La escritora Angela Pradelli reflexiona sobre las actividades corporales que se comprometen en el momento de la lectura (en el amplio sentido del concepto), como un ejercicio que reclama mayor práctica individual y grupal. Publicada en Clarín.

TRIBUNA

Leer nos deja huellas en el cuerpo

La lectura está asociada con la pasividad y los procesos intelectuales. Sin embargo, ese hábito implica tomar el compromiso tanto subjetivo como corporal que nos modifica. Por eso, leer en silencio o en voz alta en la escuela es algo tan entrañable.

Por: Angela Pradelli – Fuente: ESCRITORA Y DOCENTE, PREMIO CLARIN DE NOVELA

La foto tiene que ser anterior a 1898. Antón Chéjov, sentado en el centro de un grupo de actrices y actores de la Compañía de Arte de Moscú, lee al grupo La gaviota, por entonces, una de sus últimas obras de teatro.

Hoy, más de cien años después de aquella toma, aún podemos ver, en los cuerpos de cada uno de los trece protagonistas de la foto, lo que sigue constituyendo uno de los rasgos más importantes: leer genera movimientos.

La lectura suele asociarse únicamente a procesos intelectuales; sin embargo, el desciframiento de signos tiene una primera encarnadura en el cuerpo. Sin duda la lectura construye significación, pero cuando intervenimos en un texto y abordamos su lectura, nuestro cuerpo ¿no se adelanta a la construcción intelectual y de algún modo la anticipa?

A pesar de que todos están quietos cuando se tomó aquella foto, no hay quietud en ninguno de ellos. Más bien se advierte en cada uno un dinamismo activado por la lectura del texto. En todos estos artistas rusos se observa un mecanismo que los mueve internamente, y sus cuerpos reflejan el modo en que el texto los afecta.

El concepto de “lectura” fue cambiando a lo largo del tiempo. Si revisamos los trabajos de investigación sobre el tema, encontraremos algunas curiosidades. En 1932 los médicos consideraban que la lectura era una forma de ejercicio físico y afirmaban que leer era beneficioso para el sistema cardiovascular porque ponía la sangre en movimiento. Es una pena que la medicina ya no sostenga una idea tan bella, porque leer ¿no puede activarnos la sangre, inquietarnos?

Las experiencias de lectura que recordamos como importantes, ¿qué otra cosa han hecho sino provocarnos una turbulencia interna a la que respondemos con nuestro cuerpo? Algunos de los signos que desciframos, ¿no producen en nuestra interioridad una compleja agitación desplazándonos de uno a otro lugar? Tal vez sean desplazamientos mínimos, deslizamientos casi imperceptibles, leves vibraciones, latidos que ni siquiera alcanzamos a percibir por los ruidos y el vértigo de lo cotidiano. El lector tiene un cuerpo. También los textos (pantallas, diarios, tablas, libros, revistas, etc.) Se trata de materialidad pura. En ese proceso en que un cuerpo aborda a otro y se encarna en él, la lectura opera movimientos varios en el cuerpo de uno y de otro.

Paulo Freire nos dejó uno de los documentos más bellos sobre la lectura: La importancia del acto de leer. ¿Y qué es el acto sino movimiento?

En ese ensayo el pedagogo brasileño afirma que la lectura del mundo antecede a la de la palabra y que el aprendizaje de ésta debe implicar la continuidad de la lectura de aquél. Es decir, la lectura es para Freire un movimiento que va del universo a la palabra para luego volver siempre de la palabra al universo. Por lo tanto también para él la columna central de la lectura es el puro dinamismo.

En estos tiempos hay, respecto de la lectura, una jerarquización de lo intelectual por encima del cuerpo. Domina lo individual sobre lo colectivo. Las lecturas en silencio ganan por lejos las que se hacen en voz alta. Ralean los lectores que registran y reconocen en el propio cuerpo los efectos de la lectura.

Las escuelas son los espacios públicos en los que nos entrenamos para la vida en sociedad. Allí, los docentes y los alumnos que leen en voz alta dan el mejor testimonio de que leer no es únicamente una operación intelectual sino también un gesto de compromiso que exige una entrega en la que el cuerpo está involucrado.

Profundicemos entonces la lectura en las aulas cada vez más, leamos en instancias colectivas, en voz alta, para levantar el manto de silencio que por momentos parece cubrir a lectores y textos.

Como Chéjov y los artistas, los estudiantes y docentes que en las escuelas se involucran con la lectura recrean un movimiento que se concreta en la propia subjetividad y que se manifiesta siempre en el cuerpo físico y social. Quizá las mejores lecturas se logran cuando en una unión que es casi sagrada el intelecto y las tripas avanzan juntos, sin tener que separarse.

Anuncios