma medición respecto del dominio de la primera empresa en el conjunto de las industrias comunicacionales, asciende al 45% en promedio. En este cuadro la Argentina no desentona: el 84% de los mercados culturales es controlado por las primeras cuatro empresas, en promedio, mientras que el primer operador ostenta un dominio del 37%. En otras palabras, menos de un 16% de los mercados culturales argentinos se hallan abiertos a la circulación de voces diferentes a las de los principales grupos. Y más de un tercio del mercado de productos y servicios de la comunicación del país está, en promedio, controlado por un solo operador.

La situación descripta está amparada en la tradicional debilidad de los poderes públicos para disponer reglas de juego ecuánimes que garanticen el acceso de los diferentes sectores sociales, políticos y económicos a la titularidad de las industrias culturales. En este sentido, la reapertura de la venta de pliegos para acceso a licencias de tv por cable que el COMFER descongeló este año después de casi una década, resulta una medida innovadora en un panorama que en otros rubros sigue infranqueable para los actores sociales no comerciales.

El sector está muy concentrado, cada vez más transnacionalizado pero es, paradójicamente, muy dependiente del Estado, que susidia a los grandes grupos vía exención y desgravación de impuestos, condonación de deudas, regímenes de promoción, indulgencia con el incumplimiento de la normativa (soterramiento del tendido de la tv por cable; precarización laboral y trabajo en negro; infracción de leyes medioambientales; transferencia de licencias sin previa autorización del organismo de control; violación de horarios de protección al menor; violación de los tiempos y modos de emision publicitaria), entre otros.

Aunque el discurso de los grandes grupos defiende la oligopolización aduciendo que la escala económica necesaria para operar requiere de grandes inversiones, la historia contemporánea de las industrias culturales revela que la mayor concentración obtura el dinamismo del mercado y que muchos de los recursos del sector provienen de las propias arcas estatales. El oligopolio margina a los actores pequeños y medianos y a los comunitarios. Y lo que importa más: reduce la multiplicidad de fuentes y de perspectivas necesarias para garantizar la diversidad cultural, horadando la vitalidad misma de la democracia.