Nota de Ana Wortman en la que analiza el “fenómeno” Tinelli, su marco de coronación como programa televisivo más popular de la Argentina y la condensación de imaginarios que realiza. Publicada en diario Perfil.

La influencia de “Showmatch” en la cultura

“Tinelli traspasa los límites”

Socióloga del Conicet, Ana Wortman analiza el comportamiento de la audiencia en los ciclos del conductor, y asegura que su estilo ha invadido áreas de la vida privada, pública y política. Compara su lenguaje con el de las sitcoms americanas.

Por Ana Wortman*

Icono. Para la socióloga, el ciclo televisivo influye en la política, al punto que De Angeli adopta un estilo “espectacular”, un lenguaje accesible a todos y desde ahí enfrenta al Gobierno.

De qué se está hablando, cuando en distintos ámbitos vinculados a la cultura se hace referencia a la “tinellización”? ¿Es un nuevo concepto massmediático? ¿Formará parte de alguna nueva teoría de la comunicación? Periodistas, escritores, educadores, científicos sociales, hablan en esos términos para describir un supuesto nuevo estado de la cultura argentina. ¿Cuál es el poder que posee Marcelo Tinelli desde hace más de 15 años, que lo lleva inclusive, a adjetivar la cultura argentina? ¿Qué valores encarna?

Definir un nuevo concepto. En primer término, este conductor televisivo de las noches porteñas emerge en un momento político cultural singular que configuró lo que se dio en llamar “el menemismo”. En un clima de creciente pérdida de credibilidad y legitimidad del primer gobierno democrático, los políticos comenzaron a atravesar límites que usualmente habían definido la manera en que históricamente se presentaban en público. Fue usual verlos –a prácticamente todos, sin distinción de ideologías– en programas no políticos: se acostaron en la cama con Moria Casán, almorzaron con Mirtha Legrand, fueron entrevistados por los periodistas new age de CQC, etc. Ante el vaciamiento y el descrédito de la palabra pública frente a la creciente corrupción económica, tenía más valor la rapidez, el humor, el cinismo, la capacidad lúdica de los políticos para conversar en torno a aspectos vinculados a su vida privada, y también debían ser divertidos y hedonistas: para ello fueron a Punta del Este, participaron en fiestas fastuosas con figuras televisivas, se abrazaron con empresarios meteóricamente enriquecidos, bailaron y tuvieron relaciones amorosas con figuras del espectáculo… La preocupación por la imagen reemplazo a las obligaciones de los funcionarios como representantes del pueblo, dado que se debía “modernizar” la imagen de los políticos. Es de esos años, precisamente, el término “farandulización” de la política. En vez de preguntarse por qué la democracia no lograba fortalecerse y dar respuestas a problemas sociales e institucionales emergentes de la transición democrática, los políticos se vincularon con la sociedad adoptando los esquemas de la cultura de masas encarnada ahora centralmente por la lógica televisiva. Si bien la entonces llamada Alianza surgió como un proyecto que pretendía cuestionar esas formas de “hacer” política, es notable como también sucumbió a ese estilo: recordemos la confusa presencia de Fernando de la Rua en el programa de Tinelli y la ridiculización de su figura, en el marco de una deteriorada economía.

Los límites. La trágica crisis institucional del 2001, la visibilización de la profunda crisis social argentina y el ciclo político inaugurado en 2003 prefiguró otra escena política. Ambos acontecimientos constituyeron un límite a esa forma de hacer política. Sin embargo, en el marco del agudo conflicto entre el Gobierno de Cristina Fernández y la llamada Mesa de Enlace, reaparece este estilo noventa de hacer política y/o de presentarse públicamente a través –ya no de un político legítimamente elegido– sino de un miembro de una organización corporativa como fue y es la figura de Alfredo de Angeli. Se podría decir ahora, que se ha producido una “tinellización” de la política. ¿qué significa esto? Nuevamente se me aparece la idea de traspasar límites. De Angeli traspasa los límites, al estilo Tinelli, de la acción esperada de una entidad representativa de intereses sectoriales: adopta un estilo “espectacular”, con un lenguaje popular, accesible a todos. Se enfrenta al Gobierno, enfrenta su autoridad, enfrenta a la Justicia, propone “escrachar” diputados, corta rutas, viola la ley, tergiversa sentidos, viola normas institucionales que regulan una sociedad constituida democráticamente.

