Nota de Martín Becerra en La Nación sobre la polémica entre el gobierno y algunos medios a raíz de la resurrección del Observatorio de la dicriminación.

Opinión

La “mesa chica”, antes que el espacio público

Por Martín Becerra – LA NACION – Sábado 12 de abril de 2008

La Argentina del último mes emitió torrentes de realidad para el análisis. El conflicto del campo, la reacción del Gobierno y la cobertura mediática provocaron, entre otras derivaciones, una polémica acerca de la resurrección del Observatorio sobre la Discriminación, creado en 2006, que tuvo hasta ahora poca actividad y nula incidencia.

La tendencia creciente a tensar posiciones cerriles (cuando no autistas) en torno a una discusión que debería ser plural y sin tabúes, degrada los mejores juicios para definir la realidad en términos dicotómicos. En este esquema dual, en el que toda intervención connota funcionalidad a uno de los intereses en pugna, una declaración de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA fue velozmente caracterizada de oficialista. En otro contexto, sería una oportunidad para integrar a los medios, junto con otros actores sociales, como objetos de reflexión sobre los atributos del espacio público.

En Francia, Alemania y España hay instancias creadas por el Estado que son independientes de la gestión (siempre contingente) de gobierno, que observan el funcionamiento de los medios (de gestión estatal o privada) con el resguardo de la diversidad y la pluralidad de quienes realizan esa observación. El Consejo del Audiovisual francés, por ejemplo, tiene incluso poder de sanción. El Consejo Audiovisual de Cataluña elabora desde hace años informes sobre el trato de las minorías en los medios y ejerce una labor pedagógica que contribuye a que el “contrato de lectura” entre los medios y la sociedad sea más pulcro.

Estas instancias deben ser plurales e independientes, y se debe evitar su mímesis con el gobierno y con el mercado. Pueden estar integradas por políticos de distintas extracciones, de diferentes provincias (al asegurar una voz federal ausente en este debate), por periodistas de diferentes medios (audiovisual, prensa, Internet), por especialistas en comunicación social, por representantes de la cultura. Estos integrantes, en algunos países, requieren de la aprobación de los dos tercios del Parlamento para garantizar su criterio plural.

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Los medios re-presentan porciones de la realidad. Lo que aparece en ellos y lo que es omitido (por criterios de noticiabilidad siempre falibles), construye a su vez un marco de agenda que instala unos temas y valores determinados, en detrimento de otros. La cobertura mediática del conflicto del campo demostró, una vez más, que el enfoque de la realidad jamás es imparcial, que en la selección de las fuentes y de los testimonios hay tendencia, y que se puede erosionar la posición de algunos actores para favorecer la imagen pública de otros. Es necesario hablar de ello.

Es ilógico que en democracia se pueda hablar de todo, menos de los medios. Que en los casi 200 años de historia argentina no existan ejemplos como los de los países europeos, de entes públicos no gubernamentales que observen y regulen el funcionamiento de los medios no es algo casual: con una lógica cortoplacista desententida del valor de la comunicación como articuladora del espacio público, a gran parte del estamento político y a muchos operadores comerciales de los medios les resulta más ventajoso negociar en una “mesa chica” antes que ceder atribuciones a la sociedad.

El autor de la nota es investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). 

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