El estreno en Buenos Aires del film “El diario de Agustín”, una excepcional investigación sobre la complicidad del principal diario chileno El Mercurio (creado y dirigido por Agustín Edwards y sus homónimos herederos) con la dictadura de Augusto Pinochet, es un caso que ilustra acerca de la relación de grandes medios de la región con gobiernos dictatoriales. Notas de Horacio Verbitsky y José Pablo Feinmann en Página 12 y de Martín Becerra en La Ventana, del mismo diario.

LA VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACION – Página 12 – 22 de octubre de 1008

Lecciones de Chile

Por Martín Becerra *

El diario de Agustín, film de Ignacio Agüero y Fernando Villagrán, conmueve con uno de los fraudes más extendidos sobre el rol de los medios de comunicación: su pretendida autonomía. Estrenada esta semana en Buenos Aires en el marco del festival “DocBsAs”, la película expone la complicidad de grandes medios de comunicación no sólo con la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) sino también con un preludio de instalación de miedo, caos e inseguridad para que las fuerzas armadas allanaran su acceso al poder estatal.

Una dinastía de Agustines Edwards preside desde hace más de cien años el periódico de referencia en Chile: El Mercurio. La singularidad de El Mercurio, como explicó el domingo en PáginaI12 Horacio Verbitsky, radica en que conjuga el valor de la tradición periodística, su vocería y correspondencia con los intereses del poder económico y social, su liderazgo en las ventas en el mercado de diarios y su centralidad en la configuración de la agenda pública. Es hoy, como otros medios en la región, un grupo que controla buena parte de la producción y circulación de información en su país.

Pero su pasado lo condena. Un ex director del diario, periodistas entrevistados y portavoces de la dictadura pinochetista son contrastados en su testimonio con un contundente trabajo de archivo –a cargo de un equipo académico de la Universidad de Chile– para documentar las campañas de ocultamiento y tergiversación de hechos históricos por parte de El Mercurio y otros medios de comunicación. La publicación de “enfrentamientos” de personas que fueron en verdad desaparecidas y asesinadas por la dictadura; la perseverante operación de acoso y derribo del democrático presidente Salvador Allende en base a falacias; el aporte de más de dos millones de dólares de la CIA para El Mercurio (11 millones en moneda actual) para financiar el complot; y la interesada estigmatización de la movilización social como “comunista” o “pekinesa” son algunos de los casos retratados por un film de impecable factura técnica.

Dos meses después del golpe de Pinochet, el entonces líder del Partido Comunista Italiano (que era el mayor de Occidente), Enrico Berlinguer, planteó sus célebres “lecciones de Chile”, advirtiendo que la simple mayoría electoral no bastaba para comprometer a una sociedad con las transformaciones necesarias para superar la desigualdad. La “vía chilena al socialismo” que defendía el camino electoral y cuyo programa honró con su vida Allende, demandaban una mayoría cultural y política, sostenía un Berlinguer en tributo a Antonio Gramsci.

Precisamente el plano cultural y comunicacional puede enfocarse ahora a través de la penetrante lente del film El diario de Agustín. El Mercurio nunca revisó su complicidad con el golpismo y su manipulación informativa. Manuel Garretón interpreta en la película que asumir públicamente su responsabilidad implicaría para El Mercurio una reacción en cadena acerca de sus rutinas mismas de producción de noticias, lo cual conduciría a cuestionarlo en el presente. Y el presente está adiestrado en el lenguaje de lo políticamente correcto: después de muchos años, Pinochet puede ser aludido como “dictador” y no ya como “ex presidente”.

El Colegio de Periodistas de Chile sancionó en junio de este año a algunos de sus miembros involucrados en la producción de noticias falsas durante la dictadura. La investigación de la Universidad de Chile, las acciones del Colegio de Periodistas y la realización de la película remueven el fraude de la autonomía de los medios y permiten seguir extrayendo trascendentes lecciones de Chile.

