Artículo del director de Asuntos Públicos, Gerardo Arriagada: “La mayor amenaza a la libertad de prensa: la concentración de la propiedad”. Asuntos Públicos es un sitio chileno dedicado temas de interés público y vinculado a la Concertación gobernante.

La Mayor Amenaza a la Libertad de Prensa:
Concentración de la Propiedad

– Por Genaro Arriagada

Sería injusto no reconocer que, comparada con el período autoritario, la actual situación de los medios de comunicación en Chile garantiza un mayor acercamiento a los ideales de libertad y democracia. Hoy vivimos en una democracia que, no obstante sus imperfecciones, ha conducido a una vida en sociedad satisfactoria, con enormes espacios para la crítica, el disenso y la denuncia. En nuestro país, la libertad de prensa no está limitada por leyes y en el caso de que el gobierno quisiera actuar en contra de ella, estoy seguro que encontraría fuertes restricciones que surgen de la Constitución, el poder judicial, el parlamento y la sociedad civil.Además, en Chile no tenemos una violencia organizada y sistemática en contra de los propietarios de los medios o los periodistas. El Congreso de la República ha hecho grandes avances, aunque tal vez no los suficientes, en materia de poner fin a figuras como el desacato y una mejor tipificación de la difamación.

Reconocer estos avances no justifica abandonar una actitud permanente de alerta frente a eventuales amenazas del tipo que acabo de mencionar. La razón de ello es clara. Durante más de dos siglos los defensores de la libertad de prensa han sostenido que su real enemigo, y tal vez el único del que había realmente que preocuparse, era el poder político, esto es, los gobiernos, permanentemente tentados de controlar, censurar o domesticar a un actor incómodo, independiente del Estado, que ponía límites a su poder, que lo criticaba y exponía a la luz pública sus defectos, errores y corrupciones. Algunas de las páginas más elocuentes de la literatura política se escribieron en este sentido. En rigor, esta es una preocupación que será siempre válida.

Si las amenazas a la libertad de prensa terminaran aquí, para ser franco, diría que esta comisión no tiene mucha razón de existir. Pero hoy, al mundo entero y especialmente a países como Chile, lo recorre el fantasma de la excesiva concentración de la propiedad de los medios y, con ello, de dos males que le son consustanciales: la pérdida de pluralismo y la reducción de la libertad de prensa

La Nueva Amenaza

Para decirlo claramente, hoy, en las democracias, una de las mayores amenazas a la libertad de prensa la origina el extremo libre mercadismo en el sector de los medios de comunicación. El mercado, como ocurre también en otros campos, si actúa ajeno a una racionalidad ética y a regulaciones, puede transformarse en un instrumento dañino a la libertad.

Una afirmación como la anterior es probable que produzca escándalo en quienes, de una manera simple, endiosaron al mercado y le atribuyeron no sólo virtudes económicas (que sin duda las tiene y que superan largamente a sus modelos alternativos), sino también virtudes morales y ser la piedra angular de las libertades. Esa creencia es errónea. Hace unos 60 años, el más destacado filósofo liberal del Siglo XX, Karl Popper, describía la llamada “paradoja de la libertad” diciendo que “la libertad, si es ilimitada, se anula a sí misma. La libertad ilimitada significa que un individuo vigoroso es libre de asaltar a otro débil y de privarlo de su libertad”. Y refiriéndose a la actividad económica, agregaba que donde ella fuera absoluta “los ciudadanos económicamente fuertes son libres de atropellar a los económicamente débiles y de robarles su libertad. En estas circunstancias, la libertad económica ilimitada puede resultar tan injusta como la libertad física ilimitada… Y suponiendo que el Estado limite sus actividades a la supresión de la violencia (y a la protección de la propiedad) seguirá siendo posible que una minoría económicamente fuerte explote a la mayoría de los económicamente débiles”.

Mi convicción es que el actual estado de desarrollo de la industria de la comunicación está haciendo que los individuos más poderosos (grandes conglomerados periodísticos) sean libres -aunque éste sea un efecto no buscado de su acción- para atropellar y arrebatar su libertad de prensa a los individuos y grupos económicamente más débiles.

