Excelente artículo de Pablo Sirvén en La Nación sobre el conflicto que dejó sin ficción a la televisión abierta en la Argentina.

Entrelíneas

La hoguera de las vanidades

El conflicto entre actores y productoras devela una trama de mutua incomprensión

– Por Pablo Sirvén –  Domingo 2 de diciembre de 2007 |  Edición impresa

A ningún diario se le ocurriría no sacar a la calle su edición cotidiana sólo porque parte de su personal pudiese estar en conflicto. El empresariado televisivo, en cambio, en estos días, hace exactamente al revés ya que levantó unilateralmente las ficciones, incluso las repetidas.

El virtual haraquiri con que la TV se castiga al desnudar su pantalla de tiras y unitarios para escarmentar a los díscolos actores, que pretenden trabajar menos y ganar más, también golpea al televidente, que ha quedado en el medio como rehén de las dos partes, que no saben ponerse de acuerdo.

Hace ya varias semanas productores y figuras tironean para conseguir la posición más ventajosa posible en materia salarial y de carga horaria. Sorprendentemente no les cuesta tanto acercar criterios en lo primero, pero en lo segundo no se conceden ni medio minuto. Pero ¿quién explota a quién? ¿Las productoras ofrecen trabajo en condiciones denigrantes o los actores quieren jornadas laborales más aliviadas y mejor remuneradas que el resto de los mortales?

Primera sorpresa: los empresarios, pudiendo optar por pasar programas ya vistos o acortar sus duraciones, prefirieron la opción extrema de extirpar hasta el último vestigio de ficción local, en tanto que el conflicto persista, aun a riesgo de romper la rutina del telespectador, obligado a prescindir de sus programas favoritos. Pero ese frente ya se resquebrajó: América no aguantó más y empezó a repetir capítulos de Lalola con tal de no perder su modesto tercer puesto en el rating general.

Segunda sorpresa: la muy parca Cámara Argentina de Productores Independientes (Capit) y la muda por completo Asociación de Telerradiodifusoras Argentinas (ATA) callan siempre ante las flagrantes informalidades en los horarios de la TV, la competencia salvaje entre sus asociados, el robo sistemático de imágenes de un canal a otro, la violación permanente del horario de protección al menor y los contenidos atrevidos de bajísima estofa. Pero ahora que les tocan intereses específicos exhiben voluntad política para aunar criterios y producir cambios en la pantalla en un santiamén. ¿Sería mucho pedir que también utilizaran esa misma potencia disciplinada para asumir los deberes que les impone la responsabilidad social de manejar medios tan influyentes como los audiovisuales, en vez de fingir ausencia cuando sus pantallas desbordan de todo tipo de excesos?

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“Es imposible elaborar un programa diario de 60 minutos de duración en menos de cinco jornadas semanales en las cuales los actores estén a disposición de la producción menos de 9 horas efectivas, conservando los estándares de calidad actuales”, alegan en un comunicado conjunto las entidades mencionadas. “Los trabajadores-actores han resuelto hacer cumplir en forma estricta el Convenio Colectivo de Trabajo N° 322/75, hartos de ser obligados a cumplir jornadas diarias de más de once horas de labor, sin descansos suficientes”, retrucan los representantes de un gremio que tiene unos cuatro mil afiliados, de los cuales aproximadamente sólo un 10 por ciento trabajaría en la televisión. Acá tampoco el frente sería tan compacto: algunas celebridades están perdiendo la paciencia frente a sus colegas más ignotos, que, como no tienen tanto que perder, se muestran más duramente intransigentes, y ofrecerían retomar grabaciones hacia mediados de la semana que comienza.

Hace ocho años, cuando arreciaban sobre la TV abierta los talk shows (y estaban por llegar los reality shows, que tanto resintieron la pantalla), las figuras enmudecieron y se colgaron carteles que decían: “Somos actores y queremos actuar”. Muchos se reciclaron en animadores; otros en bailarines, patinadores y cantantes.

Parafraseando aquel eslogan, hoy los empresarios podrían reclamar: “Somos productores y queremos producir”, pero de Poliladron (Canal 13, 1995) para acá la estética, la iluminación y la cantidad de escenas por capítulo exigen mucho más tiempo que el fijado hace 32 años, cuando el horario laboral para los actores de la TV se limitaba a 6 horas 25 minutos. Sucesivos acuerdos provisorios entre las partes, en 2001 y 2005, llevaron al doble la duración de la jornada, pero cuando el malestar empezó a crecer por las quejas de algunas figuras y los retrasos salariales, la Asociación Argentina de Actores jugó su carta más fuerte y ordenó a sus asociados ajustarse al convenio de 1975, de la era precolor de la TV, cuando la factura técnica de los ciclos era más sencilla y lineal.

Una tira promedio cuenta con un staff de unas setenta personas, veinte de las cuales como máximo son actores que graban diariamente alrededor de treinta escenas por capítulo (bastante más que hace un par de décadas), unas once de ellas, en exteriores. Los empresarios alegan que es imposible meter todo eso en menos de diez horas. Los actores se avenían anteayer a trabajar 9 horas 15 minutos (con maquillaje incluido), más que suficiente, dicen, si se armaran planes de producción más ordenados. Pero querían también que se duplicara otra vez el monto de los bolos y que se comenzara a hablar de la participación en las PNT (publicidad incluida dentro de los programas), tema que sacó de quicio a la parte empresaria.

Los grandes productores fruncen el ceño y argumentan que son las figuras las que necesitan más tiempo para “conectarse” con la escena y el personaje, y que no están solos: también los técnicos necesitan sus tiempos para armar y desarmar luces y equipos. Por otra parte, los empresarios relativizan que el trabajo de los artistas sea tan pesado: aseguran que sólo los protagonistas intervienen en unas catorce escenas por programa y que el resto del elenco no tiene más que siete u ocho. Entremedio hay tiempos muertos inherentes a esta profesión tan particular y no todos son citados a la misma hora. ¿Acaso la mayoría de la gente no trabaja también nueve horas o más por mucho menos dinero, gracias a la flexibilización laboral que Carlos Menem nos legó?

Las conversaciones se volvieron a estancar y, por ahora, no hay final feliz.