La distribución, consumo y apropiación de la música cambió radicalmente desde la introducción del mp3 hace diez años. Además de la crisis de las grandes discográficas, que debieron alterar completamente el circuito de producción de valor en la industria, la ubicuidad y miniaturización de los archivos tiene impactos sociales y comunicativos, señalan en la Revista Ñ Fernando García y Andrés Hax.

Perdidos en la música

Mientras Google amenaza con guardar toda la historia sonora de la humanidad en un i-pod, el archivo digital desplazó al álbum como objeto de consumo. ¿Qué se escucha cada vez que un celular anuncia una llamada con su ringtone personalizado?

Por: Fernando García y Andrés Hax

Una escena de 2008, entre tantas otras. En el consultorio de un sanatorio esperan turno unas quince, veinte personas. El sistema informático reconoce a cada uno de los pacientes transmitiendo su nombre desde las computadoras a un cartel electrónico. El apellido es, culturalmente, una marca, la convención mínima disponible para que este circuito cierre. Sin embargo, a fuerza de una espera que se prolonga, el observador comienza a reconocer a los demás pacientes (en todo sentido) por un dato adicional. El ochenta por ciento de los que esperan tiene encendido su teléfono celular. Suenan a intervalos, como si una partitura de música aleatoria hubiera sido escrita antes por un anónimo vanguardista. Intervalos latosos, chillones, alarmas estetizadas. El comienzo de un merengue caribeño, la sección de flauta traversa de “Escalera al cielo” de Led Zeppelin, la metralla pélvica de un reggaeton, ritmo “electro”, “La cumparsita”: en fin, cualquiera diría que el sanatorio era esa tarde una fiesta.

Pero detrás de cada ringtone o truetone (una variante más respetuosa hacia el original) había una dolencia. Y además, la prueba de un proceso tecnológico cultural naturalizado en la última década. El tiempo transcurrido desde que la compresión de audio conocida como mp3 escapó de los laboratorios hasta este ahora de música total en que un fragmento menor a un compás reemplaza al antes uniforme pulso telefónico y designa al usuario a través de una conexión sentimental. El maridaje entre la compresión de audio y la telefonía celular terminó por expresar la época: el Yo tuneado por un accesorio sofisticado.

Mucho más que un nuevo soporte, entonces. Hasta las orillas de una subjetividad extendida por prótesis es que llega la década que vivimos disponiendo de un archivo musical inédito en la historia.

Comprensión de la compresión

En 1999 un artículo en la revista The Atlantic señalaba al mp3 como “un ejemplo maravillosamente claro de cómo una innovación aparentemente minúscula puede efectuar cambios inesperados y explosivos en la sociedad”. Era el momento en que Shawn Fanning, un adolescente catalogado como nerd, revolucionaba la distribución de música utilizando el audio comprimido para crear Napster, la nave nodriza del download. A la revista pop Spin, por ejemplo, no le quedó otra que colgarle el cartel de “artista del año” (en 2006 Time elegiría a “Usted” como personaje del año en pleno despegue de You Tube y el bricolage digital).

Si bien el software sigue sin entrar del todo en la idea de creación cultural (por ahora Fanning no pasa de “joven emprendedor”), la popularización del mp3 realizó en este tiempo un cambio capaz de borrar para una generación entera la noción de que la música deba ser comprada. Sólo en Argentina (según datos de CAPIF) se bajaron 612 millones de archivos de música en 2007. Este volumen quedaría contenido en 40 millones de álbumes mientras que en el mismo período se vendieron 17 millones de los ahora llamados “soportes físicos”. El mp3 acaso sinceró la condición abstracta de la música (como dice Vila Matas en su Dietario voluble, “es el arte menos unido a un lugar concreto y sospechosamente cosmopolita”); activó el diseño de un objeto determinante como el i-pod (como había pasado en 2004 con Bush y Gore, el perfil de Obama y McCain se completó con la información sobre el contenido de sus jukeboxíntimas) y estimula promesas como esta: “En pocos años toda la música grabada de la historia cabrá en un dispositivo del tamaño de la palma de la mano y, poco después, se logrará almacenar la totalidad del contenido audiovisual que existe en un i-pod o dispositivo semejante” (un ejecutivo de Google).

El desarrollo ha sido tan veloz, pues, que casi nadie repara ya en que mp3 es una abreviación de una abreviación. Comprime MPEG, Motion Pictures Expert Group, sigla de un grupo formado por un equipo de ingenieros de la empresa alemana Fraunhofer IIS que todavía retiene la patente sobre el formato.

Historizando, el periodista Clive Thompson señala a la cantautora folk Suzanne Vega como la “madre del mp3”. El cuento es que “Kart-Heinz Brandenberg, uno de los ingenieros que trabajó en el método de compresión, usó la canciónTom’s Diner para experimentar. Pensaba que si comprimía esa canción a capella sin arruinarla daría el estandar de calidad necesaria”. Pero cuando Vega escuchó lo que un mp3 hacía con su música no le gustó. Cuenta Thompson que dijo Vega: “Perdió su calidez de tono”.
Para seguir comprimiendo, en este caso la explicación, el proceso de creación de un mp3 descarta información que supone imperceptible para el oído humano. Así se aligera notablemente el peso de un archivo de audio. La consecuencia es traducible al universo MSN. De la canción, de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, “Don’t cry for me Argentina” quedaría “dnt cry fr me argnta”.