Los hechos son claros. En las últimas décadas, en el mundo entero, se ha ido produciendo una creciente concentración de medios de comunicación -diarios, revistas, radios, estaciones de TV abiertas, editoriales- en grandes compañías privadas. En todo lugar estamos frente a una tendencia que conduce a una concentración de los medios sobre la base de que los más grandes y mejor financiados van engullendo, en el caso de la prensa escrita, a los diarios independientes, los regionales y a los que sostienen una línea editorial más contestataria y ajena al pensamiento conservador. Esa misma tendencia se ve en las radios, en los canales de televisión abierta y editoriales.

En el caso de los Estados Unidos convendría recordar lo que publicara William Safire, un respetado republicano que nadie podría calificar de obedecer a tentaciones izquierdistas, en The New York Times, hace cinco años, en marzo de 2002: “Atrás, en 1996, las dos más grandes cadenas de radio eran propietarias de 115 estaciones; hoy día, esas dos cadenas poseen más de 1.400”. Y agregaba: “un grupo de propietarios que se contaban con los dedos de la mano solían generar sólo un quinto de los ingresos de la industria; ahora esos cinco mayores rastrillan el 55% de todo el dinero que se gasta en radios locales”. En seis años los dos mayores conglomerados radiales pasaron de tener la propiedad de 115 radios a 1.400.

Recientemente, en un libro que, a comienzos de año fue un éxito de ventas en Estados Unidos, Fighting for Air, escrito por Eric Klinenberg, leí una idea que comparto absolutamente: “El paradigma es ahora familiar: del mismo modo que Starbucks puso fuera de combate a las cafeterías independientes y que Wall Smart mató al almacén de la esquina, los conglomerados mediáticos han devastado a los diarios producidos localmente y a los programas radiales producidos a lo largo del país. Pero con los medios de comunicación lo que está en juego es mayor, porque tanto la diversidad cultural como la democracia requieren una rica y variada oferta de noticias e información sobre los asuntos públicos…”

Esta tendencia, que es fuerte en Estados Unidos, lo es también en Europa. Al respecto es útil recordar que ya en el año 2003, el Consejo de Europa, expresaba en un informe que “la concentración económica, en especial cuando se refiere a los medios de comunicación social, puede alcanzar un límite más allá del cual la pluralidad de las fuentes de información (libertad de expresión e información) puede verse amenazada”. Estudios posteriores prueban que efectivamente la anterior es una amenaza real y preocupante.

En América latina, en el año 1997, en la Segunda Cumbre de las Américas, realizada en Santiago, uno de los acuerdos importantes fue la creación de una relatoría especial para la libertad de prensa dependiente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Esa decisión contó con el aplauso de los grandes medios de comunicación. Sin embargo en años recientes, este entusiasmo se ha enfriado debido a que en un informe del 2005 se señala que “la Relatoría reitera que la existencia de prácticas monopólicas y oligopólicas en la propiedad de los medios de comunicación social afecta seriamente la libertad de expresión y el derecho de información de los ciudadanos de los Estados miembros (de la OEA), y no son compatibles con el ejercicio del derecho a la libertad de expresión en una sociedad democrática”.

En enero de este año, el diario El Universal de México publicó un artículo acerca de Ángel González, quien ese mes compró en 30 millones de dólares el 80 por ciento de las acciones del Canal 9 en Argentina, y de esa manera robusteció su posición de ser el dueño de un imperio de 30 canales de TV en América Latina. Ante este hecho el editor del periódico Prensa Libre de Guatemala comentó, en ese mismo reportaje, que “toda persona que quiera ser presidente de Guatemala debe viajar a Miami y pedir favores y donaciones de Ángel González…él ejerce una gran influencia política, es el donante de avisos…y se transforma en el gran factor en cada elección en Guatemala”.

