Discusión entre Horacio González y Vicente Palermo sobre la carta abierta firmada por varios centenares de docentes, investigadores, artistas, periodistas, etc. a raíz del conflicto del campo. El 5 de junio se agrega una respuesta de Palermo a González y una columna de Roberto Gargarella (reproducidas abajo de las primeras). Publicadas en Página 12.

EL PAIS › DEBATE ENTRE LOS INTELECTUALES POR EL CONFLICTO AGRARIO

De populistas y liberales

Entre las diversas discusiones que generó, la Carta Abierta/1 firmada por más de 1300 personas vinculadas con la cultura recibió una crítica réplica del sociólogo e investigador Vicente Palermo. El también sociólogo y profesor de la UBA Horacio González le respondió. Aquí se publican ambos textos.

Por Horacio González 

La verdad, me gustaría pensar como Tito Palermo, apreciado amigo de otras épocas y que nunca ha cesado en mi estima. Valoro su reflexión persistente, la tarea que se ha atribuido para combatir a favor del buen argumento, de la correcta razón de tolerancia, de la responsabilidad sin rarezas ni paradojas. Tito es un liberal y nada de eso me incomoda. Ciertos aspectos del liberalismo me parecen atractivos; por ejemplo, su estilo sustractivo para resolver conflictos. Si se presenta una falla real, un inconveniente en la armonía de las cosas, el liberal sustrae. Ante un problema donde está en juego la cuestión nacional, el liberal pide sustracción del nacionalismo. Queda pues el lado liberal del problema, un nacionalismo sin nación. Eso soluciona el conflicto, el restar del problema su condición de tal. Queda su osatura mínima. Sustraído el nacionalismo de la nación, queda en pie un árbol institucional, enjuto, la racionalidad en sí misma. Si el problema es una efusión política que parece carente de cimientos previsibles, hay que restar el voluntarismo. Queda nuevamente un hueso duro de la acción, el sí mismo de una institución clara y distinta. Si se avecinan enfrentamientos que sin duda hay que definir con lenguajes precisos –los que usamos en la Carta Abierta/1 pretenden serlo, pero están sometidos, como todo, a revisión y querella–, Tito también sustrae. En este caso, sustrae “el tiempo más o menos épico”. Sin épica –habrá que definir mejor lo que eso implica– la política queda convertida en una adecuación constante entre enunciados y resultados. Sin brecha, desajuste o descompás. Se sustraen elementos perturbadores de una reflexión a fin de hacerla perfecta, descarnada, lineal. Tito: definís tu fastidio por toda política de “voluntad triunfal” que no tenga en cuenta “los resultados de esa acción”. Es decir, nada de “ética de la convicción”, como un célebre conferenciante les infirió a los estudiantes alemanes de 1919. Nuevamente, la sustracción. ¿Qué se sustrae aquí? Todo lo que tenga que ver con una incoincidencia entre lo que se enuncia como rasgo real del carácter de lo político –su inevitable incompletud–, y los resultados efectivos, que suelen ser rebeldes a la previsión, pues pueden desmentir el punto de partida inicial, o bien pueden enriquecerlo, o si no mostrar que se trataba de una ilusión catastrófica. ¿Pero podemos saberlo antes? El liberal es el que sustrae. Sustrae la voluntad, pero no dice que sustrae la conciencia realizadora, sustrae la épica, pero no dice que sustrae el sino paradojal de la acción entre lo público y lo larvado en la actividad colectiva. Dice sustraer la moral populista –la propensión a ver el “mal” en los adversarios al fin de cuentas producidos por los errores propios–, pero en realidad sustrae la política.

