Los diarios Página 12 y Perfil incluyen notas de opinión firmadas por Eduardo Aliverti y Jorge Fontevecchia sobre el contenido y las posibilidades de tratamiento parlamentario sobre el proyecto de ley de servicios audiovisuales presentado por el Poder Ejecutivo.

Página 12. EL PAIS › OPINION

Ahora o tal vez nunca Por Eduardo Aliverti

Las siguientes líneas versan sobre un tema que a la mayoría de esta sociedad le importa un pito. Aclarémoslo de entrada, porque de lo contrario habría quienes puedan pensar, con todo derecho, que el periodista perdió relación con la realidad. O por lo menos, con la realidad que le interesa a esa mayoría.

Los factores de ese desinterés son diferentes pero concurrentes. Más a muy pocos que a muchos puede ocurrírseles ubicar en un lugar privilegiado de sus inquietudes cotidianas el punto de quiénes manejan la radio y la televisión. Y si acaso es modificable. Es un tema al que pueden dedicarse quienes tienen resuelto con alguna comodidad las urgencias coyunturales. También es cierto que, para que la cuestión pudiese alcanzar algún nivel de atracción popular o clasemediera (sobre todo esto último), se necesitaría que los medios habilitasen su difusión y debate con el mismo encomio que le dedican a los profundos pensamientos de Susana Giménez, a la batalla de egos entre Riquelme y Maradona o a que sus periodistas circunspectos pongan cara de “qué nos pasa a los argentinos”, sólo por ejemplo. Y, sobre llovido mojado, hay una crisis internacional de la hostia, elecciones adelantadas, ruralistas otra vez de paro y en las rutas, rabinos que comparan a Kirchner con Nerón, curas que convocan a la pena de muerte y, en fin, un clima generalizado de expectativas desfavorables. Por tanto, el intento de someter a discusión pública el proyecto de nueva ley de comunicación audiovisual tiene tanto de loable como de destino dudoso, por fuera de algunos ámbitos muy específicos. Los multimedios, y alguno muy en particular, no quieren saber absolutamente nada de debate alguno porque, aun cuando saliesen airosos en los números parlamentarios, el sólo hecho de abrir un cotejo de ideas dejaría desnudos sus intereses corporativos. Algunos obrarán ninguneando y otros, como ya ocurrió esta semana, saldrán con los tapones de punta a decir que se trata de amordazar a la prensa y/o que, en todo caso, el momento de crispación que se vive no es lo más adecuado para discutir qué se hace con la radio y la televisión. Nadie saldrá a decirles que hace 25 años que “no es el momento”, y si sale lo ignorarán. La batalla, entonces, se dirimirá en el Congreso si es que la propuesta aterriza allí, con el enorme riesgo de que tanto legislador sensible a los generosos aportes críticos de los medios independientes termine tumbando la ley. Si en la reyerta por la 125 jugó la especulación de con qué cara volverían a sus ciudades y pueblos en caso de no acompañar al “campo”, imaginemos el frío que les correrá por la espalda de sólo pensar lo que les espera si votan en contra del interés de los emporios mediáticos. En síntesis, se sale con dos o tres goles abajo, desde el vestuario, por la enormidad de una correlación de fuerzas desfavorable, en la que se conjugan el poder de una prensa virtualmente monopólica con la flaquísima percepción social acerca de que los medios de masas son decisivos en la determinación de cómo se vive, de qué se consume, de cómo se piensa, de qué se actúa. Y todo esto, sin contar siquiera como hipotético que el oficialismo, más allá de que la propuesta está muy bien elaborada, no esté dispuesto a que la ley pueda ser usada como prenda de cambio para favores electorales.