En Chile, en general, la estructura de propiedad de los medios muestra una tendencia a la concentración y pérdida de pluralismo. Si nos remitimos solamente a los diarios, en el período anterior al régimen militar, existía un mayor número y con líneas editoriales más diversas. A los actualmente existentes, El Mercurio, Las Ultimas Noticias, La Segunda, La Tercera y La Nación, se agregaban Ultima Hora, Clarín, El Siglo, Puro Chile en la izquierda; La Prensa en el centro; Tribuna en la derecha. La diversidad en los diarios regionales era real ya que existía un gran número de periódicos independientes y la única cadena de diarios de provincias pertenecía a un grupo vinculado a la Democracia Cristiana. Los años finales de la dictadura, con la fundación de La Época y Fortín Mapocho parecieron indicar la vuelta a un mayor pluralismo, ya que esos medios tenían líneas editoriales distantes de la derecha. Sin embargo, muy luego la ilusión se esfumó.

Hoy, la estructura del diarismo nacional muestra una falta de pluralismo sin precedentes. La prensa escrita, en términos empresariales es un duopolio, si se considera que de los ocho diarios nacionales que existen, cinco -que representan el 90% de las copias que circulan diariamente- pertenecen a sólo dos empresas. En el plano de los diarios regionales todos ellos -con la excepción de tres o cuatro- hoy son parte de la cadena de El Mercurio.

No estoy haciendo un alegato en contra de las grandes empresas de comunicación. Ellas tienen el derecho inalienable a desempeñar su función de acuerdo a las reglas del mercado y la legislación vigente, a expresar con entera libertad sus opiniones y puntos de vista y tratar de influir y modelar la sociedad en que viven. Y si en un momento fueran acosadas por los gobiernos o peor amenazadas con expropiaciones, yo estaría con ellas. Eso fue lo que muchos, que discrepábamos con la línea editorial de El Mercurio, hicimos cuando el gobierno de la Unidad Popular lo acosó gravemente. A su vez, no sería honesto de mi parte no dejar constancia del esfuerzo del principal accionista de COPESA, Álvaro Saieh, cuando colaboró con el intento que un grupo de personas vinculadas a la Concertación hiciéramos para crear el diario Siete, lo que claramente de parte de él fue una acción concreta por intentar dar un mayor pluralismo a la oferta de diarios.

Pero trato de ser ajeno a un feo vicio de nuestro debate público que tiende a hacer de todo asuntos de amistades o, en su opuesto, de recriminaciones morales. No estoy de acuerdo con aquellos que quieren hacer de la concentración de la propiedad un pecado o una perversión moral. Por supuesto habrá casos en que las fusiones y adquisiciones sean un intento deliberado de establecer un monopolio o un oligopolio; pero es justo decir, también, que esta tendencia encuentra razones en las realidades de los negocios y los mercados, que la hacen no sólo una tendencia creciente sino, a veces, inevitable, a menos que se adopten regulaciones adecuadas. Sin embargo cualesquiera sean nuestros afectos, es un hecho claro e indesmentible que la concentración de la propiedad de los medios existe y que ella es creciente.

Además, en el mundo intelectual es unánime la opinión de que ese fenómeno tiene efectos indeseables para la libertad de prensa y el sistema político democrático. En el último tiempo he participado en reuniones en América Latina y Estados Unidos con periodistas, políticos, intelectuales preocupados por esta tendencia. En esas ocasiones en que se ha discutido este asunto, siempre ha habido una misma convicción y es que la libertad de prensa está siendo sofocada por la concentración de la propiedad de los medios de comunicación.

Los Avisadores Refuerzan la Concentración

La pequeña dimensión de las economías y sociedades de América Latina crean condiciones para reforzar esta concentración de la propiedad a través del poder de los grandes avisadores. En esta materia es innegable la arbitrariedad de muchos empresarios que creen que al colocar sus avisos tienen derecho a influir sobre la línea editorial del medio de comunicación con que contratan; o, peor, que por la vía de la discriminación publicitaria pueden sacar del mercado a quienes disienten de su ideología o de sus intereses, intentando reducir el pluralismo del sistema de medios de comunicación. Como lo dijera el Ministro de Hacienda en una exposición ante los máximos líderes empresariales, hay una amenaza a la libertad de prensa que se produce “cuando el grueso del empresariado se abanderiza con una posición política… cuando usan sólo uno o dos medios de comunicación para el avisaje publicitario, limitando el debate público y perdemos la oportunidad de escuchar a los que no acceden a esos medios”.

