Eliseo Verón analiza las marcas del discurso de los medios y de muchos economistas sobre la crisis económico-financiera que sacude a Estados Unidos (y al resto del mundo como consecuencia) en estas semanas. La naturalización del fenómeno, señala Verón, oculta causas y actores, y licúa responsabilidades. Publicado en Perfil.

EL LENGUAJE Y LA CRISIS

Una mano negra e invisible

En relación con la crisis económica global, tema central de los medios de todo el mundo, hubo en estos últimos días algunos comentarios acerca de la necesidad que tiene George Bush de mostrarse activo e íntimamente ligado a lo que está pasando, para no dar la misma sensación de distancia y de ausencia que el presidente transmitió cuando se produjo la catástrofe del huracán Katrina en Nueva Orleans.

Por Eliseo Veron | 28.09.2008 | 01:22

En relación con la crisis económica global, tema central de los medios de todo el mundo, hubo en estos últimos días algunos comentarios acerca de la necesidad que tiene George Bush de mostrarse activo e íntimamente ligado a lo que está pasando, para no dar la misma sensación de distancia y de ausencia que el presidente transmitió cuando se produjo la catástrofe del huracán Katrina en Nueva Orleans (sentimiento de ausencia que, como se recordará, marcó su mandato desde el inicio, el día del atentado a las Torres Gemelas). El comentario pasó tal vez desapercibido dentro de la gigantesca ola de discursos mediáticos sobre la crisis, pero tiene la ventaja de ser un síntoma que explicita, de manera casi transparente, una de las dimensiones fundamentales de la mediatización de la crisis actual: presupone un paralelo implícito entre ambas situaciones: la crisis financiera y el huracán Katrina. ¿Se podrá considerar que se trata de situaciones del mismo tipo?

Veamos algunas expresiones tomadas de los diarios, a propósito de la crisis. Las referencias corresponden aquí a la prensa nacional, pero una rápida exploración permite comprobar que el tono extremo del discurso ha sido más o menos el mismo en los principales medios informativos del mundo. En cuanto a la construcción del acontecimiento: “derrumbe”; “terremoto”; “al borde del colapso”; “tormenta”; “debacle”; “incendio”; “tembladeral”; “nubes oscuras”; “huracán”; “deudas tóxicas”; “turbulencias”; “entidades hundidas en el pantano”; “honda expansiva”; “tsunami”; “parálisis de los vasos capilares del sistema”; “jornada aciaga”; “hundirse sin remedio”. En cuanto a la construcción de la reacción al acontecimiento: “alarma global”; “el mundo en alerta”; “desesperado intento”; “colosal salvataje”; “clima de pánico”. Algunas expresiones tienen la autoría de nuestra Presidenta: “Estamos viendo cómo ese Primer Mundo (…) se derrumba como una burbuja”; “la Argentina está firme en medio de la marejada”. ¿Habrá que tomar todo esto como una confirmación de la hipótesis líquida de algún autor de moda?

No parece exagerado afirmar que los medios están masivamente construyendo la actual crisis económica a través de ese bien conocido procedimiento discursivo consistente en naturalizar los fenómenos sociales, procedimiento que ya Roland Barthes había sabido detectar, al dar inicio a la semiología contemporánea a mediados del siglo pasado, como el núcleo ideológico de la mitología contemporánea.

El derrumbe del sistema financiero de los Estados Unidos, que amenaza al mercado mundial globalizado, tiene el carácter insólito, opaco, sorpresivo y salvaje de un huracán del Caribe. Es una suerte de catástrofe natural, aunque la descripción, en algunos casos, tenga ribetes cuasi religiosos de fin del mundo, una tonalidad bíblica que trae a la memoria a los cuatro jinetes del Apocalipsis.

No hay pues culpables, al menos a la luz del modelo del racional choice, del actor económico orientado por la elección racional. Ese modelo, todavía dominante en la mayoría de los departamentos de economía de las universidades del mundo, parece funcionar en los períodos en que el ciclo económico se comporta como un buen alumno, y persiste, entre otras cosas, porque esa comunidad académica no está dispuesta a perder el capital simbólico y político que acumuló durante muchos años, aunque resulten cada vez más claras las contradicciones conceptuales de la teoría y su carácter astutamente tautológico y empíricamente no verificable.

En los corredores de la academia se puede discutir la plausibilidad de una teoría que supone el uso instrumental de toda la información necesaria, en una situación dada, para tomar la decisión económica y racional adecuada, aunque todos sepamos que los actores económicos no satisfacen esa condición. Pero, cuando los académicos salen de la academia y entran en el espacio público, descubrimos que la economía como ciencia es una rama de la meteorología y se nos explica que lo que ocurre es que a veces, sorpresivamente, la mano invisible (¿de Dios?), no se sabe por qué, en lugar de armonizar en un todo equilibrado las motivaciones individuales de los actores económicos, propina una resonante cachetada.

Pero entonces, la cuestión es quién recibe esa cachetada. Porque si al parecer no hay culpables, hay sí actores identificados: corporaciones, CEO’s, gerentes, operadores, políticos, funcionarios públicos, intermediarios, lobistas. Y si la naturalización de la crisis financiera permite borrar los culpables es para que haya, eso sí, ganadores y perdedores.

Paradójicamente, este momento clave que estamos viviendo, revelador del funcionamiento de la maquinaria financiera del capitalismo más avanzado, vuelve inocentes a los responsables identificados y transforma en víctimas a los que no tienen nombre: son todos los ciudadanos norteamericanos los que van a pagar con el dinero público y muchos de ellos a través de los innumerables dramas cotidianos de quienes ya han perdido, o van a perder, sus casas o sus empleos.

Curiosa, esta mano invisible. Podríamos decir que es una mano negra, pero desgraciadamente, la marca la tiene registrada Manu Chao. Como él dice: la vida es bella… y el mundo está podrido, la vie est belle, le monde pourri.

*Semiólogo.

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