raíz de la cobertura mediática del conflicto del campo, Diario sobre diarios publica en su Zona Dura un informe con el título ¿Los medios construyen o reflejan la realidad?

Responden Amado Suárez, Becerra, Martini, Mastrini y Wiñazki

¿Los medios de comunicación
“reflejan” o “construyen” la realidad?

Luego de la propuesta oficial – a instancias de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA- de reactivar el Observatorio de Medios contra la Discriminación, los principales diarios porteños reaccionaron corporativamente y en algunas de sus expresiones trataron con dureza a profesores y académicos por esa iniciativa. Nunca como en estos días, la academia y las redacciones estuvieron más distantes. Por eso DsD presenta hoy una compulsa entre destacados profesionales para superar la discordia y generar un debate que debería ser razonable, sincero y sin chicanas políticas.

En la reciente polémica entre el Gobierno y los medios por el tratamiento que éstos le dieron al “lockout” o “paro” agrario, hubo varias opiniones desde los diarios y las entidades que los agrupan. Todas ellas defendieron el rol de la prensa asegurando que los medios “reflejan” la realidad, o bien que funcionan como un “espejo” de lo que ocurre en el país. De esa manera lo expresaron el editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum y el adjunto Ricardo Roa; el director de Crítica, Jorge Lanata; el diario La Nación a través de un editorial y, a través de un comunicado, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).

Ese supuesto debate acerca de si los medios “reflejan” la realidad real o son constructores de la denominada “realidad mediática” ha sido encarado y resuelto por diversas teorías de comunicación hace décadas. La producción bibliográfica al respecto es abultada. Tanto que para varios especialistas en comunicación el debate está saldado desde hace varios años.

Que haya editores y dueños de medios que continúen utilizando frases como “reflejar la realidad”, “periodismo objetivo”, “los hechos son sagrados, las opiniones son libres”, “periodismo independiente” o “periodismo puro” pareciera tener que ver más con criterios de marketing de la empresa periodística que con una valoración honesta del trabajo periodístico. Y, en muchas ocasiones, cuando los dueños o editores de diarios se escudan ante las críticas afirmando que el medio “refleja la realidad”, no lo hacen por ignorancia (ya que en general tienen todos mucha experiencia y conocimientos), sino para evitar un debate de fondo: cuáles son los elementos y las limitaciones del medio para hacer esa “construcción”.

En la falacia también caen, muchas veces, aquellos que hacen una crítica a los medios pidiendo que sean “objetivos” o que “reflejen bien la realidad”, que “digan la verdad” puesto que esas cosas son contrarias a la esencia de los medios.

Todo esto no implica que, como los medios no pueden ser “objetivos”, den rienda suelta a la inventiva sin relación con lo que ocurre en la “realidad real”. La “objetividad” hoy por hoy, funciona como esas metas a las que se apunta, sabiendo que nunca se las alcanzará. En la actualidad, el “equilibrio” en el tratamiento informativo y la mayor cantidad de fuentes identificables en torno a una noticia conforman el núcleo central del consenso entre especialistas sobre el manejo de la información.

Pero esas son consideraciones que hace el DsD -por su cuenta- para realizar una introducción a esta Zona Dura que no se sostiene en este preámbulo sino en las opiniones de reconocidos profesores, algunos de ellos también periodistas.

Con el objetivo de tener mayores precisiones y una mirada autorizada sobre este tema, Diario sobre Diarios, consultó a seis profesores especialistas en medios y comunicación. Ellos son (por orden alfabético): Adriana Amado Suárez (directora de la carrera de Comunicación Social de la UCES), Martín Becerra (profesor e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes), Stella Martini (profesora de Comunicación y de Periodismo, Facultad de Ciencias Sociales, UBA), Guillermo Mastrini (titular de la cátedra Políticas y Planificación de la Comunicación, facultad de Ciencias Sociales, UBA) y Miguel Wiñazki (director de la maestría de periodismo Clarín- San Andrés y editor de la sección “Medios” de Clarín). También se consultó a Eliseo Verón, quien no respondió el cuestionario.

A todos ellos se les formulo por escrito las siguientes dos preguntas, que se presentan ahora seguidas de las respuestas de cada uno de ellos, para facilitar la lectura y enriquecer las miradas. Presentamos entonces la compulsa:
1) ¿Usted considera que los medios “reflejan” la realidad, o la “construyen” en base a distintas variables?