* Doctor en Comunicación. Universidad Nacional de Quilmes – Conicet.

EL PAIS › EL ROL DE LA PRENSA EN DEMOCRACIA Y DICTADURA

Metales pesados

Una imperdible película chilena sobre el rol de la gran prensa en las tragedias políticas del continente, en democracia y dictadura, se proyecta hoy y mañana en el festival de cine DocBsAs08. Es la historia de El Mercurio o, como lo llama el film, El diario de Agustín, arquetipo de un tipo de periodismo que se resiste a desaparecer y que tiene exponentes en todos los países de la región.

Por Horacio Verbitsky

Hoy a las cinco de la tarde y mañana a las siete y media, en la sala Lugones del Teatro San Martín se proyectará una película única en el panorama del cine americano, sobre el rol de la gran prensa en las tragedias políticas del continente. Su visión es de especial interés en este momento, cuando diversos gobiernos de Sudamérica que impugnan el modelo neoliberal del Consenso de Washington colisionan con medios que no conciben un cambio de ese paradigma, de los negocios y de las alianzas sociales asociados, como se vio en la Argentina durante la agresión agromediática a partir de marzo de este año.

El film se llama El diario de Agustín y sigue la trayectoria en los últimos cuarenta años de la empresa editora de tres diarios nacionales y veinte regionales de Chile, cuya nave insignia es El Mercurio, desde los tiempos de las reformas agraria y universitaria durante el gobierno de Eduardo Frei I hasta el actual mandato de la Concertación con la presidente Michelle Bachelet. Sus autores son el escritor Fernando Villagrán, quien fue subdirector de la ya mítica revista APSI durante la dictadura de Augusto Pinochet, y el documentalista Ignacio Agüero, quienes contaron con la colaboración de tres profesores de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y de seis alumnos recién graduados que con esta investigación realizaron sus tesis de graduación, que serán publicadas en un libro el año próximo. En la Argentina no hay una empresa o un medio comparables a El Mercurio. Para tener una idea aproximada de su significación en la sociedad chilena habría que unir el tradicionalismo reaccionario orientado por los grandes intereses económicos y los contactos internacionales de La Nación, con la tirada y la penetración nacional de Clarín y con la conducta canalla de la editorial Atlántida, que participó en forma activa en los operativos de desinformación y propaganda negra de la dictadura militar. Esa resultante actúa en un medio en el que no hay la diversidad de oferta periodística y cultural de nuestro país ni publicaciones independientes como este diario. Las hubo en abundancia antes del golpe y en los últimos años de la dictadura pero no subsistieron a su finalización, por la ostensible falta de apoyo de los gobiernos y los partidos populares, que prefirieron negociar un avenimiento con El diario de Agustín, el árbitro que define qué y quién existe en Chile. La dinastía que posee la empresa desde 1849 va por el quinto Agustín Edwards, que hizo lo imposible por silenciar la película. Litigó incluso por su título, pero los tribunales no le dieron la razón. Esta vez el productor se le anticipó en el registro de la marca, a diferencia de lo ocurrido hace unos años con un libro sobre la familia, cuyo título, El Mercurio miente había sido registrado por Agustín Edwards V.