Congregaciones religiosas católicas conservadoras, como los Legionarios de Cristo, que tienen enorme influencia en los grupos empresariales, refuerzan esta tendencia hacia la discriminación castigando a quienes sostienen líneas editoriales que ellos califican de excesivamente liberales en temas de valores, o que motejan de “antifamilia”. En Chile, como en México, los Legionarios de Cristo, actuando sobre los empresarios que les eran afines, desataron feroces campañas de discriminación en el avisaje en contra de dos medios -uno en cada país- por publicar las acusaciones de abusos sexuales cometidas por Marcial Maciel, fundador de los Legionarios, las que tres años después recibieron una confirmación por el Papa.

Se dirá, con razón, que también los gobiernos pueden presionar, a través del avisaje fiscal, a las empresas periodísticas. Eso es así y es necesario rechazar todo intento de un doble estándar. Creo que la Cámara hizo muy bien al crear una Comisión Investigadora sobre el Avisaje del Estado. Aun a riesgo de cometer una imprudencia y por lo que conozco de esta industria, creo que las conclusiones mostrarán tres grandes líneas en la realidad chilena. Primero, que el avisaje del Estado es bajo, representando menos del 10 y algo más del 5% del avisaje total del país; segundo, que si hay una discriminación, es hacia algunas grandes cadenas periodísticas que reciben un porcentaje del avisaje del Estado que es mayor que el que justificaría su circulación; y tercero, que el avisaje estatal, a diferencia de lo que pudiera creerse, en Chile no favorece a los medios de comunicación alternativos o independientes de los grandes intereses económicos del país, tampoco a aquellos que expresan una mayor simpatía hacia la Concertación.

Propietarios, Avisadores y Políticos

El gran riesgo de esta tendencia a la concentración, reforzada por la discriminación en el avisaje, es que reduce el pluralismo y que fuera de control puede hacerlo imposible. Todo razonamiento de buena fe nos lleva a una común conclusión: hay una ecuación entre pluralismo y libertad de prensa. Una libertad de prensa verdadera requiere un amplio pluralismo. O, dicho de manera opuesta, la libertad de prensa se hace irrelevante cuando el pluralismo se reduce a uno o dos conglomerados mediáticos dominantes. Ello sería muy dañino para la salud del sistema político y para la sociedad como un todo. ¿Qué pasa si uno o dos conglomerados multimediales dominantes deciden transformar su superioridad en los mercados en un intento por imponer al resto de los ciudadanos una sola visión del mundo, la sociedad, la cultura?

Algunos defensores del actual orden comunicacional enrostran a sus críticos diciendo que la manera de terminar o disminuir esta realidad es que los que estén disconformes con esta falta de pluralismo creen sus propios medios, pues la Constitución, las leyes y la libertad de empresa les garantizan ese derecho. Este tipo de argumentación me parece sacada del mismo modelo de aquellos críticos de las políticas sociales que dicen que el alivio de la miseria no es una función del Estado, pues ella es el resultado de una opción personal, seres humanos a los que destruyó la pereza, los vicios. A ellos les contestaría con una paráfrasis de una cita de Anatole France: es verdad que un gran banquero como un indigente son igualmente libres de ir cada noche a dormir bajo los puentes del Mapocho. Aplicado al caso que nos preocupa, en nuestra sociedad la libertad de empresa le asegura el mismo derecho a tener un diario o una estación de TV al grupo Matte, Penta, Claro, Piñera o Angelini, que a un sindicato. Sabemos que no es así y, peor, que cada día que pasa es menos así. Hace un siglo un diario era una empresa posible para muchos sindicatos.

