Artículo de Pablo Sirvén en La Nación sobre el pedido de auxilio de la Asociación de Telerradiodifusoras de la Argentina (ATA) al Estado. ¿Y la mano invisible del mercado?

Entrelíneas

Ahora la TV llora miseria

Sin la menor autocrítica por los excesos de sus pantallas, pretende que la subsidien

Por Pablo Sirvén – psirven@lanacion.com.ar
 Domingo 14 de octubre de 2007 | Publicado en la Edición impresa

Durante las últimas polémicas televisivas guardó tan hondo silencio que muchos pensaron lo peor. Avalaba la tesis su semiabandonada página en Internet y su inveterada falta de respuesta no sólo a las requisitorias periodísticas, sino, incluso, a entidades colegas.

Por eso fue una verdadera alegría volver a tener noticias, después de tanto tiempo, de la Asociación de Telerradiodifusoras Argentinas (ATA), la cámara que nuclea a los empresarios privados de la televisión argentina por aire.

Era tan enorme la acumulación de problemas gravísimos, de los que ATA no había emitido opinión alguna -los colosales corrimientos horarios, la escatología a mansalva, los shows continuados de mal gusto y procacidad, la impúdica exhibición de fotos del cadáver de una mujer asesinada a las siete de la tarde, la sistemática violación del horario de protección al menor, el endiosamiento del caño y del chimento rastrero y prostibulario-, que tal vez su retraimiento anterior pudiera haberse fundado en una actitud de prudencia para no actuar con precipitación, saliendo a contestar prematuramente temas que necesitaban de una reflexión enjundiosa y reposada.

Quizás ATA, premeditadamente, había resuelto no responder en caliente requisitorias tan acuciantes y se había dado el tiempo y el espacio suficientes como para librar antes un necesario y profundo debate interno entre sus asociados para fundamentar una autocrítica severa sobre por qué vienen permitiendo con tanta displicencia e irresponsabilidad tal derrape de contenidos, caída de géneros, vidriosa comercialización y normas de convivencia violentadas hacia adentro y hacia afuera de un medio tan maravilloso, al punto de deformarlo y volverlo irreconocible.

Canales concursados, socios que entran por una puerta y salen por la ventana a contrapelo de la ley vigente (la misma que pergeñó la dictadura militar hace 27 años); la saturación por los concursos telefónicos, la competencia desleal entre canales colegas, el hastío por los reality shows, el constante rapiñaje de imágenes ajenas, la cooptación de ciertos periodistas para avalar tan degradado estado de situación imponía que, al fin, ATA saliera de su empecinado mutismo.

* * * Pero la alegría de saber que ATA perduraba y no se había convertido sólo en un sello de goma fuera de servicio duró los pocos minutos que demanda la lectura de un par de artículos publicados en distintos medios mediante los cuales la ahora despabilada entidad hacía trascender lo mal que económicamente le va a la TV por aire ya que, entre 2001 y 2006, habría acumulado un resultado negativo final de 548 millones de pesos.

Con pocas horas de diferencia, ATA volvía a salir a la palestra, esta vez en una solicitada firmada con la Cámara Argentina de Productoras Independientes de Televisión (Capit), en la que anuncia que los aumentos salariales solicitados por la Asociación Argentina de Actores (AAA) “restringirán aún más el desarrollo de la ficción para la Argentina”.

Por mucho que se le dé vuelta a un material y a otro, por ningún lado hay el menor atisbo por parte de ATA de abordar los acuciantes problemas de contenido y conducción de la TV explicitados en esta columna. Es más: LA NACION solicitó entrevistar a sus autoridades para desarrollar los temas estrictamente económicos que tanto los preocupa, pero también para indagarlos sobre los otros ítems. La entrevista no fue concedida.

En un país con tantos regímenes especiales en que dadivosamente el Estado reparte unos 12 mil millones de pesos anuales en subsidios, ATA busca sumarse a la cola de los beneficiados, a fin de aliviar sus costos y de esta manera asegurar “la subsistencia de una industria de enorme valor social y cultural” (sic). Sí, leyó bien: “De enorme valor social y cultural”.

Si la TV privada es tan mal negocio no se entiende por qué aceptaron hace 2 años que el presidente Néstor Kirchner, en un gesto de generosidad infrecuente en él, les extendiera, mediante el decreto 527/05, sus licencias por 10 años, sin que nunca trascendiera hasta ahora a cambio de qué tipo de contraprestaciones.

Tampoco se entiende que si la TV es tan mal negocio, Ted Turner venga a la Argentina a invertir 234 millones de dólares en 7 señales de cable y no descarte hacerlo más adelante en la TV abierta.

¿No fue suficiente regalo la condonación de la deuda a la AFIP por un monto superior a los 30 millones de pesos que el Estado les dispensó hace cuatro años a las productoras de televisión y cine?

¿Se compadece que quedándose la televisión abierta con el 40% de una torta publicitaria descomunalmente multimillonaria, con tarifas que crecen por encima de la inflación, llore tanta miseria? ¿No habrá, acaso, una pésima administración de recursos, un gastadero de plata desproporcionado con tal de ganarle al canal de la competencia? ¿Acaso no se suprimen tandas en el horario central con tal de no darle ventaja a la emisora de enfrente?

¿No es inmoral que ATA se autocandidatee tácitamente a recibir subsidios estatales para mantener un tipo de televisión hiperbanal y ferozmente anticultural, en un país donde el 23,4% de la población está bajo la línea de pobreza?

¿No será el sobredimensionamiento de décadas de la televisión abierta porteña responsable de algunos de sus infortunios económicos y de casi todos sus excesos de contenidos?

Antes de solicitar “el compromiso del Estado”, ¿no debería ATA, de una vez por todas, hacer el “mea culpa”, que la sociedad está esperando sobre la bochornosa TV que nos brinda?