Dije antes que ciertos aspectos del liberalismo son interesantes. Precisamente, el mecanismo crítico de la sustracción, encarna el método liberal. Todos lo usamos. Pensar una dificultad es un ejercicio de diferencia, extracción o despeje de alguno de los términos del problema. Un “ingrediente liberal” hay en cualquier tipo de razonamiento político. Eso lleva también a cierto estilo polémico, lo que ya me gusta menos. El de Tito es así: con ustedes puedo debatir, conozco a muchos de los firmantes de la carta y los creo bastante sinceros (proposición), pero en verdad están totalmente equivocados, son populistas, mitológicos, voluntaristas y reducen la vida política a una contradicción entre el bien y el mal (sustracción). Pobre dialéctica esa, que es la misma que ve, erradamente, en lo que llama “populismo”. La describe cuando afirma que hay un tipo de conflicto del que “el peronismo no se sabe sustraer”. Se trata del conflicto que tiene una parte “moral” en donde se expresa el “voluntarismo” y otra parte “torva” donde se llama a la “conciliación”. Amigo Tito, viejo compañero, con qué facilidad nos llamás a que sustraigamos de la política el corazón mismo de lo político. Con qué desprecio nos tratás después de decir que nos “respetabas”. ¿Por qué no revisás los dos momentos de tu propio pensamiento, esa “moral” liberal no menos binaria y la “conciliación” de lo político en una insignificante transparencia, una vez que le sacaste todo? Sí, no me molesta el método liberal de sustraer para pensar, para proponerle intersticios a la política. Me molesta el liberalismo “esencialista” –te devuelvo un poco del ungüento que le habrás aplicado a otros– que confunde un método válido con un veredicto inmovilizante sobre la política, descontaminada de todo vínculo con sus descompases, sus cismas incesantes. Finalmente tu escrito, dictado por tu festejable voluntad polémica –es un resto “voluntarista” que quizás deberías revisar para hacer de tu liberalismo, al fin, sinónimo de política neutra, inodora, insípida– termina echándole toda la culpa al Gobierno, por ser obediente a aquel mecanismo de “voluntarismo y fracaso”. Esquema moral, también. Dicotomía pobrecita. Lo cierto, Tito, es que el Gobierno ha cometido una cierta cantidad de errores, bastantes, quizá muchos, que acaso quepan en una formación entera de un tren bala. Pero no se lo ataca por eso, que podría ser corregido, revisto, o en el caso de su política “balística”, acompañado ya por la real reconstrucción del sistema ferroviario. No digo que, personalmente, me gusten los giros y ensueños neodesarrollistas. Pero los ataques provienen de la observación crítica que se hace no contra las modernizaciones a la “Puerto Madero”, que nadie en el país, salvo nosotros, criticamos. Sino que se lo ataca por lo que de él se ha visto, por lo que de él se intuye, en relación con la diferencia de lenguaje político y social que ha establecido. Desdeñosamente se lo acusa de “cooptación” por tomar y asumir cuestiones de interpretación de la historia reciente y pasada que abren las puertas de una reconstrucción de lo político. Ya ves, Tito. Cuando se dice “cooptación”, es decir, usurpación de los temas de la reparación social, estamos en el punto contrario a la sustracción. El liberal sustrae, el cooptador agrega. Agrega al otro que ha embelesado. El liberal ve cooptación por todas partes. Como sólo intenta desagregar, se expone así a descalabrar el lenguaje con el que habla. Y el lenguaje es a la vez agregativo y sustractivo. Constituye y destituye. La lengua liberal, históricamente, en sus grandes maestros, fue destituyente, lo que en la memoria histórica del mundo moderno, resultó en grandes realizaciones contra los absolutismos. Pasada la edad gloriosa, queda su propio mito, sobre el que no le es dado reflexionar acabadamente, y remedando su ilusión fundadora, parodia de sí misma, se torna “antipopulista” para no verse en el espejo derivativo de los varios reaccionarismos mundiales. He allí la cuestión “destituyente”. No que haya golpe, pero es imposible negar que hay un movimiento generalizado de degradación y arrasamiento de la voz pública, de naturaleza implícita, no registrada en la superficie de los enunciados sino en el coletazo semántico que le sigue como injuria –ver la modalidad habitual del “comentario participativo” en los diarios, en su edición electrónica, sustituyendo la vieja carta de lectores firmada por un campeonato descalificador, emitiendo botellazos y escupidas de a miles–, que no es una mera oposición, sino una acción basada en el detritus del lenguaje, en construcciones anónimas, advertencias profetizantes que mencionan la sangre para decir, obvio, que no se la quiere, en fin, la extenuación última del lenguaje político común, antesala de la corrosión de la institución pública. Para decir todo eso se puede invocar al liberalismo o a Hannah Arendt. Para los vertiginosos lectores de solapa, tanto da.