Adriana Amado Suárez: Académicamente, las teorías en uso tratan de explicar las distintas versiones de la forma de construir que tienen los medios (construyen discursos, versiones, realidades, imaginarios), en la que coinciden, por lo que deberíamos suponer anacrónica la versión de la función “reflejo” de los medios. Sin embargo, esta perspectiva está muy fuertemente instalada no sólo en los medios, que reclaman para sí los privilegios que tendrían de oficiar como espejo de la sociedad, sino que está implícita en las voces críticas que reclaman cierta “objetividad” o un “reflejo debido”. En esta línea se incluyen todas las observaciones que se hacen a los medios en base a conceptos como “desvío”, “distorsión”, “omisión”. Si como sostiene Verón, la objetividad es la versión de los hechos que el lector daría si él estuviera en el lugar del que relata, deberíamos asumir que hay tantas “objetividades” como interpretantes. Sin embargo, hoy la discusión sigue anclada en el vínculo del discurso de los medios con los hechos, cuando sería más productivo estar preguntándonos por la relación de cada medio con sus interpretantes y si está claramente explicitado el lugar desde el cual se está construyendo el relato. Las críticas serían sustentables en los casos en que el medio se postula como el único portador de la verdad. En la práctica, para ser consecuente con la perspectiva de la construcción, lo que debería quedar muy claro para el espectador o el lector es el alcance del recorte que el medio hace para presentarle esa versión de los hechos. La responsabilidad de los medios para con sus lectores debería priorizar la transparencia de la posición que asume al relatar los hechos, y la humildad en recalcar que eso que cuenta no es la gran verdad, sino su versión posible (esto es, la que puede dar por ideología, afinidad, compromisos comerciales, etc.). El problema con el que nos enfrentamos actualmente es que nadie asume claramente en la escena pública sus afinidades y todos, a la vez, se presentan como portadores de la realidad que la sociedad debería conocer. Como si además fuera posible que, aun habiendo un único mensaje, la sociedad lo leyera unívocamente, como si se tratara de un gran bloque interpretante. Y sabemos que eso también es imposible.

Martín Becerra: Los medios reflejan versiones de la realidad. Como en el cuento de Borges “Del rigor en la ciencia” en el que el arte de la cartografía había logrado una perfección tal que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad, es desatinado postular que los medios reflejan todo cuanto acontece. En rigor: los medios recortan porciones de la realidad y las re-presentan ante su audiencia. Esa re-presentación no es aséptica, no puede serlo. Más de mil años, desde Platón hasta hoy, permiten aseverar que la designación de las cosas nunca es neutra, que el enfoque de la realidad jamás es imparcial, que en la selección de las fuentes y de los testimonios hay tendencia. La representación de algunas porciones de la realidad merece estudiarse en relación con aquellas que no son representadas por los medios. Lo que aparece en ellos y lo que es omitido (por criterios de noticiabilidad siempre falibles), construye a su vez un marco de agenda que instala unos temas y valores determinados, en detrimento de otros.

