Las contradicciones que se exponen públicamente entre grupos empresarios por el triple play en la Argentina están vinculadas a la configuración de un mercado oligopólico en el que la política pública está subordinada a los intereses más concentrados. Nota de Martín Becerra y Guillermo Mastrini en Miradas al Sur.

Enredados

Concentración y convergencia en los medios de comunicación

 

La reserva de números asignada a fibertel para brindar telefonía tuvo gran repercusión en la prensa. Las claves del negocio.

Por Martín Becerra y Guillermo Mastrini – Docentes Universidad Nacional de Quilmes y Universidad de Buenos Aires – 22-07-2009

En los últimos días causó cierto revuelo la resolución de la Secretaría de Comunicaciones mediante la que se otorgó reserva de números telefónicos a Cablevisión, quedando esta empresa a un paso de poder brindar conjuntamente telefonía, cable e internet. El triple play (hablamos de triple play por convención pero no sería incorrecto hablar de cuádruple play o servicios de convergencia) es percibido por los grandes y pequeños actores de los mercados de información y comunicación (infocomunicacionales) como un nuevo El Dorado. Quien llegue primero, se sospecha, plantará bandera y obtendrá una posición dominante en un espacio que promete rentas seguras, grandes territorios aún sin explotar y, hasta ahora, pocos condicionamientos por parte del Estado. Una singular combinación de elementos a la que los grandes grupos de comunicación que operan en la Argentina son afectos.

La mutante dinámica del consumo y de los modelos de negocios para explotar las actividades infocomunicacionales (prensa escrita, telefonía  básica y móvil, tv abierta y por cable, radio), exhiben pocas certezas. Entre ellas sobresale la idea de que el triple play será el canal por el que circularán tanto los viejos como los nuevos servicios. Es decir, que la convergencia entre telefonía, televisión e internet es percibida como la plataforma a través de la que será canalizado un sector que representa cerca del 3,5% del PBI.

Luego de una investigación de varios años sobre la estructura de los sistemas comunicacionales en América Latina (que hemos resumido en el libro de próxima aparición Los dueños de la palabra), se ha comprobado que en promedio cuatro empresas dominan más del 80% de la facturación y de las audiencias de los distintos mercados de medios. Como si estos asombrosos niveles de concentración (que ni en Europa ni en Estados Unidos serían admisibles por la ley) no fuesen suficientes, dichas empresas están integradas en grupos de comunicación que tienen posiciones dominantes en la mayoría de los mercados. La convergencia con el sector de las telecomunicaciones y la informática, de la que el triple play es un ejemplo, ha generado una lucha feroz de los buscadores de oro del siglo XXI (las empresas telefónicas y los grandes grupos multimedia) por el dominio de ese gran mercado. La concentración de medios convergentes es fruto de un proceso complejo que importa factores económicos, políticos y tecnológicos. El triple play unifica como pocos temas esos factores.

Argentina no es una excepción a dicho panorama. De hecho, no hay condiciones de competencia real en ninguno de los segmentos comprendidos por el triple play: telefonía, TV por cable e internet. Todos ellos son mercados masivos, fuertemente oligopólicos y anticompetitivos (las empresas dominantes tienen estrategias dirigidas a evitar la entrada de nuevos jugadores). Son por ello testimonio de una constante transferencia de recursos de la sociedad a los pocos operadores autorizados (de hecho y de derecho) por un marco reglamentario obsoleto para la radiodifusión y neoliberal para las telecomunicaciones, y por decisiones políticas que fueron y son funcionales a los principales grupos.

El escenario que viene. En la llamada Sociedad de la Información, el modo en que se estructure el triple play es un asunto clave: quien/es domine/n el negocio podrán multiplicar los beneficios de mercados que, separadamente son cautivos de grandes operadores telefónicos (duopolio Telefónica-Telecom) televisivos (oligopolio Cablevisión, Multicanal, Supercanal, DirecTV, Canal 13, Canal 11), o de redes (Speedy, Fibertel y Arnet).

En un país que desde la recuperación del sistema constitucional ha venido adaptando, en las sucesivas gestiones, su marco normativo a los intereses de los grupos más concentrados, es posible ensayar una explicación sobre la evolución del sector infocomunicacional a través de los movimientos de estos grandes grupos. Dado que la política estuvo y está subordinada a la economía de los intereses más concentrados, defendemos la tesis que supone asumir que el comportamiento de Telefónica y Clarín posee claves de comprensión del presente.

El triple play es un punto de referencia para observar el desplazamiento tanto de un grupo nacional con activo original en el mercado de la prensa escrita, como de otro con un activo original en la telefonía básica gestionada en régimen de monopolio por el Estado español. Ambos grupos desarrollaron estas últimas décadas una fuerte ofensiva hacia la convergencia tecnológica y por ello el triple play (que por la normativa vigente hoy no puede ofrecer Telefónica y sí Clarín) resulta clave en la proyección de sus negocios.

Frente al juego de los grandes operadores, es preciso analizar si puede aprovecharse este escenario para diseñar estrategias no sólo funcionales a dichos grandes actores sino para el interés de la sociedad. El triple play habilita la posibilidad de imaginar niveles de apertura y competencia mayores. Especialmente actualizar y extender la exigencia hasta ahora incumplida sobre el servicio universal: que todas las empresas a las que se habilite a prestar triple play deban garantizar tarifas sociales y un servicio básico universal, de alcance nacional. Esto no impedirá que luego sí puedan desarrollar servicios de valor añadido con aranceles adecuados a los grupos con mayor poder adquisitivo.

A la vez, el triple play debería garantizar la no discriminación de los usos y contenidos que los usuarios del servicio creen, distribuyan, o consulten, de manera tal que los administradores de las redes no ejerzan censura ni limiten la navegación de las personas. Resulta asimismo una mínima condición de competencia que existan reglas claras y justas de interconexión para los operadores entrantes y se cumpla de una vez con el derecho de los usuarios a disponer de su número telefónico más allá del operador que elijan (portabilidad numérica).

También sería una buena oportunidad para aumentar la hasta ahora escasa transparencia de los actores corporativos protagonistas paradójicamente, de los sectores de la comunicación en Argentina. El funcionamiento del mercado debería ser auditado por una autoridad pública de regulación donde además del Poder Ejecutivo, estén representados las empresas, el Parlamento, los usuarios y los trabajadores.

Los actuales niveles de concentración de los mercados infocomunicacionales son nocivos para el ejercicio de los derechos de los usuarios y para la superación de los limitados y segmentados  accesos sociales a los bienes y servicios de la información y la comunicación. Una política democrática no puede concebir a la comunicación sólo desde la perspectiva de los negocios corporativos, sino también como parte constitutiva de las concepciones e identidades que como población construimos a diario.