Bajo semejante panorama hay dos probabilidades: taparse con la frazada de la cabeza a los pies porque no se advierten chances objetivas de continuar avanzando, o dar la pelea en la seguridad de que merece ser dada, porque los medios son una herramienta estratégica de cualquier construcción política que se precie de tal. El firmante no comparte que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Se lucha y se pierde tranquilamente. Pero es irrebatible que nunca se gana si jamás se lucha, y ésta es una lid que se justifica. Sería espantoso que los kioscos narcisistas de la progresía política e intelectual le sacasen el cuerpo a que, tras un cuarto de siglo, pueda derrotarse a la ley que los milicos y sus amanuenses civiles (es al revés, en realidad) nos dejaron como rémora casi invicta, como no sea por modificaciones que encima sirvieron para profundizar sus negociados de comunicación concentrada. Sería lamentable que la izquierda no comprendiese como tácticamente imprescindible el consolidar un campo de acción mucho mejor que el actual, para desarrollar un crecimiento concreto a través del manejo mediático. Sería imperdonable seguir recluidos en divagues retóricos, a la espera de la revolución proletaria universal, en lugar de aprovechar para ocupar lugares. Sería todo eso porque ratificaría que la vocación de poder se acaba en proyectos personalistas, y en acaparamiento de tribus de centros de estudiantes de la facultad, y en dar conferencias. Sería todo eso porque avalaría que lo progre y lo rebelde no sabría qué hacer con medios de comunicación propios y afines, por falta de capacitación pero, antes, por ausencia de claridad conceptual.

¿Qué carajo puede cuestionársele, con honestidad ideológica, a que dos tercios del espectro de radio y televisión puedan quedar en manos del sector público, de organizaciones sociales, de universidades, de cooperativas, de sindicatos? ¿Cómo se hace para no estar en contra de que un único permisionario tenga en la misma zona de influencia el diario, la radio, el canal abierto, el canal de cable? ¿Cómo hacemos para oponernos a que haya la posibilidad de que el fútbol no sea un gueto pago manejado por una corporación de atorrantes? ¿Qué decimos? ¿Que no hay que hacerle el juego al kirchnerismo? ¿Y qué cazzo nos tiene que importar el kirchnerismo, que al fin y al cabo no es más que una circunstancia de la disputa interburguesa, si quedan favorecidas condiciones objetivas de ocupación de espacios? Pero más que eso, en lógica de carácter transitivo: ¿entonces le hacemos el juego a Clarín, para ejemplificarlo con alguna cabeza de turco emblemática? ¿Eso vamos a hacer? ¿Vamos a detenernos para siempre en que este mismo gobierno es el que le renovó la licencia televisiva a ese grupo, y el que visteó la fusión de sus empresas de cable, y el que se dio cuenta recién ahora –como la rata en su momento– de que sale muy caro lo barato de comprar medios y periodistas como concepto de política comunicacional? Vamos: se puede reparar en eso para no comer vidrio, pero no paralizarse en eso. Porque quedar paralítico ahí es ser funcional a los intereses del sistema.

Siempre Gramsci, después de todo. Con el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. La inteligencia da, para volver al comienzo, que esto le importa más bien a nadie. Y la voluntad es la inteligencia de que hay que aprovechar. Aun si se pierde, será mejor que haberse dedicado a masturbaciones de sectas y proyectos individualistas.

Perfil. radiodifusion

“¿¡Qué querés, Clarín!?”

Me hizo acordar al “¿¡Por qué no te callas!?”. Cuando desde su tribuna itinerante del Conurbano bonaerense Kirchner dijo: “¿¡Qué querés, Clarín!?” usó el mismo tipo de pregunta admirativa que el rey de España le hizo a Chávez. Se escribe igual: con cualquiera de los dos signos o los dos juntos, según las preferencias. Pero a mi me sonó distinto, bien diferente a como lo interpretó la bullanguera tribuna de Néstor que estalló en aplausos al grito de “Tomala vos, dámela a mí, el que no salta es de Clarín”. Yo lo leí como un verdadero pedido: “¿Qué querés que te dé para volver a trabajar para mí?”. “¡Si estábamos tan bien juntos!”

Por Jorge Fontevecchia

¿¡Por qué te fuiste, mamá!? A mí me sonó a súplica disfrazada de agresión, al estilo de la mujer despechada de la canción del dúo Pimpinela que comienza: “¡Me engañaste, me mentiste, me tomaste cuando te hice falta y ahora me tiras. Me usaste..” pero donde la abandonada no quiere asesinar a su ex pareja sino recuperarla.