Bueno, Tito, me despido, agradeciendo tu carta. La polémica, si atinada, hace revivir a los escritos. Tenés razón en molestarte por el énfasis “legendario” que tienen ciertos pensamientos políticos. Por ejemplo, leo en el diario que Kirchner en San Juan habló, para atacar a la oposición, de una “nueva Unión Democrática”. Ya sé: no supo sustraer el voluntarismo, el populismo, la mitología, el chicanerismo, el laclauismo, el significantevacioísmo, el avivatoísmo –como quien esgrimiría una cuestión de derechos humanos para hacer pasar la bala del tren y tantas cosas más–. Pero pensá que, si en lugar de esas rápidas acuarelas emanadas de una grave situación cuya descripción nueva no es fácil para nadie, si tuviéramos tu lenguaje despojado, sustraído, robado de toda historicidad, nos tendríamos que despedir de la pasión intrínseca al pensamiento político, que supone una explicación inmediata tomada del bastidor antiguo y la esperanza de restituirla luego de un modo más singular, redescribiendo más sugerentemente las contraposiciones reales, pero ahora sin perder la pepita de oro de la vida política y de la vida en general, es decir, “la alegría que se escapa entrelíneas”. No te gusta eso, pero voy a contribuir un poco a sacarte de tu ilusión liberal –aunque ciertos aspectos de ese “método”, ya dije, no me disgustan–. En tu carta, para decir que nos concedés un argumento, empleás la expresión “puedo darles de barato”. Me gustó. Tu estadía en Brasil. Y la mía. Este modismo, que no hay por qué no usar en nuestra lengua habitual, pues es común aunque acá en desuso, me recordó el destino de nuestros textos. En ellos sí no somos los liberales de la sustracción de lo que por descuido o elegancia –lo que es casi lo mismo– se cuela en nuestra vida de los tramos anteriores ya vividos. Los arrastramos sin desprendernos de ellos, son como nuestra condenable “unión democrática”, y resurge en entrelíneas, se nos escapa, revelando que podemos ser liberales en el método e iliberales cuando balbuceamos en temas de la razón histórica. Eso, Tito, te lo doy de barato, o sea, te lo cedo sin más, ni importa por qué, de amigo nomás.

* Sociólogo (UBA), director de la Biblioteca Nacional.

A los firmantes de la Carta Abierta/1

Por Vicente Palermo *

Escribo esta carta porque los respeto y considero valioso y políticamente promisorio discutir con ustedes. No me interesa discutir con Mariano Grondona, ni hacer la vivisección de Alfredo De Angeli, a quien conozco de naranjo en sus pasos no menos desatinados que los de ahora como protestador rural, como activista del movimiento ambiental de Gualeguaychú que el gobierno nacional respaldó sin cortapisas en sus objetivos absurdos, diagnósticos tremendistas y metodologías “iliberales” (cría cuervos que te sacarán los ojos). Los respeto por las trayectorias comunes que tengo con muchos de ustedes, y porque convocan a la discusión. Quien escribe y dice lo que quiere ha de leer y escuchar quizás lo que no quiere.