El Mercurio miente

Así decía el cartel que los estudiantes de la Universidad Católica colocaron en su entrada durante la larga toma de 1967, en demanda de la renuncia del rector. Es también el primero de los siete capítulos de este documental cuya difusión debería interesar a la televisión pública argentina. El diario de Agustín dijo que el movimiento era “de inspiración comunista” y que formaba parte de las “guerrillas universitarias”, aunque su orientador era el cardenal primado Raúl Silva Henríquez, un obispo más parecido a Jaime De Nevares que a Jorge Bergoglio. Los tesistas trataron de obtener la opinión de Edwards, que respondió que no concede entrevistas. Probaron entonces con Juan Pablo Illanes, el actual director. Recibió a las chicas muy cordial y besuqueiro. Alcanzaron a colocar las luces y las cámaras pero cuando escuchó la palabra documental se secó la transpiración y se rehusó a la entrevista. Quien habló largo fue el ex subdirector Arturo Fontaine, que reconoció que los ocupantes del ’67 “no eran comunistas, pero nosotros no entendíamos la diferencia entre un comunista y un socialista”. En 1970, cuando Salvador Allende fue elegido presidente, Edwards huyó a Estados Unidos y por medio de hombres de negocios amigos consiguió reunirse con Henry Kissinger y con el jefe de la CIA, Richard Helms, con quienes debatieron cómo evitar que Allende asumiera, contemplando para ello un golpe militar. Kissinger lo consultó con el presidente Richard Nixon y El Mercurio recibió financiamiento clandestino de ese gobierno por, al menos, dos millones de dólares, según los documentos desclasificados en los últimos años. Incómodo ante una pregunta sobre esos fondos, el ex subdirector Fontaine dice que “de haberlo sabido…” pero no completa la frase. Explica que le parece pésimo y que él tiene rectitud. Pero de inmediato sostiene que peor hubiera sido el acobardamiento porque la llegada de Allende fue un peligro para la democracia. Cuenta una anécdota personal que el realizador ilustra con imágenes elocuentes:

–Vimos la llegada de los sindicatos en masa, así que nosotros desaparecemos…

Fontaine admite que “el diario fue muy severo con Allende, que fue muy democrático, hay que reconocerle. Había una columnilla que yo escribía, muy agresiva con él (se ríe), pero respetaba la libertad de prensa, por lo que pudimos hacer toda la campaña”. Cuando los estudiantes le preguntan por la desaparición de los medios clausurados por la dictadura, El Siglo, Clarín, Puro Chile o Ultima Hora, Fontaine responde que la suspensión de la actividad de los competidores no fue una mala noticia. Las tapas de los diarios de Agustín proclamaban “Destruiremos todo intento de marxismo”, “O nos destruían a nosotros o los destruíamos”. La tapa del diario al día siguiente del golpe parece el poster de un sheriff, con los nombres y las fotos de las personas buscadas por la Junta Militar.

Exterminados como ratones

Los medios de El Mercurio participaron en la Operación Colombo. Así se llamó al asesinato de 119 detenidos-desaparecidos en los 140 recintos secretos de la DINA, realizado con la cooperación de la SIDE argentina en 1975. La primera noticia fue publicada por la revista Lea, de la cual la SIDE editó un solo número. Según el agente de la DINA en Buenos Aires Enrique Arancibia Clavel, quien se encargó de la difusión de un falso enfrentamiento entre grupos guerrilleros fue el periodista argentino Carlos Manuel Acuña. Ese artículo, y otro similar publicado en un diario brasileño también editado con ese solo fin, fueron retransmitidos por la agencia estadounidense United Press Internacional y publicados con gran despliegue por los diarios de El Mercurio. El documental entrevista a familiares de las víctimas que cuentan su desesperación al ver esos titulares. El abogado argentino Alejandro Carrió explica la lógica del operativo: los chilenos fueron asesinados en su país y se usaron cuerpos irreconocibles de desaparecidos argentinos que se hicieron pasar por aquéllos, usando sus documentos de identidad. Los jóvenes periodistas intentaron reconstruir cómo se procesó esa falsa información. Interrogaron al rechoncho asesor político de Pinochet Alvaro Puga (pelo mal teñido, con mechones postreros que se adelantan para tapar la calvicie frontal y grandes anillos en ambas manos):

–Una periodista dice que usted entregó esa información.

–Falso. Fue Federico Willoughby, que era el secretario de prensa (suspira). En la historia de Chile no tienen ninguna importancia 600 u 800 muertos de esta naturaleza. Matar comunistas era una necesidad poco menos que biológica de los militares, para equilibrar el país. Algunos piensan que se les pasó la mano. Yo creo que se quedaron cortos.

