“Si hay cadáver, hay noticia”. Un director del diario Crónica resumía con esa frase su concepción del periodismo. Si entonces podía reducirse a la prensa sensacionalista, la representación actual de los delitos en los medios de comunicación, las formas de relatar los sucesos policiales y, en fin, la magnitud que asume “el problema de la seguridad”, parecen extender esa definición a la prensa considerada tradicionalmente seria. Nota de Osvaldo Aguirre en La Capital.

Cuando las noticias se escriben con sangre

Por Osvaldo Aguirre – 05-04-09

“Si hay cadáver, hay noticia”. Un director del diario Crónica resumía con esa frase su concepción del periodismo. Si entonces podía reducirse a la prensa sensacionalista, la representación actual de los delitos en los medios de comunicación, las formas de relatar los sucesos policiales y, en fin, la magnitud que asume “el problema de la seguridad”, parecen extender esa definición a la prensa considerada tradicionalmente seria.

En declaraciones recientes, dos jueces de la Corte Suprema de Justicia nacional afirmaron que los medios amplificaban la incidencia de los casos de inseguridad y denunciaron manejos políticos. Existe una “realidad mediática”, dijo Eugenio Zaffaroni, que apunta “a generar y manipular miedo”. Mientras tanto, organizaciones no gubernamentales convocaban a marchas en distintas ciudades y se sucedían los hechos violentos en los titulares.

¿Los medios distorsionan los hechos que relatan? ¿Acaso no hay una preocupación objetiva de la sociedad por el delito? “Los jueces están acertando en decir que el impacto de la representación amplía el fenómeno pero se equivocan al pensar que el delito es sólo construcción social”, dice el criminólogo Enrique Font. No obstante, “los delitos que tienen más representación en los medios son los más infrecuentes en términos de volumen de hechos”.

Los homicidios, ese equivalente de la noticia para aquel director de Crónica, son casos atípicos, dice Font. “Lo que sabemos, por encuestas de victimización, es que los delitos más frecuentes en nuestras ciudades son los hurtos de objetos en vehículos, hechos donde no hay interacción de víctima y victimario. El número de hechos donde hay interacción es pequeño; dentro de ellos, los casos donde hay violencia son aún menos pequeño, y los que terminan en homicidio son infrecuentes. Pero eso no es noticia”, apunta.

El analista Martín Becerra, de la Universidad Nacional de Quilmes, es tajante: “los medios magnifican y distorsionan el problema de la seguridad”. En su opinión, hay un problema de recorte. “La seguridad o inseguridad contiene una polisemia importante, pero los medios reducen ese universo de significaciones a los delitos violentos”. Así, “no identifican como inseguridad a los accidentes de tránsito, siendo los accidentes de tránsito una causa de muerte y lesiones mucho más masiva que los delitos violentos”. Pero eso tampoco es noticia.

Efectos de agenda

Font señala otra distorsión, estadísticas en mano: “Argentina tiene con Chile y Uruguay las tasas de homicidio más bajas de Latinoamérica: 5, 6 homicidios cada 100 mil habitantes, con situaciones muy complejas como Santa Fe, donde hay una tasa de 23 cada 100 mil. Pero la prensa gráfica nacional, después de la salvadoreña, es la que le dedica mayor espacio a las noticias de seguridad en el continente”.

Un estudio de Stella Martini(Universidad de Buenos Aires) registra a partir de 1986 una sostenida expansión de las noticias policiales hacia las tapas de los diarios nacionales, en espacio destacado y con titulares dominantes. Pero tal vez la cuestión principal no sea el espacio como la forma en que se relatan los sucesos. “El evento criminal se presenta como un evento del presente —dice Font—. Salvo excepciones, no hay un análisis que le dé un contexto sociopolítico e histórico a ese fenómeno. Tampoco hay una mirada a las posibles respuestas o a lo que se está haciendo en políticas de seguridad. El evento aparece aislado, como un fenómeno casi inexplicable, incluso sin un análisis que diga dónde está afectando”.