Ustedes dicen que desde 2003 la política ha vuelto a ocupar un lugar central en la Argentina. Aunque no coincido con las visiones que sostienen que la política se allanó, en América del Sur en general, y hasta la nueva ola de gobiernos que ustedes mencionan, a la voluntad de los “discursos hegemónicos”, el “pensamiento único” y el poder de los mercados, sí creo que, emblemáticamente, la experiencia de la Alianza se podría leer como la defección trágica de la política. Puedo darles de barato que así haya sido, lo que de paso me facilita las cosas para una primera crítica a mis propias posiciones pasadas, ya que acompañé al Frepaso y la Alianza mucho más que la mayoría de ustedes. En ese sentido, no les falta razón: la gestión K (aunque omiten a otros protagonistas de este mismo cambio, iniciado con Duhalde) representa una restitución del lugar de lo político. Tras la debacle de la convertibilidad y el derrumbe económico, social y político, muchos estábamos tan abrumados por el fracaso de la experiencia de la Alianza que nuestro diagnóstico acerca de lo posible no incluía algunas de las decisiones más importantes que en materia político-económica tomaron Duhalde-Remes-Lavagna y Kirchner-Lavagna. Hubo en ellas política, y política acertada; mérito conspicuo que hay que reconocer.

El problema es que la voluntad política, o la restitución para la política del lugar que le corresponde, se ha convertido, casi desde un principio de las gestiones K, en el triunfo de la voluntad. Diría que esa concepción define un talante para encarar la política, consistente en la más absurda exaltación de la voluntad y la más ciega fe en “nuestra” capacidad de usar de modo virtuoso el poder. Según este talante la voluntad política es condición necesaria y suficiente para todo cuanto importa. Y la virtud se da por descontada. Pero la historia es un cementerio de experiencias en las que triunfos iniciales de la voluntad son seguidos por derrotas y desastres catastróficos. Este, y no otro, es el núcleo duro del llamado “setentismo”. Con voluntad política todo se puede: hacer una política macroeconómica inconsistente, mantener un comportamiento de compadrito en el contexto internacional, decidir que la Argentina precisa un tren bala, disponer que los agentes económicos se avengan a ser desplumados sin chistar. Claro, para esto hace falta dinero, pero, principalmente, hace falta, populismo político. Tanto populismo como el necesario para cubrir la diferencia entre la voluntad política triunfal en acción y sus resultados. Tanto populismo como rebeldes sean los precios, los intereses y otros malvados de la vida. Cuanto más rechina la maquinaria de la voluntad política en acción más populismo es necesario.

Y esto, ¿qué tiene de inconveniente? Para los K parecería que nada, dan la impresión de que no entendieron mal, sino demasiado bien, a Laclau. ¿Qué tiene de inconveniente que el choque de la voluntad política triunfante con los malvados de la vida nos obligue a denunciar a los malvados de la vida por oligarcas, golpistas, antidemocráticos, desestabilizadores, destituyentes? Ese es el tipo de conflicto político del que el peronismo tarde o temprano no se sabe sustraer: un conflicto moral, entre buenos y malos, pueblo y antipueblo, nación y antinación.

La voluntad política triunfante precisa inevitablemente (con la convicción de que precisa de ello para acabar por triunfar para siempre) reconstituir en términos populistas conflictos de intereses que son, como en cualquier país del mundo, hechos malvados de la vida. Y que podrían ser procesados políticamente de muy diferentes maneras. “Asistimos en nuestro país –comienza vuestra carta– a una dura confrontación entre sectores… históricamente dominantes y un gobierno democrático…”. No creo abusar del texto afirmando que la alegría se les escapa entrelíneas.

“¡Por fin!”, me parece leer, “el tipo de conflictos por los que la lucha política vale la pena”. Pero, ¿”se ha instalado un clima destituyente”? No lo creo; pero, ¿a quién le cabría la principal responsabilidad por ello? ¿Quién hizo todo lo necesario para “dar lugar a alianzas que llegaron a enarbolar la amenaza del hambre… y agitaron cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional”? El propio gobierno con el que ustedes se alinean. Y ¿por qué lo hizo? ¿Porque “intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía”? Creo que cualquier examen serio de los acontecimientos refuta esta interpretación palmariamente. Si el Gobierno se ve hoy frente a este cuadro, no es en razón de sus buenas intenciones sino, o bien por sus graves errores, o bien por decisiones de productividad política populista que no son errores, sino resultados de sus convicciones políticas y normativas.

