¿La convocatoria a movilizarse a través de SMS es “espontánea”? Nota de Alejandra Dandan en Página 12 indaga en la relación entre espontaneidad y tecnologías, uno de los tópicos de las protestas con cacerolas y otras expresiones de descontento.

EL PAIS › LA CONVOCATORIA A LOS CACEROLAZOS HABRIA PARTIDO DESDE COMPUTADORAS

De cómo organizar la espontaneidad

Para convocar a las protestas contra el Gobierno se habrían enviado mensajes a teléfonos desde computadoras que procesan bases de datos. Especialistas en informática y en comunicación analizan el fenómeno social.

Por Alejandra Dandan

El destinatario lo oyó enseguida. El mensaje de texto se repetía como tantas otras veces, como en tantos otros teléfonos: “A las 20 en todo el país –decía– bocinazos y cacerolazos para pedir un basta Cristina. Pasar el mensaje”. Y el mensaje pasó. La misma señal llegó ese lunes 16 a celulares de oficiales de la Armada, pero también la recibieron coroneles del Ejército y agentes de la Policía Federal, entre muchas otras personas. El mismo día, dos fuentes de confianza aseguraron a PáginaI12 que por lo menos parte de los mensajes no se habrían disparado “artesanalmente” desde la lista de contactos de un celular, sino a través de dos computadoras. Una, ubicada en Rosario. Otra, en el edificio de Remonta y Veterinaria del Ejército, el área de la fuerza más vinculada al campo por sus actividades agroganaderas.

Al día siguiente, el Gobierno terminó instalando en la agenda política aquellos mensajes de textos. “¡Qué van a ser espontáneas!”, se quejó de las protestas el ex presidente Néstor Kirchner, en su primera conferencia de prensa, mientras intentaba menguar el poder de convocatoria supuestamente “no organizado” de los últimos cacerolazos. Pero, ¿estuvieron preparados?

Hugo Scolnik es director del departamento de computación de la facultad de Ciencias Exactas de la UBA y uno de los especialistas en sistemas más consultados del país. PáginaI12 le preguntó si, a su juicio, los SMS son “espontáneos” o son parte de una “conspiración”, como parece indicar la presencia de las computadoras. “En general –dice– esto se hace con computadoras. Se procesan bases de datos de números de teléfonos en broadcasting (un mensaje que se trasmite a muchos destinatarios) en un procedimiento automático.” A su criterio, eso significa que una parte no determinada de mensajes (pero una parte importante) no sale de un teléfono, sino del corazón inteligente una máquina.

“Se trata de un método que no es legal porque las bases deberían ser privadas –indica–, pero se consiguen fácilmente. Lo más sencillo son los mercados informales, las ofrecen por todos lados.” Bases de datos similares alimentan las campañas públicas por SMS que anuncian vencimientos de pagos en ciertas jurisdicciones o aquella que el Ministerio del Interior lanzó en el verano para prevenir accidentes en las rutas.

Lo que ocurre de allí en adelante con los mensajes depende, en cambio, de otros factores, como el momento y el contexto. Pero ni el momento ni el contexto, escapan a la velocidad de trasmisión que ahora tienen los mensajes, un dato central a la hora de decidir movilizar.

La trama de los mensajes dejó perplejos a varios cordobeses: muchos se preguntaron cómo algunos SMS lograban llegar en cuestión de segundos a destinatarios claves. “A mí me llegaron a las tres de la tarde”, dice Agustín Sigal, estudiante de física de la Universidad Nacional de Córdoba. La cadena que terminó ese día en su pequeño teléfono lo convocó a un cacerolazo para “echar” al Gobierno. “No decía ni dónde, ni a qué hora”, cuenta él, todavía incrédulo. Como les pasó a otros, también intentó averiguar rápidamente de dónde había llegado. Después de un momento, supo que el primer conocido que lo recibió era Leandro, un estudiante de ingeniería en telecomunicaciones de Río Cuarto. El mismo mensaje también le llegó a otra amiga, una estudiante de cine. Entre uno y otro, el punto en común era que ambos viven en Córdoba, pero además que cada una de las familias mantenía algún tipo de relación con el campo. El padre de su amiga, por ejemplo, “tiene muchas hectáreas” y el padre de Leandro es comerciante con algún vínculo con el agro y su mujer es docente de la universidad.