Además de desinformar, El Mercurio editorializó: “Los políticos y periodistas extranjeros que tantas veces se preguntaron por la suerte de estos miembros del MIR y culpaban al gobierno de Chile por la desaparición de muchos de ellos, tienen ahora la explicación que rehusaban aceptar”.

Para Willoughby “fue un invento de los servicios de Inteligencia y sacaron un diario falso. No podía ser más burdo ni malo”. Dice que verificó que esos diarios no existían y se negó a distribuir la información falsa. Pero “la prensa tenía canales propios y la DINA pagaba periodistas”. Los chicos tienen buenos reflejos.

–¿Cuáles periodistas?

Willoughby se encoge de hombros. Vaya a saberse, han pasado tantos años.

Una estudiante le pregunta a Fontaine cómo verificaban las fuentes si tenían dudas sobre la información que les entregaban.

–No nos entregaban. Teníamos información propia. Yo soy muy orgulloso y estoy indignado por esta entrevista muy irrespetuosa. No venía preparado para un acoso político, orientado en un sentido muy preciso…

–…a conocer el funcionamiento de la prensa en dictadura.

La joven lo desconcierta con una pregunta trivial: por qué le llaman diario decano a El Mercurio. Fontaine sonríe paternal. Porque es el más antiguo, pues. La sonrisa se le borra con la siguiente pregunta.

–A medida que se fueron conociendo las irregularidades del régimen militar, como las violaciones a los derechos humanos…

No la deja terminar.

–Voy a terminar esta entrevista.

Al pararse se golpea la cabeza con el micrófono y sale airado de su propia oficina.

La bella estrangulada

En septiembre de 1976 todos los diarios de Agustín informan sobre un bestial crimen: la aparición del cuerpo de una “hermosa joven de 23 años”, en ropa interior, violada y estrangulada en una playa. La periodista de policiales Beatriz Undurraga es la primera en llegar y durante días alimenta la historia con morbosas hipótesis sobre un crimen pasional. El juez Juan Guzmán Tapia cuenta el caso. Marta Ugarte no tenía 23 sino 42 años, no era especialmente bella ni la estrangularon. Su desaparición había sido denunciada el mes anterior y varios detenidos en el centro clandestino Villa Grimaldi vieron cuando la torturaban. Fue una de las prisioneras arrojadas al mar desde helicópteros o aviones, pero las aguas devolvieron su cuerpo y la DINA montó la historia con ayuda de sus colaboradores periodísticos. Treinta años después, Undurraga intenta disculparse.

–Yo tengo mi moral, soy cristiana. Me pareció más joven porque estaba muy delgada. Y en la ligereza que uno puede tener para escribir…

Mucha ligereza. ¿Desde cuándo la delgadez se asimila a juventud? Pero hasta las fotos del cadáver la desmienten: los brazos de Marta son robustos.

–Después fui a pedirle perdón a esa gente –dice Undurraga.

Esa gente son las hermanas de Marta, que niegan la historia: no hubo ningún pedido de perdón. “Dijo que se notaba que era buena moza, que tenía linda piel. Nos lo decía para que nos quedáramos tranquilitas. Marta estaba desfigurada, con una expresión terrible de dolor y espanto, con los ojos desorbitados como si hubiera visto todo.”