Lo peor es que estamos retrocediendo nuevamente, a pasos agigantados, en el camino que nos lleve “hacia horizontes de más justicia y mayor equidad”. Los platos rotos del desastre no los van a pagar los malvados de la vida ni los buenos del triunfo de la voluntad. Agregan ustedes que “en la actual confrontación… juegan un papel fundamental los medios masivos de comunicación más concentrados”. No voy a defender a esos medios, y ciertamente hubo “distorsión”, “prejuicio”, “racismo”, etc. Pero vuestra afirmación de que los medios concentrados han tenido un papel determinante en la configuración de los términos del conflicto me suena fantasiosa, conspiracionista y hasta paranoica. Claro, la reacción de los grandes medios ante la actividad de un observatorio será siempre dura (y el documento del observatorio universitario tiene aciertos muy meritorios); y la discusión pública, abierta, plural, y alejada del oficialismo, del papel de los medios, es indispensable. Pero la historia de un gobierno que movido por un valiente impulso de llevar a cabo reformas distributivas y mejorar los modos de intervención estatal en la esfera pública (va una chicana: ¿se refieren al Indec?, ¿a la política tributaria?, ¿a la gestión de los recursos fiscales?, ¿a los mimos a sectores económicos también muy concentrados?, ¿a las regulaciones que beneficiaron a grandes medios de comunicación?), sufre, en virtud de ello, la dura confrontación de los sectores históricamente dominantes, confrontación en la que a su vez juegan un papel fundamental los medios, parece un relato extraído de un vetusto manual del peronismo histórico, y no una explicación verosímil de los acontecimientos.

En todo caso, no parecen ustedes haberse esforzado demasiado para diseñar o mejorar los fundamentos de una estrategia política responsable, una estrategia que permita avanzar hacia “horizontes de más justicia y equidad” en lugar de arremeter hacia fracasos tras los cuales ni ustedes ni yo estaremos entre los principales perjudicados –i.e., los pobres y los excluidos–.

Ustedes no me parecen esta vez muy coherentes. Dicen que es necesario “discutir y participar en la lenta constitución de un nuevo y complejo sujeto político popular”. Pero, ¿adónde están la lentitud, la perplejidad, la prudencia, la mesura, el temple, necesarios? Veo en vuestras líneas otra cosa: un entusiasmo algo rabioso por el re-advenimiento de un tiempo más o menos épico. Es más, se trataría de introducir premura: “Uno de los puntos débiles de los gobiernos latinoamericanos, incluido el de Cristina Fernández, es que no asumen la urgente tarea de construir una política a la altura de los desafíos de esta época, que tenga como horizonte lo político emancipatorio”; y “creemos indispensable señalar los límites y retrasos del Gobierno en aplicar políticas redistributivas de clara reforma social”. Creo que se han hecho un embrollo –ahora ven un gobierno retrasado en aquello que, antes dijeron, habría sido el disparador de la, según ustedes, más gigantesca coalición reactiva de la que se tenga memoria en Argentina desde 1976–.

Me tomo vuestras recomendaciones de política en serio y me imagino en los zapatos de Cristina Fernández, o de Lula, asumiendo esa “urgente tarea” y no me veo nada bien equipado. Critican ustedes “las políticas definidas sin la conveniente y necesaria participación de los ciudadanos”. Curioso, ¡el caso del conflicto que nos ocupa es un excelente ejemplo! Pero antes habían aludido a él hablando de “derechos [del Ejecutivo] y poder político constitucional [del Ejecutivo] para efectivizar sus programas de acción” (inconstitucional tal vez no sea, pero me parece un pelín alevoso referirse a la definición de una política tributaria de primer orden nacional, a través de una simple resolución ministerial, posibilitada por el otorgamiento de facultades extraordinariamente extraordinarias al Poder Ejecutivo por el Congreso, en una materia en el que la constitución dice taxativamente que el Ejecutivo no puede legislar ni siquiera bajo aducidos imperativos de necesidad y urgencia).

