Artículo de Juan José Millán de 1999 en el diario La Vanguardia sobre trampas de la utopía informática, resucitado en el blog de Diego Levis.

LAS TRAMPAS Y LÍMITES DE LA UTOPÍA INFORMÁTICA

La revolución informática ha convertido al ordenador en un objeto cotidiano en muchísimos hogares. A menudo, se identifica a las voces críticas con los tecnófobos, aquellos que se oponen al progreso que viene de las máquinas. Sin embargo, se está produciendo un nuevo fenómeno: expertos conocedores de    las nuevas tecnologías empiezan a denunciar los abusos y precariedades de un sector, el informático, cuya actitud puede dar al traste con la incorporación de amplios colectivos a la cultura digital. A esas voces se une el escritor José Antonio Millán, que apunta: “Los ordenadores están defraudando a su público”.

El fracaso del ordenador

Por José Antonio Millán

Lamento irrumpir con un jarro de agua fría en un ambiente tecnófilo. Los medios de comunicación han desarrollado una labor muy importante en la divulgación de la cultura informática, y llevan años guiando prácticamente de la mano al consumidor en el uso de estos medios.
Las nuevas tecnologías están propiciando logros reales y en ocasiones asombrosos en muchos campos, también en cultura o educación… Sin embargo, ha llegado la hora de decir que, en muy gran medida, los ordenadores están de¬fraudando a su público, compuesto ahora también por el ciudadano de a pie, el usuario do¬méstico, aparte del profesional (empresa, pro¬ducción o administración). Se nos ofrece un futuro con un ordenador (como mínimo) en cada hogar para usos de ocio, educación, administración de la casa, desarrollo profesional o teletrabajo de alguno de sus miembros.
En los hogares normales no hay el apoyo técnico que tienen empresas o administraciones (aunque frente a algunos problemas, estas es tiran parte de los esfuerzos del sector informático tienen por objeto lanzar al consumo. Eso significa que la obsolescencia es algo no sólo previsto, sino forzado. Cada año y medio, como mínimo, sale al mercado una nueva versión de los programas de más uso. Esta nueva versión introducirá variantes (a veces caprichosas) en los comandos y menús ya conocidos.

Las nuevas versiones de los programas
ocupan más espacio de disco y crean
problemas de comunicación

Todos pasamos por el mismo
aro de PC. Es como si hubiera
un único modelo de coche
para cualquier usuario

Por otra parte, ocupará más espacio de disco y probablemente exigirá también más memoria y velocidad de procesador y -si se tercia- una nueva versión del sistema operativo. Con frecuencia hará más cosas que las que hacía antes, con independencia de si el usuario las desea o no. No es extraño que pierda también algunas de las funciones de que disponía. Y en alguna ocasión, la nueva versión impedirá que se utilicen herramientas personales que el usuario se constituyó con las antiguas, por ejemplo, macros (esos pequeños programas que simplifican tareas concretas).
Y un grave problema de comunicación: a menudo los ficheros creados con la nueva versión no podrán ser utilizados con las versiones anteriores (siempre se podrá dar la orden de guardarlos para una versión anterior, pero lo más simple será no hacerlo). Por otra parte, si se comparten ficheros con otros usuarios, la presión sobre el que pretenda “hacer durar” más la versión antigua se hace insostenible.
Resumo: mas tamaño, más consumo de hardware y de software, al servicio de mejoras que uno no necesariamente desea, con dificultades para la comunicación con quienes no tienen la última versión y pérdida ocasional de trabajos realizados.
Si contemplamos al usuario de varios tipos de programa la cuestión se agravará con co¬mandos y procedimientos diferentes en cada uno de ellos, y problemas para la transmisión de datos entre sistemas que no sean del mismo fabricante. Además, la coexistencia de distintos programas crea unos ambientes inestables donde las catástrofes son frecuentes.
Voy a contar brevemente una experiencia reciente… con la que muchos usuarios podrán identificarse. Un día, mientras instalo un programa, mi ordenador -de marca, lleno de programas legales- queda “muerto”. Los esfuerzos de expertos de las principales casas mundiales de software y hardware se revelan ineficaces. Tras muchísimas comprobaciones, mi máquina (como el pobre HAL de 2001) debe volver a la infancia, sufrir un re-formateo de su disco y una nueva instalación de programas. Es inútil: la “muerte” se repite.

