Roberto Guareschi (ex director de Clarín) reflexiona sobre la edición noticiosa que involucra a familiares o amigos de personajes conocidos, que suele extender la zona de sospecha más allá de lo que la información en sí misma autoriza. Publicado en Página 12.

EL PAIS › OPINION

Martínez, los periodistas y los lectores

Por Roberto Guareschi *

Es bastante común que los hijos de personas mediáticas sufran las consecuencias de los problemas de sus padres: imagínense a las chicas Maradona cuando su padre apareció años atrás con problemas legales en los medios. Aquellos problemas eran del padre pero aquellas niñas los deben haber vivido como un golpe contra ellas. Donde los titulares decían “Maradona” ellas leían “tu papá”.

Era, verdaderamente, un golpe contra ellas. Era una injusticia. Pero quienes la cometían no eran los medios sino, en alguna medida, el padre. Era su responsabilidad vivir de modo que sus acciones no perjudicaran a su familia.

Parece una vuelta cruel de tuerca que un hijo mayor de edad, parado en la comunidad por sus propios medios, sufra las consecuencias de las acciones de sus padres cuando el “mediático” no es el padre sino él, el hijo. Repitamos: el hijo, no el padre.

Eso le pasó a Mariano Martínez. Quedó expuesto por ser el hijo de una persona acusada de un delito. Es como si el presunto delito lo hubiera cometido él, no el padre. Otra vez: no el padre.

Es una cruel vuelta de tuerca porque Martínez hijo –como las hijas de Maradona– igual debe pagar por su condición de hijo: esta vez porque el mediático es él. Pero de esta injusticia no quedan exculpados los medios como en el caso de las chicas de Maradona, porque ésta no hubiera sido posible sin la ayuda de los medios que elevaron al desconocido señor Martínez a la categoría de “padre de Mariano Martínez”.

Es posible que a muchos lectores no les haya llamado la atención. Pero los medios tuvieron que dar una larguísima vuelta retórica –”el padre de Mariano Martínez”– para “justificar” la manera de presentar la “noticia”. Martínez padre se hubiera perdido en la crónica si no se decía quién era el hijo. Una verdadera “construcción”, esta vez ilegítima.

Hubo distintos grados de mala praxis. Algunos diarios se equivocaron el primer día y se rectificaron enseguida en los títulos. Otros siguen mentando a Martínez hijo aún hoy. Pero la mayor parte del periodismo brilló por su irresponsabilidad.

Es posible imaginar las excusas:

Una: sin el hijo no hay noticia.

Otra: yo no lo doy así, pero seguro todos los demás sí; entonces, ¿qué diferencia hay para el hijo?

Otra: la gente se muere por estas noticias.

Otra (más cínica aún): es noticia todo aquello que le interesa a la gente. Otra, apuesto a que es la más frecuente y menos confesada: “Ni lo pensé”.

Otra más: “Si vos sos una persona pública, te la tenés que bancar”.

Las personas públicas se deben bancar la repercusión pública de sus propios actos, claro. ¿Pero también deben sufrir por los actos públicos de sus parientes o amigos sólo porque ellos (los hijos) tienen alguna relevancia pública?

Creo que a los periodistas, el público nos exige muy poco. Ahora y antes.

Se me ocurre que éste es un caso en que la mayoría del periodismo y del público (adivinar porcentajes) son culpables: en ambos casos de mala praxis. La parte del periodismo no necesita más explicación, creo yo. La del lector, televidente, oyente, consumidor, etc., sí. El público tiene, creo, la responsabilidad de pensar por él mismo, ser crítico, hacerse oír, hacerse valer. Porque si consume pasivamente lo que le dan, está aceptando que se lo perjudique a él y a los lectores que tal vez aún no tienen herramientas para defenderse. Y también que se perjudique al periodismo que recibe todos los días. Un periodismo que puede equivocarse sin consecuencias será más autocomplaciente.

No quiero llevar esto a un extremo. Yo no suscribo aquello de que “cada país tiene el periodismo que se merece”. Periodistas y públicos no tienen la misma responsabilidad. Para poder cumplir con su función, el periodismo debería tener un grado mayor de esclarecimiento o de voluntad de tenerlo, o –por lo menos– una mayor disposición a pensarse críticamente (elija, por lo menos, dos).

Qué complacientes somos los periodistas con nosotros mismos. Qué tolerante es la sociedad con nosotros.

* Periodista.