Clarín tampoco guarda la compostura, después de años de enviar chiquitos, a página par, sin foto, mezclados con policiales y sociedad, los temas sobre libertad de prensa, ahora dedica, al comienzo del diario, páginas y páginas a la reunión semestral de la SIP en Paraguay (en 2004 publicó 75 centímetros contra 1.575 de 2009) y en convertir a la diputada radical Silvina Giudici, presidenta de la Comisión de Libertad de Expresión de esa cámara, en una especie de Susana Giménez que aparece todo el tiempo.

Da vergüenza ajena, lo mismo que las imitaciones en Canal 13 de Tinelli a Néstor y Cristina Kirchner (ver Espectáculos, página 2) que justo ahora conviene relanzar después de haberlas olvidado prolijamente mientras Kirchner era todopoderoso.

Les vale la misma crítica que al Gobierno: así como muchos piensan que el anuncio del anteproyecto de reforma de la Ley de Radiodifusión fue hecho para extorsionar a Clarín y todos sus artículos pueden ser modificados para licuarle los daños en la medida que se avenga a ser nuevamente funcional con el relato del Gobierno, también hay quienes piensan que las imitaciones de Néstor y Cristina Kirchner que realizarán Tinelli en Canal 13 pueden, dependiendo de las concesiones que se realicen, bajar su tono crítico o hasta extinguirse rápidamente, como ya sucedió con la policía del Valijagate de “Patinando por un sueño”, quien después de entrenarse varios meses quedó fuera del aire antes de debutar.

Ninguno de los dos son serios, pero aunque no haya inocentes, es el Estado –al igual que en la teoría de los dos demonios– el que tiene mayor obligación de actuar moralmente. En las 147 páginas de la Propuesta de Proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual no se hace mención a lo que en otros países se conoce como Ley de Acceso a la Información Pública, que obliga a los gobiernos a no discriminar a los medios retaceándoles información sobre sus actos. Si el Gobierno puede hacer transacciones con las informaciones de interés público, incluso censurarlas, ¿con qué legitimidad ética puede reclamar que haya empresas que lo extorsionen con la difusión o no de contenidos negativos con la excusa de que la información es una mercancía de la que son dueños porque ellos la producen y distribuyen?

Es tan censurable que un medio o un conductor no difundan su mensaje a cambio de compensaciones mayores de las que obtendrían de su audiencia y anunciantes, como que el Gobierno opere de todas formas posibles sobre los medios para que no se difundan informaciones que le resulten negativas. Y el kirchnerismo ha sido el más experto censurador de la historia de la Argentina democrática. Por eso, cualquier ley de medios promovida por este Gobierno y que incluya una alta dosis de discrecionalidad del poder de fiscalización del Gobierno será vista –con razón– como colocar al lobo a cuidar el gallinero.

Esto no quita la probablemente buena intención de Gabriel Mariotto, titular del Comfer, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, y encargado de llevar adelante el nuevo proyecto. Mariotto, como Luis Lázzaro, integrante principal del equipo que redactó el nuevo proyecto de ley, y los intelectuales de Carta Abierta, están genuinamente convencidos de que llevan adelante una causa patriótica sin percibir ciertas analogías entre el uso que Perón les dio a los Montoneros mientras le convino para luego echarlos de la Plaza de Mayo, del que podría hacer Kirchner con ellos si llegara a un acuerdo con Clarín. Los Montoneros tardaron en comprender que Perón estaba más cerca de López Rega que de ser la mezcla de Gardel con el Che que ellos imaginaban, y quizá lo mismo suceda con Mariotto, Lázzaro y Carta Abierta: que ellos también tarden en descubrir que Kirchner está más cerca de Rico y Saadi de lo que creen.

Kirchner no hizo una presidencia democrática y pluralista; su sueño era que Clarín fuera lo que Televisa fue para el PRI en México, y en menor medida Globo para Arena y luego el PMDB en Brasil. Una herramienta disciplinada al servicio del poder de turno. La diferencia es que los argentinos tenemos una vocación igualitaria que las poblaciones de México y Brasil no tenían. Con audiencias más primitivas y una clase baja con menos conciencia de sus derechos, Televisa y Globo pudieron –y hace ya años– hacer oídos sordos a los temas conflictivos de cada momento, algo que Clarín nunca podría hacer sin destruir su relación con su audiencia. Otra diferencia es que Televisa y Globo son empresas de entretenimiento donde las noticias ocupan una ínfima parte de sus programaciones, en cambio Clarín es una empresa periodística originada en un diario y que se hizo fuerte con las noticias también en lo audiovisual. La información fue a Clarín lo que las telenovelas fueron a Televisa y Globo.