Me pregunto qué tipo de conflictos se habrían suscitado y qué tipo de actores en conflicto se habrían constituido si, en lugar de anunciar el Gobierno las retenciones móviles, hubiera enviado al Parlamento un proyecto de ley de renta potencial de la tierra que permitiera reemplazar gradualmente las retenciones, junto a un programa de coparticipación impositiva que estableciera para los sectores productivos medianos y pequeños la esperanza de que parte importante de sus impuestos contribuya a mejorar la productividad sistémica de sus regiones y de la economía argentina en general.

No ha sido por “instalar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política” que los sectores concentrados han logrado el respaldo activo de actores sociales que hasta hace poco resultaba impensable que lograran y que el Gobierno ve desfondarse su popularidad.

Llaman ustedes a la creación de un espacio político plural de debate que reúna y permita actuar colectivamente. Asumo de buena fe que el espacio político plural en el que están pensando incluye la controversia franca y abierta y no el silencio.

* Sociólogo (UBA/Conicet).

EL PAIS › DOS REFLEXIONES SOBRE ASPECTOS POLITICOS Y LEGALES VINCULADOS AL CONFLICTO RURAL

Mirando por sobre las tranqueras

Roberto Gargarella analiza la disputa entre el Gobierno y las entidades agrarias a la luz de la Constitución. Vicente Palermo continúa su debate con Horacio González, surgido a partir de la Carta Abierta/1 y cuya primera parte fue publicada el 29 de mayo.

Por Roberto Gargarella *

Notablemente, el debate en torno de la tensión “gobierno-campo” ha ignorado de modo sistemático una parte esencial a dicho conflicto, relacionada con lo que el derecho, y nuestra Constitución en particular, tienen para decir sobre el tema. La omisión es notable porque, desde el punto de vista jurídico –según me interesará sostener– el conflicto encuentra respuestas muy claras. La Constitución es, en tal sentido, una guía necesaria a la hora de definir mucho de lo que el Gobierno puede hacer y debe dejar de hacer, al mismo tiempo que (aunque este punto, debo decirlo, es más polémico) ella muestra por qué ciertos reclamos “del campo” son inaceptables. Es decir, leyendo e interpretando el derecho uno puede ver por qué, desde ambos lados, se están haciendo reclamos jurídicamente inaceptables.

Empiezo por lo primero, relacionado con la decisión del Gobierno de establecer un aumento significativo en las retenciones, a través de una resolución ministerial. Al respecto, el texto de la Constitución es claro a los gritos: ningún gobierno puede tomar decisiones de carácter legislativo a través del Poder Ejecutivo, tal como ha sido la costumbre argentina en los últimos largos años. Para condenar las normas así decididas, la Constitución señala, ante todo, que tales disposiciones están prohibidas “bajo pena de nulidad absoluta e insanable” (art. 99, inc. 3). La afirmación no puede ser más rotunda. Por si hiciera falta, el texto constitucional dedica otro artículo a prohibir las delegaciones legislativas (salvo en materia de administración o de emergencia pública, situaciones fundamentalmente irrelevantes para el caso que nos ocupa, art. 76). Y más aún, ella limita estrictamente la posibilidad de dictar decretos de necesidad y urgencia. Y no termina allí: ella sostiene que tales decretos sólo pueden ser considerados aceptables cuando “circunstancias excepcionales” impidan que el propio Congreso sea quien decida (circunstancias excepcionales que, por supuesto, no son las que hoy existen en nuestro “normalizado” país, en donde obviamente el Congreso se encuentra en condiciones de sesionar y legislar). Y por si todavía le quedaran dudas a alguno, la Constitución señala que en absolutamente ningún caso –ni siquiera en aquellas limitadísimas circunstancias excepcionales antes mencionadas– el Poder Ejecutivo puede establecer regulaciones en materia tributaria. Y por si todavía nos quedara alguna duda, debe aclararse que el aumento en las retenciones del caso no fue realizado ni siquiera a través de decretos de necesidad y urgencia –lo cual hubiera estado prohibido, aunque hubiera sido una violación constitucional más habitual—, sino a través de una resolución ministerial. Es decir, por cuestiones procedimentales, las medidas decididas por el Gobierno en materia de retenciones resultan, simplemente, nulas de nulidad insanable.