Stella Martini: Hace más de 50 años que en todos los tratados sobre la noticia y en todas las carreras que forman periodistas se afirma que la noticia es el relato de un hecho, esto es, una versión, una construcción de un hecho. En las declaraciones de varios medios y periodistas aparece una oscura interpretación que identifica construcción con difamación o manipulación, como si la noticia fuera un producto “natural” alejado de todo artificio o tarea especializada (ergo, no existirían o no necesitaríamos periodistas). Piénsese por ejemplo que, en la historia de la investigación de los medios de comunicación, el paso de un modelo lineal nacido en las primeras décadas del siglo XX y que afirmaba un efecto inmediato de los productos mediáticos sobre conductas y actitudes de los individuos a otro no lineal de la comunicación que sostiene que se trata de efectos acumulativos sobre los sistemas de conocimiento de los individuos favorece a las empresas de medios y al periodismo porque les quita el “peso” de ser únicos responsables de ciertas conductas sociales, tal como señala el italiano Mauro Wolf (1989: 158- 159) asesor de la RAI hasta su muerte hace unos pocos años. Construir es hacer, la noticia se hace, es el modo “pedagógico” o mejor dicho cognitivamente accesible para que los individuos podamos conocer la diversidad, simultaneidad y densidad de un sinnúmero de hechos que no siempre suceden de forma ordenada y en un mismo espacio. Todos los medios reconocen que seleccionan lo que publican de un conjunto heterogéneo de acontecimientos según ciertos criterios de noticiabilidad y según su público e intención editorial y a partir de ella hacen la crónica. No hay objetividad absoluta posible porque por ejemplo lo que es relevante para un diario y es noticia de tapa no lo es de igual manera para otro (piénsese en que “Dramático: madre degollada”, en la tapa de un diario denominado popular, no aparecería en la denominada prensa seria o de referencia); o que por lo general nuestros medios informan escasamente sobre las provincias, o que América Latina no suele ser agenda en los medios europeos, entre tantas otras verificaciones que no podrían reducirse a que en las provincias argentinas o en América Latina “no pasa nada”. La construcción, que no es una “mala palabra”, dice de la misma índole de la tarea periodística. Si la noticia fuera el “espejo” de la realidad no necesitaríamos más que un diario, una estación de radio y otra de TV y no existirían las luchas por el rating, por la imposición de un diario. Porque no existe el pensamiento único, porque vivimos en un sistema democrático. De modo que nadie puede sin pecar de megalómano pensar que es poseedor de toda la verdad, o dicho en otros términos, la objetividad es imposible. Se espera que exista una ausencia de prejuicios y una cierta distancia con los acontecimientos: esa es la objetividad periodística. Y es lo que está en las afirmaciones por ejemplo de los manuales de estilo de diarios como Clarín (1997) y Perfil (1998): que las noticias sirvan a la sociedad cumpliendo con las condiciones de “precisión, integridad y equidad” ya que “una noticia no es sólo el hecho o el acontecimiento en sí, sino su reconstrucción” (Clarín, 197: 22) y sabiendo que “toda verdadera información es interpretación” por lo que “un diario es como una fábrica que refina y transforma informaciones” donde “con informaciones inéditas se construye la realidad. Todo buen periodista es un partero de informaciones” (Perfil, 1998: 32, 33 y 38). La idea de objetividad se constituye cultural e históricamente en una sociedad: es decir que hay un cierto consenso sobre el proyecto de país, de vida cotidiana, de futuro personal que se comparte y que de algún modo se mide en la voluntad que se expresa en las urnas. La presunción de objetividad está en la índole misma de la profesión y en la ética que la anima y se traduce en el intento de tomar distancia del hecho a cubrir y de dejar de lado los propios prejuicios e ideas partidarias en el momento de hacer la noticia. Porque la noticia es un género del gran conjunto que es la comunicación social que está constituida por diversas, similares y hasta contradictorias versiones de lo que pasa o ha pasado. Justamente, es propio de los medios de comunicación ordenar el mundo publicando versiones que se ajusten del modo más exacto posible a la realidad de los hechos y haciendo conocer todas las versiones y/o voces implicadas. La noticia es una construcción porque la realidad es una construcción social o sea que los individuos (y las instituciones y los emprendimientos y asociaciones y hasta los estamentos familiares) son los que producen los hechos de la realidad, algunos de esos hechos son noticia, son construidos por los medios a través de la selección de los mismos, de la relevancia que cada medio le otorga, de los modos de decir la noticia, diseñar una tapa, poner una primicia en el aire o usar el vivo televisivo. Sirva también de muestra el que los más de los 50 periodistas de los grandes medios que entrevisté junto a Lila Luchessi para el libro Los que hacen la noticia. Periodismo, información y poder afirmaron casi sin variaciones que el periodismo es un servicio público y que su vocación primera es la de informar correctamente a la población y defender la democracia. Y en ninguno de ellos apareció una reacción negativa acerca de preguntas sobre cómo se construyen las noticias y las agendas.

Guillermo Mastrini: Desde mi punto de vista hay una combinación de ambos factores. De alguna manera puede decirse que los medios producen un determinado recorte de la realidad. Son observadores y a la vez narradores de hechos. Y como no puede ser de otra manera, todo observador lo hace desde un punto de vista, y todo narrador incorpora su subjetividad en el relato. De esta forma se puede decir que hay una construcción de la realidad. Es decir que hay una mirada particular sobre un hecho social.
Ahora bien, los medios no crean los hechos sociales. Hay una dinámica social que permanentemente produce hechos. Además la sociedad ha constatado que una manera de alcanzar visibilidad social es a través de los medios de comunicación. Dado que lanzar un periódico o montar una estación de radio y televisión suele ser complicado y demasiado oneroso, la sociedad produce actos con el objetivo de que los medios recojan esa información. Pero lo que es claro es que son los medios los que elijen que temas cubrir y sobre todo desde que ángulo.
Las teorías modernas señalan la capacidad de los medios de establecer una agenda de temas que se priorizan en la información, llamada agenda setting.
Además hay que considerar que los medios de comunicación como empresas que son tienen intereses económicos y políticos que defender. En ese sentido la línea editorial del diario no puede interferir con sus propios intereses. Este hecho podría considerarse lógico, dichos intereses deberían ser claramente explicitados en aquellas noticias en las que informan sobre cuestiones que los afectan. Quienes leen un periódico no tienen porqué conocer, y de hecho en la mayoría de los casos no conocen, los intereses económicos cruzados que atraviesan una información. Un diario que sea propietario de la mayor empresa de cable, al referirse al sector telefónico, debería explicitar que en estos momentos la convergencia hace que ambas economías tienden a entrelazarse, y por lo tanto dicha información afecta directamente sus intereses. De esta manera el lector puede tener una mayor capacidad de análisis de la información.
Si no se toman recaudos vinculados a una ética periodística, no sólo hay construcción sino que además hay manipulación de la información. No me refiero con esto a manipulación de las conciencias, sino a la construcción de la noticia con un sentido determinado no explicito, que va mas allá de la mera información.