Font cita el caso de Santa Fe. “La tasa de 23 homicidios no es un fenómeno de la ciudad sino de algunos puntos del cordón oeste, de Alto Verde y El Chaqueño. Sin contexto, el evento, mostrado una y otra vez, genera una sensación de indefensión generalizada, la idea de que el Estado no hace nada y que estamos en riesgo de que nos pase algo”.

Que los hay, los hay. Pero los delitos violentos, en algunas de sus representaciones, hacen fantasmas. “La tematización de la inseguridad —señala Becerra— contribuye a instalar el miedo en el cuerpo social y eso es muy solidario con un tipo de consumo de medios, de disciplinamiento y de comportamiento social que cuando un medio dice «te quedás en casa», para jugar con las palabras, casa bien, es decir, se articula muy bien. Una sociedad con miedo tiene un consumo, un comportamiento y un tipo de expresiones políticas particulares”.

Las noticias serían tal vez diferentes si los mismos hechos que impactan persistieran en la cartelera más allá del primer día. “Los cuatro homicidios en Rosario de hace quince días parecían abonar la idea de que estamos expuestos a que nos peguen un tiro por la calle —señala Font—. Resulta que tres de esos no sólo se esclarecieron en términos policiales sino que estaban vinculados con algún ajuste de cuentas mafioso. El caso que tanto movilizó a Susana Giménez no fue un robo. Pero eso se perdió, lo que sedimentó fue que mataron a una persona. Quizás es un tema más de la televisión, pero genera desprotección, una idea de que el Estado no hace nada y que estamos en riesgo de que nos pase algo”.

Las historias del delito tienen sus prototipos: la idea del delincuente como alguien joven, pobre, de clase media. “Es el que va avictimizar, y no es cierta”, afirma Fon: estadísticamente, “las chances más grandes son que te victimicen tus familiares, tus conocidos, tus amigos, tus vecinos, luego la gente con la que te relacionás, con que tenés negocios, y finalmente los desconocidos”.

Un cambio editorial

“Los medios no inventan la realidad. La pueden representar, tergiversar, contribuir a modificarla, pero no la inventan de la nada”, dice Becerra. Es la realidad, de algún modo. “Como ocurre con el discurso político y con el discurso publicitario, el discurso mediático es eficaz sí y solo sí se vincula con preocupaciones y con temas que tienen registro en la realidad. Los delitos violentos existen en la realidad y a medida que aumenta la injusticia social en Argentina, desde 1975, es lógico que los medios den cuenta de esta situación y de su repercusión en los delitos violentos”, explica.

El analista de la UNQ sostiene que los medios “contribuyan a que los individuos y las sociedades vivamos con miedo es un punto central para entender el comportamiento ciudadano en los últimos 15, 20 años”. La economía de guerra de Alfonsín en 1987, la hiperinflación, y los saqueos, el episodio de La Tablada “amplificado por los medios” y la transferencia de los activos públicos al sector privado en los 90, dice, “configuran un contexto que favorece la idea de la reclusión en el espacio doméstico, el temor al espacio público”. En ese marco, “la herramienta para combatir la inseguridad no es más policía y más balas sino que la sociedad salga a la calle: pero hay un conjunto de dispositivos —los medios son uno, pero también están la economía y la política— que colaboran en la formación de una sociedad disciplinada, con miedo”.

Becerra sitúa un quiebre en la tematización de la inseguridad a mediados de los años 90. Pero a la vez relativiza el poder de los medios: “Están vinculados con una sensibilidad social. Ahora, no sabría decir si esa sensibilidad preexiste a la tematización de los medios o si son los medios los que contribuyen a configurarla”.

Hubo un cambio editorial. “Los grandes medios de comunicación adoptaron los criterios de noticiabilidad del diario Crónica. En ese sentido es pírrica la victoria de Crónica: vence en el sentido estilístico, de géneros y agenda pero resigna su mercado de consumo, al desaparecer el sujeto social que lo consumía, los trabajadores. En los 90 entre TN y Crónica TV había una diferencia que hoy no se ve”. Una especie de pensamiento único sobre el delito, donde la competencia parece reducirse a la conquista de la primicia.

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