El sitio BEAT Internacional publica un artículo del crítico Santi Mayor Farguell sobre los cambios en el proceso de organización de la producción y distribución musical.

Cambio en la industria musical: hechos consumados

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Por segundo año consecutivo os presentamos en BEAT.cat un artículo de Santi Mayor Farguell, crítico musical de los diarios Avui y La Vanguardia. Este texto está redactado para el Anuario 2008, libro que edita la editorial Enciclopèdia Catalana. Os recomendamos su lectura.

Aires de expectativas inciertas envuelven la industria de la música popular, y el 2008 ha sido un año más en el actual lustro de confirmación del declive de un modelo de negocio ya pretérito, superado por la irrupción del consumo digital y el advenimiento de nuevos usos, nuevos formatos, y nuevas restricciones y recortes potenciados por la crisis financiera y bursátil en los mercados internacionales. En época de limitación de los márgenes y de medidas de racionalización de los gastos, la industria musical está limpiándose de las cargas superfluas que heredó de los años 80 y principios de los 90, cuando el negocio se enriquecía tanto de los formatos (CD, LP), como de los conciertos y las grandes giras.

El 2008 fueron noticia los movimientos estructurales que desplazaron el epicentro del negocio hacia los mismos autores, quienes con el empujón de herramientas de autoedición y de promoción en Internet disponen de la posibilidad de articular un discurso propio, tanto en lo que concierne a la parte creativa como en la gestión de sus presentaciones artísticas (esto implica la comercialización de las canciones, de las giras, de los espectáculos en directo y de todos los derechos de autor; y la comercialización en nuevos canales de difusión como los dispositivos portátiles y móviles). Las grandes corporaciones industriales y las no tan grandes (el 2008 dos sellos emblemáticos de la música independiente como Beggars Banquet –en sus buenos tiempos hogar de Love & Rockets y The Cult– y Too Pure –años atrás hogar de PJ Harvey y Stereolab– fueron absorvidos por el mítico sello indie 4AD- histórico hogar de los Pixies y Throwing Muses-) vivieron un proceso de concentración impulsado por la necesidad de reducir gastos. Algunos de los principales artistas aprovecharon la coyuntura para no renovar contratos y optaron ir por libre. En algunos casos se establecieron nuevas relaciones contractuales con agencias de management y productoras de grandes espectáculos y giras.

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En la actualidad el negocio se ha desplazado a la actividad en directo: comercializar discos ya no es rentable, ahora lo es la gestión directa de lo extra glamoroso y en cierta manera único que supone la experiencia del directo. La proximidad con el artista y el hecho de formar parte de un momento singular, se contrapone con la dinámica de la réplica digital. Ese es el nuevo valor agregado por el cual los usuarios están dispuestos a pagar el dinero que ya no dedican a la adquisición de discos.

Esta nueva realidad de la industria discográfica sigue cuestionando el modelo antiguo, suscitando debates legales respecto a los derechos de autor y la manera de hacerlos compatibles con la difusió digital de las obras. La industria mantiene abiertos los ojos para dirigirse a los nuevos nichos del mercado como la telefonía móvil, los tonos y las melodías descargables para los dispositivos portátiles. En el apartado de charts (los más vendidos) de la revista Billboard, publicación de referencia en la industria musical, los tonos por teléfono móvil ya disponen de categoría propia. Los canales habituales de promoción de los productos, las revistas especializadas, las secciones de espectáculos de los diarios, las radios y las cadenas televisivas, se ven forzados a compartir o a luchar por sus espacios predominantes ante los nuevos medios: Internet y derivados han señalado la dirección y, con la ventaja del acceso universal y la práctica ausencia de costos de distribución y de impresión, se están convirtiendo en nuevos referentes para los melómanos e interesados en la información y las novedades sobre música popular. Este desplazamiento de interés hacia los medios interactivos de acceso inmediato ha quedado patente con la irrupción, multiplicación y consolidación de las denominadas herramientas sociales, entre las cuales destacan MySpace y Facebook, pero también YouTube como almacén de archivos de vídeo y audio que es usado como una fonoteca en línea e iTunes, como la aplicación representativa de la conjunción entre el espacio íntimo de almacenaje de canciones de los usuarios y la tienda donde adquirir caciones on line. Por lo tanto, en un lustro los actores se han desplazado drásticamente, quedando mal paradas las discográficas, pero también aquellos que vivían bajo su paraguas: las revistas especializadas que susbsiten gracias a la publicidad contratada por los sellos y las promotoras se tendrán que esforzar, algunas con éxito, otras destinadas a la desaparición, y en algunos casos han de optar por resucitar en versiones en línea para abrir una vitrina de sus contenidos que les permita ampliar el listado de anunciantes y de lectores potenciales.

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Todo a ocasionado un giro copernicano: los que hace unos años era un sector definitivo y delimitado es ahora en espacio de fronteras indefinidas y limítrofe con formas de ocio, cinema, videojuegos, televisión y arte en un sentido transversal. La canción como unidad específica con significado autónomo, concepto que alcanzó la cumbre en los años 50 con la cultura de los singles, es ahora una unidad maleable que perfectamente puede nacer como necesidad de satisfacer una demanda transversal -una canción expresamente creada para un videojuego o una banda sonora-, y si tiene éxito puede readaptarse como gingle para un anuncio televisivo, ponerse en venta exclusiva en la red, mientras en paralelo, y esquivando la indefinición legal, se puede descargar a través de sistemas P2P para compartir ficheros en línea e incluso puede acabar formando parte de un CD que muy problablemente será comercializado con diversos extras como podrían ser canciones inéditas o ediciones de lujo con presentaciones especiales, recuperando aquello que con la irrupción de CD se perdió parcialmente, es decir, que el objeto en sí también sea una pieza de valor, como ocurría con muchos vinilos.

Este nuevo paradigma explica que cada vez se está recuperando más el vinilo como forma de lujo, demandado por los melómanos que siguen atribuyendo a la obra un valor más allá de un fichero de audio. La industria musical ha desperdigado el mensaje y ha satisfecho esta demanda con ediciones en vinilo de discos especiales, clásicos o novedades significativas, en muchos casos aportan un valor agregado que compense a los clientes como por ejemplo ofrecer una copia individualizada que permite descargarse vía Internet la réplica del vinilo en formato MP3. Así, el usuario no se siente agravado respecto a los usuarios alegales y se acostumbra a identificar la versión en MP3 de un disco como un complemento a la versión comecial de la obra, no como un simple sustituto.