Miguel Wiñazki: La configuración propiamente noticiosa de la realidad es un flujo de representaciones activas. Ni pura y absoluta construcción, ni mero reflejo.
La representación es una exhibición mediada por una maquinaria comunicacional.
El Google Earth es un buen ejemplo. No es lo mismo el Himalaya in situ, que visto a través del Google Earth, pero Google exhibe virtualmente al Himalaya y no otra cosa, cuando eso es lo que se pretende ver. Si el internauta escribe Buenos Aires en el buscador y adviene Estambul a las pantallas, el fraude no será tolerado por quien busca.
El Google Earth es un ejemplo de representación automática, virtual e informacional del espacio. Es un vehículo de cierta especie de periodismo robótico. Un medio manejado al fin, por cada usuario que lo transita.
Los diarios, que hoy ya son híbridos impresos y digitales, generan información desde determinados ángulos y perspectivas. Son mapas informacionales de territorios materiales, que se vuelven territorios mediados por el ojo mediático.
El mero “relato”, en cambio, es una especie de mapa sin territorio. Por ejemplo: desplegar una crónica sobre los avatares de la vida del perro de una estrella de la TV es un modelo comunicacional lúdico, en el que emisores y receptores saben que ese relato es autónomo de todo territorio originariamente noticioso.
En cambio, si estalló una bomba y hubo muertos y heridos, debe haber representación, y no mero relato sobre la nada.
Si una bomba estalló en la AMIA, un medio periodístico no puede afirmar que no ha estallado. El acontecimiento se impone.
La representación periodística, es un proceso vivo de exhibición con palabras, sonidos, imágenes e infografías, de lo que sucedió y lo que sucede, así como el Google Earth muestra la tierra, y configura para su aparición en las pantallas.
Por cierto, hay siempre un inmenso campo de la realidad que no aparece en los medios. Pero la revolución tecnológica permite desocultar cada vez más flancos antes oscuros. Las audiencias existen, actúan e interactúan con los medios. Las audiencias son el observatorio mediático esencial.
El usuario puede acceder a la información, viéndola, oyéndola, leyéndola en papel, mirando la televisión o navegando por Internet por los espacios por los que quiere navegar, observando el espacio desde distintos ángulos y enfoques.
Los medios otorgan miradas en perspectiva sobre los hechos que a la vez se asocian o confrontan de pronto con las miradas y perspectivas de sus usuarios. Las perspectivas son disímiles, y las miradas también. Pero es esa la riqueza del periodismo: el conflicto de las interpretaciones relativas a los hechos representados.

2) ¿Cómo cree que podría abordarse esta discusión (mediante un debate de especialistas, un observatorio de medios, etc)?