El guía de la sociedad

Cuando El Mercurio de Santiago cumplió cien años, una periodista del diario entrevistó al patrón. Raquel Correa le preguntó por que no usó su enorme poder para presionar a favor del estado de derecho que defendía en sus editoriales. Edwards responde que en aquellos años la investigación periodística era imposible y que las acusaciones que circulaban como rumores eran imposibles de confirmar. Lo refuta John Dinges, el corresponsal del Washington Post en aquellos años, que hoy codirige con Mónica González Mujica el Centro de Investigación Periodística, Ciper, donde se practica el mejor periodismo chileno. Autor de Los días del Cóndor, Dinges llevaba una cuenta semanal de las víctimas de la represión, suministrada por la Vicaría de la Solidaridad y otros organismos defensores de los derechos humanos. El abogado de la Vicaría Jaime Esponda explica que la Iglesia Católica había fijado como prioridad salvar a las víctimas, pero que el siguiente objetivo era acumular información para detener la política represiva criminal. Muestra los boletines Solidaridad, con los datos sobre los desaparecidos, que se enviaban a todos los medios, incluido El Mercurio. La secuencia se cierra con la tapa de uno de los diarios de Agustín: “Nueva felonía marxista ante los tribunales. No hay tales desaparecidos”. En 1987, la visita de Juan Pablo II terminó en un gran desorden cuando los carabineros comenzaron a repartir agua y bastonazos a opositores al gobierno. El Mercurio identificó en su tapa a “los violentistas del PC” responsables, con una foto tomada en la Universidad y otra en el Parque O’Higgins donde ocurrieron los disturbios. Sólo que no se trataba de la misma persona, por lo cual Edwards enfrentó un juicio por calumnias e injurias, en el que quedó claro que la CNI (que sucedió a la DINA) le había pasado los materiales para la falsa acusación. Hace cuatro meses el Colegio de Periodistas de Chile pidió perdón a los familiares de las víctimas de violaciones a los derechos humanos por la participación de periodistas en los montajes tramados por la dictadura. El Mercurio, guardó, y guarda, silencio.

La película va al centro de los casos, con preciso material documental y testimonios de los protagonistas y sus familiares. Sólo hay un opinator, y lo poco que dice es preciso y útil. Es el sociólogo Manuel Antonio Garretón. “La Universidad y el mundo latifundario eran los últimos reductos que le quedaban a la oligarquía. El Mercurio entendió que estaba en juego la finalización de la sociedad oligárquica. La sociedad iba en otra dirección y El Mercurio adoptó una posición extrema que tuvo consecuencias después, porque lo llevó a ser un diario antidemocrático y golpista. Y cuando promovió y justificó el golpe, no pudo sino defender todas las violaciones a los derechos humanos. Tiene una enorme responsabilidad en esas violaciones y es uno de los actores que no han reconocido esa responsabilidad. El Mercurio no tiene un recambio generacional que le permita renegar de lo que esa generación hizo, en la época de Allende pero también cuando la toma de la Universidad Católica. Tendría que negar toda su historia. Por eso, va a defender siempre las violaciones a los derechos humanos y nunca podrá ser portador de un mensaje libertario y democrático, aunque nos den columnas para opinar y a veces parezca pluralista. Su esencia es la de un Chile autoritario y derechista.”

Para más información sobre el festival de cine DocBsAs08 ver: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/ espectaculos/5-11708-2008-10-19_1.html

CONTRATAPA

El decano de la prensa chilena

Por José Pablo Feinmann

Primero en El Progreso (en el que ya había publicado su biografía de Aldao) y luego en El Mercurio, publicó Sarmiento, en Chile, su obra maestra y acaso el libro más importante de la literatura argentina, Facundo. No en vano a El Mercurio le dicen “el decano de la prensa chilena”. Ya en 1835 publicaba al exiliado Sarmiento, que había huido al país que tenemos más allá de la cordillera para protegerse de los federales adictos a Rosas. El Mercurio no dejó de aparecer desde entonces y supongo que jamás dejará de hacerlo. Está del lado del poder, de los más fuertes, de los que saben barrer con todo no bien las cosas se ponen feas. Cuando ganan los moderados, cuando se instala eso que todos llaman “democracia”, cuando empiezan los buenos modales, El Mercurio sonríe, invita a escribir en sus páginas a aquellos cuya muerte habría silenciado en otro momento, pero no se arrepiente de nada. Si le preguntan a Agustín Edwards, su propietario, qué siente ante el secuestro de un hijo suyo que se ha producido en democracia pero al que felizmente ha recuperado, dirá que, desde luego, se ha sentido muy triste, pero no ahora que lo recuperó. Si se lo lleva a relacionar esa desaparición con la de los miles que su compadre el general Pinochet propició, dirá que esa gente debe estar feliz, pues él ha comprobado que la desgracia une a la familia. Y asunto terminado.