Recuerdo haber leído hace muchos años un libro de Osvaldo Arias Escobedo sobre la prensa obrera que es muy impresionante cuando muestra la enorme cantidad de periódicos creados con el esfuerzo de los obreros. A su vez, un trabajo de investigación para un libro me llevó, hace dos décadas, a consultar El Despertar de los Trabajadores, que fue el diario creado y dirigido por Luis Emilio Recabarren y que era formato mercurio, de muchas páginas, con una gran cobertura noticiosa de política, economía, luchas sociales, el movimiento obrero internacional y que tenía corresponsales en Europa e incluso en Japón.

Desde esa época hasta ahora las barreras de entrada de estas actividades no han hecho sino crecer, en Chile y en el mundo, al punto que hoy crear un diario, una revista, una radio o una estación de TV abierta, es una empresa para la que sólo tienen hombros o grandes conglomerados o poderosas empresas internacionales. Los intelectuales, los sindicatos y el movimiento obrero, los partidos políticos, la clase media, los pequeños empresarios, todos tienen iguales derechos a organizarse, a votar, a salir a las calles para representar sus demandas, a ejercer el derecho de petición, pero la prensa es un derecho al que sólo puede acceder un puñado de personas muy ricas que se cuentan con los dedos de una sola mano. Y para terminar mi argumento, aun a riesgo de ser calificado de políticamente incorrecto diré que esas personas pertenecen a una misma categoría. Si digo una misma clase social corro el riesgo de que me califiquen de marxista, si digo al mismo segmento me descalificarán por estructuralista, por tanto diré que no pertenecen al grupo C2, C3, ni tampoco al ABC1 sino simplemente a la cúspide del grupo A y ese grupo, como una vez lo dijo no Marx, sino Schumpeter, un economista liberal, creador del concepto de empresario emprendedor -se entienden mejor entre ellos-, “ven la misma porción del mundo, con los mismos ojos, desde el mismo punto de vista y en la misma dirección”.

El componente final de esta cadena es la relación que esta concentración de poder crea entre los propietarios de los grandes medios y la política. Los riesgos de este vínculo son evidentes. Como lo dice un trabajo citado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “la concentración no es un nuevo fenómeno característico de las sociedades modernas. Lo nuevo es más bien la casi incestuosa relación que se ha desarrollado entre la política y los medios de comunicación social. Los políticos usan (y abusan) de los medios para promocionar sus intereses políticos. Hoy es virtualmente imposible conseguir el apoyo sin la ayuda de ellos. Los propietarios de los medios de comunicación, de otro lado, utilizan su posición para promover y defender sus propios intereses políticos, tomando ventaja de los políticos de turno para hacer realidad sus intereses empresariales”.

Algunas Sugerencias

Al analizar las relaciones entre los medios de comunicación y la democracia tengo la convicción de que es errónea la concepción fundamental de lo que llamaría la “ideología oficial” sostenida por las organizaciones que agrupan a las más grandes empresas periodísticas de América Latina. Me refiero a la idea de que el funcionamiento completamente libre del mercado de medios de comunicación asegura la libertad de expresión. Por el contrario, está contribuyendo a ahogarla. Tengo la certeza que la libertad de prensa es un bien común superior cuyo resultado no puede ser entregado a las fuerzas del mercado.

Para decirlo francamente, si bien tengo convicción para denunciar el problema, no soy tan asertivo al proponer soluciones. Sin embargo, permítanme sugerir algunas ideas.

En primer lugar, hay que crear conciencia de la gravedad del problema, lo que no va a ser fácil, pues la gran prensa como “ve la misma porción del mundo, con los mismos ojos, desde el mismo punto de vista y en la misma dirección” ha decidido que éste no es un problema, que esta es una obsesión “sesentosa”, “socialistona”. Me atrevo a asegurar que las sesiones sobre libertad de expresión de la Cámara de Diputados transcurrirán en el anonimato mediático. Pero creo que el trabajo tiene contrapartes en muchos de los más prestigiosos parlamentos del mundo, incluido Estados Unidos, la Unión Europea y los de las principales democracias europeas. Creo que sería bueno pedirle a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, que a través de su relatoría sobre libertad de prensa, diera su opinión sobre concentración de medios, pluralismo y libertad de expresión. Y esa misma demanda hacérsela a varios otros centros de nivel mundial que se preocupan por el tema.

