Nota de Lila Luchessi en La Ventana, de Página 12, sobre la lógica dual del tratamiento de antagonismos en el ritmo productivo de la televisión.

LA VENTANA › MEDIOS Y COMUNICACION

Picture in picture

La actuación de los medios en torno del conflicto del “campo” no sólo ha permitido el análisis acerca de las posiciones y del comportamiento de medios y periodistas, sino que ha dejado al descubierto los límites de la propia información que recibe la ciudadanía. Y no siempre ha tenido en cuenta que no basta con la crítica a los medios, sino que hay que considerar las condiciones estructurales que los generan.

“El a las 15, ella a las 17.” Con móviles en los cortes más importantes, el hotel de la conferencia del PJ y la Casa de Gobierno, el zócalo enmarca la información. Tanto el Gobierno como el partido que lo llevó al poder fijarán posición con dos horas de diferencia. Los ojos puestos en la Cadena Nacional, de la que la Presidenta hará uso por cuarta vez desde su asunción, llenan la previa de supuestos, especulaciones y valoraciones apuradas. Con más adjetivos que datos, la información circula plagada de ejercicios de futurología sobre medidas, reacciones y espontaneidades.

Es que la gente no se organiza y en esa desorganización se sostiene el halo pristino de la antipolítica. Del otro lado, como si sólo fuesen posibles dos, la institucionalidad se manifiesta en lo espurio de lo planificado, del poder ejercido, de lo político. Claro está que las nuevas tecnologías permiten cadenas de mails, mensajes de texto y hasta llamadas crispadas a quienes no manifiestan sus conformidades ante tanta espontaneidad. Sin necesidad de agentes de prensa, los sectores pseudodespolitizados encuentran nuevos evangelizadores a los que los movileros denominan “protestantes”. Una nueva forma de militantes negados que invierten pulsos de telefonía en nombre de algo a lo que llaman campo. En la fantasía del “protestante”, el picture in picture recrea que todos somos iguales ante el big brother. Y, si se les permite, son más iguales que los que tienen el poder, pero una imagen más chica en las pantallas de la tele.

Esta idea da cuenta de modos de pensar y conocer en la sociedad actual. Esos que estipulan la simultaneidad instantánea de dos (y sólo dos) ideas contrapuestas en un patchwork pixelado. En los medios modernos, asociados a la actividad industrial, la vieja teoría de las dos campanas presuponía que un gong, a fuerza de vaivén, se silenciara para escuchar al otro. En los medios actuales, asociados a la lógica informacional, el picture in picture, presupone la coexistencia del griterío donde la batuta la tienen conductores y cronistas. En este contexto, los medios son el escenario donde se dan las pujas sociales y políticas. Articulados, entrelazados e hipervinculados, generan una red digresiva y superficial. La necesidad de instantaneidad conlleva reenvíos constantes hacia otros productores del sistema. Con ellos, el valor de la primicia se pierde para no correr los riesgos que estipulan los tiempos de la confirmación de los datos. Entonces, la información a la que la sociedad accede es de segunda, tercera y cuarta mano.

A pesar de esto, el 82 por ciento de los consumidores de información mediática plantea que su primera fuente informativa es la televisión. Tal vez seducidos por la imagen y por el vivo, les asignan a las noticias televisivas una credibilidad mayor. ¿En qué se sustenta esta idea? En el “ver para creer” y en la fantasía colectiva de volver acto el slogan de la CNN: acceder a “lo que está sucediendo”. Sin embargo, es también en la televisión donde se resume información de los diarios, las revistas y las páginas de Internet. El hipervínculo, que sólo es factible en los medios digitales, se corporiza en los más tradicionales a través del ritmo que imprimen las nuevas formas de producción informativa. Los medios digitales son los que marcan el tempo con el que se piensa, se comercia, se negocia y se produce dentro y fuera de ellos. También, la ilusión del borramiento fronterizo para hacer negocios, manejar economías y comunicarse, sin tiempo y sin distancia, con cualquiera y de cualquier forma.

Esta impronta se ve en la celeridad con la que circula la información, diversificada por muchos canales, pero unificada en cuanto a sus contenidos. La supuesta diversidad que permiten las nuevas tecnologías encuentra en los productos mediáticos más y más unicidad. Es en esta mirada unívoca donde la ciudadanía adquiere la información y los modos de comprenderla. Con un vínculo, a otro vínculo y a otro vínculo se configuran las miradas sobre la política y la sociedad, los actores que las componen y las pujas que se establecen. En un contexto con estos marcos comprensivos, la información requiere de una simplificación cada vez más grande de los temas que son complejos o la directa omisión de lo que se considera incomprensible. Tanto productores como consumidores naturalizan los borramientos (limítrofes, institucionales, regulatorios) que licuan la posibilidad de establecer reglas de juego. Abolidos todos los criterios de selección y jerarquización de la información sólo queda la espontaneidad: instantánea, despolitizada y sin más límites que la pantalla del televisor.

* Profesora-investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

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