Ezequiel Alvarez es físico de la UBA, investigador del Conicet y uno de los sorprendidos por la distribución de los mensajes. “Es que si cada persona recibe y envía a todos sus contactos un mensaje –dice–, el crecimiento es exponencial y no ya lineal. A tal punto, que si una persona lo envía sólo a diez contactos y esos diez a otros diez, en diez pasos como máximo la humanidad entera (si todos tuvieran teléfonos) conocería el mensaje, porque llegaría a más de seis mil millones de personas.” Alvarez aclara que se trata sólo de un “modelo matemático: improbable pero no imposible”. Quien manda una vez sólo manda una vez; nadie corta la cadena y supone que nadie manda mensajes al mismo teléfono dos veces. En términos ideales, si en cada paso demora además sólo diez minutos por vez: ese mensaje llegaría a todos lados en menos de cien minutos. En cambio, si la comunicación fuera aún lineal, tardaría por lo menos mil años (si cada paso, además, tardara un minuto).

Martín Becerra, que es un especialista en comunicación, investigador del Conicet y de la UNQ, sostiene que un punto de inflexión en el desarrollo de las tecnologías de la comunicación se marcó en 2001 –cuando la presencia masiva del SMS todavía no existía en Argentina y muchas personas salieron a las calles–. “Hasta ese momento, la cantidad de teléfonos móviles del país era igual a la cantidad de teléfonos fijos: cada parque tenía siete millones de líneas, representaba a un 20 por ciento de la población.” De 2002 a 2006, los celulares pasaron de cubrir el 20 por ciento a cubrir el 50 por ciento, con poco menos de 20 millones de líneas, y ahora superan al 70 por ciento de la población, con unos 27 millones de teléfonos.

“Pero si yo tuviera que explicar las razones para entender estas convocatorias masivas que aparecen de la noche a la mañana –dice Becerra– no lo explicaría sólo por el teléfono o Internet.” Para que las convocatorias sean masivas, indica, además de teléfonos tiene que haber lo que en su hipótesis define como “activo militante”: “Aquella persona que forma parte de una organización cualquiera y por supuesto que busca poner al servicio de su organización a las tecnologías y eso es un clásico de la historia”. Sus ejemplos van de la Revolución Rusa de 1917 a los vecinos de Gualeguaychú. “Una ciudad que ahora vive curtida por una experiencia de conflicto social de cuatro años –dice– y está atravesada por redes de convocatoria con mucha acción militante, pero eso no es lo que se ve en Santa Fe y Callao, donde la gente parece haberle dado más crédito a la televisión por su simulacro de lo real, porque no te deja lugar a dudas, y eso con el SMS no ocurre, porque los que vienen no identificados se leen como un spam.”

Alejandro Kaufman, director de Comunicación de la UBA, coincide en que el alcance del SMS es limitado. “En un teatro a sala llena, si alguien grita ‘fuego’ la gente probablemente entra en pánico y eso es porque el mensaje llega de determinada manera: las condiciones del lugar hacen que la gente esté distraída con otra cosa y como carece de datos para descartar o confirmar la información, se espanta. Cosa que no ocurre en otra situación. Por eso se tienen que conjugar ciertas variables para que eso funcione, como la perspectiva de riesgo y de peligro como para que genere una reacción masiva insurreccional. Eso mismo del teatro fue lo que sucedió en estos días en la calle, y se parece más bien a las reacciones del tipo pánicas.” Para Kaufman, la sociedad argentina está sometida a la lógica catastrófica de los medios de comunicación. Y aunque es un fenómeno global, que en otros lugares remite a temas como el terrorismo, “entre nosotros las noticias tienen un tratamiento específico que está vinculado con los fenómenos de la inseguridad e inflación desde hace muchos años, incluso durante la dictadura”. Esos parecen ser los dos grandes miedos argentinos, y en ese contexto un SMS funciona como el grito de fuego en una sala de teatro.

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