Así, la compresión arrinconó al concepto de hi fi (alta fidelidad) frente a la necesidad de musicalizar absolutamente todo, todo el tiempo. Para una generación naturalizada en el exhibicionismo digital, los auriculares se han vuelto poco menos que un utensilio de pudor victoriano. Lo que se escucha en un celular, lo escuchan todos (quieran o no) en el subte, el bus o la calle. El auricular, que asegura mejor audio, sobra cuando es necesario exteriorizar absolutamente todo y cuando el oído ha desarrollado una sensibilidad especial al sonido chato de una PC cargada de mp3. Si en los 80, el rap impuso la costumbre de cargar enormes radio-grabadores para instalar la voz del gueto en el corazón de Manhattan, esta nueva forma de escucha que vehiculiza el mp3 tiene un fondo tanto menos político que narcisista.

Aura mismo

Kevin Kelly, editor de la biblia tecno Wired (que expresó mejor que ningún medio la transición de la contracultura a la cibercultura), escribe en su libro online The Technium: “No sólo fue el acto de grabación lo que alteró el concepto de la música; también la tecnología de reproducir la copia. Al evolucionar los dispositivos de reproducción de música, el acto de escuchar música se transformó de una experiencia grupal, llevada a cabo en un templo, a una experiencia individual contenida en un auto o un dormitorio o en la soledad creada por audífonos. En este universo digital supersaturado de duplicación infinita, el eje de valor se ha dado vuelta. En la era industrial las copias tenían más valor que la original (¿quién desearía el prototipo de una heladera de la ‘copia’ que tenías en tu propia cocina?). Ahora las copias pierden valor y solamente las cosas que no pueden ser copiadas tienen valor real. En las décadas que quedan de este siglo habrá una búsqueda frenética por todo lo que es no-copiable”.

El mp3 aparece entonces como el ángel exterminador en la pesadilla del pensador Walter Benjamin. Ya no hablemos de obra de arte en “la era de la reproducción mecánica” (1935) sino de transferencia de aura en la era digital de la clonación infinita. Su lamento por la muerte del original (epitafio: “su existencia única en el lugar donde sucede que se está”) viajó en la última década desde la obra de arte única a la reproducción en serie. Si una canción en formato mp3 tiene el don de estar en todos lados y en ninguno a la vez, el original pasa a depositarse, cada vez más, en una copia numerada de una edición en “soporte físico”.

A Benjamin no le alcanzó la visión para imaginar esta metástasis de data: la clonación de la copia una y otra vez.

A duras penas sobrevive en los “soportes físicos” una leyenda que marcó a las generaciones educadas en el vinilo: “Disco es cultura”. Si en los 70 podía marcar una aspiración estratégica de la música en la industria cultural, hoy, en el remolino de la desmaterialización, pareciera decir otra cosa. Sin disco, entonces, ¿qué es? ¿Barbarie? ¿Naturaleza? Habría que preguntarse si objetos como los LP, casetes o aun CD no pasarán pronto a la historia como medidas de tiempo, formas obsoletas de almacenamiento que sintonizaron con la biopolítica de su tiempo.

“Obviamente hay un cambio en la idea del archivo musical. En el concepto de qué es un disco. Esto es obvio. La pregunta es otra. La pregunta central es: ¿Qué significa escuchar?”, arriesga Christian Ferrer, a cargo del seminario Informática y Sociedad, de la UBA.

“En el siglo XIX, Wagner generó toda una renovación en la idea de la música–sigue Ferrer–. El creía que si la música sólo servía para que los buenos burgueses tuvieran un momento de distensión el sábado a la noche aposentados en sus butacas no servía para nada. Para Wagner, la música tenía que ser el fundamento mismo de la sociedad más allá del entretenimiento”.

Alguien que tiene diez mil temas en su i-pod, y los escucha en modo shuffle (una selección aletoria) a lo largo del día, ¿está más o menos comprometido con la música que aquel sujeto que consagraba un momento para escuchar un disco o un programa de radio especializado?

A años luz de los tiempos de Wagner, la música popular es casi un complemento de la tecnología. El grupo Miranda! –que saltó del under al teatro de revistas– es líder regional en el jugoso negocio de los ringtones. En toda Latinoamérica y España suman once millones de descargas de “El disco de tu corazón” (cortina de La Lola). El carismático cantante Ale Sergi se encarga personalmente de producir las versiones para ringtone de sus canciones. Como autor, está definitivamente inmerso en la era del mp3. “La estructura de la canción pop no cambia por el mp3 pero sí la forma en que escuchamos. Muchas veces uso mi i-pod en random”. Si sus fans casi desconocen el parámetro álbum, ¿Por qué todavía insisten con esa estructura? “En lo personal estoy harto de los discos. Preferiría sacar canciones todos los meses y no esperar un año y medio para sacar toooodo un álbum. Cada vez menos gente escucha un álbum de música popular pero sucede que la industria está momificada y no entiende el cambio que está ocurriendo”, sentencia.