Las empresas de informática
se limitan a regalar
camisetas a los aficionados
que les resuelven los errores
¿Cuándo podré comprar sólo
la parte del programa que
realmente uso y pagar
únicamente lo que vale?

Expertos cambian componentes físicos del aparato, por si acaso. Sigue sin solución. Al final, penosamente, instalo y desinstalo en mi ordenador cada uno de los programas (y son muchos), comprobando qué pasa. Es el controlador de un escáner, que colisiona, Dios sabe cómo, con Dios sabe qué. Lo suprimo, y no ha pasado nada… excepto varios meses.
Los sistemas operativos (¿o debería decir el sistema operativo?: ¿podemos elegir?) se adornan con nubes y dibujitos animados: quiero copiar un fichero, y ya están las hojitas saliendo de una carpeta, dando volteretas, entrando en otra. Ayudantes (o “wizards”) ha¬cen que parezcan fáciles operaciones avanzandas de los programas, ocultando su complejidad. También el sistema operativo (incluso el de Mac, lo lamento) oculta sus características más complejas, pero ni los programas ni el sistema logran hacerlas fáciles o innecesarias; y cuando inevitablemente hay que acudir a ellas, el resultado es más abstruso que antes. Todos quisiéramos que los ordenadores fueran inteligentes; pero los fabricantes han decidido que, ya que no lo son, que por lo menos lo parezcan. Y esto no ayuda al usuario…
Y todos deben pasar por el mismo aro: el niño que hace los deberes, el oficinista en su puesto de trabajo, la enfermera que controla historiales y la empresa puramente informática:
No hay, en el PC, posibilidad de elección: es como si, en coches, estuviera a la venta un único modelo: para familias que van de vaca¬ciones, industriales que cargan paquetes, guardabosques que transitan las sendas de montaña… Esto en el ordenador, ¡la máquina adaptable por antonomasia!
Mientras tanto, el problema básico no está resuelto: mañana instalaré otra cosa, y dentro de seis meses chocará con no sé qué otra, y volverá a cascarlo todo. La red se llena de parches con los que puedo remendar los programas que ya tengo… si hay suerte, y en fallos ya localizados. Los fabricantes de software mantie¬nen en la Malla Mundial grandes bases de datos de problemas detectados y parches para solucionarlos… pero yo no soy un “hacker”: no quiero pasarme la vida navegando a la búsqueda de remiendos par construirme con trabajo justo aquello que me han prometido.
Ya se alzan muchas voces contra esto: en “Le Monde” leo: “Cuando los constructores de automóviles gastan miles de millones para la reparación de modelos que presentan un defecto, la informática se con¬tenta con repartir camisetas a los aficionados que detectan y resuelven los errores”.
Me anuncian la nueva versión del programa que vengo usando. Ahora no dará algunos problemillas, y a cambio me proporcionará otras cosas (a las que renunciaría con gusto), a cambio de más espacio en disco, y exigirme más velocidad y un cambio del sistema opera¬tivo. ¡Por favor! ¿Cuándo podré comprar sólo la parte del programa que uso, y pagar sólo lo que vale? ¿Y cuándo funcionará sin problemas con no importa qué otros programas? ¿Y cuándo podré tener la máquina que exige mi trabajo, con o sin dibujos animados, pero con las condiciones que necesito?.

La red es de todos

Música para mis oídos. Eso es lo que ofrece el dis¬curso critico de José Antonio Millán que hoy publicamos. Para mis oídos y, supongo, para los de los mu¬chos cautivos del ordenador. Dicho discurso podría resu¬mirse así: la industria que su¬ministra utillaje electrónico abusa con añagazas de pede¬rasta de los consumidores, en buena parte eternos niños tec¬nológicos. Tamaño abuso no es nuevo, ni nace asociado a la cultura digital: el ámbito au¬diovisual fue -y sigue siendo-propicio al desmedido afán de lucro de la industria

“El Estado debe
intervenir para
garantizar unas
bases estables y
operativas en la red”

