Desde sus capacidades, los medios comerciales despolitizan las prácticas políticas y las convierten en otra cosa. Convierten, por ejemplo, la discusión por el futuro de la TV digital en un tema de normas técnicas, cuando en realidad es un proyecto económico, tecnológico y cultural. Nota de Santiago Marino en La Ventana, de Página 12.

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Politizar la comunicación

Las condiciones para discutir en la esfera pública con una mirada político-cultural y crítica son dificultosas porque los propios medios no lo facilitan o lo impiden. Son estos mismos medios los que generan representaciones de los actores y grupos sociales, configurando el escenario social de acuerdo con sus intereses.

Por Santiago Marino *

En las sociedades mediatizadas, la televisión, la radio y los diarios ocupan un lugar central en nuestras vidas. Pero ¿nos preguntamos cada uno de nosotros qué son y cómo funcionan? Los medios de comunicación son organizaciones complejas que trabajan con una mercancía de doble valor: material y simbólico. Por un lado, cumplen un rol social clave, dado que son los grandes productores de discursos y sentidos. De hecho, en la sociedad actual cuentan, entre otros poderes, con la capacidad de brindar o quitar visibilidad a temas, acciones y actores sin que esto pueda ser puesto en discusión. Por otro lado, el sistema de medios privado-comercial produce y distribuye sentidos con objetivos económicos, los trabaja como mercancías y los pone en circulación con la lógica de flujo. Es decir, la información viaja en un solo sentido, desde el emisor hacia los múltiples receptores, sin posibilidad de respuesta y diálogo. Esta es la única forma que han encontrado de funcionar económicamente, el único modelo de negocios que funciona, dado que los medios tienen una composición de gastos problemática: sus costos fijos son altos y sus costos variables son reducidos. De ahí su necesidad de generar economías de escala (proceso mediante el cual los costos de producción tienden a reducirse cuando aumenta la cantidad de objetos producidos, con lo cual se maximizan los ingresos) que lleva a la concentración. En el proceso por el cual la información viaja en un solo sentido, el diálogo y la participación parecen excluidos y puede afectarse la democracia de la comunicación.

El recientemente fallecido Nicolás Casullo marcaba la necesidad de pensar culturalmente toda la política y no sólo pensar políticamente el campo cultural. Apoyado en esa tesis, es posible argumentar que en el diseño del modelo de comunicación se juega gran parte de modelo de democracia en el que una nación se desarrolla. En este marco, la concentración y centralización de la propiedad, producción y distribución de los discursos afecta la comunicación, la democracia y la construcción de identidades nacionales. Porque si las condiciones para intervenir en el espacio público –capacidad política por cierto– quedan reducidas a la lógica mercantil, la posibilidad de presentación y representación de las diversidades culturales será pues imposible o al menos improbable.

En la mayoría de las ocasiones, las condiciones para discutir en la esfera pública con una mirada político-cultural y crítica son dificultosas. Porque las organizaciones comerciales dominantes, es decir los medios masivos de comunicación, actúan como propietarios de los espacios donde la discusión debería darse. Y ven este debate como contrario a sus intereses. Las capacidades con las que cuentan, entre las que se destaca la de dar o quitar visibilidad, pero también el poder de nominación de los problemas, hacen que los temas tomen otro sentido al ser incorporados a la superficie mediática. Así, en un sistema de medios como el nuestro, que puede ser definido por Martín Becerra (retomando a Elizabeth Fox) como “comercial y políticamente dócil”, es posible leer, ver y escuchar como “un ataque a la libre prensa” la posibilidad de sancionar una ley de radiodifusión democrática. O encontrarse con pedidos de “seguridad jurídica” para las empresas de medios, que han logrado cambios normativos tan beneficiosos que en realidad funcionan –en tanto emisores hipercomerciales– en un “sistema de hiperseguridad jurídica”, según el propio Becerra.

Desde sus capacidades, los medios comerciales hacen que topemos con planteos que despolitizan las prácticas políticas y las convierten en otra cosa. Convierten, por ejemplo, la discusión por el futuro de la TV digital en un tema de normas técnicas, cuando en realidad es un proyecto económico, tecnológico y cultural de cómo será la TV de los próximos años, un debate que debería incluir la pregunta de para qué y cómo queremos desarrollar esta tecnología en un país como el nuestro. O presentan en noticieros y señales de noticias de TV un “piquete” o un “corte de calles” puesto en serie con “problemas de tránsito”, lo que lo iguala a otras dificultades debidas a arreglos, bacheos o la rotura de un caño de agua. Todo en el mismo paquete y anunciado por un especialista en tránsito. Casi como un parte meteorológico.

El cambio necesario responde a la definición del modelo de democracia. Y también a la posibilidad de contar con herramientas para participar de la discusión.

* Magister en Comunicación y Cultura, Fac. de Ciencias Sociales, UBA.