Adriana Amado Suárez: La discusión hoy pareciera estar centrada en ver quién va a imponer su posición, si los medios, los periodistas, los académicos, el gobierno, el estado. Esta disputa parece olvidarse que el derecho a la comunicación implica sólo parcialmente el derecho de expresión, que es el que defienden la mayoría de los medios al ratificar la versión de los hechos que han presentado. También implica el derecho a la información, que es el que tienen los ciudadanos de recibir todo aquello que necesitan conocer para tomar sus decisiones. Entonces la discusión debería alejarse de quién refleja mejor una hipotéticamente única realidad, sino si todos los ciudadanos hoy contamos con una pluralidad de medios suficiente como para que todos los grupos sociales encuentren la lectura de la realidad que más se les parece. Y la otra gran pregunta es si todos los medios cuentan con igualdad de condiciones para realizar su tarea, esto es, si todos tienen el mismo derecho de acceso a la información pública, si tienen las mismas facilidades para producir información, si tienen igualdad en el acceso a las condiciones tecnológicas de difusión. Es decir, si es derecho a la comunicación se respeta hoy plenamente en la Argentina, considerando los derechos de opinión, de expresión, de información, y de acceso a los medios y tecnologías de la comunicación. Desde esta perspectiva, está más claro que hay una enorme inequidad a favor de unos pocos. Y acá se echa de menos la acción del estado protegiendo a la ciudadanía en su conjunto. Quizás estamos demasiado decepcionados al ver en los 25 años de democracia acciones de gobiernos respondiendo a intereses coyunturales de unos pocos medios. Ni unos ni otros han contribuido para la consolidación de una ciudadanía comunicativa plena, al menos no hay hitos destacables en este sentido, y en cambio sí tenemos una cronología de sucesos que están abiertamente en contra de un sistema democrático de comunicación.

Martín Becerra: La discusión debe ser pública y sin tabúes: los medios forman parte de la cultura de la sociedad (interpelada de modo constante por flujos mediáticos convergentes) y el espacio público debe poder interrogarse acerca de su funcionamiento sin que nadie tenga prerrogativas. Es ilógico que en una democracia se pueda hablar de todo menos de los medios. En Francia, Alemania y España hay instancias creadas por el Estado que son independientes de la gestión (contingente) de gobierno, que observan el funcionamiento de los medios como estrategia de progreso. El Consejo Superior del Audiovisual francés, por ejemplo, tiene incluso poder de sanción. Lo medular es que estas instancias sean plurales e independientes del gobierno. Pueden estar integradas por políticos de distintas extracciones, de diferentes provincias (garantizando participación federal), por especialistas en comunicación social (no es por sesgo corporativo si afirmo que en la Argentina existe un divorcio entre el sistema comercial de medios, el estamento político que emite regulaciones, y la academia), por representantes de la cultura. Estos integrantes, en algunos países, requieren de la aprobación de los dos tercios del Parlamento para garantizar su criterio plural. Creo que no es casual que en los casi 200 años de historia argentina no existan ejemplos como los de los países europeos, de entes públicos no gubernamentales que regulen el funcionamiento de los medios: sencillamente, en una mirada cortoplacista característica de nuestro “ser nacional”, tanto para el estamento político como para los operadores comerciales de los medios, resulta más ventajoso negociar (y pelearse, que es parte de toda negociación) en una mesa chica antes que ceder atribuciones al espacio público.

Stella Martini: No me parece que la discusión que se ha hecho pública en los últimos tiempos es sobre el concepto de noticia, aunque así haya sido planteada por algunos medios que sostienen que sólo “reflejan” la realidad: se trata en lo inmediato sobre los problemas derivados de su construcción, esto es, los modos de simplificar hechos y problemas complejos y de calificar a los diferentes actores y sectores sociales y de desinformar afirmando que son los medios los únicos capaces de explicar el mundo. Aunque creo que no hay una sola manera de abordar esta discusión, la propuesta de un Observatorio que se hizo pública recientemente es coherente y consistente. Lo cierto es que imprescindible hacerlo porque la labor de posibilitar el acceso al conocimiento de la realidad implica una muy alta responsabilidad social. En un país en que la libertad de prensa está garantizada y donde no hace falta explicar que los medios publican sin censura, las opiniones divergentes no constituyen censura alguna sino un modo de completar el cuadro de los datos sobre todos los acontecimientos sociopolíticos y el ejercicio de la libertad de expresión que no es exclusivo de los medios de prensa. En tal sentido, considero que la discusión debe incluir a instituciones estatales y gubernamentales, a través de los organismos competentes- desde el COMFER hasta el INADI-, especialistas en el área pertenecientes a instituciones públicas, y miembros de las diferentes agrupaciones gremiales del periodismo. El Estado tiene sus instituciones con roles definidos y públicamente conocidos; los gremios de prensa han declarado históricamente su compromiso ético con la sociedad, y la trayectoria de las universidades públicas- ya que no sólo la UBA participará de tal instancia- aportará la mirada crítica desde la ciencia, que tiene su focalización política pero no partidaria, plural, toda vez que las universidades públicas son estatales y no gubernamentales y su misma trayectoria y estatutos así lo avalan. Justamente, desde esa convicción se manifestó la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, a través de su órgano superior, el Consejo Directivo- elegido democráticamente entre los claustros docentes, de graduados y de estudiantes- por la responsabilidad científica que la constituye como alta casa de estudios y por su deber implícito de transferir sus saberes y los resultados de sus investigaciones a la sociedad. La instancia para discutir y monitorear los productos noticiosos es un servicio público. Cualquier otra implicancia que se pretenda atribuirle niega la vigencia del derecho de los pueblos a la información plural y del derecho a ser sujetos de la información de modo equitativo y no discriminatorio.
Si, como anoté arriba, la información hecha noticia es una versión de los acontecimientos, toda versión que hace a la comunicación pública debe, puede y necesita ser leída con atención y capacidad crítica para asegurar que los individuos sean ciudadanos plenos y no simplemente “gente” o “público”, para lo cual necesitan todas las versiones de la realidad, datos imprescindibles para la reflexión y formación de opinión, y por tanto para su real participación, que va más allá del “sí” o el “no” y para que ciertas conductas sociales no debiliten la democracia, en la confusión de personas y roles institucionales. Los medios son parte del empresariado nacional y hacen negocios con sus productos, hecho cuya discusión está fuera de la cuestión: el problema es que no se trata de cualquier mercancía. Quizás uno de los problemas mayores radique en confundir acciones diferentes: hacer conocer la realidad y hacer oposición y/o hacer denuncia y hacer denuncismo, intentando ejercer un equivocado rol de cuarto poder. Por otra parte, se podría argüir que si los diversos tipos de consumo están en el ojo de instituciones públicas y privadas, es natural que lo sean igualmente las noticias, y cito el Manual de Estilo de Clarín que el mismo diario define como “oportunidad más de difundir nuestro compromiso con la sociedad… de esta manera queremos ofrecer más elementos para transparentar nuestro trabajo y para que nos puedan juzgar por él y pedirnos cuenta” (1997: p.16).