En segundo lugar, hay que iniciar la discusión sobre regulaciones. Si es cierto que la pura lógica económica y de mercado hace inevitable la concentración de la propiedad, entonces es aun más necesaria la regulación para, que salvando sus beneficios -que algunos tiene- podamos reducir sus impactos negativos. En esta materia una regla fundamental es que ninguna regulación para limitar la concentración y sus efectos nocivos, puede interferir la plena libertad de las líneas editoriales. En Chile y en América Latina la mayor parte de los principales medios de comunicación van a decir que eso es imposible y que regulaciones y restricción de la libertad de prensa son sinónimos; acusarán que quien propone regular, propone coartar la libertad de expresión. Ese es un argumento falaz, que lo sustenta un interés corporativo estrecho. Al respecto sugiero mirar, por ejemplo, a las legislaciones de Alemania y Holanda y también a la de Estados Unidos, porque aun en este último país, tan liberal en su legislación, existen regulaciones como límites a la propiedad cruzada de medios de comunicación y al porcentaje de la audiencia o la circulación que pueden estar en manos de una sola empresa. Incluso conservadores de este país, y me refiero al senador McCain, actual precandidato presidencial republicano, que siendo enfático partidario de las desregulaciones y el mercado ha argumentado que “el negocio de la propiedad de los medios, que puede tener tan inmenso efecto en la naturaleza y calidad de nuestra democracia, es demasiado importante para ser tratado tan categóricamente (se refiere a la desregulación). Y he llegado a creer que deben haber ciertos límites a la propiedad de los medios…”

Tercero, como muchos, creo que una de las mejores regulaciones que existe es la que casi de modo automático genera una plena transparencia. Siendo los medios de comunicación tan poderosos y tan importantes para la vida de todos, es necesario saber quiénes son sus dueños, la forma de gobierno corporativo de sus empresas, cuáles sus negocios relacionados, cuál su contabilidad y sus auditores, cuáles sus ingresos no operacionales.

Cuarto, para liberar a los medios de las presiones o discriminaciones que crea el avisaje, y para evitar que éste siga contribuyendo a la concentración, no se me ocurre otro sistema que la transparencia. Todos sabemos que al hablar de la contratación de avisos y su relación con la libertad de prensa, nos referimos no a un problema menor, sino a uno de los más esenciales. Espero que como resultado de la Comisión de Avisaje del Estado, de la Cámara, se establezca la obligación de toda empresa pública, de todo servicio o repartición estatal a entregar plena publicidad en su memoria anual y en su página web, de en qué medio avisa, a qué precio y por qué monto total. Pero si eso lo hacemos para el Estado ¿qué razón puede haber para no hacerlo igualmente para el sector privado que contrata casi diecinueve veces más avisos? Hay varias empresas de retail que, por sí solas, consideradas individualmente, contratan más publicidad que todo el Estado chileno. Se me dirá, con razón, que las empresas privadas son decenas de miles. Pero esa objeción podría obviarse restringiendo la norma a las sociedades cuyas acciones se transan en la Bolsa, a las que tengan fondos de las AFP, a las de propiedad extranjera y, en general a toda empresa que avise, por ejemplo, más de 30 millones de pesos en el año.

Quinto, creo que no hay que abandonar, la idea de medios de comunicación públicos, no gubernamentales. Es algo que debemos estudiar y perfeccionar. Entre nosotros, en la televisión, la existencia de un sistema donde coexisten estaciones de propiedad privada con otras públicas, pero no gubernamentales, se ha mostrado mejor que uno exclusivamente privado. Aun más, creo que la TV privada no ha hecho en nuestro país una contribución ni al pluralismo, ni a la objetividad periodística y tiene una responsabilidad no menor en la exacerbación del mal gusto, la banalidad y lo que los técnicos llaman, con eufemismo, “la erotización de la pantalla”.

Genaro Arriagada: Director de www.asuntospublicos.org

NOTA :
– Exposición de Genaro Arriagada ante la Comisión Especial sobre Libertad de Expresión y Medios de Comunicación de la Cámara de Diputados el 4 de Julio de 2007.

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