¿Quién no tiene en su casa hasta tres o más sistemas distintos de reproducción musical (Para discos, casetes o compactos)?
Ahora bien, lo que en el caso de la melomanía era abuso consentido, se convierte en el de los ordenadores en abuso se convierte en el de los ordenadores en abuso impuesto, ineludible y, para mayor inri, épico.
No cesa ni un segundo el runrún de que la informática es la revolución que está cambiando nuestra vida. De acuerdo. Pero hay que ver en qué términos participamos en tal revolución. Porque esta conquista del Oeste de finales del XX no es una carrera entre iguales en cuya meta nos van a premiar con una parcelita. No. Por el contrario, es un viaje a velocidad de domingo de julio por una autopista saturada, poblada de peajes por la industria voraz. A cada kilómetro nos endosa y obliga a instalar en nuestro equipo un nuevo -¡ja!- “gadget”, so pena de caer en la más ignominiosa obsolescencia y, a la postre, vernos expulsados de la autopista de la comunicación. Total ¿para qué? Pues para que la sustitución de programas más nuevos que los de ayer pero menos que los de mañana, y similarmente insatisfactorios, abonen la filantropía del Bill Gates de turno. Por más que rechine el Estado liberal, conviene reclamarle, como en la sanidad o en la educación, cierto intervencionismo en el ámbito digital. Y eso equivale a garantizar unas bases estables y operativas para la red global. Porque la red no es un invento de anteayer, sino una versión virtual de la calle. Y la calle, salvo en los días del gallego de verbo atropellado, es de todos.

Una alternativa europea a Microsoft

Es difícil separar los pro­blemas técnicos de los po­líticos en el caso de la in­dustria informática. Y hablar de informática suele equivaler a hablar de Microsoft, empresa cuyos sistemas están casi en el noventa por ciento de los orde­nadores personales del mundo. Si uno consulta la base de da­tos de la megalibrería Amazon, los registros donde consta la pa­labra Microsoft rebasan amplia­mente los cinco millares. Entre ellos hay novelas, estudios, libe­los y análisis de todo tipo. Pero quizás uno de los más influyen­tes sea “Le hold-up planetaire. La face cachée de Microsoft” (“La extorsión planetaria. La cara oculta de Microsoft”), que apareció editado en Francia por Calmann-Lévy a finales del año pasado.
Los autores son Roberto di Cosmo y Dominique Nora, pe­riodista del “Nouvel Observateur”. El primero es un especia­lista italiano, nacido en 1963, profesor en (;i íx’olc Nórmale Supérieurc de París, que escri­bió a finales de 1997 el texto “Trampa en el ciberespacio”, del que existe traducción española A partir de sus ideas surgió la larga entrevista que ahora constituye el libro.

Amor por la tecnología

La entrevista recorre varios de los problemas que hemos es­bozado, de una forma muy críti­ca. Lo más interesante de sus posturas es que la crítica provie­ne de un punto de vista protecnológico.
Di Cosmo es un experto in­formático, especialista en teoría de la programación, lógica y teoría de juegos: “Amo profunda­mente la tecnología, y precisa­mente por eso no puedo sopor­tar verla pervertida por una empresa que concibe malos pro­ductos, que hace pagar caroalos consumidores a los que sirve, una sociedad que defrauda a sus clientes, engaña a su competen­cia y ahoga la innovación” (pá­gina 23). Este es el tono, general­mente muy fuerte, que emplea Di Cosmo. Su crítica a Microsoft se des­pliega en varios frentes. Uno es, por supuesto, el de la obsoles­cencia programada y la inesta­bilidad de los sistemas.
Otra de las críticas es la que se refiere a la posición entreguista de las administraciones públi­cas y las instituciones europeas. “Parece urgente que la Unión Europea desarrolle una política activa e independiente en el do­minio de informática y del tratamiento de la información en general. Dispone de los me­dios técnicos, pues no olvide­mos que Europa tiene compe­tencias iguales o superiores, en muchos dominios, a las que se encuentran al otro lado del At­lántico” (página 169).La clara apuesta de Di Cosmo es a favor de los sistemas opera­tivos gratuitos y abiertos, como puede ser Linux, por lo menos para las instituciones que pue­dan apoyar tecnológicamente esta opción -hoy por hoy mino­ritaria-.
En Linux se han hecho los efectos especiales de la oscariza-da película “Titanic”, pero tam­bién existen cotidianos procesa­dores de textos. Pagar muy cara una opción imperfecta y ajena, como la que supone Microsoft, o trabajar en un medio más fia­ble, pero que hay que construir entre todos, esa es la importante disyuntiva que Di Cosmo plan­tea para Europa


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