Guillermo Mastrini: Uno de los debates del periodismo de hoy es quien controla al controlador. Si durante muchos años se considero al periodismo como el perro guardián que controlaba a los gobiernos, la pregunta hoy es quien controla que el ejercicio de la libertad de expresión, que debe garantizarse de forma ilimitada, no genere abusos. Especialmente cuando el sector de los medios de comunicación ha sufrido un fuerte proceso de concentración que ha reducido enormemente las opciones disponibles para el consumo mediático.
En este sentido un Observatorio de medios, que pueda opinar sobre el accionar de los medios de comunicación no parece una mala opción. Por supuesto, que no debería quedar acotado al ámbito gubernamental, sino que seria sumamente oportuno que el mismo cuente con la mayor participación social.
Otra opción son los debates de especialistas e incluso los propios consejos de la prensa, ámbitos de autorregulación que suelen existir en varios países del mundo. Pero para que esto tenga sentido es preciso que puedan darse debates serios que trasciendan la defensa corporativa del sector de la prensa.
Y no se puede renegar nunca de la capacidad de intervención del Estado. No para restringir la libertad de expresión (como a veces proceden los gobiernos) sino para garantizarla mediante la constitución, las leyes y la justicia. Pero para garantizar que esa libertad pueda ser usufructuada por el conjunto de la ciudadanía, no sólo por los profesionales de la comunicación.

Miguel Wiñazki: La cuestión debe abordarse permanentemente. Este es un tiempo fantástico de transformación mediático, y existe un espacio interior a los medios y otro exterior y vinculado a ellos, desde donde debatir lo que en ellos acontece. Todo debate argumental es útil y necesario. Y los Observatorios son imprescindibles, diría, como estructuras organizadas para comprender a los medios, para cuantificar sus errores, para comparararlos entre sí. El concepto de Observatorio proviene como sabemos de la astronomía. Mirar científicamente a las estrellas y al cielo requiere de un minucioso trabajo. Lo mismo cabe esperar de los Observatorios de Medios. Son útiles aquellos que substancian sus observaciones con rigor, y son menos útiles los que se amparan en el declaracionismo conceptualista, que no analiza y compara a los medios, y que sí pontifica sin substancia.
A la vez, está el ámbito académico vinculado al análisis mediático: las carreras de grado y de posgrado en comunicación. Allí, a mi juicio es necesario articular la esfera conceptual con la pragmática. Aprender, aprender y enseñar las diversas teorías de la comunicación, y aprender, aprehender y enseñar como se hace cada día periodismo en una redacción.
La crítica de la razón mediática requiere conocer a Habermas, y también saber hacer un epígrafe.

DsD 16 – 4 – 2008