Ayer, a las 6 de la tarde, por Canal 7, se proyectó el documental de Ignacio Torres y Fernando Villagrán, El diario de Agustín. Los miembros de la familia Edwards, que han estado sucesivamente al mando del diario, se han dado todos el nombre de “Agustín”. El Mercurio influyó poderosamente en todo el desarrollo de la vida chilena. Es el diario del poder. El diario de las clases altas. El diario de los terratenientes y de los grandes hombres de negocios. Durante la Guerra Fría, por consiguiente, fue el diario del occidentalismo cristiano. En otro documental –que espero comentar en breve– que lleva por nombre Los juicios de Kissinger se analiza la omnipresencia del secretario de Estado de Lyndon Johnson, Richard Nixon y Gerald Ford en todos los pasos que tuvo que dar Estados Unidos por su política de seguridad nacional. Uno de los pasos más importantes fue desestabilizar al gobierno de Salvador Allende, elegido en elecciones democráticas, que, explícitamente, quería emprender “la vía pacífica y democrática al socialismo”. El general Alexander Haig (a quien tal vez algunos recuerden por su intervención en el affaire “Malvinas” en Argentina) aparece detrás de un enorme, lujoso, escritorio y dice: “¿Y qué querían que hiciéramos con Allende? Tirarlo, claro. ¿Otro gobierno marxista en América latina? ¡No!”. Dice “¡No!” extendiendo las manos en un gesto que se juega entre el hartazgo y la agresión. El elegido para la tarea de limpiar a Allende es Henry Kissinger, especialista en estas cuestiones. Agustín Edwards viaja a Washington y se entrevista con Nixon y Kissinger para poner todos los medios de El Mercurio a disposición de los planes de Estados Unidos, que, en ese momento, ya tiene a Chile invadido por agentes de la CIA y el FBI. De todos modos, dice, tirar a Allende requerirá un gran esfuerzo, con lo que solicita una ayuda monetaria extra para que El Mercurio pueda cumplir con su tarea fehacientemente. Nixon y Kissinger le dan dos millones de dólares. En el documental de Torres y Villagrán se lo ve a Edwards junto a los dos titanes del Imperio en amena charla. ¿Para qué se sacarán esas fotos? ¿De qué creerán que piensa uno que hablan? Pero sucede que están convencidos. En la Guerra Fría el terreno de combate era la periferia. Ni EE.UU. ni la URSS tuvieron enfrentamientos directos. Lucharon en zonas adyacentes. En las cuales el enemigo se “infiltraba”. Si los soviéticos entraban con sus tanques en Praga era porque esa “primavera” era el preludio de una fatal penetración capitalista. En Hungría, lo mismo. Para los norteamericanos, Allende era, sin más, el marxismo. Para el MIR chileno, el principal movimiento guerrillero, Allende era un reformista, un tibio, alguien casi más dañino que un reaccionario. Pinochet no hizo diferencias entre unos y otros. Los masacró por igual.

En el documental de Torres y Villagrán, unas jovencitas laboriosas, bonitas y con cara de ángeles, hacen reportajes a personajes siniestros. Entre ellos, el director de El Mercurio durante la dictadura de Pinochet. Le preguntan: “¿A usted le pareció bien que luego del golpe Pinochet cerrara todos los diarios menos El Mercurio?”. El ex director responde: “Pues sí. A cualquiera le gusta que le eliminen la competencia”. La “eliminación” de Pinochet no era la del mercado (o acaso sea la “eliminación extrema” a que el mercado puede apelar) sino la simple y pura eliminación física de los empleados y dueños de esos diarios. Al director de El Mercurio le había venido bien: menos competencia. Al final, como las niñas siguen insistiendo con preguntas relativas a los derechos humanos, el hombre se ofende, se levanta y se va. “Yo también tengo mi orgullo”, deja esa frase.