Tinelli y la cultura. La figura de Tinelli y sus programas nos lleva a preguntarnos qué significa la cultura y cuáles deben ser sus contenidos. La tinellización aludiría, entonces, a cierta desculturalización o degradación, como si algo se hubiera perdido. Nos preguntamos ¿qué es “eso” que perdió la cultura? Desde la acción cultural que desarrolla a través de sus programas, Tinelli traspasa límites. Muestra lo que en televisión, como escena pública y accesible, no se debería mostrar: se habla en un tono desmesurado, se dicen todo lo que se le puede pasar a un hombre por la cabeza cuando ve a una mujer semidesnuda, se reafirma el sentido común en relación al diferente, a través del prejuicio, el chiste que produce burla. En el parloteo, sin puntos ni comas, desaparecen los matices, no se establecen jerarquías, o se ocultan cuando, por ejemplo, Tinelli le habla a quienes trabajan detrás de las cámaras en un gesto populista como seguramente debe hablar el patrón de estancia a los peones. El tono de voz, como grito, debe expresar siempre alegría, y, si no se grita, es que uno es un aburrido.

Style. El “estilo Tinelli” se ha irradiado a múltiples esferas. Se puede observar en los medios masivos en general, en los videos de los viajes de fin de curso, en las fiestas infantiles, en una creciente cantidad de espectáculos, en los animadores de fiestas de la colectividad judía, en fiestas de quince, en fiestas de casamiento de nuevas y viejas clases altas que han incorporado la cumbia como una forma de diversión. Allí, estas clases traspasan los límites en una sociedad desigual donde –desde los noventa–, cada vez es más difícil cruzar los límites de clase. Entonces, ¿es Tinelli o en realidad Tinelli supo captar como artista, en tanto creador, una estructura de sentimiento de la cultura contemporánea? ¿Es posible generar otra forma de artista con incidencia en nuevas estructuras de sentimiento en la sociedad capitalista cuya cultura está atravesada casi en su totalidad por el valor de la mercancía?

Nuevos tiempos. En la actualidad, en un estilo característico de la cultura popular, Tinelli recupera rasgos de la cultura global contemporánea presentes también en otros formatos televisivos más potables, “menos tinellizados”, producidos para otros sectores sociales. Como señala el sociólogo norteamericano Daniel Bell, si un valor de la sociedad de consumo norteamericana se ha irradiado al mundo, ése es el éxito, que está asociado no sólo con la capacidad de acumular dinero sino con demostrar que se sabe gastarlo y gozar con él. Y agregamos nosotros: en ese goce, aparece el sexo en múltiples discursos y formas según las clases sociales y el capital cultural que las construya y las distinga. El dinero, en este caso, está destinado al mejoramiento del cuerpo femenino para tener éxito con los hombres, y los hombres destinarán el dinero para tener mujeres. Si el sexo es, como escribió Max Lerner –periodista del NYT en los años 60–, la última frontera de la vida norteamericana, entonces el motivo de la realización en una sociedad exitista halla su culminación en el sexo.

El hedonista. Ahora, Tinelli traspasa los límites en función de un hedonismo sexista en lenguaje popular de la misma manera que otras sitcoms americanas lo hacen para las nuevas clases medias –las cuales encarnan, sostenidas en un discurso legítimo, el deber del placer–. Los caminos en la búsqueda de la felicidad constituyen la existencia humana, por eso son insondables e inseguros. Quizás la leve baja del rating de sus programas pueda pensarse en ese sentido.

*Especialista en Consumos Culturales.

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