Dicho esto, y por otro lado, quisiera ocuparme del aspecto sustantivo –y ya no procedimental– del problema constitucional en juego. En tal sentido, sostendría lo siguiente: la Constitución no merece ser interpretada como poniendo límites a la posibilidad de que un gobierno decida, por los canales apropiados, su política económica, más allá de que dicha política sea liberal, conservadora, socialista, o alguna combinación de todas estas alternativas. El Gobierno debe tener las manos fundamentalmente libres en este respecto, y el Poder Judicial no debe aceptar ninguna invitación a invalidar planes económicos por más o menos progresistas que ellos sean. El Poder Judicial no puede ni debe reemplazar al poder político: él debe respetar las decisiones democráticas de las mayorías, democráticamente adoptadas. Pero, por ello mismo, porque la democracia debe tener márgenes de acción muy amplios para decidir sobre políticas sustantivas, es que resulta crucial que aseguremos estrictamente que tales decisiones sean tomadas con absoluto respeto por los procedimientos fijados por la Constitución.

Mi último punto es más especulativo, y tiene que ver con una pregunta. La pregunta es la siguiente: por qué es que el Gobierno y “el campo” no reconocen lo indiscutible, es decir, que es obvio que la Constitución le prohíbe al Poder Ejecutivo decidir del modo en que lo ha hecho (y lo obliga a recurrir al Congreso), del mismo modo que es obvio que los representantes del “campo” no pueden exigir que el Gobierno cambie su política económica, como si tuvieran un derecho constitucional a obtener ganancias extraordinarias a fijar, ellos mismos, el nivel de las retenciones que corresponde (aunque, por supuesto, “el campo” debe ser protegido en su posibilidad de criticar al Gobierno en razón de las políticas que aquél decida aplicar). Según entiendo, el sorprendente resultado con el que convivimos se produce como resultado de una práctica que lleva años, por la cual el Poder Ejecutivo y el “campo” se han habituado a actuar y decidir de espaldas a las instancias de discusión democrática definidas por nuestra Constitución. Ese es, finalmente, uno de los centros del problema: el Ejecutivo está acostumbrado a ver al Congreso como un mero apéndice o una molestia, mientras que “el campo” tampoco quiere recurrir al Congreso porque está acostumbrado a lidiar con un Ejecutivo dócil o simplemente cómplice de sus demandas.

* Doctor en Derecho, profesor de Derecho Constitucional en la UBA y la UTDT.ç

El liberalismo y la sustracción

Por Vicente Palermo *

Querido Horacio: Agradezco, valoro y retribuyo el sincero afecto que expresa tu carta.

Me temo que has construido un muñeco de paja, lo has calificado de liberal y bautizado Tito Palermo, y trascartón te has dedicado a arrojar piedras contra él.

Pues bien, ese sayo no me lo pongo. En mi opinión, el liberalismo político no es ajeno ni a la voluntad política ni a la pasión ni al conflicto y no puedo, por tanto, compartir tu identificación del liberalismo con la sustracción de la política. Pero llego en este camino nomás hasta aquí. Si existen, los liberales a secas que se defiendan solos.