Luego aparece un tipo gordo y absolutamente inexpresivo. Fue jefe de la policía secreta chilena y amigo de los dueños de El Mercurio. Declara: “Para nosotros, matar comunistas era una necesidad biológica. Necesitábamos matarlos para poder gobernar. Matamos muchos. Pero para mí nos quedamos cortos”. Se ven imágenes de Pinochet y Agustín Edwards por todos lados. En cenas, inauguraciones, desfiles. El Mercurio gobierna. De pronto, se lo ve a Pinochet. El Monstruo habla. Dice: “La democracia es el caldo de cultivo al comunismo. Y este gobierno repudia al comunismo”. Frase tristemente célebre para nuestros oídos. Hoy, probablemente, algún Kissinger ya susurre en los oídos de Obama o de McCain: “La democracia es el caldo de cultivo al populismo. Y nosotros repudiamos al populismo”.

El caso de El Mercurio es paradigmático. Es el del periodismo al servicio de los grandes poderes políticos y financieros del país, que están tramados con la diplomacia norteamericana. Si Kissinger hizo seguir los bombardeos en Vietnam luego de Johnson, si arrasó con Camboya sin declarar la guerra, si en Timor, por considerarlo un enclave peligroso, arrojó impunemente sus bombas, si en Chile derrocó a Salvador Allende y si vino a la Argentina a supervisar el golpe de Videla, se me permitirá creer que, acaso no él porque está muy viejo o ya decididamente viejo, sino un junior, un discípulo aventajado o los organismos que siempre se han dedicado a estas tareas, estén muy interesados en los procesos populistas de América latina. Venezuela en primer lugar, donde la prensa tiene un papel de excepcional agresividad. Bolivia, donde un golpe acaba de fracasar por causa de la primera cumbre autónoma de presidentes latinoamericanos. Una cumbre no convocada por la OEA, que funciona como órgano supervisor de Estados Unidos. Y Argentina, donde la presión mediática sobre el Gobierno es más que visible, más que evidente y hasta más que grosera. El Mercurio está entre nosotros. ¿Qué intereses defiende? Los de siempre. Los geopolíticos ante todo. O sea, la alineación franca, directa con Estados Unidos. Y luego los de las grandes finanzas y los de los grandes terratenientes. Allende no tenía frente a sí una oposición política importante. Lo tenía a El Mercurio. Al que se sumaba una intervención activa de Nixon, Kissinger y Alexander Haig (que hoy tienen sus adecuados reemplazantes, siempre muy atentos). Nosotros, además, tenemos la IV Flota. ¿O alguien piensa que es por turismo que anda por aquí? Allende tenía en contra algo decisivo. El Mercurio le levantó a las conchetas chilenas, que son terribles, bravísimas. Les dio la orden de cacerolear. La cacerola la inventaron los chilenos para echar al “comunista” Allende. Y lo tenía en contra al que llamaba su “amigo”, un hombre que “respeta el orden institucional”: la fiera de Pinochet. El inventor del golpe cruel, inhumano, de los centros clandestinos, de la tortura sistemática.

El Mercurio nunca se arrepintió de nada. Muchos periodistas chilenos del pinochetismo pidieron disculpas, se sinceraron, declararon no conocer el verdadero horror. Se les puede creer o no. Sin duda no se les puede creer. Un periodista tiene el deber de estar informado. Pero, al menos, pidieron perdón. El Mercurio sigue impávido. Había que barrer al comunismo y eso se hizo. No hay más que hablar. No sería aconsejable creer que la historia de El Mercurio se reduce al caso chileno. Si nos miramos en ese espejo veremos nuestra cara. Con otros matices, sí. Pero con demasiadas semejanzas.

Anuncios