Una bella nota de Susana Viau sobre Enrico Berlinguer, el histórico líder del Partido Comunista Italiano en su fase “eurocomunista”, permite reflexionar sobre el humor de los pueblos y el rol de intérpretes que desempeñan sus líderes. Publicada en Crítica.

CONTRATAPA

El hartazgo de los pueblos

El hartazgo de los pueblos, como el agua, encuentra extraordinarias, sorprendentes maneras de brotar. Susana Viau.

Por S. Viau – 04.05.2009

El 7 de junio de 1984, Giovanni Berlinguer, secretario general del Partido Comunista Italiano, subió a la tribuna levantada en la Piazza della Frutta, en Padua. Faltaba una semana para las elecciones del Parlamento europeo. En el anochecer primaveral, Berlinguer recitó su credo. Se interrumpió y tomó un sorbo de agua. Siguió hablando. Se quitó las gafas y volvió a colocárselas. Repitió el gesto varias veces. Tenía la boca pastosa. Puso los anteojos sobre el atril. Estaba desencajado y su mirada era la de un boxeador grogui. Tosió, se dobló y se tapó la boca con un pañuelo. Como pudo terminó el discurso. Al bajar de la tribuna se desplomó. Lo llevaron a la habitación del hotel, lo tendieron sobre la cama. Cuando llegó el médico, Berlinguer estaba en coma.

Lo ingresaron en el hospital provincial. Había sufrido una hemorragia cerebral devastadora. El presidente Sandro Pertini viajó a Padua para permancer toda la noche en una sala contigua a la habitación donde agonizaba Berlinguer. “Cuando murió su padre, Mario, senador socialista –explicó–, sólo estuvimos presentes otros dos socialistas: mi mujer y yo. Los partidos siempre son un poco crueles, pero aquí se siente una gran solidaridad”. El hombre que había firmado la sentencia de muerte de Benito Mussolini ofreció el avión oficial para trasladar el cadáver a Roma. “Me lo llevo como a un amigo fraterno –dijo conteniendo las lágrimas–, como a un hijo, como a un compañero de lucha”.

En adelante, ninguna mención a los titanes del Partido Comunista Italiano, el más grande del mundo después del PCUS (Antonio Gramsci, Palmiro Togliatti, Luigi Longo), podría excluir a Enrico Berlinguer. Tenía 62 años y había nacido en Cerdeña, igual que Gramsci, pero a diferencia de él venía de una familia aristocrática, con ideas de progreso, antifascista. El abuelo, amigo de Garibaldi y de Mazzini; el padre, senador socialista; Giovanni, el hermano, sanitarista, senador, relator de la ley del aborto y asiduo visitante de la Argentina, miembro del Comité Central del PCI y de la Izquierda Democrática. Berlinguer se afilió joven al comunismo y muy pronto lo designaron secretario de Longo. Con la dimisión del viejo brigadista, en 1972, llegó a la secretaría general. Un año más tarde fijó las bases del “compromiso histórico” que marcó el andar a tumbos del “eurocomunismo”: el pacto con la DC, el acercamiento a los católicos (el “catocomunismo”), la democracia como gran apuesta y la independencia de Moscú, la política del “strappo”. La idea de un partido de combate, vanguardia de la lucha de clases, era sustituida por la de una fuerza parlamentaria abocada a la educación política de las masas, a la gradual reforma social, paradigma de administración eficiente y honrada. “Los partidos –pensaba Berlinguer– han ocupado el Estado y todas las instituciones a partir del gobierno. Han ocupado los entes locales, los de previsión, los bancos, la hacienda pública, los institutos culturales, los hospitales, la universidad, la RAI TV, algunos grandes diarios. Hay que evitar que la justa rabia de los ciudadanos ante tamaña degeneración no devenga en aversión hacia el movimiento democrático de partidos”.

Para los italianos, como para Indro Montanelli, autor de Il generale della Rovere, Berlinguer era “un individuo introvertido y melancólico, de inmaculada honestidad”. Los reservorios del socialismo pueril escribieron biografías que lo encontraban, con apenas 8 años, sediento de justicia. El disparate dio pasto a la mordacidad de Montanelli que lo estigmatizó como “el Mozart de la revuelta social”. Y al crudo realismo de La Repubblica, que tituló “Berlinguer no es la Madonna”. En efecto, no lo era, pero lo parecía frente a la prenunciada impudicia del craxismo y de la “tangente”. Sólo en ocasiones excepcionales los pueblos siguen el camino dificil que les proponen quienes creen “que el mundo, aun este terrible, intrincado mundo de hoy, puede ser conocido, interpretado, transformado y puesto al servicio del hombre, de su bienestar, de su felicidad. La lucha por este objetivo puede llenar dignamente una vida”. Pero de tarde en tarde necesitan que alguien les asegure que es posible tener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.

Así sucedió el 13 de junio, en el instante en que el féretro de Berlinguer salió de la sede del PCI para ser depositado sobre un catafalco en el escenario imponente que sus camaradas habían levantado en la Piazza San Giovanni. Casi un millón de personas marcharon con el cortejo mientras se escuchaba el Adagio de Albinoni. Asistían Mijail Gorbachov, Santiago Carrillo, Yasser Arafat, el presidente Pertini, Giorgio Napolitano, Alessandro Natta y hasta el mismísimo Giorgio Almirante se acercaron a presentar sus condolencias. Al despedirlo, Nilde Iotti, la viuda de Togliatti, habló de su “rigor moral”. La familia resolvió que Enrico Berlinguer fuera sepultado junto a su padre. La Repubblica dijo: “Lo que lo hacía incomprensible, anacrónico y quizás hasta ridículo en la política contemporánea era su moralidad”. En Il Manifesto, los comunistas expulsados a fines de los 60 admitieron: “Hoy sentimos que se nos muere algo fundamental, raro de encontrar porque no está corrompido”. El 17, cuatro días después del multitudinario funeral, por primera y única vez en su historia, el comunismo le ganaba las elecciones a la Democracia Cristiana. El hartazgo de los pueblos, como el agua, encuentra extraordinarias, sorprendentes maneras de brotar.

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