Cuarenta años atrás, el texto debiera haberse invertido. La cultura rock expandió las posibilidades del álbum como manifiesto estético (el jazz, el tango y el folclore también absorbieron el paradigma) de los artistas. Acaso ahora esté faltando alguien que haga con los formatos disponibles (i-pod, i-tunes o la red social My Space) un quiebre inesperado.

Christopher Kelty, autor de Two Bits: The cultural significance of free software (El significado cultural del software libre), relativiza el lugar del soporte grabado en la historia. “El artefacto nunca fue el LP”, sugiere desde Houston. “No tan atrás como en el siglo XIX la gente compraba partituras y las tocaba en el piano de su casa. Eso ha desaparecido de la misma forma que desapareció el LP y también es una lástima porque la música grabada destruyó esa costumbre de tocar en la casa. Al mismo tiempo trajo una nueva cultura de escuchar la música de otra forma, de compartirla, de trasladarla. El mp3 ha avanzado en ese cambio pero aún no se pueden decir cuáles terminarán siendo los efectos de eso. Lo que sí es posible afirmar es que la noción de LP fue reemplazada por la de archivo. El archivo es el nuevo objeto de consumo en esta era”.

La sociedad del montaje

Por ahora, lo que va dejando la era mp3 como estética propia es el mash-up (puré), un subgénero que se define por la habilidad de pegar dos mp3 de artistas disímiles, cuanto más disparatado el montaje mejor (un clásico de Queen montado en el neo-soul de Outkast, allá; cumbia y electrónica acá). YouTube guarda, por ahora, una reserva importante de mash-up. Es la prueba de una época en que la pos producción está por sobre la composición. Género, bricolage o disciplina digital, el mash-up se hizo cargo de la disponibilidad ociosa de archivos de audio, de las tecnologías de descarga y collage y más: de la transformación de los usuarios pasivos en paradójicos expertos amateurs.

Este rasgo, que el artista y teórico alemán Peter Weibel señaló ya como paradigma del siglo XXI, no es patrimonio de la compresión de audio desarrollada por los bochos del Fraunhofer sino de, justamente, el montaje entre distintos desarrollos digitales. Weibel decía que un sujeto históricamente castigado como el “consumidor” (el depredador de la cultura de masas) podía redimirse ahora creador. Así, por detrás de la confección de carpetas de archivo pueden simularse roles de dj, curador o productor. Es la mirada integrada (recuperando las históricas categorías de Eco), optimista, de un mundo de espectadores y artistas entrecruzados. El aspecto apocalíptico podría encarnarlo un marxista como Richard Senett que reelabora la necesidad de concentrarse en una “disciplina” (el anti amateur) para no sucumbir a las nuevas herramientas de un capitalismo sofisticado.

A partir de Napster y el peer to peer (el intercambio de archivos de ida y vuelta, identidad básica de los programas de descarga e intercambio), Kelty encuentra una huella profunda en la relación de la gente con la música. “No diría que es una necesidad básica pero sí increíblemente importante. En este contexto, sin la música como eje del debate, muchos de los temas relacionados con el software libre no hubieran salido a la luz. Creo que hay algo muy fuerte en el deseo de compartir música. Reaccionamos de muy mala manera cuando alguien nos prohíbe compartir música. No diría que es genético pero sí cultural y lo comparten muchas culturas distintas alrededor del mundo.”

¿Y qué hay de las constantes amenazas utópicas de Google y otros gigantes digitales? Si se hiciera, qué terminará significando ese Aleph con toda la música de la historia de la humanidad disponible en un mismo dispositivo. “Esto se viene diciendo desde 1940″–relativiza Kelty– “y aunque técnicamente ya podemos almacenar asombrosas cantidades de historia grabada en un dispositivo portátil faltan grandes cambios en las leyes de derecho de autor para que algo así ocurra”.

Christian Ferrer prefiere poner el cambio en perspectiva. “Siempre habrá una tecnología superadora del mp3 o lo que sea. Eso es inevitable, por lo menos hasta que se agote la imaginación social que empujó estas invenciones. Supongamos la hipótesis que pase mucho tiempo, cincuenta años, y se descubre que todo esto no tuvo una real importancia cultural. Y que en realidad las invenciones del futuro son de otro orden. Supongamos esa hipótesis. Entonces tendríamos que pensar ¿qué significa todo este almacenamiento? ¿Para qué sirvió y por qué tuvo su lugar?”

Acaso la tecnología haya estado persiguiendo aquella vieja obsesión astronáutica de la cápsula del tiempo y el mp3 esté apenas en el comienzo de un largo proceso de migración material. Lo cierto es que hemos pasado por cambios impensados en un segmento de historia que es un suspiro. Cada vez que un ringtone sacude la barrera de silencio entre una persona y otra, se desata una carrera en las tranformaciones que, se ha visto, involucra la historia misma de la música desde el registro en una partitura, a los experimentos de Edison para atrapar el presente puro del acto sonoro y la revolución pop del siglo XX. Todo eso.

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