La industria del libro es de las más cerradas a la hora de evaluar públicamente el desempeño del sector. Aquí, mediante la entrevista a Ana María Cabanellas, presidenta de la Cámara Argentina del Libro en la Revista Ñ, se analiza la realidad de la industria.

LA PRESIDENTA DE LA UIE

“Me da pena el mercado editorial latinoamericano”

Ana María Cabanellas, primera presidenta de la Cámara Argentina del Libro y actual conductora de la Unión Internacional de Editores dispara contra funcionarios, cuenta amenazas y miserias del universo Gutenberg y explica cuáles son los frenos para el desarrollo de los libros electrónicos en la región.

EN JUICIO CON GOOGLE. Los libros electrónicos y el libre acceso a la cultura, ejes del enfrentamiento entre la entidad que preside Cabanellas y una de las corporaciones más importantes del mundo.

CABANELLAS VS GOOGLE. “En Argentina no medimos lo que pasa con la piratería”.

La política y el mundo editorial comparten -a pesar de lo que la mayoría suele pensar- vicios y bondades por igual. Sin embargo, también sufren -motu proprio- la escasez de mujeres en las mesas chicas en las que se dirimen las batallas de ambos universos.

No obstante, los dos campos experimentaron en el último tiempo y también mediante elecciones, una tendencia natural al equilibrio de género. Ahora dos mujeres se sientan en los estrados vernáculos más decisivos de ambas plantas. La más poderosa, que no precisa ser nombrada, sucedió a su marido en su primera experiencia ejecutiva. La segunda ya suma casi cinco períodos al frente de los cargos más relevantes del mundo editorial. Se trata de la primera argentina y la primera mujer en ser presidenta de la Unión Internacional de Editores (UIE), entidad que desde 1896 representa los intereses de las cámaras editoriales de todo el mundo. “Soy la que conseguí que Frankfurt nos convocara como invitado de honor en la feria de 2010, aunque el gobierno no hizo nada”, dispara sin temor por las consecuencias de semejante presentación.

La de Frankfurt es la feria editorial más importante del mundo: por eso Ana María Cabanellas argumenta y denuncia la desidia de algunos funcionarios enquistados en puestos vitales del aparato cultural desde hace más de diez años.

“El gobierno español, en cambio organiza citas para los editores, no pagás ni el café. Pero acá, se preocuparon en llenar el avión con invitados para la feria de Venezuela y sólo fueron tres editores”, adelanta. Sin embargo, la también titular de las modestas editoriales Claridad y Heliasta, prefiere hablar de su gestión y evitar que ambos mundos, más tangenciales que paralelos, vuelvan a toparse en un encontronazo.

-¿Cuáles son los objetivos de la UIE?

-Ahora no somos más una asociación de editores, sino una federación en la que están las asociaciones nacionales y los grupos internacionales, como el grupo interamericano, la asociación africana, etc. Nuestros objetivos siempre fueron la libre circulación de los libros, la protección del derecho de autor y la promoción de la lectura. A ese objetivo se le añadió la libertad de publicación.

-¿Cómo es entonces la relación entre las asociaciones ricas y pobres?

-Con las europeas hay problemas, porque son las más representadas en el comité ejecutivo de la Unión. Cuesta mucho trabajo hacer lugar para las más pequeñas, pero qué te puedo decir yo si soy la presidenta de la UIE, siendo la cabeza de una empresa mínima en la Argentina. Puedo decirte que me apoyan en las decisiones, que me apoyan con unanimidad y por eso nadie compitió conmigo en la reelección. Pero claro, los editores africanos se quejan de que no pueden crecer ante la competencia de semejantes multinacionales de la industria.

-Y desde su experiencia y perspectiva ¿cómo juzga la realidad del mercado argentino y latinoamericano?

(Piensa, hace un silencio, el más largo de la charla.)

-Aunque mejoró mucho, me da pena el mercado editorial de nuestros países porque no estamos invirtiendo en las ediciones electrónicas, en los e-books. La edición electrónica en Latinoamérica no está llevada adelante por los editores. Muchos son piratas lamentablemente o gente que viene de otros sectores. Hay un espacio y no se trabaja en los e-books por la desconfianza en cuanto a la piratería.

-¿No existe una antinomia entonces entre el soporte papel y el electrónico? ¿Por qué se demora tanto el promocionado desarrollo de los e-books?

-El problema son los fabricantes de hardware que te quieren imponer enseguida nuevos modelos de sus equipos, que no son compatibles con los softwares con los que veníamos trabajando: no te dejan crecer. Desde la UIE fomentamos la edición electrónica, pero cuando te enfrentas con gigantes como Google, que tratan de digitalizar todo el libro a tus espaldas en pos del libre acceso a la cultura (porque rige la ley del lugar de la persona que lo está mirando) sin darte ningún tipo de participación. Ahora estamos creando una especie de idioma con los diarios, la idea es que todos los servidores puedan saber qué están bajando los usuarios. Va a haber diferentes voces disponibles a un costo mínimo y la posibilidad de imprimir el texto una sola vez.

-Una constante en Argentina es la ausencia de estadísticas que arrojen luz sobre el sector. ¿Desde la UIE cuentan con otras cifras?

-Es muy difícil conseguir estadísticas en el mundo entero. Los españoles son muy buenos, la excepción. El resto no acompaña, es una cuestión cultural, pero universal. Nosotros dimos cifras en la penúltima Feria de Frankfurt y no le gustaron a nadie, porque demostramos cómo la industria editorial vende como mayorista dos veces más que la de la música. A los del libro tampoco les gustó porque critiqué que nadie mete la mano en el bolsillo para combatir la piratería.

-¿Cuál es la principal amenaza para el mercado editorial?

-El mayor problema es la defensa del derecho de autor, porque hay cada vez más excepciones y menos incentivos para los editores y los autores. Las leyes en contra de la piratería incluyen cada vez más excepciones. El derecho de autor es complicado, porque es difícil de medir, de evaluar, y —suspira— es difícil no convertirse en un cerdo egoísta y aceptar que gente menos capacitada acceda a los libros.

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