Lo que Kirchner no comprendió, cuando en sus días de gloria imaginó a Clarín como aliado en la construcción de un PRI argentino, es que más tarde o más temprano los ciudadanos se cansan de tener al mismo presidente (o copresidente), y cuando eso sucede Clarín, como Reutemann o Solá, tenía que diferenciase para sobrevivir al caído en desgracia. El PRI fue una estructura más inteligente y compleja que el Frente para la Victoria.

La ley. En una excelente y extensa columna en la edición de ayer de PERFIL, Julio Bárbaro escribió: “Es más maduro simular afecto que amenazar con un revólver sin balas”. Así de débil ve al Gobierno el ex director del Comfer durante toda la presidencia de Néstor Kirchner. Para Bárbaro, el Gobierno, entre otros errores, peca de ingenuo al intentar “cambiar la realidad con normas”. Algunas realidades sí son cambiables con normas pero no hay metafísica que pueda contradecir todo el tiempo la física cotidiana de la realidad. Repasemos esa física.

Los medios audiovisuales gratuitos, la radio y la televisión abierta, al vivir sólo de la publicidad, son empresas siempre pequeñas al ser comparadas con aquellas donde el consumidor final paga todo o una parte del servicio. Simplificadamente, Telefónica y Telecom tienen ventas anuales de alrededor de 10 mil millones de pesos, y Cablevisión/Multicanal de la mitad: casi 5 mil millones. Los canales de televisión de aire, Canal 13, Telefe, Canal 9 y América, con ventas anuales de entre 100 y 300 millones de pesos, son infinitesimales en términos económicos. Y peor aún las radios: Radio 10, Mitre, Continental y La Red tienen ventas anuales entre 10 y 30 millones de pesos, o sea la radio número uno del país es económicamente más pequeña que un supermercado chino o una concesionaria de autos de cierto tamaño (los canales de noticias son económicamente tan pequeños como las radios).

La contraparte de la poca importancia económica que tienen las radios y los canales abiertos de televisión al ser gratuitos, por esa misma causa, son las enormes audiencias sobre las que ejercen gran influencia. Mientras Telecom es más de 300 veces más grande que Radio 10, políticamente es más influyente (o sea: se consiguen más votos) la radio número uno.

Económicamente hay sólo tres grandes jugadores: Telefónica, Telecom y Cablevisión/Multicanal de Clarín. Telecom no tiene influencia porque no tiene radios ni canales de TV. Telefónica prácticamente tampoco la tiene porque tiene sólo Telefe, donde desde hace años se ha eliminado todo programa periodístico y sus noticieros están pasteurizados para no generarle ningún conflicto con el poder de turno. Sólo Clarín está de “los dos lados del mostrador”. Llega con sus fibras ópticas o de cobre a los hogares como Telefónica y Telecom, y llega a las audiencias con sus contenidos en alta proporción periodísticos.

En Grecia antigua, una sola palabra, timé, se usaba para definir dos conceptos: fama y dinero. Quien tenía lo uno, tenía lo otro. Recién en Roma los conceptos se separaron endos palabras y había quienes tenían fama pero no dinero, y viceversa. Clarín es el único que –dentro de estos parámetros– tiene ambos atributos.

Un ejemplo internacional de quien tiene ambos atributos es “el Clarín de España”, el Grupo Prisa, que edita el diario El País y tiene la mayor empresa de cable de su país además de la mayor cadena de radios y editorial de libros, que hoy está pasando por una situación financiera apremiante: la crisis de España le impide renovar su deuda y se verá obligado a vender alguna de sus actividades. Se especula que la familia propietaria preferirá quedarse con las empresas de contenidos (diarios, radios y libros) y desprenderse del cable, manteniendo así su influencia política intacta. ¿Sería esa misma decisión la que tomaría Clarín, si se aprobara la nueva ley de medios que directamente impide a quien preste el servicio de acceso a los hogares (telefónicas, cable, banda ancha de Internet) tener canales de televisión?