El diablo está en los detalles, y en el blend están todas la diferencias que importan. Por tanto, en lo que me atañe, y dado nuestro mutuo conocimiento, encuentro sumamente curioso que me despaches al purgatorio de los sustractores de la política y de la voluntad política. Te ves para eso obligado a hacer unos malabares muy desconcertantes. Tu carta es algo reiterativa: me calificás en tus escasas cuatro páginas de liberal media docena de veces y acompañás cada calificación con un solo argumento, invariable, y una sucesión de ejemplos. Me basta con el primero: “Ante un problema donde está en juego la cuestión nacional, el liberal pide sustracción del nacionalismo… Eso soluciona el conflicto, el restar del problema su condición de tal. Queda su osatura mínima. Sustraído el nacionalismo de la nación, queda en pie un árbol institucional, enjuto, la racionalidad en sí misma”. Juro estar convencido de que ésa ni vos mismo te la creés en lo que a mí respecta. Desde luego, no pienso como vos, porque no creo que “sustraído el nacionalismo de la nación” queden apenas unas instituciones y una racionalidad. Pero lo asombroso no es disentir contigo, lo asombroso es que creas que podés describir así mi forma de pensar y actuar políticamente. Me remito a debates bien conocidos, densos política y culturalmente, y a un librito que publiqué hace más de un año, Sal en las heridas, lleno de pasión y compromiso con nuestro país y en contra del modo nacionalista de proponernos identidad nacional. Lo que hacés es como si a mí se me ocurriera, por el hecho de que hablás de cooptación, por ejemplo, sostener que sos un seguidor de las modas actuales creyendo que toda política es populista y todo lo político es populismo.

No puedo sino rejuntar las perlitas de tus calificaciones; te referís a mi “lenguaje despojado, sustraído, robado de toda historicidad”, a mi “liberalismo” sinónimo de política neutra, inodora, insípida; a mi “ilusión liberal”. En la carta en la que, según vos, “en realidad” sustraigo la política, me refiero a cursos de acción diferentes a los que ustedes celebran o justifican en vuestra carta plenamente políticos, conflictivos, que suponen actores, tensión, lucha, historia, valores. La identificación que te das el lujo de hacer, entre lo político y el modo en que te gusta o creés necesario que lo político sea, se hace patente en la presentación final de tu dilema: hay que elegir, ensuciándose las manos, entre Kirchner que ataca a la oposición tildándola de nueva unión democrática, y ese lenguaje despojado, sustraído, robado de historicidad. En otras palabras, para vos, la elección es entre un Kirchner que, ya sabés (decís), “no supo sustraer el voluntarismo, el populismo, la mitología, el chicanerismo, el laclauismo, el significantevacioísmo, el avivatoísmo” y la nada. ¿Por qué no elegir entre ir a quemar iglesias o defender el matrimonio religioso y la educación católica en las escuelas? ¿O entre Chávez y los golpistas?

Tu dilema corre por tu cuenta; lo dolorosamente llamativo es que hagas como que no ves que mi posición, que podrá ser equivocada, es tan densamente política como la tuya. Tan llena de pasión y compromiso. En 1955, antes del golpe, no había quienes activamente lucharan por reformular el conflicto y el antagonismo argentinos. Ahora sí; no sé si somos pocos o muchos, pero estamos haciendo tanta política como ustedes.

La dimensión liberal –para usar tu palabra– en esto no está ausente, al contrario: presta especial atención a las formas en que el poder es gestionado, a los modos en que los conflictos se procesan y en que los adversarios se constituyen. Se importa mucho con cosas tales como la lentitud, la perplejidad, la prudencia, la mesura, el temple, necesarios en la acción con todo aquello, en fin, que te ha dado la real gana de denominar sustracción de la política y de la voluntad. Como ves, no te he dado de barato esta vez ni un tranco de pulga. Un fuerte abrazo, Tito.

* Sociólogo (UBA), investigador del Conicet.