Aun si así fuera, el Gobierno no podría mellar la capacidad de influencia periodística de Clarín aunque sí le quitaría su mejor negocio: el cable. Pero hay quienes especulan que, ante esa disyuntiva, Clarín podría decidir lo opuesto a Prisa de España y quedarse con el cable, vendiendo los contenidos. Salvo algunas personas del Gobierno, nadie cree que esto vaya a suceder en el corto plazo, y de aprobarse alguna ley tendría tantas modificaciones que hasta podría cambiar su espíritu. Pero más allá de estas pocas posibilidades, por disciplina intelectual vale analizar ese escenario.

Qué es el triple play. En la Argentina ya existe el duo play; Telefónica y Telecom brindan por sus mismos cables el servicio de voz y de acceso a Internet. Al revés, el duo play de Clarín brinda cable y acceso a Internet. Las tres empresas tienen una cantidad similar de abonados a acceso a Internet: Speedy de Telefónica, 1.250.000 abonados; Arnet de Telecom, 1.100.000, y Fibertel de Cablevisión/Multicanal-Clarín, 1.000.000.

La conexión a Internet es donde hoy compiten las tres, (dos dan voz y la otra TV por cable) y se supone que de autorizarse el triple play cada una mantendría su algo más de un millón de abonados, pero a los tres servicios en lugar de a dos. Eso significaría que Telefónica y Telecom perderían algo más de un millón de clientes de telefonía de línea que pasarían a Cablevisión/Multicanal-Clarín, y Clarín perdería un millón de abonados a la TV por cable que pasarían a ser provistos por Telefónica y Telecom. El problema para Clarín es que un abono de telefonía básico cuesta alrededor de $ 20 mensuales, mientras que uno de televisión por cable, también básico, alrededor de $ 110. Lo que tiene para ganar y perder cada uno no pesa lo mismo.

Desde la perspectiva del consumidor que hoy paga alrededor de $ 230 por los tres servicios básicos ($ 110 por TV cable, $ 110 por acceso a Internet y $ 20 por telefonía fija) el triple play representará un beneficio porque podrá acceder a los tres servicios combinados por alrededor de $ 160, un 30% menos de lo que hoy paga: también en Chile cuando se implementó el triple play el abono bajó un 30%. A modo de ejemplo en pequeña escala actualmente Telecentro ofrece el servicio de triple play a $ 139 por mes. Además hay alrededor de 250 cooperativas y otras 800 licencias de telefonía fija en el interior del país y varias centenas de pequeñas empresas de cable locales, las que están en estado de alerta y se quejan de que “por querer hacer daño a Clarín nos hieren también a todos nosotros”. A otra escala es lo que sucede con el Grupo Vila, tercer operador de televisión por cable del país, con fuerte foco en el interior, que de aprobarse esta ley tendría, igual que Clarín, que optar entre mantener su empresa de cable o sus canales de televisión en esas mismas áreas.

Un punto importante es que para ofrecer voz, televisión e Internet en una sola conexión, el cableado tiene que ser de fibra óptica, y para que todos los hogares argentinos pudieran recibir triple play la inversión necesaria serán varios miles de millones de dólares. Los expertos llaman al triple play de Telecentro “la tortuga”: se expande muy despacio porque no tiene el capital suficiente para invertir en todo el cableado posible. Luego aparece la rentabilidad sobre esa inversión: los expertos consideran que sólo será posible en las grandes ciudades con mucha concentración de hogares, por lo menos los primeros años.

Encaminada la “lucha por el dinero”, el otro capítulo será la “lucha por la fama”. ¿Quiénes se quedarían con Telefe, y Canal 13 si Clarín optara por su negocio de cable, además de otros canales de TV del interior? Y el exiguo plazo que la ley prevería para vender esas televisoras: un año. Y luego viene la televisión digital que, dependiendo de la norma que se adopte, podría permitir a cada canal de televisión abierta con su misma frecuencia transmitir cinco señales más y la televisión por Internet y la televisión por celulares 4G con pantallas de minicomputadora. Las Cruzadas fueron ocho guerras que duraron desde el año 1096 hasta el 1212. Estas cruzadas modernas no llevarán menos tiempo.